Corazón Negro

Desde niña me he sentido unida de un modo inexplicable a la naturaleza, imagino que ese maravilloso sentimiento se lo debo a mi abuelo materno y sus enseñanzas de hombre campo, de pastor. Quizás por eso, todo lo que está pasando en nuestro país, con esta devastación horrible infligida por la mano del hombre, se me ha clavado en el alma de tal manera que siento que el color de estas tierras arrasadas ha calado en mi corazón.

Pensar en el dolor de los que han perdido todo, sus casas, su ganado, sus tierras, duele. Pensar en los animales que han muerto aterrados rodeados de las llamas, duele. Duele pensar que las generaciones que vendrán después de nosotros no podrán extasiarse al contemplar la belleza limpia y serena de la zona de Sanabria, de las tierras de Orense, de las Médulas de León.

Ayer no pude más y rompí en un llanto desconsolado, propio de quien ha perdido a un ser querido, porque es lo que siento, que parte de mí se ha perdido. Lloré sintiendo que no tenía derecho a hacerlo, que no tenía derecho a sentir tanto dolor sin haber nacido aquí, así se lo confesé a mi marido entre lágrimas, y él al escucharme, dijo algo que me llegó al alma: “no hace falta haber nacido en una tierra para sentirla propia”, y es verdad. Me enamoré de las tierras de Zamora cuando él me trajo aquí por primera vez a las dos semanas de conocernos, me enamoré de su cielo azul, de su aire limpio y puro, me enamoré del Duero, del Órbigo y del Tera. Convertimos Benavente y sus valles en nuestro refugio, en nuestro lugar especial donde volver siempre. Me enamoré de la Laguna de los Peces y de Puebla de Sanabria, olvidé el peso de las responsabilidades caminando en silencio por la Ruta de la Plata. En todos estos años, mi corazón no solo se prendó de la provincia de Zamora, adoré conducir a su lado por la zona de la Valduerna, atravesando carreteras comarcales en las que deteníamos el coche sólo para respirar el olor a jara y para observar las corzas con sus crías que cruzaban de un lado a otro en busca de pastos más frescos, soñamos juntos con poder comprar algún día una casa maragata y envejecer juntos, sentados junto a la lumbre del hogar. Solo pensar que un manto negro ha cubierto todos estos paisajes, duele de tal modo que cuesta respirar. Y lo que más duele es saber que no habrá castigos para los culpables, que toda esta devastación tardará en recuperarse, si es que no ocupan su lugar bosques de placas solares o de molinos eólicos. Duele saber que estamos en manos de una fuerza política que no hará nada para evitar que esto vuelva a suceder, y que no asumirá su culpa.

Quiero agradecer de corazón a la UME, a los brigadistas y a los voluntarios que han puesto su vida en peligro, y lo siguen haciendo a fecha de hoy, por apagar estas llamas, por proteger a las gentes humildes que viven del campo, del ganado y de los bosques, por salvar lo poco que queda de este paraíso que la naturaleza nos quiso regalar.

Ojalá vuelvan a surgir de las cenizas los brotes verdes, ojalá vuelvan las corzas a la Valduerna, las abejas a polinizar los bosques y las cosechas, ojalá vuelva la vida entre tanta muerte. Ojalá pase la pena y el color vuelva a llenar de vida mi corazón negro.

¡Deja tu email si quieres recibir un aviso cuando esté listo mi nuevo post!

¡No soy spam, palabra!

Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “Corazón Negro”

  1. Me ha encantado porque yo siento lo mismo.Tambien he llorado por mi Lago de Sanabria que adoro.
    He vuelto a llorar al leer lo que has escrito porque es verdad.
    Seguro que saldrán adelante porque ya tiene experiencia de salir adelante ante las catástrofes.
    Sigue escribiendo tan bonito

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *