VENGANZA

(Relato Completo)

El inspector Martínez, conducía bajo la torrencial lluvia a toda velocidad. Hacía apenas unos minutos que su cerebro se había iluminado como una bombilla, descubriendo la explicación al caso que había estado atormentándolo, con saña, durante el último mes. El limpiaparabrisas se movía frenéticamente, tratando de expulsar las gotas de lluvia del cristal, y el vehículo se deslizaba por el asfalto de forma temeraria, impulsado por la urgencia con la que el policía pisaba el gastado acelerador de su coche de alta gama. El tiempo se agotaba. Si no reaccionaba ya, el sospechoso podría escapar en cualquier momento. Ahora lo comprendía al fin. ¿Cómo no se le había ocurrido buscar ahí antes? ¿Cómo había podido estar tan ciego? Con la mirada perdida en la sinuosa carretera, no pudo evitar que su intrépida mente viajase al momento en el que estalló todo.

Aquella noche el inspector estaba a punto de pedir la cuenta en el restaurante donde había tenido una magnífica cena con su último ligue, la tremenda rubia que trabajaba como recepcionista en el turno de mañana de la consulta de su odontóloga. Una mujer con unas curvas monumentales que compensaban con creces su intensa verborrea, la cual Martínez se moría por acallar de mil maneras en cuanto salieran de allí, todas ellas sobre la enorme cama de su apartamento. Antes de poder levantar el brazo en busca del camarero, el sonido estridente de su móvil rompió el silencio, y al ver el número de uno de sus subordinados en la pantalla, la promesa de un memorable fin de fiesta se esfumó ante sus ojos como por arte de magia. Supo que la noche de buen sexo tendría que esperar en cuanto contestó a la llamada y escuchó los balbuceos del pobre chaval, que además de disculparse por haber tenido que molestarlo en su día libre, le comunicaba que necesitaban su presencia en la escena de un crimen que acababan de descubrir hacía pocos minutos.

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LA ESPERA

Eran las doce en punto de la mañana y Daniel no dejaba de mirar la pantalla de su teléfono móvil, sentado en una incómoda silla del enorme aeropuerto de Madrid. El tiempo volaba a la velocidad del rayo y la falta de noticias incrementaba, aún más, su terrible nerviosismo. Las manos le sudaban al darse cuenta de que faltaba menos de una hora para que su avión despegara y por más que miraba el acceso a la zona de embarque, Natalia no hacía acto de presencia.

Esa incómoda voz de su interior le decía que no perdiera más el tiempo esperándola, porque ella no iba a aparecer. Todo su plan era una auténtica locura y ese tipo de locuras, únicamente salían bien en las películas y ni siquiera en todas. Trató de calmar su ansiedad pasando una y otra vez sus manos por los cabellos, intentando silenciar esa maldita voz que amenazaba con consumir sus últimos gramos de esperanza.

Pensó que al menos lo llamaría o le enviaría algún mensaje de Whatsapp. Estaba convencido de que Natalia se pondría en contacto con él de una forma u otra. Una semana tan maravillosa no podía caer en el olvido, una historia como la suya no se merecía un final tan amargo como el silencio. Pero las dudas eran traicioneras, el tiempo pasaba sin remedio y la mujer no aparecía, tal y como había prometido, para coger ese avión junto a él rumbo a un nuevo horizonte.

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Con la mirada perdida en la línea que anunciaba su vuelo en el panel de salidas, mientras el agobio y la incertidumbre empezaban a hacer mella en su rostro, Daniel recordó el momento exacto en el que conoció a Natalia, en el congreso médico al que ambos habían asistido como directores de especialidad de sus respectivos hospitales. Aquella mañana, al escuchar su voz de sirena, sintió por primera vez en su vida que todas las piezas encajaban, se sintió como en casa, como si hubiera llegado por fin al lugar donde quería estar por el resto de su existencia.

Luego vinieron las presentaciones, las conversaciones apresuradas en los instantes de espera, los encuentros en los pasillos entre risas, las charlas en las mesas de exposición, los almuerzos compartidos con la comunidad médica y esa primera cena a solas, que él tuvo la valentía de proponer y ella de aceptar, donde tuvieron la oportunidad de conocerse mejor y contar su vida el uno al otro, acompañados por una botella de buen vino, a la que siguió una segunda, empujados por el encanto de la situación.

Antes de que esa noche acabara, Daniel sintió que se había enamorado como un colegial de esa mujer única, y decidió aprovechar el resto de la semana de congreso para usar todas sus armas de seducción, con el fin de conquistar a Natalia. Poco le importaba que estuviera casada, porque para él la puerta sí que estaba abierta, ya la cerraría ella si lo consideraba oportuno. Pero ella no la cerró anoche, cuando la acompañó hasta su habitación en el hotel y pudo entrar en el paraíso.

En esa noche mágica, no durmieron, gastaron las horas entre besos ardientes, caricias apasionadas, y planes de una vida futura, totalmente diferente a la que habían llevado hasta ahora. Con los primeros rayos del sol, abandonaron su refugio bajo las sábanas, Daniel volvió a su habitación para recoger sus cosas y acordaron encontrarse posteriormente en el aeropuerto. Era importante que no los vieran salir juntos de allí. Desde esa rápida despedida, desde ese último beso tras la puerta de la habitación, habían pasado muy pocas horas, pero Daniel sentía que había transcurrido toda una vida.

El sonido metálico de los altavoces, anunciando la apertura del embarque de su vuelo, devolvió a Daniel a la triste sala de espera. Miró una vez más el reloj, ese maldito reloj que no detenía su avance y que corría incansable hacia la hora en la que las puertas de embarque se cerrarían. El nerviosismo había dejado paso a la preocupación. ¿Le habría pasado algo a Natalia? Buscando valor en su agitada mente decidió llamarla, para poner punto final a la incertidumbre, pero lo único que escuchó fueron los áridos tonos de llamada, hasta que un triste buzón de voz le dio las instrucciones por si quería dejar algún mensaje.

El mundo pareció explotar a su alrededor, el silencio se apoderó de la sala de espera y el alma cayó a sus pies con estrépito de derrumbe, entre rumores negros de fracaso martilleando en sus oídos. La certeza de que Natalia no iba a acudir se hizo palpable en su corazón y una profunda tristeza lo embargó por completo. Quizás para ella sólo hubiera sido una aventura, una muesca más en su revólver. Quizás, simplemente, se hubiera divertido un poco con él.

Había sido un loco por pensar que una mujer de su posición fuera a abandonarlo todo por amor. Había sido muy inocente al imaginar que Natalia dejaría a su marido, su hogar y su trabajo, por una historia romántica por estrenar. Se maldijo por haber sido tan crédulo, tan estúpido y por seguir creyendo en los cuentos de hadas.

Angustiado por esos lúgubres pensamientos, el sonido de su móvil lo sacó de su parálisis y, tras desbloquearlo con dedos temblorosos, vio que tenía nuevos mensajes de Whatsapp por leer. ¿Serían de Natalia? Sintiéndose como un condenado a muerte y conteniendo la respiración sin darse cuenta, Daniel abrió la aplicación para comprobarlo, con un suspiro en el filo del abismo de los latidos de su corazón.

Un nudo se asentó alrededor de su garganta al ver el indicador verde con los mensajes pendientes, junto a la foto de perfil de Natalia. Sus ojos pudieron ver el comienzo del primer mensaje por leer: «Daniel, no he tenido el valor de…». No pudo continuar, no pudo seguir leyendo, estaba claro al fin, ella no iba a acudir a la cita. Todo lo que sintió, todo lo que vivió en esos días junto a ella, todo, fue un espejismo, algo que sólo existió en su cabeza, y nada más. Y dolía, claro que dolía. Dolía haber sido un juguete para ella, algo que contar a sus amigas cuando regresase a Barcelona en el primer vermut de fin de semana, para volver después junto a ese tipo que seguro que no era tan frío con ella como le había hecho creer, en ese hogar que ahora estaba convencido de que no debía estar tan vacío, si no había sido capaz de renunciar a él para vivir la aventura de sus vidas.

Qué estúpido se sintió justo entonces al mirar su billete de avión, que asomaba por el bolsillo de su chaqueta. Pero cómo había sido tan tonto como para creer que ella iba a dejar todo su mundo atrás por él, cómo pudo pensar que ella recogería el billete que había dejado a su nombre, en el mostrador de la compañía, con destino a El Cairo, y se uniría a él en esa puerta de embarque. Pero desde cuándo se había visto a sí mismo como un protagonista de una de esas películas románticas de sobremesa.

Daniel no tuvo ganas de seguir leyendo sus mensajes, no en ese momento. Para qué gastar más energías en esa historia, para qué gastar más energía en ella. Mientras apagaba su teléfono para guardarlo en el bolsillo de su pantalón, la megafonía volvió a sonar con el último aviso para los viajeros con destino a El Cairo. Daniel se levantó despacio del asiento donde había estado esperándola durante horas. Observó cómo las azafatas de la línea recibían sonrientes a los más rezagados en el control. Dudó por un segundo si abandonar esa estúpida idea de hacer ese viaje a Egipto él solo, a pesar de lo mucho que deseó hacerlo durante toda su vida, sobre todo ahora que la locura de cumplir ese sueño junto a Natalia se había ido al garete. Una de las azafatas le sonrió con apremio, tenían que cerrar pronto el acceso y le estaba invitando claramente a decidirse. Miró una última vez sobre su hombro y, con una sonrisa triste, comenzó a caminar con decisión hasta la puerta, con el billete tendido firmemente en su mano, delante de él.

Tan pronto como entró en la cabina de su vuelo, y anduvo unos metros hasta su asiento, hasta sus asientos en realidad, aunque ahora sólo iba a ser el suyo, no tardó en comprobar que los pasajeros que habían embarcado antes que él ya habían ocupado todas las cabinas superiores para el equipaje de mano. Lanzó la chaqueta sobre su asiento con una sonrisa tan cansada como él, y con la mirada baja, dio media vuelta en busca de una azafata que le ayudase a solucionar el problema, pero chocó con otro viajero, otro tardío seguramente. Antes de que pudiera levantar la mirada para pedir disculpas, creyó reconocer los tobillos que flotaban con elegancia sobre unos magníficos stilettos negros, y entonces volvió a escuchar su voz.

—¿No te han enseñado que hacer ghosting es de mala educación?

Daniel levantó la cabeza en un movimiento rápido, no podía ser cierto lo que estaba viendo. Natalia estaba plantada en medio del pasillo con los brazos cruzados y una ceja levantada a modo de interrogación. Daniel quiso abrir la boca, pero ella levantó levemente una de sus manos, dejando claro que era ella quien quería hablar primero.

—Si hubieras leído mis mensajes, habrías sabido que no tuve el valor de huir de esta manera sin hablar antes con él.—Natalia soltó la frase al tiempo que tomaba la maleta de las manos casi inertes de Daniel, para dársela a la azafata que observaba la escena junto a ellos con toda la atención, antes de continuar su discurso—. Si los hubieras leído, habrías sabido que necesitaba unos minutos para hablar con mi marido y para decirle sin rodeos que no iba a volver.

Daniel no podía creer que aquello estuviera sucediendo de verdad, sólo quería abrazarla, necesitaba abrazarla, pero ella pareció notarlo, y frenó su impulso apoyando su mano suavemente en su pecho, acompañando el gesto con una negación de cabeza tan firme como sexy. Él sentía que se derretía por dentro, mientras su cabeza no podía salir de aquella espiral de confusión. Las azafatas esperaban junto a ellos, intrigadas, expectantes, con la esperanza de poder ver el desenlace antes de despegar, y la maleta de Daniel a sus pies. Varios de los viajeros de las filas adyacentes empezaron a darse cuenta de lo que estaba sucediendo en ese avión, y crearon poco a poco con su silencio una atmósfera realmente teatral.

Daniel intentó una vez más abrir la boca para hablar, pero ella puso su índice sobre sus labios para impedirlo, de forma seductora.

—Si hubieras leído mis mensajes, habrías sabido que no tenía ninguna duda de que lo que íbamos a hacer, de lo que estamos haciendo—afirmó con un quiebro en su voz que delataba la emoción que corría por todo su cuerpo, aunque quisiera esconderlo con su actitud—. ¿Y sabes una cosa más? Si hubieras leído mi último mensaje, habrías sabido que, aunque te pudiera parecer una locura, aunque nos hayamos conocido hace apenas unos días, siento que estoy enamorada por completo de ti y que quiero vivir esta locura a tu lado, hasta el final.

Un silencio sepulcral invadió todo por unos segundos, silencio que Daniel se atrevió a romper con una única frase, mientras sentía cómo unos fuegos artificiales llenaban su pecho por completo.

—Perdone señorita, pero creo que está usted ocupando el pasillo, y este vuelo tiene que despegar si quiere que empecemos a vivir el resto de nuestras vidas juntos.

Daniel abrazó a Natalia con todas sus fuerzas, para sellar después con un beso largo y tierno el comienzo de la mayor aventura que había vivido nunca. Cuando tomó asiento junto a ella, con los aplausos del resto de viajeros sonando a su alrededor, Daniel comenzó a reír ante la mirada atónita de Natalia, mientras se prometía a sí mismo no volver a despreciar nunca más los guiones de esas películas ñoñas, que solía poner de fondo los fines de semana a la hora de la siesta.

Relato creado a dos manos con el magnífico escritor Ramón Martínez Martín, registrado al cincuenta por ciento de autoría.