Doblar la última caja fue toda una satisfacción, la última de los cientos que dejó el camión de la mudanza en mi nuevo apartamento tres días antes de aquel. Pensé que nunca acabaría. Siempre fui extremadamente obsesiva con el orden, nunca pude ver la casa revuelta, por eso pasé aquellos tres primeros días encerrada en mi nuevo hogar, sobreviviendo a base de pedidos de comida a domicilio, saliendo al exterior sólo para hacer viajes a los contenedores de reciclaje, con pilas de cajas vacías perfectamente plegadas, y burruños de plásticos de burbujas de embalar. Aquella pues, fue la última caja, la mudanza había terminado, pude decir al fin que estaba oficialmente instalada.
Con pasos lentos y cansados, me acerqué a la nevera para tomar un refresco bien frío, escuchar el siseo del gas al salir de su interior al forzar la arandela me hizo desear aún más tomar un buen trago. Con la lata en la mano, caminé por el pequeño apartamento, preguntándome en silencio como una estancia tan diminuta podía haberme llevado tanto trabajo. Reconocí no obstante que el esfuerzo mereció la pena, había quedado precioso con las pocas cosas que conseguí rescatar del naufragio de mi matrimonio, todas mías, todas salvo una, la estantería maciza de madera de cerezo que había estado decorando el majestuoso salón de la casa que hasta hacía apenas un mes había compartido con mi ex marido. Aquella estantería, sencilla pero elegante y atemporal, fue lo único que él me permitió conservar, y lo hizo porque fue el único mueble que me permitió elegir en la decoración de la que fue nuestra casa, lo hizo porque le recordaba irremediablemente a mí, a mí y a mi fuerza interior, aquella que consiguió hacerme despertar del letargo en el que había estado sumida durante casi una década, esperando que él me amase, que me respetase, cuando aquel hombre solo fue capaz de amar y respetar a su persona.
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