HUMO

No entendía qué estaba haciendo. No después de la bronca que tuvimos Alex y yo anoche en casa, cuando le dije que no aguantaba más. No entendía cómo había sido capaz de aceptar encontrarme en aquel lugar tan decadente y destartalado con él, por qué había terminado cediendo una vez más. Alex me había llamado apenas una hora antes, aquella misma tarde, casi en su hora de salida de la oficina. Se me encogió el corazón al escucharle hablar al borde del llanto, podía sentir sus nervios agarrotando su garganta, cuando me pidió con voz temblorosa que acudiera a la vieja imprenta abandonada, junto al aserradero en el que trabajaba como asistente desde hacía más de diez años, con la promesa de explicármelo todo una vez nos encontrásemos allí, no tuve tiempo de decir nada, simplemente colgó. Lo nuestro hacía aguas por todos lados, pero ninguno de los dos era capaz de dar un paso adelante para tomar una decisión, la verdad es que yo aún lo amaba demasiado. Lo pensé por un segundo, pero finalmente cogí mi chaqueta, el bolso, las llaves del coche y salí de casa con el corazón encogido. 

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LA CUEVA

Cata observó su imagen reflejada en el espejo de su habitación. Había pasado más de dos horas rebuscando en su armario la combinación perfecta que dotara a su imagen de un aire de dureza, sex appeal y algo de ternura, y que además resultase cómoda para las horas que iba a pasar en pie, sirviendo cerveza y copas detrás de la barra de “La Cueva”, la mítica sala de conciertos de su barrio, donde comenzaba a trabajar aquella misma noche. Terminó por convencerse de que los shorts vaqueros desgastados, con la camiseta negra de tirantes y las Converse negras de doble suela, eran la mejor opción, luego recogió su larga melena castaña en un moño alto despeinado, pintó sus ojos con lápiz negro y sus labios de rojo. La sonrisa que dibujó en su rostro no pudo esconder la incomodidad del pellizco que sentía en la boca del estómago. Aquel era su primer trabajo, necesitaba el dinero para cubrir sus gastos del verano y ahorrar un poco además, para las juergas universitarias que esperaban por ella cuando empezara el nuevo curso.  Sus padres no estaban especialmente contentos después de haber tenido que dejar dos asignaturas de primero para el año siguiente, habían dejado claro que el presupuesto de gastos extra iba a verse bastante mermado. Sólo el sonido de su móvil fue capaz de sacar a Cata de su empanamiento frente al espejo.

—Mierda, tengo diez minutos para llegar—exclamó al ver la hora en la pantalla, justo encima de la notificación de whatsapp que decidió dejar sin leer—. Mira que quería haber salido con tiempo, si es que mi padre va a tener razón, soy un puto desastre.

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VUELO A PARÍS

Helen bajó del Uber con una sensación extraña en su interior. No podía dejar de pensar en la enorme ilusión con la que había estado preparando aquel viaje durante meses. París, la ciudad del amor, ¿qué mejor lugar para celebrar el primer San Valentín con Tom? O eso fue lo que pensó cuando comenzó a organizarlo. Tomó la maleta de la mano del conductor, quien con su mejor sonrisa le deseó buen viaje. Helen intentó corresponder al gesto, pero al sentir cómo sus ojos se empañaron, optó por dar media vuelta dejando en el aire un simple «gracias», y corrió al interior del aeropuerto de Heathrow en busca de la zona de embarque, con el recuerdo en su cabeza de la noche en la que entregó a quien pensaba que era el amor de su vida, aquel sobre con los billetes y la reserva de hotel.

Helen había estado preparando todo con suma dedicación. Era el cumpleaños de Tom, el primero que pasaban juntos como pareja, después de más de tres años de amistad. Ella había estado enamorada de él desde el primer día en que se conocieron en la oficina, y por fin, tras años de cafés, confidencias, cenas de empresa, rolletes mutuos totalmente infructuosos, proyectos y viajes de trabajo en común, por fin estaban juntos. Tom le había contado infinidad de veces en todo ese tiempo lo mucho que le habría gustado poder hacer el Erasmus en París, cuando aún estaba estudiando la carrera, pero su Escuela de Negocios tenía pocas plazas y una nota de corte demasiado alta. Helen y Tom hacía poco más de ocho meses que habían empezado a salir como pareja, y ella aquella noche, para sorprenderle, había preparado como regalo una escapada a su ciudad soñada, para celebrar juntos el día más romántico del año, el día de San Valentín, el mismo del que ambos se habían estado mofando año tras año durante su soltería y que en esta ocasión, sin embargo, parecía que ambos esperaban con una ilusión empalagosa y sensiblera, totalmente desconocida para los dos. 

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LA FLOR DEL ALQUIMISTA

Jucef Bonhiac se ganaba la vida de modo oficial como el mejor tejedor de velos en todo el Call, la Judería de Barcelona. Su fama era bien conocida la ciudad, incluso las damas cristianas más pudientes acudían con sus criadas a por velos para engalanar sus vestidos, pero no eran sólo velos lo que estas damas buscaban, en ocasiones acudían a la casa de Jucef en busca de algo más, y no eran las únicas. Jucef tejía velos bellísimos y delicados sí, pero en el sótano de su local preparaba conjuros, ungüentos y pócimas de todo tipo para cristianos y judíos, unos para conseguir a la persona amada, otros para alejar la mala suerte, algunos para provocar digamos que una molesta digestión al vecino que no quería vender sus tierras. Jucef era alquimista, un alquimista que no dudaba en jugar con la oscuridad si la bolsa del cliente que pedía el remedio venía bien colmada de dineros de plata.

Aquella mañana de primavera de 1348, el trino de los primeros pájaros que gorjeaban en los árboles de los patios de las casas de alrededor junto con la brillante luz del sol, se colaban por el pequeño ventanuco de la recia puerta de madera de la tienda de Jucef. El crepitar del fuego recién encendido de la chimenea que usaba para calentar la estancia, iluminada además por varias lámparas de aceite, acompañaba el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera. No eran más de las ocho de la mañana pero él ya estaba colocando con delicadeza los últimos velos que había tejido sobre la repisa de su pequeña tienda, tras el tosco mostrador de madera que su vecino Hasday, carpintero de profesión, construyó para él cuando decidió abrir el negocio. 

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EL AMANECER DE ANNA

Falta poco menos de una hora para que amanezca, para que el día comience y todo acabe. Aquí sentada, cierro los ojos para sentir la brisa del aire de la madrugada, de esta madrugada de primavera, que todo lo perfuma con su aroma a vida, no sólo por los árboles que vuelven a vestir sus ramas de verde y a preñar con su polen el aire, o por las flores que seguro lucen su belleza en la oscuridad del triste jardín que me rodea, la pulsión de esa necesidad de apareamiento de todo bicho viviente, animal o humano, que inunda esta ciudad, se nota en el ambiente, y precisamente esa sensación, la misma que hace un tiempo llenaba mis ajadas venas con su fuego, hoy las convierte en hiel. 

Mientras comienzo a distinguir cómo el cielo estrellado cambia de luz lentamente, permito que mi memoria vuele a la noche en la que nací, aquel 24 de junio de 1940, entonces tenía tan solo dieciséis años. Hacía unas semanas que París estaba ocupada por los nazis. Yo había perdido a toda mi familia en los bombardeos del tres de junio y mi padre hacía meses que había desaparecido en combate.

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LA PEONZA

Me enamoré perdidamente de Luna el mismo día que la conocí, cuando era tan sólo un niño de siete años y acompañaba a mi madre por primera vez al mercado de nuestro pueblo. Mi abuela me había regalado el día anterior una peonza que ella misma había tallado y pintado después de azul, con miles de estrellas salpicadas, que dibujaban unas preciosas franjas blancas y azules cuando giraba, estaba loco por jugar con ella en la plaza. Nunca pensé que aquel día conocería al amor de mi vida, entre toda aquella algarabía de conversaciones y risas de las mujeres del pueblo, con sus canastos de mimbre colgados del codo y apoyados en la cadera, envueltas en ese ambiente delicioso, entre aromas de limones y naranjas recién cortados del árbol, dispuestos ahora sobre los mostradores de los puestos, aquel olor a vinagre del puesto de los encurtidos que tanto me gustaba, o el de pan recién hecho, del puesto de la familia de mi amigo Quique. 

Fue precisamente en ese puesto, que me despisté. Mi madre y la de mi amigo Quique, comenzaron a hablar de sus cosas y yo, aburrido, lancé la peonza con todas mis ganas contra el suelo de adoquines, dispuesto a saltar a por ella en cuanto diera el primer rebote, pero aquel día mi peonza hizo un movimiento extraño, giró sorpresivamente hacia la izquierda, adentrándose de nuevo en el corazón del mercado a toda velocidad, yo iba tras ella, con los ojos pegados en su trayectoria, aterrado ante la posibilidad de perderla entre la gente. La peonza se deslizaba cada vez más y más rápido, conmigo corriendo tras ella, hasta que de repente frenó, comenzó a girar sobre sí misma en el mismo punto, cada vez más despacio hasta que paró y cayó al suelo. Yo, con la respiración entrecortada, me agaché para recogerla justo al tiempo que unas pequeñas zapatillas blancas, con unos calcetines rosas, paraban junto a mi peonza. Tomé mi juguete con una mano, y mientras volvía a ponerme derecho, mi mirada se topó al final de aquel mandil de cuero y de aquella camiseta de Candy Candy, con el rostro más hermoso, los ojos más bellos, brillantes y profundamente negros con largas pestañas, y con la sonrisa más dulce que había visto nunca. 

—¿Es tuya?—Preguntó sin dejar de sonreír y con su precioso dedo extendido, señalando mi peonza.

—Sí, me la hizo mi abuela…¿Te gusta?—Respondí con ella en la palma de mi mano.

—Es preciosa…—dijo la niña.

—¿Quieres que te enseñe a bailarla?—Me atreví a decir algo nervioso, concentrado en conseguir que el calor que recorría mi cuerpo de pies a cabeza en su presencia no acabase por explotar en mis mejillas, aunque debo confesar que sin éxito alguno por cómo me miraba.

—¡Luna! Maldita chiquilla… Vamos, no te entretengas con estupideces, que hay mucho trabajo que hacer…—La voz fría y demandante de la que supuse era su madre rompió la magia de aquel instante sin ningún miramiento.

Así fue como me enteré de su nombre, Luna, el nombre más hermoso para la niña más bonita. Mientras su madre, una mujer alta de pelo negro recogido en una trenza larga que llegaba a media espalda, y unos ojos grises de mirada heladora, la llevaba de vuelta al interior de su puesto de hierbas, infusiones y jabones, con su mano de dedos largos y delgados aferrados alrededor de su brazo, ella continuaba mirándome con esa sonrisa de ángel. En ese instante, desvié un segundo mis ojos de los suyos, para encontrarme con la mirada furiosa de mi madre entre las cabezas de las mujeres, que seguían afanadas en sus compras a lo largo los pasillos formados por los puestos ambulantes. Venía directa hacia mí, con esa expresión en el rostro de “esta tarde vas a merendar zapatilla”. Así que antes de que me sacara a rastras, probablemente de una oreja, giré mi rostro de nuevo hacia la niña al caer en la cuenta de que yo no le había dicho mi nombre.

—¡Luna! ¡Luna!—Brame tan alto como pude hasta que ella se dio la vuelta—. Yo me llamo Olmo, Ol-mo ¡hasta luego!

Me despedí con una sonrisa sin dejar de mirarla, a pesar de los tirones de mano de mi madre, quien estuvo murmurando por lo bajo todo el camino hasta casa, no entendía lo que decía, pero desde luego no estaba de muy buen humor. No recuerdo cuánto tiempo tardamos en llegar, ni sé si hicimos el mismo camino que de costumbre, mis pies caminaban empujados por las sacudidas de mi madre, que tiraba de mi mano izquierda con fuerza y a buen paso, mientras yo apretaba en la otra dentro del bolsillo de mi pantalón corto la peonza de mi abuela, la peonza que me había llevado hasta ella, sin poder sacar el precioso rostro de Luna de mi cabeza.

Cuando llegamos a casa, mi madre tiró de mí hasta el salón, donde mi padre y mi abuela estaban tomando un café con la radio de fondo.

—Anda, anda… Vete a tu cuarto antes de que sacuda el culo, ¡vamos!—ordenó con el enfado coloreando sus mejillas, mientras yo me acercaba a mi padre para darle un beso—. ¿Te lo puedes creer, Benito? De todas las niñas que hay en el pueblo, tu hijo, tu santo hijo, ha ido a hablar con la niña de la rara esa, la de las hierbas.

—Bueno mujer, ¿qué hay de malo en eso? Sólo son dos niños—contestó mi padre al tiempo que revolvía con una mano mi pelo, para volver a su taza de café después.

—¿Qué quieres, que nos vayan señalando? ¿Que digan por ahí que nuestro hijo es el amiguito de la hija de la bruja? Además, a saber quién es el padre de esa criatura…—continuó protestando mi madre entre dientes mientras sacaba los paquetes de su canasto—. Ya he tenido que soportar bastantes murmuraciones en mi vida por el hecho de ser tu esposa, por ser la mujer de…

—¿De quién querida nuera?—Preguntó mi abuela con una de sus manos acariciando mi rostro, después de recibir mi beso y sus ojos avellana, algo nublados ya por las cataratas, fijos en mi madre—. No veo que te haya ido tan mal con mi Benito… Vives en una de las mejores casas de la vecindad, tienes un coche maravilloso en la puerta, la nevera llena todos los días y hasta un televisor a color, el primero del pueblo, además de haber tenido a esta joya de niño que tienes por hijo—dijo con sus ojos sonriendo a los míos por un segundo—. No creo que ser la nuera de la vieja curandera de Villafranca te haya hecho mucho mal, ni creo que hayas tenido muchas de falta de respeto de ninguno de los vecinos, al revés. Creo que ha sido respeto lo que has ganado, no te olvides que mis remedios han curado muchas de las peores enfermedades que han azotado esta región en las últimas décadas, es agradecimiento lo que he recibido siempre de ellos. ¿Por qué ahora que me he retirado crees que puedes tratar con ese desprecio a la nueva curandera que ha venido a ayudarnos con su puesto itinerante? ¿Es que no crees que su hijita sea digna de jugar con tu hijo?

Antes de empezar a caminar por el pasillo, camino de mi habitación, pude ver cómo el rostro de mi madre se encendía aún más.

—Mire Teodora—comenzó a hablar ella apuntando a la abuela con la barra de pan en la mano—, da igual. Lo único importante es que no quiero volver a ver a mi hijo cerca de esa, ni de esa mujer, ni de su hija y punto. ¿Entendido mequetrefe?—preguntó apuntándome a mí esta vez con el pan y sus ojos convertidos en puro fuego.

—Bueno, bueno, haya paz—intervino mi padre para intentar aplacar los nervios, levantándose del sofá para llevar los paquetes de mi madre a la cocina.

A pesar del momento de calma, decidí que lo mejor que podía hacer era meterme en mi cuarto sin rechistar, con el corazón encogido, eso sí, al recordar las palabras de mi madre, con el corazón encogido ante la idea de no poder volver a ver nunca más a Luna.

Sin lograr esconder mi tristeza, saqué la peonza de mi abuela del bolsillo, y con ella bien apretada entre mis manos, me tumbé en la cama. Un instante después, unos nudillos tocaron en mi puerta como siempre lo hacía mi abuela antes de entrar, cinco toques rápidos y dos lentos.

—Pasa abuela—dije casi en un susurro con desgana.

En cuanto la puerta se abrió, su perfume a Heno de Pravia llegó hasta mi cama antes que ella, mezclado con la fragancia de los kilos de laca que usaba para peinar su perfecto moño de cabellos blancos. Mi abuela tenía entonces setenta y ocho años y una artrosis galopante que la obligaban a ayudarse de un bastón para poder caminar. Se apoyó en él para sentarse despacio a los pies de mi cama en silencio, y al ver que yo no me lanzaba a hablar, tomó aire y comenzó ella.

—Cariño, no hagas caso a tu madre, yo sé que Luna y tú estáis predestinados—afirmó con seguridad y aplomo en su tono de voz.

Yo me senté sobre la cama de un salto.

—¿Qué quieres decir con eso abuela? ¿Qué es estar predestinado?—pregunté con las piernas cruzadas más cerca de ella.

Mi abuela sonrió con ternura y puso una mano sobre mi peonza.

—Algún día lo comprenderás. Dime una cosa, ¿a que fue ella quién te llevó hasta Luna?—soltó sin dejar de sonreír, ante mi mirada de asombro y mi boca abierta de par en par al asentir con la cabeza.

—Pero abuela…¿Cómo lo sabes?—Acerté a preguntar.

Ella rió por lo bajini, y me guiñó un ojo con picardía.

—Vamos cariño, vamos a poner la mesa, que vamos a comer en nada, y procura no enfadar más a tu madre, tu padre ha conseguido aplacarla, pero me temo que cualquier cosa podría desatar a la bestia—susurró con su rostro arrugado pegado al mío antes de regalarme un beso—. Y no te preocupes, volverás a ver a Luna, aunque puede que tenga que pasar un poco de tiempo antes.

Aquellas palabras de mi abuela me acompañaron mientras puse la mesa esa noche, y lo hicieron durante mucho tiempo más, ya que por desgracia, en nuestra visita al mercado a la semana siguiente, pude comprobar que el puesto de hierbas e infusiones de su madre no estaba en su sitio, ni tampoco lo estuvo a la siguiente, ni a la otra. No falté ni una semana a la compra en el mercado junto a mi madre, siempre con la peonza en la mano para lanzarla una y otra vez mientras ella llenaba su canasto, siempre listo para seguir la senda que el juguete de madera me mostrase, pero sorpresivamente, todas y cada una de las veces que la lanzaba, la peonza se quedaba clavada en un punto, simplemente girando sobre sí misma. Luego nos enteramos de que la madre de Luna había decidido probar suerte en otra parte, y claro está, Luna se fue con ella.

Antes de que pudiera darme cuenta, los años pasaron. Pronto cumplí los quince y mi peonza y yo tuvimos que irnos a la capital, a un instituto interno, para poder estudiar el bachillerato, ya que en Villafranca sólo había escuelas, y cuando el instituto acabó, me aceptaron en la Facultad de Ciencias Matemáticas. Desde niño mi abuela me había estado hablando de estrellas y constelaciones, e hizo nacer en mí el gusanillo de la Astronomía. Durante todo aquel tiempo, yo me dedicaba a hacer bailar mi vieja peonza de vez en cuando, con la esperanza de que me llevase en algún momento hasta Luna, hasta esa niña que no había podido sacar de mi cabeza. En ocasiones me sentí el chico más estúpido del mundo al estar obsesionado con aquel encuentro infantil, deshechando las oportunidades que mi vida de estudiante ponía frente a mí, con muchachas inteligentes y preciosas. Intenté muchas veces tener citas con algunas de ellas, pero a pesar de que muchas de ellas resultaron ser realmente geniales, algo fallaba en mi interior y terminaba rompiendo para evitar hacerlas daño más adelante.

Así fué pasando el tiempo hasta que un día, cuando estaba en segundo de carrera, en mi piso de estudiante, recibí la llamada de mi padre. Nunca olvidaré aquellas palabras: “Olmo, hijo, ha llegado el momento. Tu abuela está a punto de marcharse, es mejor que vengas a casa”. Creo que ese fue el viaje de vuelta a casa más difícil de todos. Un enorme nudo se alojó en mi garganta durante todo el trayecto, y las lágrimas llenaban mis ojos sólo con pensar que en el viaje de regreso todo sería diferente y ella ya no estaría. Sentir su peonza en mi bolsillo me consolaba, me hacía sentir calma, me hacía sentirla más cerca. Cuando llegué a la casa, mi abuela, con sus noventa preciosos años, me esperaba sentada en su sillón, como siempre, con su bastón en la mano, su moño blanco y su perfume a Heno de Pravia.

—Ha querido levantarse de la cama para esperarte—dijo mi padre con la voz entrecortada cuando le abracé al llegar—. Ahí la tienes, yo creo que está esperando verte para partir.

Abracé también a mi madre, sin poder evitar la emoción al ver sus ojos llenos de lágrimas contenidas ante la inminente marcha de mi abuela. Mis dos mujeres habían dejado atrás sus peleas hacía ya mucho tiempo, desde mi marcha para ser exactos. Quiero pensar que el hecho de no tenerme cerca, de echarme de menos, al menos sirvió para acercarlas.

—Anda hijo, dame tu bolsa y ve a hablar con ella. Lleva mirando la puerta casi sin pestañear desde que llegó tu autobús, estoy convencida de que aún puede presentir cuando andas cerca—afirmó mi madre con dulzura, tomando la bolsa de mis manos con un beso en mi mejilla—. Anda Beni, cariño, vamos a preparar un café, ayúdame en la cocina con las pastas.

Mi padre besó en la frente a mi abuela con dulzura, y me dejó a solas con ella.

—Olmo, cariño… Ya estás aquí—exclamó en un susurro, erizando con la debilidad de su voz todos los bellos de mi cuerpo—. Ven cariño, ven y dame un beso, anda.

Me acerqué solícito, la tomé de las manos, y la besé más con mi alma que con mis labios. Mi abuela, mi ángel, estaba a punto de partir y yo no podía hacer nada para evitarlo.

—Abuela, pero qué guapa estás…—Fue lo primero que me salió de la boca, no sabía por dónde empezar.

—Anda, anda, mamarracho, no digas sandeces… Los dos sabemos perfectamente que estoy hecha un escorzo—refunfuñó con ganas, provocando la risa de ambos, que en su caso vino acompañada de un ligero golpe de tos—. ¿La has traído?

—¿A quién abuela?—pregunté extrañado.

—A quién no hijo… Que si has traído tu peonza—respondió con su arrugada mano salpicada de manchas sobre mi brazo.

Yo sonreí y metí la mano en mi bolsillo para sacar el juguete que ella misma me regaló hacía ya trece años. Mi pobre peonza estaba ya algo cascada, había perdido ya algún que otro trozo de cielo, y alguna que otra estrella. Mi abuela abrió la mano para que pudiera ponerla sobre ella, y tan pronto como la sintió, cerró sus ancianos dedos alrededor de aquella madera con ternura y sonrió.

—¿Sabes hijo? Yo misma tallé esta peonza con mis manos para tu séptimo cumpleaños, y lo hice con un trozo del saúco que tu abuelo plantó para mí junto a nuestra casa—comenzó a explicar, sin dejar de mirarme, a pesar de no poder verme con sus ojos ya ciegos por las cataratas que nublaban su vista—. El saúco es el árbol más mágico, sus flores y bayas curan muchas enfermedades, pero además es bien sabido que las parejas que se unen bajos sus ramas o en su presencia, son bendecidas con un amor eterno, para toda la vida…

No pude evitar sentir un pellizco en el corazón al recordar una vez más a Luna, a la niña de la que me enamoré, la niña a la que no sé si podría reconocer ya convertida en una adulta, aunque la tuviera delante.

—Ya veo que sigues pensando en ella, hijo—afirmó mi abuela sin que yo abriera la boca para decir ni una palabra—. No me vengas ahora con sobresaltos, siempre has sabido que tu abuela no era solo una simple curandera… 

—Bueno abuela yo…

—Sí hijo sí, ahora que tu madre no nos oye… Siempre he tenido ciertos dones, y precisamente por eso tallé esta peonza para tí, en tu cumpleaños más mágico, el séptimo año, para que te guiara y protegiera siempre en la vida y para que te llevase hasta ella, hasta la mujer que continuará con mi estirpe, aunque no lleve mi sangre…

—Abuela, ¿qué quieres decir con eso?—Interrumpí confuso por sus palabras.

—Cariño, tú sólo prométeme que cuando me marche, vendrás a despedirme con tu peonza, es importante para mí—rogó con su mirada blanca buscando la mía.

—Te lo prometo—afirmé con rotundidad.

—Buen chico—dijo ella satisfecha poniendo la peonza en mi regazo, para retirar su mano después con dos palmaditas en mi brazo.

Aquella noche acosté a mi abuela en su cama. No me costó nada llevarla en brazos hasta su cuarto, su peso era tan liviano que supe que no tardaría en marchar. Charlamos de mis estudios, de mi vida en la capital, y de la felicidad que según ella me esperaba en el futuro. La besé una y mil veces en el rostro y antes de dejarla sola por fin, ella levantó su mano y con una amplia sonrisa, golpeó en la mesilla cinco veces rápido y dos lento, como siempre hacía en la puerta de mi habitación para avisar de su entrada. Los dos nos miramos, a pesar de que sus ojos no pudiera verme, y sonreímos cómplices, y en mi caso, aliviado de que en efecto ella no pudiera ver mis ojos llenos de lágrimas al salir de su habitación. Aquella fue nuestra despedida.

Tres días después, ahí estaba yo, en pie junto a mis padres, rodeados del amor de todo el pueblo, de centros y coronas de hermosas flores que todos, incluso los que ya no vivían allí, habían enviado para despedirse de la mayor curandera que tuvo Villafranca y la última también, ya que el puesto de la madre de Luna nunca más volvió a aparecer por allí. A pesar de la tristeza que ahogaba nuestro corazón, de alguna manera mi padre y yo manteníamos una calma que ambos compartíamos, los dos sabíamos que mi abuela Teodora nunca se iría del todo, sabíamos que estaría a nuestro lado siempre, y eso nos daba algo de paz. 

Cuando el pésame y la despedida de los asistentes hubo acabado, me acerqué a mi padre, necesitaba respirar un poco, pasear por el campo por el que tantas veces de niño había contemplado junto a mi abuela las estrellas, así que me despedí con la promesa de reunirme con ellos unos minutos después en la casa. Saqué de mi bolsillo la peonza que me había estado acompañando todo el tiempo tal y como le había prometido, y tan pronto como la tuve en la mano, aún no sé cómo cayó de ella y comenzó a rodar. Comenzó a rodar tal y como lo hizo aquél día, trece años atrás, girando sobre sí misma y desplazándose por el suelo aún adoquinado como si nada. Yo comencé a correr tras ella, con el corazón a punto de salir despedido por mi garganta, temblando por lo que aquello podía significar. Giré una esquina y allí la encontré, la peonza se había parado frente a la puerta de una casa, la última del pueblo, la más pegada al campo donde yo me tumbaba con mi abuela. Estaba allí girando como una loca sobre el felpudo, hasta que empezó a disminuir su ritmo poco a poco hasta dejarse caer al suelo. Caminé despacio hasta ella, con la respiración y el pulso tremendamente agitados, la recogí del suelo y al levantarme, vi que dentro de la casa había luz. Acerqué con curiosidad mi rostro a la ventana, junto a la puerta, dentro todo estaba vacío salvo por varias cajas de mudanza apiladas por todas partes, y entonces la vi, abriendo una de ellas sobre la encimera de la cocina. Reconocí de inmediato sus ojos negros de largas pestañas y sus labios rosados, esa mujer, bella y exótica de cabello corto como el azabache, era Luna, mi Luna.

—¿Y qué pasó entonces papá?—la voz de caramelo de mi pequeña Estrella de cuatro años interrumpe mi relato, como cada vez que me pide que le cuente nuestra historia y la de la peonza que ahora es ella quien sostiene entre sus pequeñas manos.

—Pues ya sabes lo que pasó, bicho. Tu padre llamó a la puerta de la casa, nos abrazamos, le conté que nunca había podido olvidar aquel día en el mercado, que siempre quise venir a vivir al pueblo, nos cogimos de la mano y desde entonces no nos hemos separado—interrumpe Luna al tiempo que entra en la habitación de nuestra hija para venir hasta mí, abrazarme por la espalda, a los pies de su cama y dejar un beso en mi cuello que me electrifica de arriba a abajo.

—Venga cariño, a dormir ya, que mañana hay cole…—afirmo intentando parecer firme ante sus ojos de avellana, como los de mi abuela, que me derriten en cuanto me miran. 

—Bueno, vale—responde Estrella alargando las primeras sílabas como hace siempre que quiere ganar tiempo—, pero espera a que venga la yaya a darme las buenas noches.

Luna me toma de la mano y se coloca a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro, mientras un perfume de Heno de Pravia y laca inunda la habitación, y los cinco golpes rápidos, seguidos de dos más pausados, suenan en la puerta como cada noche desde que la pequeña Estrella vino a este mundo.

NOCHE DE REYES

Como cada año en los primeros días de enero desde que nació su primer hijo, en la casa de los Prieto se palpaba la ilusión. Pepa se afanaba en preparar el chocolate de la merienda a fuego lento en la cocina. Su pequeño Jaime se había levantado aquella mañana con décimas de fiebre, provocadas por un catarro tonto, y con una temperatura exterior de menos cinco grados, lo más sensato era ver la cabalgata de la capital en la televisión, refugiados bajo la manta en el sofá frente a la chimenea, en lugar de esperar junto al resto de los niños y padres del pueblo en cualquiera de las calles de Villalpando, donde vivía la familia, y arriesgarse a que el enfriamiento del pequeño terminase por convertirse en algo más serio. Además, por primera vez en los últimos años, Pepa y Jaime estarían solos aquella tarde, su marido no iba a poder bajar de la fábrica metalúrgica en la que trabajaba, en las montañas de León, la nieve que había comenzado a caer a media mañana terminó por cubrir la carretera de bajada con un manto de más de veinte centímetros de espesor. Pepa no podía evitar que la tristeza se dibujase en su rostro al pensar que aquella iba a ser la primera Noche de Reyes en la que los tres estarían separados, además tampoco podía olvidar la mirada de decepción del pequeño después de explicarle la situación, justo antes de entrar en la cocina. 

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LA CALETA II

Sara abre los ojos. La habitación sigue en penumbra, aunque sabe que tan pronto como haga el más mínimo movimiento, las persianas comenzarán a subir automáticamente por orden de Luis, quien seguramente llevará ya una hora despierto, observando de un modo obsesivo el monitor de seguimiento con su imagen en pantalla, o quizás haya salido a correr y lance alguna mirada entre zancada y zancada al Apple Watch de su muñeca, para saber si su precioso rehén ya se ha despertado.

Como cada mañana desde que se ha visto sumida en esta pesadilla, el primer pensamiento de Sara es para Lola, su querida Lola. Lo único que sabe es que aún sigue viva. El monstruo de Beni parece que no se ha cansado aún de ella, todo un récord para su hermano según Luis, pero a Sara no le ha extrañado, en absoluto. Lola siempre ha sido una guerrera, una luchadora que se ha pasado la vida entera sobreviviendo a todos y cada uno de los baches que el destino ha puesto en su camino, nunca nada tan abominable como lo que debe estar viviendo, presa de un depredador como ese despojo humano, agorafóbico y psicópata adicto al sexo de Beni, pero su Lola, su amiga, su hermana, le está dando una nueva lección. Sara no quiere pensar lo que ha debido hacer durante estos cuatro meses para mantenerse a salvo, no quiere pensar las cosas a las que ha debido acceder, y a las que se ha debido someter contra su voluntad y por la fuerza, porque si lo piensa, las arcadas se hacen con ella, su garganta se cierra y no puede respirar. 

En estos más de ciento veinte días, Sara ha aprendido a controlar sus ataques de ansiedad, y a esconder su miedo, su pavor, tras una máscara de serenidad que también ha conseguido mantenerla con vida; con vida y a salvo de las manos de Luis, quien sorprendentemente ha cumplido con la promesa que hizo cuando la encerró en ese piso el pasado mes de agosto, nunca la ha tocado, nunca más allá de lo necesario en las primeras semanas para asearla, cuando aún la mantenía atada de pies y manos sobre la cama, y no la ha tocado porque sigue esperando que sea ella quien se entregue a él, sigue esperando que Sara se enamore. Enamorarse de semejante enfermo, eso nunca. Lo que sí reconoce es que los cuidados de Luis también la ayudaron a superar la angustia, está convencida de que ya desde aquellos primeros días, y para ayudarla a estar en calma, Luis le ha debido estar suministrando algún calmante. Al principio, debía diluirlo en el café con leche de su desayuno porque tan pronto como bebía media taza, sentía que sus músculos se relajaban, dejaba de temblar y se sumía en un duermevela que duraba prácticamente el día entero. Cuando el verano pasó, Luis comenzó a relajarse ante la aparente sumisión de Sara, y comenzó a adecuar el piso para ella como premio, fue entonces cuando, probablemente por falta de tiempo y exceso de confianza, empezó a traer el calmante en pastilla sobre la bandeja, Orfidal para los nervios, según le dijo, y se limitaba a esperar a que ella la tragase en su presencia. Lo que Luis no sabe es que Sara lleva ya dos meses guardando esa píldora bajo el labio superior, pegada a la encía. La esconde en un movimiento discreto y rápido, justo cuando la introduce en su boca para tomar después un sorbo de agua y dar una ligera sacudida de cabeza hacia atrás para simular aún mejor que la traga. De ese modo, cuando Luis la obliga a abrir la boca por completo y levantar la lengua, nunca encuentra nada. Comenzó a hacerlo cuando Luis dejó de atarla, aunque no se olvida de que las cadenas siguen ahí, colgando del somier, tapadas por el cobertor, no se olvida de que pueden volver a sus muñecas y tobillos si algo saliera mal.

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TURNO DE NOCHE

Adrián aparca su moto en la zona designada a los empleados de seguridad, dentro del muelle de carga de la gran torre de oficinas, su nuevo lugar de trabajo. Guarda los guantes y el casco en su baúl trasero, mientras intenta controlar las hormigas que corretean por su estómago, no puede evitar los nervios de su primer día. A sus veinticinco años, necesita un trabajo que le ayude a pagar sus estudios en criminología, así que no lo ha pensado dos veces cuando uno de sus profesores le ha puesto en contacto con esta empresa.

Antes de seguir las instrucciones para tomar el montacargas que lo llevará a la sala de control, observa por un segundo los muelles totalmente vacíos. Los toros de descarga de material esperan aparcados a que comience un nuevo día para ponerse en marcha, las motocicletas de vigilancia, que seguramente deberá usar en algún momento de la noche para controlar que todo está en orden, en las más de dos mil plazas de estacionamiento para empleados, también esperan perfectamente aparcadas en batería con el logo de SegurDetect bien visible en el chasis, con los colores corporativos, gris y azul. Con un escalofrío, Adrián sube un poco más la cremallera de su chaqueta touring de invierno y acomoda la braga de cuello que aún no se ha quitado, el aire helado del invierno se cuela por todas las verjas de acceso, cerradas ahora por seguridad. El silencio es absolutamente sobrecogedor, sólo interrumpido por el silbido del viento que se cuela por las rendijas de las puertas y las rejas, la impresión se acentúa cuando cae en la cuenta de que se encuentra en el sótano de la gran mole de acero, cemento y cristal de veintitrés plantas de altura, construida sobre las cenizas del edificio Windsor, aquella enorme mole que ardió hasta sus cimientos allá en el dos mil cinco, cuando tan solo era un crío.

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VENGANZA

(Relato Completo)

El inspector Martínez, conducía bajo la torrencial lluvia a toda velocidad. Hacía apenas unos minutos que su cerebro se había iluminado como una bombilla, descubriendo la explicación al caso que había estado atormentándolo, con saña, durante el último mes. El limpiaparabrisas se movía frenéticamente, tratando de expulsar las gotas de lluvia del cristal, y el vehículo se deslizaba por el asfalto de forma temeraria, impulsado por la urgencia con la que el policía pisaba el gastado acelerador de su coche de alta gama. El tiempo se agotaba. Si no reaccionaba ya, el sospechoso podría escapar en cualquier momento. Ahora lo comprendía al fin. ¿Cómo no se le había ocurrido buscar ahí antes? ¿Cómo había podido estar tan ciego? Con la mirada perdida en la sinuosa carretera, no pudo evitar que su intrépida mente viajase al momento en el que estalló todo.

Aquella noche el inspector estaba a punto de pedir la cuenta en el restaurante donde había tenido una magnífica cena con su último ligue, la tremenda rubia que trabajaba como recepcionista en el turno de mañana de la consulta de su odontóloga. Una mujer con unas curvas monumentales que compensaban con creces su intensa verborrea, la cual Martínez se moría por acallar de mil maneras en cuanto salieran de allí, todas ellas sobre la enorme cama de su apartamento. Antes de poder levantar el brazo en busca del camarero, el sonido estridente de su móvil rompió el silencio, y al ver el número de uno de sus subordinados en la pantalla, la promesa de un memorable fin de fiesta se esfumó ante sus ojos como por arte de magia. Supo que la noche de buen sexo tendría que esperar en cuanto contestó a la llamada y escuchó los balbuceos del pobre chaval, que además de disculparse por haber tenido que molestarlo en su día libre, le comunicaba que necesitaban su presencia en la escena de un crimen que acababan de descubrir hacía pocos minutos.

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