NUEVA VIDA

Doblar la última caja fue toda una satisfacción, la última de los cientos que dejó el camión de la mudanza en mi nuevo apartamento tres días antes de aquel. Pensé que nunca acabaría. Siempre fui extremadamente obsesiva con el orden, nunca pude ver la casa revuelta, por eso pasé aquellos tres primeros días encerrada en mi nuevo hogar, sobreviviendo a base de pedidos de comida a domicilio, saliendo al exterior sólo para hacer viajes a los contenedores de reciclaje, con pilas de cajas vacías perfectamente plegadas, y burruños de plásticos de burbujas de embalar. Aquella pues, fue la última caja, la mudanza había terminado, pude decir al fin que estaba oficialmente instalada.

Con pasos lentos y cansados, me acerqué a la nevera para tomar un refresco bien frío, escuchar el siseo del gas al salir de su interior al forzar la arandela me hizo desear aún más tomar un buen trago. Con la lata en la mano, caminé por el pequeño apartamento, preguntándome en silencio como una estancia tan diminuta podía haberme llevado tanto trabajo. Reconocí no obstante que el esfuerzo mereció la pena, había quedado precioso con las pocas cosas que conseguí rescatar del naufragio de mi matrimonio, todas mías, todas salvo una, la estantería maciza de madera de cerezo que había estado decorando el majestuoso salón de la casa que hasta hacía apenas un mes había compartido con mi ex marido. Aquella estantería, sencilla pero elegante y atemporal, fue lo único que él me permitió conservar, y lo hizo porque fue el único mueble que me permitió elegir en la decoración de la que fue nuestra casa, lo hizo porque le recordaba irremediablemente a mí, a mí y a mi fuerza interior, aquella que consiguió hacerme despertar del letargo en el que había estado sumida durante casi una década, esperando que él me amase, que me respetase, cuando aquel hombre solo fue capaz de amar y respetar a su persona. 

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«LOS DÍAS RAROS» CUMPLE UN AÑO

Pues sí, parece mentira: «Los Días Raros» cumple su primer añito, y quiero que tú, como suscriptor/ra de entremispaginas.com tengas toda la información de lo que tenemos preparado para celebrarlo de primera mano.

Sorteo:

  • Sorteo de un ejemplar firmado, una Tote Bag de «Los Días Raros» y alguna sorpresita adicional, que publicaré el viernes próximo en mi perfil de instagram: @entremispaginas.la , atent@ a toda la información en mis RRSS para participar.

Firmas de Ejemplares:

  • 16 de Mayo – Firma de ejemplares en la Feria del Libro de Fuenlabrada.
  • 18 de Mayo – Firma de ejemplares en la Feria del Libro de Vallecas.
  • 1, 4 y 8 de Junio – Firma de ejemplares en el Feria del Libro de Madrid.

Estamos a punto de sacar la cuarta edición de «Los Días Raros», y eso solo es posible gracias a ti, gracias a tu apoyo.

Te dejo este vídeo en el que podrás repasar toda esta información. Volveré con muchos más detalles en las próximas semanas.

Un millón de gracias por estar ahí.

Un beso. Chao

HUMO

No entendía qué estaba haciendo. No después de la bronca que tuvimos Alex y yo anoche en casa, cuando le dije que no aguantaba más. No entendía cómo había sido capaz de aceptar encontrarme en aquel lugar tan decadente y destartalado con él, por qué había terminado cediendo una vez más. Alex me había llamado apenas una hora antes, aquella misma tarde, casi en su hora de salida de la oficina. Se me encogió el corazón al escucharle hablar al borde del llanto, podía sentir sus nervios agarrotando su garganta, cuando me pidió con voz temblorosa que acudiera a la vieja imprenta abandonada, junto al aserradero en el que trabajaba como asistente desde hacía más de diez años, con la promesa de explicármelo todo una vez nos encontrásemos allí, no tuve tiempo de decir nada, simplemente colgó. Lo nuestro hacía aguas por todos lados, pero ninguno de los dos era capaz de dar un paso adelante para tomar una decisión, la verdad es que yo aún lo amaba demasiado. Lo pensé por un segundo, pero finalmente cogí mi chaqueta, el bolso, las llaves del coche y salí de casa con el corazón encogido. 

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LA CUEVA

Cata observó su imagen reflejada en el espejo de su habitación. Había pasado más de dos horas rebuscando en su armario la combinación perfecta que dotara a su imagen de un aire de dureza, sex appeal y algo de ternura, y que además resultase cómoda para las horas que iba a pasar en pie, sirviendo cerveza y copas detrás de la barra de “La Cueva”, la mítica sala de conciertos de su barrio, donde comenzaba a trabajar aquella misma noche. Terminó por convencerse de que los shorts vaqueros desgastados, con la camiseta negra de tirantes y las Converse negras de doble suela, eran la mejor opción, luego recogió su larga melena castaña en un moño alto despeinado, pintó sus ojos con lápiz negro y sus labios de rojo. La sonrisa que dibujó en su rostro no pudo esconder la incomodidad del pellizco que sentía en la boca del estómago. Aquel era su primer trabajo, necesitaba el dinero para cubrir sus gastos del verano y ahorrar un poco además, para las juergas universitarias que esperaban por ella cuando empezara el nuevo curso.  Sus padres no estaban especialmente contentos después de haber tenido que dejar dos asignaturas de primero para el año siguiente, habían dejado claro que el presupuesto de gastos extra iba a verse bastante mermado. Sólo el sonido de su móvil fue capaz de sacar a Cata de su empanamiento frente al espejo.

—Mierda, tengo diez minutos para llegar—exclamó al ver la hora en la pantalla, justo encima de la notificación de whatsapp que decidió dejar sin leer—. Mira que quería haber salido con tiempo, si es que mi padre va a tener razón, soy un puto desastre.

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VUELO A PARÍS

Helen bajó del Uber con una sensación extraña en su interior. No podía dejar de pensar en la enorme ilusión con la que había estado preparando aquel viaje durante meses. París, la ciudad del amor, ¿qué mejor lugar para celebrar el primer San Valentín con Tom? O eso fue lo que pensó cuando comenzó a organizarlo. Tomó la maleta de la mano del conductor, quien con su mejor sonrisa le deseó buen viaje. Helen intentó corresponder al gesto, pero al sentir cómo sus ojos se empañaron, optó por dar media vuelta dejando en el aire un simple «gracias», y corrió al interior del aeropuerto de Heathrow en busca de la zona de embarque, con el recuerdo en su cabeza de la noche en la que entregó a quien pensaba que era el amor de su vida, aquel sobre con los billetes y la reserva de hotel.

Helen había estado preparando todo con suma dedicación. Era el cumpleaños de Tom, el primero que pasaban juntos como pareja, después de más de tres años de amistad. Ella había estado enamorada de él desde el primer día en que se conocieron en la oficina, y por fin, tras años de cafés, confidencias, cenas de empresa, rolletes mutuos totalmente infructuosos, proyectos y viajes de trabajo en común, por fin estaban juntos. Tom le había contado infinidad de veces en todo ese tiempo lo mucho que le habría gustado poder hacer el Erasmus en París, cuando aún estaba estudiando la carrera, pero su Escuela de Negocios tenía pocas plazas y una nota de corte demasiado alta. Helen y Tom hacía poco más de ocho meses que habían empezado a salir como pareja, y ella aquella noche, para sorprenderle, había preparado como regalo una escapada a su ciudad soñada, para celebrar juntos el día más romántico del año, el día de San Valentín, el mismo del que ambos se habían estado mofando año tras año durante su soltería y que en esta ocasión, sin embargo, parecía que ambos esperaban con una ilusión empalagosa y sensiblera, totalmente desconocida para los dos. 

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LA FLOR DEL ALQUIMISTA

Jucef Bonhiac se ganaba la vida de modo oficial como el mejor tejedor de velos en todo el Call, la Judería de Barcelona. Su fama era bien conocida la ciudad, incluso las damas cristianas más pudientes acudían con sus criadas a por velos para engalanar sus vestidos, pero no eran sólo velos lo que estas damas buscaban, en ocasiones acudían a la casa de Jucef en busca de algo más, y no eran las únicas. Jucef tejía velos bellísimos y delicados sí, pero en el sótano de su local preparaba conjuros, ungüentos y pócimas de todo tipo para cristianos y judíos, unos para conseguir a la persona amada, otros para alejar la mala suerte, algunos para provocar digamos que una molesta digestión al vecino que no quería vender sus tierras. Jucef era alquimista, un alquimista que no dudaba en jugar con la oscuridad si la bolsa del cliente que pedía el remedio venía bien colmada de dineros de plata.

Aquella mañana de primavera de 1348, el trino de los primeros pájaros que gorjeaban en los árboles de los patios de las casas de alrededor junto con la brillante luz del sol, se colaban por el pequeño ventanuco de la recia puerta de madera de la tienda de Jucef. El crepitar del fuego recién encendido de la chimenea que usaba para calentar la estancia, iluminada además por varias lámparas de aceite, acompañaba el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera. No eran más de las ocho de la mañana pero él ya estaba colocando con delicadeza los últimos velos que había tejido sobre la repisa de su pequeña tienda, tras el tosco mostrador de madera que su vecino Hasday, carpintero de profesión, construyó para él cuando decidió abrir el negocio. 

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EL AMANECER DE ANNA

Falta poco menos de una hora para que amanezca, para que el día comience y todo acabe. Aquí sentada, cierro los ojos para sentir la brisa del aire de la madrugada, de esta madrugada de primavera, que todo lo perfuma con su aroma a vida, no sólo por los árboles que vuelven a vestir sus ramas de verde y a preñar con su polen el aire, o por las flores que seguro lucen su belleza en la oscuridad del triste jardín que me rodea. La pulsión de esa necesidad de apareamiento de todo bicho viviente, animal o humano, que inunda esta ciudad, se nota en el ambiente, y precisamente esa sensación, la misma que hace un tiempo llenaba mis ajadas venas con su fuego, hoy las convierte en hiel. 

Mientras comienzo a distinguir cómo el cielo estrellado cambia de luz lentamente, permito que mi memoria viaje hasta la noche en la que nací, aquel 24 de junio de 1940. Entonces tenía tan solo dieciséis años, hacía unas semanas que París estaba ocupada por los nazis. Yo había perdido a toda mi familia en los bombardeos del tres de junio y mi padre hacía meses que había desaparecido en combate.

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LA PEONZA

«Me enamoré perdidamente de Luna el mismo día que la conocí, cuando era tan sólo un niño de siete años y acompañaba a mi madre por primera vez al mercado de nuestro pueblo. Mi abuela me había regalado el día anterior una peonza que ella misma había tallado y pintado después de azul, con miles de estrellas salpicadas que dibujaban unas preciosas franjas blancas y azules cuando giraba, estaba loco por jugar con ella en la plaza. Nunca pensé que aquel día conocería al amor de mi vida, entre toda aquella algarabía de conversaciones y risas de las mujeres del pueblo con sus canastos de mimbre colgados del codo y apoyados en la cadera, envueltas en ese ambiente delicioso, entre aromas de limones y naranjas recién cortados del árbol dispuestos ahora sobre los mostradores de los puestos, el olor a vinagre de los encurtidos que tanto me gustaba, o el de pan recién hecho, de la parada de la familia de mi amigo Quique. 

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NOCHE DE REYES

Como cada año en los primeros días de enero desde que nació su primer hijo, en la casa de los Prieto se palpaba la ilusión. Pepa se afanaba en preparar el chocolate de la merienda a fuego lento en la cocina. Su pequeño Jaime se había levantado aquella mañana con décimas de fiebre, provocadas por un catarro tonto, y con una temperatura exterior de menos cinco grados, lo más sensato era ver la cabalgata de la capital en la televisión, refugiados bajo la manta en el sofá frente a la chimenea, en lugar de esperar junto al resto de los niños y padres del pueblo en cualquiera de las calles de Villalpando, donde vivía la familia, y arriesgarse a que el enfriamiento del pequeño terminase por convertirse en algo más serio. Además, por primera vez en los últimos años, Pepa y Jaime estarían solos aquella tarde, su marido no iba a poder bajar de la fábrica metalúrgica en la que trabajaba, en las montañas de León, la nieve que había comenzado a caer a media mañana terminó por cubrir la carretera de bajada con un manto de más de veinte centímetros de espesor. Pepa no podía evitar que la tristeza se dibujase en su rostro al pensar que aquella iba a ser la primera Noche de Reyes en la que los tres estarían separados, además tampoco podía olvidar la mirada de decepción del pequeño después de explicarle la situación, justo antes de entrar en la cocina. 

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LA CALETA II

Sara abre los ojos. La habitación sigue en penumbra, aunque sabe que tan pronto como haga el más mínimo movimiento, las persianas comenzarán a subir automáticamente por orden de Luis, quien seguramente llevará ya una hora despierto, observando de un modo obsesivo el monitor de seguimiento con su imagen en pantalla, o quizás haya salido a correr y lance alguna mirada entre zancada y zancada al Apple Watch de su muñeca, para saber si su precioso rehén ya se ha despertado.

Como cada mañana desde que se ha visto sumida en esta pesadilla, el primer pensamiento de Sara es para Lola, su querida Lola. Lo único que sabe es que aún sigue viva. El monstruo de Beni parece que no se ha cansado aún de ella, todo un récord para su hermano según Luis, pero a Sara no le ha extrañado, en absoluto. Lola siempre ha sido una guerrera, una luchadora que se ha pasado la vida entera sobreviviendo a todos y cada uno de los baches que el destino ha puesto en su camino, nunca nada tan abominable como lo que debe estar viviendo, presa de un depredador como ese despojo humano, agorafóbico y psicópata adicto al sexo de Beni, pero su Lola, su amiga, su hermana, le está dando una nueva lección. Sara no quiere pensar lo que ha debido hacer durante estos cuatro meses para mantenerse a salvo, no quiere pensar las cosas a las que ha debido acceder, y a las que se ha debido someter contra su voluntad y por la fuerza, porque si lo piensa, las arcadas se hacen con ella, su garganta se cierra y no puede respirar. 

En estos más de ciento veinte días, Sara ha aprendido a controlar sus ataques de ansiedad, y a esconder su miedo, su pavor, tras una máscara de serenidad que también ha conseguido mantenerla con vida; con vida y a salvo de las manos de Luis, quien sorprendentemente ha cumplido con la promesa que hizo cuando la encerró en ese piso el pasado mes de agosto, nunca la ha tocado, nunca más allá de lo necesario en las primeras semanas para asearla, cuando aún la mantenía atada de pies y manos sobre la cama, y no la ha tocado porque sigue esperando que sea ella quien se entregue a él, sigue esperando que Sara se enamore. Enamorarse de semejante enfermo, eso nunca. Lo que sí reconoce es que los cuidados de Luis también la ayudaron a superar la angustia, está convencida de que ya desde aquellos primeros días, y para ayudarla a estar en calma, Luis le ha debido estar suministrando algún calmante. Al principio, debía diluirlo en el café con leche de su desayuno porque tan pronto como bebía media taza, sentía que sus músculos se relajaban, dejaba de temblar y se sumía en un duermevela que duraba prácticamente el día entero. Cuando el verano pasó, Luis comenzó a relajarse ante la aparente sumisión de Sara, y comenzó a adecuar el piso para ella como premio, fue entonces cuando, probablemente por falta de tiempo y exceso de confianza, empezó a traer el calmante en pastilla sobre la bandeja, Orfidal para los nervios, según le dijo, y se limitaba a esperar a que ella la tragase en su presencia. Lo que Luis no sabe es que Sara lleva ya dos meses guardando esa píldora bajo el labio superior, pegada a la encía. La esconde en un movimiento discreto y rápido, justo cuando la introduce en su boca para tomar después un sorbo de agua y dar una ligera sacudida de cabeza hacia atrás para simular aún mejor que la traga. De ese modo, cuando Luis la obliga a abrir la boca por completo y levantar la lengua, nunca encuentra nada. Comenzó a hacerlo cuando Luis dejó de atarla, aunque no se olvida de que las cadenas siguen ahí, colgando del somier, tapadas por el cobertor, no se olvida de que pueden volver a sus muñecas y tobillos si algo saliera mal.

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