LOS DÍAS RAROS

Aún no me lo creo… Los Días Raros, mi primera novela, ya ha salido al mundo.

Me gustaría dejarte la sinopsis de la historia.

SINOPSIS

Puedes adquirir mi novela en este enlace con gastos de envío gratis. En breve estará también disponible en La Casa del Libro, Amazon y podrás pedirlo en cualquier librería física.

Además quiero enviarte un regalo, La Música de Los Días Raros. En esta lista de reproducción de Spotify podrás escuchar las mismas canciones que los protagonistas a lo largo de la historia. ¿Y si las reproduces según vayas leyendo sus páginas?

No se me olvida que te debo un relato. Confío en que comprendas la locura que están siendo estos días para mí. El relato vendrá, aunque probablemente será el “penúltimo” que comparta contigo en una temporada. Ahora tengo que dedicar tiempo a la promoción del libro, y los pocos ratos libres que consiga tengo que dedicárselos a mi segunda novela.

Estaremos en contacto también por aquí, iré contándote cómo va la novela, te enviaré información sobre las presentaciones, firmas de libros. Y sí, cuando esta vorágine frene un poco volveré a escribir relatos para ti. Mientras tanto te dejo mis historias, para que puedas leerlas cuando quieras, están siempre a tu disposición aquí, entre mis páginas.

Recuerda que también estaremos en contacto en mi perfil de Instagram, donde seguiré compartiendo vídeos contigo, para explicarte mi método creativo, y muchas cosas más sobre esta aventura.

Gracias por estar al otro lado, no me canso de decirte que si tú no leyeses mis historias, crearlas no tendría sentido.

Un beso. Chao.

VUELO A PARÍS

Helen bajó del Uber con una sensación extraña en su interior. No podía dejar de pensar en la enorme ilusión con la que había estado preparando aquel viaje durante meses. París, la ciudad del amor, ¿qué mejor lugar para celebrar el primer San Valentín con Tom? O eso fue lo que pensó cuando comenzó a organizarlo. Tomó la maleta de la mano del conductor, quien con su mejor sonrisa le deseó buen viaje. Helen intentó corresponder al gesto, pero al sentir cómo sus ojos se empañaron, optó por dar media vuelta dejando en el aire un simple «gracias», y corrió al interior del aeropuerto de Heathrow en busca de la zona de embarque, con el recuerdo en su cabeza de la noche en la que entregó a quien pensaba que era el amor de su vida, aquel sobre con los billetes y la reserva de hotel.

Helen había estado preparando todo con suma dedicación. Era el cumpleaños de Tom, el primero que pasaban juntos como pareja, después de más de tres años de amistad. Ella había estado enamorada de él desde el primer día en que se conocieron en la oficina, y por fin, tras años de cafés, confidencias, cenas de empresa, rolletes mutuos totalmente infructuosos, proyectos y viajes de trabajo en común, por fin estaban juntos. Tom le había contado infinidad de veces en todo ese tiempo lo mucho que le habría gustado poder hacer el Erasmus en París, cuando aún estaba estudiando la carrera, pero su Escuela de Negocios tenía pocas plazas y una nota de corte demasiado alta. Helen y Tom hacía poco más de ocho meses que habían empezado a salir como pareja, y ella aquella noche, para sorprenderle, había preparado como regalo una escapada a su ciudad soñada, para celebrar juntos el día más romántico del año, el día de San Valentín, el mismo del que ambos se habían estado mofando año tras año durante su soltería y que en esta ocasión, sin embargo, parecía que ambos esperaban con una ilusión empalagosa y sensiblera, totalmente desconocida para los dos. 

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EL AMANECER DE ANNA

Falta poco menos de una hora para que amanezca, para que el día comience y todo acabe. Aquí sentada, cierro los ojos para sentir la brisa del aire de la madrugada, de esta madrugada de primavera, que todo lo perfuma con su aroma a vida, no sólo por los árboles que vuelven a vestir sus ramas de verde y a preñar con su polen el aire, o por las flores que seguro lucen su belleza en la oscuridad del triste jardín que me rodea, la pulsión de esa necesidad de apareamiento de todo bicho viviente, animal o humano, que inunda esta ciudad, se nota en el ambiente, y precisamente esa sensación, la misma que hace un tiempo llenaba mis ajadas venas con su fuego, hoy las convierte en hiel. 

Mientras comienzo a distinguir cómo el cielo estrellado cambia de luz lentamente, permito que mi memoria vuele a la noche en la que nací, aquel 24 de junio de 1940, entonces tenía tan solo dieciséis años. Hacía unas semanas que París estaba ocupada por los nazis. Yo había perdido a toda mi familia en los bombardeos del tres de junio y mi padre hacía meses que había desaparecido en combate.

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LA PEONZA

Me enamoré perdidamente de Luna el mismo día que la conocí, cuando era tan sólo un niño de siete años y acompañaba a mi madre por primera vez al mercado de nuestro pueblo. Mi abuela me había regalado el día anterior una peonza que ella misma había tallado y pintado después de azul, con miles de estrellas salpicadas, que dibujaban unas preciosas franjas blancas y azules cuando giraba, estaba loco por jugar con ella en la plaza. Nunca pensé que aquel día conocería al amor de mi vida, entre toda aquella algarabía de conversaciones y risas de las mujeres del pueblo, con sus canastos de mimbre colgados del codo y apoyados en la cadera, envueltas en ese ambiente delicioso, entre aromas de limones y naranjas recién cortados del árbol, dispuestos ahora sobre los mostradores de los puestos, aquel olor a vinagre del puesto de los encurtidos que tanto me gustaba, o el de pan recién hecho, del puesto de la familia de mi amigo Quique. 

Fue precisamente en ese puesto, que me despisté. Mi madre y la de mi amigo Quique, comenzaron a hablar de sus cosas y yo, aburrido, lancé la peonza con todas mis ganas contra el suelo de adoquines, dispuesto a saltar a por ella en cuanto diera el primer rebote, pero aquel día mi peonza hizo un movimiento extraño, giró sorpresivamente hacia la izquierda, adentrándose de nuevo en el corazón del mercado a toda velocidad, yo iba tras ella, con los ojos pegados en su trayectoria, aterrado ante la posibilidad de perderla entre la gente. La peonza se deslizaba cada vez más y más rápido, conmigo corriendo tras ella, hasta que de repente frenó, comenzó a girar sobre sí misma en el mismo punto, cada vez más despacio hasta que paró y cayó al suelo. Yo, con la respiración entrecortada, me agaché para recogerla justo al tiempo que unas pequeñas zapatillas blancas, con unos calcetines rosas, paraban junto a mi peonza. Tomé mi juguete con una mano, y mientras volvía a ponerme derecho, mi mirada se topó al final de aquel mandil de cuero y de aquella camiseta de Candy Candy, con el rostro más hermoso, los ojos más bellos, brillantes y profundamente negros con largas pestañas, y con la sonrisa más dulce que había visto nunca. 

—¿Es tuya?—Preguntó sin dejar de sonreír y con su precioso dedo extendido, señalando mi peonza.

—Sí, me la hizo mi abuela…¿Te gusta?—Respondí con ella en la palma de mi mano.

—Es preciosa…—dijo la niña.

—¿Quieres que te enseñe a bailarla?—Me atreví a decir algo nervioso, concentrado en conseguir que el calor que recorría mi cuerpo de pies a cabeza en su presencia no acabase por explotar en mis mejillas, aunque debo confesar que sin éxito alguno por cómo me miraba.

—¡Luna! Maldita chiquilla… Vamos, no te entretengas con estupideces, que hay mucho trabajo que hacer…—La voz fría y demandante de la que supuse era su madre rompió la magia de aquel instante sin ningún miramiento.

Así fue como me enteré de su nombre, Luna, el nombre más hermoso para la niña más bonita. Mientras su madre, una mujer alta de pelo negro recogido en una trenza larga que llegaba a media espalda, y unos ojos grises de mirada heladora, la llevaba de vuelta al interior de su puesto de hierbas, infusiones y jabones, con su mano de dedos largos y delgados aferrados alrededor de su brazo, ella continuaba mirándome con esa sonrisa de ángel. En ese instante, desvié un segundo mis ojos de los suyos, para encontrarme con la mirada furiosa de mi madre entre las cabezas de las mujeres, que seguían afanadas en sus compras a lo largo los pasillos formados por los puestos ambulantes. Venía directa hacia mí, con esa expresión en el rostro de “esta tarde vas a merendar zapatilla”. Así que antes de que me sacara a rastras, probablemente de una oreja, giré mi rostro de nuevo hacia la niña al caer en la cuenta de que yo no le había dicho mi nombre.

—¡Luna! ¡Luna!—Brame tan alto como pude hasta que ella se dio la vuelta—. Yo me llamo Olmo, Ol-mo ¡hasta luego!

Me despedí con una sonrisa sin dejar de mirarla, a pesar de los tirones de mano de mi madre, quien estuvo murmurando por lo bajo todo el camino hasta casa, no entendía lo que decía, pero desde luego no estaba de muy buen humor. No recuerdo cuánto tiempo tardamos en llegar, ni sé si hicimos el mismo camino que de costumbre, mis pies caminaban empujados por las sacudidas de mi madre, que tiraba de mi mano izquierda con fuerza y a buen paso, mientras yo apretaba en la otra dentro del bolsillo de mi pantalón corto la peonza de mi abuela, la peonza que me había llevado hasta ella, sin poder sacar el precioso rostro de Luna de mi cabeza.

Cuando llegamos a casa, mi madre tiró de mí hasta el salón, donde mi padre y mi abuela estaban tomando un café con la radio de fondo.

—Anda, anda… Vete a tu cuarto antes de que sacuda el culo, ¡vamos!—ordenó con el enfado coloreando sus mejillas, mientras yo me acercaba a mi padre para darle un beso—. ¿Te lo puedes creer, Benito? De todas las niñas que hay en el pueblo, tu hijo, tu santo hijo, ha ido a hablar con la niña de la rara esa, la de las hierbas.

—Bueno mujer, ¿qué hay de malo en eso? Sólo son dos niños—contestó mi padre al tiempo que revolvía con una mano mi pelo, para volver a su taza de café después.

—¿Qué quieres, que nos vayan señalando? ¿Que digan por ahí que nuestro hijo es el amiguito de la hija de la bruja? Además, a saber quién es el padre de esa criatura…—continuó protestando mi madre entre dientes mientras sacaba los paquetes de su canasto—. Ya he tenido que soportar bastantes murmuraciones en mi vida por el hecho de ser tu esposa, por ser la mujer de…

—¿De quién querida nuera?—Preguntó mi abuela con una de sus manos acariciando mi rostro, después de recibir mi beso y sus ojos avellana, algo nublados ya por las cataratas, fijos en mi madre—. No veo que te haya ido tan mal con mi Benito… Vives en una de las mejores casas de la vecindad, tienes un coche maravilloso en la puerta, la nevera llena todos los días y hasta un televisor a color, el primero del pueblo, además de haber tenido a esta joya de niño que tienes por hijo—dijo con sus ojos sonriendo a los míos por un segundo—. No creo que ser la nuera de la vieja curandera de Villafranca te haya hecho mucho mal, ni creo que hayas tenido muchas de falta de respeto de ninguno de los vecinos, al revés. Creo que ha sido respeto lo que has ganado, no te olvides que mis remedios han curado muchas de las peores enfermedades que han azotado esta región en las últimas décadas, es agradecimiento lo que he recibido siempre de ellos. ¿Por qué ahora que me he retirado crees que puedes tratar con ese desprecio a la nueva curandera que ha venido a ayudarnos con su puesto itinerante? ¿Es que no crees que su hijita sea digna de jugar con tu hijo?

Antes de empezar a caminar por el pasillo, camino de mi habitación, pude ver cómo el rostro de mi madre se encendía aún más.

—Mire Teodora—comenzó a hablar ella apuntando a la abuela con la barra de pan en la mano—, da igual. Lo único importante es que no quiero volver a ver a mi hijo cerca de esa, ni de esa mujer, ni de su hija y punto. ¿Entendido mequetrefe?—preguntó apuntándome a mí esta vez con el pan y sus ojos convertidos en puro fuego.

—Bueno, bueno, haya paz—intervino mi padre para intentar aplacar los nervios, levantándose del sofá para llevar los paquetes de mi madre a la cocina.

A pesar del momento de calma, decidí que lo mejor que podía hacer era meterme en mi cuarto sin rechistar, con el corazón encogido, eso sí, al recordar las palabras de mi madre, con el corazón encogido ante la idea de no poder volver a ver nunca más a Luna.

Sin lograr esconder mi tristeza, saqué la peonza de mi abuela del bolsillo, y con ella bien apretada entre mis manos, me tumbé en la cama. Un instante después, unos nudillos tocaron en mi puerta como siempre lo hacía mi abuela antes de entrar, cinco toques rápidos y dos lentos.

—Pasa abuela—dije casi en un susurro con desgana.

En cuanto la puerta se abrió, su perfume a Heno de Pravia llegó hasta mi cama antes que ella, mezclado con la fragancia de los kilos de laca que usaba para peinar su perfecto moño de cabellos blancos. Mi abuela tenía entonces setenta y ocho años y una artrosis galopante que la obligaban a ayudarse de un bastón para poder caminar. Se apoyó en él para sentarse despacio a los pies de mi cama en silencio, y al ver que yo no me lanzaba a hablar, tomó aire y comenzó ella.

—Cariño, no hagas caso a tu madre, yo sé que Luna y tú estáis predestinados—afirmó con seguridad y aplomo en su tono de voz.

Yo me senté sobre la cama de un salto.

—¿Qué quieres decir con eso abuela? ¿Qué es estar predestinado?—pregunté con las piernas cruzadas más cerca de ella.

Mi abuela sonrió con ternura y puso una mano sobre mi peonza.

—Algún día lo comprenderás. Dime una cosa, ¿a que fue ella quién te llevó hasta Luna?—soltó sin dejar de sonreír, ante mi mirada de asombro y mi boca abierta de par en par al asentir con la cabeza.

—Pero abuela…¿Cómo lo sabes?—Acerté a preguntar.

Ella rió por lo bajini, y me guiñó un ojo con picardía.

—Vamos cariño, vamos a poner la mesa, que vamos a comer en nada, y procura no enfadar más a tu madre, tu padre ha conseguido aplacarla, pero me temo que cualquier cosa podría desatar a la bestia—susurró con su rostro arrugado pegado al mío antes de regalarme un beso—. Y no te preocupes, volverás a ver a Luna, aunque puede que tenga que pasar un poco de tiempo antes.

Aquellas palabras de mi abuela me acompañaron mientras puse la mesa esa noche, y lo hicieron durante mucho tiempo más, ya que por desgracia, en nuestra visita al mercado a la semana siguiente, pude comprobar que el puesto de hierbas e infusiones de su madre no estaba en su sitio, ni tampoco lo estuvo a la siguiente, ni a la otra. No falté ni una semana a la compra en el mercado junto a mi madre, siempre con la peonza en la mano para lanzarla una y otra vez mientras ella llenaba su canasto, siempre listo para seguir la senda que el juguete de madera me mostrase, pero sorpresivamente, todas y cada una de las veces que la lanzaba, la peonza se quedaba clavada en un punto, simplemente girando sobre sí misma. Luego nos enteramos de que la madre de Luna había decidido probar suerte en otra parte, y claro está, Luna se fue con ella.

Antes de que pudiera darme cuenta, los años pasaron. Pronto cumplí los quince y mi peonza y yo tuvimos que irnos a la capital, a un instituto interno, para poder estudiar el bachillerato, ya que en Villafranca sólo había escuelas, y cuando el instituto acabó, me aceptaron en la Facultad de Ciencias Matemáticas. Desde niño mi abuela me había estado hablando de estrellas y constelaciones, e hizo nacer en mí el gusanillo de la Astronomía. Durante todo aquel tiempo, yo me dedicaba a hacer bailar mi vieja peonza de vez en cuando, con la esperanza de que me llevase en algún momento hasta Luna, hasta esa niña que no había podido sacar de mi cabeza. En ocasiones me sentí el chico más estúpido del mundo al estar obsesionado con aquel encuentro infantil, deshechando las oportunidades que mi vida de estudiante ponía frente a mí, con muchachas inteligentes y preciosas. Intenté muchas veces tener citas con algunas de ellas, pero a pesar de que muchas de ellas resultaron ser realmente geniales, algo fallaba en mi interior y terminaba rompiendo para evitar hacerlas daño más adelante.

Así fué pasando el tiempo hasta que un día, cuando estaba en segundo de carrera, en mi piso de estudiante, recibí la llamada de mi padre. Nunca olvidaré aquellas palabras: “Olmo, hijo, ha llegado el momento. Tu abuela está a punto de marcharse, es mejor que vengas a casa”. Creo que ese fue el viaje de vuelta a casa más difícil de todos. Un enorme nudo se alojó en mi garganta durante todo el trayecto, y las lágrimas llenaban mis ojos sólo con pensar que en el viaje de regreso todo sería diferente y ella ya no estaría. Sentir su peonza en mi bolsillo me consolaba, me hacía sentir calma, me hacía sentirla más cerca. Cuando llegué a la casa, mi abuela, con sus noventa preciosos años, me esperaba sentada en su sillón, como siempre, con su bastón en la mano, su moño blanco y su perfume a Heno de Pravia.

—Ha querido levantarse de la cama para esperarte—dijo mi padre con la voz entrecortada cuando le abracé al llegar—. Ahí la tienes, yo creo que está esperando verte para partir.

Abracé también a mi madre, sin poder evitar la emoción al ver sus ojos llenos de lágrimas contenidas ante la inminente marcha de mi abuela. Mis dos mujeres habían dejado atrás sus peleas hacía ya mucho tiempo, desde mi marcha para ser exactos. Quiero pensar que el hecho de no tenerme cerca, de echarme de menos, al menos sirvió para acercarlas.

—Anda hijo, dame tu bolsa y ve a hablar con ella. Lleva mirando la puerta casi sin pestañear desde que llegó tu autobús, estoy convencida de que aún puede presentir cuando andas cerca—afirmó mi madre con dulzura, tomando la bolsa de mis manos con un beso en mi mejilla—. Anda Beni, cariño, vamos a preparar un café, ayúdame en la cocina con las pastas.

Mi padre besó en la frente a mi abuela con dulzura, y me dejó a solas con ella.

—Olmo, cariño… Ya estás aquí—exclamó en un susurro, erizando con la debilidad de su voz todos los bellos de mi cuerpo—. Ven cariño, ven y dame un beso, anda.

Me acerqué solícito, la tomé de las manos, y la besé más con mi alma que con mis labios. Mi abuela, mi ángel, estaba a punto de partir y yo no podía hacer nada para evitarlo.

—Abuela, pero qué guapa estás…—Fue lo primero que me salió de la boca, no sabía por dónde empezar.

—Anda, anda, mamarracho, no digas sandeces… Los dos sabemos perfectamente que estoy hecha un escorzo—refunfuñó con ganas, provocando la risa de ambos, que en su caso vino acompañada de un ligero golpe de tos—. ¿La has traído?

—¿A quién abuela?—pregunté extrañado.

—A quién no hijo… Que si has traído tu peonza—respondió con su arrugada mano salpicada de manchas sobre mi brazo.

Yo sonreí y metí la mano en mi bolsillo para sacar el juguete que ella misma me regaló hacía ya trece años. Mi pobre peonza estaba ya algo cascada, había perdido ya algún que otro trozo de cielo, y alguna que otra estrella. Mi abuela abrió la mano para que pudiera ponerla sobre ella, y tan pronto como la sintió, cerró sus ancianos dedos alrededor de aquella madera con ternura y sonrió.

—¿Sabes hijo? Yo misma tallé esta peonza con mis manos para tu séptimo cumpleaños, y lo hice con un trozo del saúco que tu abuelo plantó para mí junto a nuestra casa—comenzó a explicar, sin dejar de mirarme, a pesar de no poder verme con sus ojos ya ciegos por las cataratas que nublaban su vista—. El saúco es el árbol más mágico, sus flores y bayas curan muchas enfermedades, pero además es bien sabido que las parejas que se unen bajos sus ramas o en su presencia, son bendecidas con un amor eterno, para toda la vida…

No pude evitar sentir un pellizco en el corazón al recordar una vez más a Luna, a la niña de la que me enamoré, la niña a la que no sé si podría reconocer ya convertida en una adulta, aunque la tuviera delante.

—Ya veo que sigues pensando en ella, hijo—afirmó mi abuela sin que yo abriera la boca para decir ni una palabra—. No me vengas ahora con sobresaltos, siempre has sabido que tu abuela no era solo una simple curandera… 

—Bueno abuela yo…

—Sí hijo sí, ahora que tu madre no nos oye… Siempre he tenido ciertos dones, y precisamente por eso tallé esta peonza para tí, en tu cumpleaños más mágico, el séptimo año, para que te guiara y protegiera siempre en la vida y para que te llevase hasta ella, hasta la mujer que continuará con mi estirpe, aunque no lleve mi sangre…

—Abuela, ¿qué quieres decir con eso?—Interrumpí confuso por sus palabras.

—Cariño, tú sólo prométeme que cuando me marche, vendrás a despedirme con tu peonza, es importante para mí—rogó con su mirada blanca buscando la mía.

—Te lo prometo—afirmé con rotundidad.

—Buen chico—dijo ella satisfecha poniendo la peonza en mi regazo, para retirar su mano después con dos palmaditas en mi brazo.

Aquella noche acosté a mi abuela en su cama. No me costó nada llevarla en brazos hasta su cuarto, su peso era tan liviano que supe que no tardaría en marchar. Charlamos de mis estudios, de mi vida en la capital, y de la felicidad que según ella me esperaba en el futuro. La besé una y mil veces en el rostro y antes de dejarla sola por fin, ella levantó su mano y con una amplia sonrisa, golpeó en la mesilla cinco veces rápido y dos lento, como siempre hacía en la puerta de mi habitación para avisar de su entrada. Los dos nos miramos, a pesar de que sus ojos no pudiera verme, y sonreímos cómplices, y en mi caso, aliviado de que en efecto ella no pudiera ver mis ojos llenos de lágrimas al salir de su habitación. Aquella fue nuestra despedida.

Tres días después, ahí estaba yo, en pie junto a mis padres, rodeados del amor de todo el pueblo, de centros y coronas de hermosas flores que todos, incluso los que ya no vivían allí, habían enviado para despedirse de la mayor curandera que tuvo Villafranca y la última también, ya que el puesto de la madre de Luna nunca más volvió a aparecer por allí. A pesar de la tristeza que ahogaba nuestro corazón, de alguna manera mi padre y yo manteníamos una calma que ambos compartíamos, los dos sabíamos que mi abuela Teodora nunca se iría del todo, sabíamos que estaría a nuestro lado siempre, y eso nos daba algo de paz. 

Cuando el pésame y la despedida de los asistentes hubo acabado, me acerqué a mi padre, necesitaba respirar un poco, pasear por el campo por el que tantas veces de niño había contemplado junto a mi abuela las estrellas, así que me despedí con la promesa de reunirme con ellos unos minutos después en la casa. Saqué de mi bolsillo la peonza que me había estado acompañando todo el tiempo tal y como le había prometido, y tan pronto como la tuve en la mano, aún no sé cómo cayó de ella y comenzó a rodar. Comenzó a rodar tal y como lo hizo aquél día, trece años atrás, girando sobre sí misma y desplazándose por el suelo aún adoquinado como si nada. Yo comencé a correr tras ella, con el corazón a punto de salir despedido por mi garganta, temblando por lo que aquello podía significar. Giré una esquina y allí la encontré, la peonza se había parado frente a la puerta de una casa, la última del pueblo, la más pegada al campo donde yo me tumbaba con mi abuela. Estaba allí girando como una loca sobre el felpudo, hasta que empezó a disminuir su ritmo poco a poco hasta dejarse caer al suelo. Caminé despacio hasta ella, con la respiración y el pulso tremendamente agitados, la recogí del suelo y al levantarme, vi que dentro de la casa había luz. Acerqué con curiosidad mi rostro a la ventana, junto a la puerta, dentro todo estaba vacío salvo por varias cajas de mudanza apiladas por todas partes, y entonces la vi, abriendo una de ellas sobre la encimera de la cocina. Reconocí de inmediato sus ojos negros de largas pestañas y sus labios rosados, esa mujer, bella y exótica de cabello corto como el azabache, era Luna, mi Luna.

—¿Y qué pasó entonces papá?—la voz de caramelo de mi pequeña Estrella de cuatro años interrumpe mi relato, como cada vez que me pide que le cuente nuestra historia y la de la peonza que ahora es ella quien sostiene entre sus pequeñas manos.

—Pues ya sabes lo que pasó, bicho. Tu padre llamó a la puerta de la casa, nos abrazamos, le conté que nunca había podido olvidar aquel día en el mercado, que siempre quise venir a vivir al pueblo, nos cogimos de la mano y desde entonces no nos hemos separado—interrumpe Luna al tiempo que entra en la habitación de nuestra hija para venir hasta mí, abrazarme por la espalda, a los pies de su cama y dejar un beso en mi cuello que me electrifica de arriba a abajo.

—Venga cariño, a dormir ya, que mañana hay cole…—afirmo intentando parecer firme ante sus ojos de avellana, como los de mi abuela, que me derriten en cuanto me miran. 

—Bueno, vale—responde Estrella alargando las primeras sílabas como hace siempre que quiere ganar tiempo—, pero espera a que venga la yaya a darme las buenas noches.

Luna me toma de la mano y se coloca a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro, mientras un perfume de Heno de Pravia y laca inunda la habitación, y los cinco golpes rápidos, seguidos de dos más pausados, suenan en la puerta como cada noche desde que la pequeña Estrella vino a este mundo.

UNA VEZ MÁS

Marga sale de la cafetería con lágrimas en los ojos y el corazón tan encogido en su pecho que teme que se olvide de dar algún latido. A pesar de ello, Marga camina erguida, con paso firme, aparentando una seguridad que ahora mismo no tiene, pero no quiere que él vea caer ni una de sus lágrimas, no quiere darle esa satisfacción. Siente cómo su estómago se revuelve al recordar esa sonrisa socarrona, de engreído orgulloso, cuando ha soltado esa última frase que reaparece ahora en su mente palabra por palabra, como en la pantalla de un telepronter: «…lo siento Marga, pero ya sabías que lo nuestro era esto, así, sin más. No es culpa mía que te hayas montado una película con un “nosotros”…». En cuanto esas palabras han salido de su boca, Marga ha tenido que mordisquear el interior de sus carrillos para no estallar, ha respirado hondo, se ha levantado muy despacio y le ha soltado con una frialdad fingida un: «mira, yo me voy a ir…».  Y ahora ahí está, camino de su casa, sintiéndose una estúpida, hecha pedazos una vez más por volver a enamorarse del amor, de ese cóctel de dopamina, endorfinas y oxitocina, que le hace tocar el cielo con la punta de los dedos cada vez que se deja llevar, lamentablemente esta vez, una vez más, con la persona equivocada.

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LIBRES

No había conseguido reunir el valor para volver a nuestra cabaña hasta hoy y todo sigue tal y como lo dejamos en nuestro último viaje, antes de que él se marchara.

Intento entrar en calor delante de la chimenea recién encendida para dejar de temblar. No he parado de tiritar desde que he cruzado la puerta, pero está claro que no es por el frío. Puedo sentir su energía en cada rincón de nuestro pequeño refugio de madera y piedra. Ya sé que debo aprender a vivir con su ausencia, de otro modo nunca le dejaré marchar, nunca me dejará marchar, y no fue eso lo que acordamos la última vez que estuvimos aquí, sentados en el suelo, acurrucados medio desnudos envueltos en la manta del sofá contemplando el baile de chispas del fuego frente a nosotros. Compartíamos una copa de vino y hablábamos sobre lo que pasaría si él… Ya conocíamos el diagnóstico, pero no que tendríamos tan poco tiempo para acabar todos nuestros planes, que nos tendríamos que enfrentar a ese “si” tan pronto.

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GOLPE DE EFECTO

Cierro la puerta de casa tras él y me quedo allí, con la espalda apoyada contra el frío  metal blindado pintado de falsa madera, su gélido tacto se cuela fácilmente a través de la fina camiseta de tirantes que llevo puesta. Esa ha sido la única prenda que me ha dado tiempo a recoger del suelo de la habitación para cubrirme en cuanto le he visto casi totalmente vestido de pie frente a mí, usando una vez más la excusa habitual de sus interminables reuniones para salir corriendo. Esa ha sido la única prenda que he tenido tiempo de ponerme encima para acompañarle hasta la salida y volver a mi soledad, como ya hice innumerables veces antes de esta tarde, pero con una sensación diferente en mi interior, diferente al vacío que me invadía entonces por completo tras cada uno de sus besos de despedida.

Lleno mis pulmones en una inspiración profunda, seguida de una exhalación pacificadora y relajante. Comienzo a caminar descalza hasta la habitación que hemos ocupado hasta hace un momento, en la que durante un par de horas nos convertimos en una maraña de brazos, piernas, piel y sudor. El olor a sexo mezclado con su perfume caro de Hugo Boss, me recibe como una bofetada inundando mis fosas nasales en el momento en que pongo un pie en ella. Arrugo la nariz en un acto reflejo y me dirijo a la ventana con paso decidido para subir la persiana y abrir las hojas de par en par, me obsesiona pensar que su olor haya quedado impregnado en el algodón de mis sábanas, sábanas que comienzo a retirar en silencio, mientras los visillos blancos bailan mecidos por la brisa que lo llena todo, que renueva todo.

Saco sábanas limpias del armario para vestir mi cama de nuevo, no puedo evitar que mi mente se pregunte cómo es posible después de tanto tiempo que nada haya cambiado en él, cómo es posible que siga comportándose como el ególatra que siempre fue, convencido una vez más de tenerme rendida a sus pies. Ese ha sido el mensaje que ha querido dejar con la sonrisa que ha dibujado en sus labios mientras abrochaba su camisa botón a botón, recorriendo con su mirada lasciva las curvas de mi cuerpo aún tendido sobre la cama, seguramente paladeando el sabor de cada centímetro de mi piel aún en su lengua con esa mirada sorpresiva y triunfal a partes iguales. No cabe duda de que hacía tiempo ya que había dejado de contemplar la posibilidad de volver a meterse en mi cama, de volver a estar entre mis piernas, sobre todo después de cómo acabó nuestra historia.

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LOS AMANTES

Miro el diploma que descansa sobre el escritorio de mi habitación y aún no puedo creerlo. «Karen Stephenson, Licenciada por la Academia de Arte de Nueva York». Me siento orgullosa. No ha sido fácil para mí conseguirlo, he tenido que trabajar en todo lo que he podido para pagar mi préstamo de estudiante, compaginando clases y turnos, pero aquí está el resultado. 

En cuarenta minutos el Uber que he reservado estará aquí para llevarme al cóctel de graduación que ha organizado la Academia. Acaricio con la punta de mis dedos la invitación impresa, que descansa sobre el mostrador de la cocina americana de mi pequeño apartamento. La suavidad de las preciosas letras doradas en relieve, que forman el logo del Museo MoMa, contrasta con la rudeza del pellizco en la boca de mi estómago, que vuelve a aparecer. Hace más de un año que no he vuelto a poner un pie allí, y sé que regresar no va a ser fácil. Todo lo que sentí allí dentro fue demasiado complicado, demasiado intenso.

Decido hacer tiempo hasta que llegue el coche con un poco del Malbec que quedó en la nevera después de la cena que celebré en casa hace un par de días. Tomo una copa del aparador, y después de servir un poco de vino, me acerco con ella a la ventana del salón, mientras mi mente viaja a aquellos días previos a mi última noche en el museo.

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AL AMANECER

Mis párpados, aún cerrados, comienzan a detectar la claridad. Abro los ojos con dificultad, la luz del sol que entra por las rendijas de la persiana incide de lleno sobre ellos. Intento reconocer la habitación en la que me encuentro. Por unos segundos no sé dónde estoy. Alguien se mueve a mi lado, en la cama, giro la cabeza y veo su cabello negro, rizado y revuelto. «Dios, Lena, ¿qué has hecho?», me reprocho en silencio. Todo se aclara de repente. Siento como se mueve bajo las sábanas y gira su precioso rostro hacia mí con un ojo abierto y otro cerrado, el pequeño camaleón, como solía llamarla en la universidad.

—Mmmnnn, buenos días —saluda adormilada.

Reprimo mi mano, que desea acariciar su mejilla, y tapo mis ojos con ella.

—Esto no tenía que haber pasado —digo bruscamente como respuesta—. Tengo que irme.

Salgo de su cama lo más rápido que puedo, buscando mi ropa desperdigada por el suelo de la habitación.

—Lena. Lena, para un momento por favor. Mírame.

Intento ignorar sus palabras, no puedo mirarla, no quiero.

—¡Lena! —Insiste Lola alzando la voz.

Me giro hacia ella, aún desnuda, con la ropa que he conseguido recuperar en mis manos.

—Lena, por favor espera, vamos a hablar un segundo. Esto ha pasado, lo queramos o no. Bueno, yo lo he querido toda mi vida, ¿y tú? —Su voz suena calmada, pero detecto un pequeño quiebro que me hace pensar que está asustada, tanto como yo.

Consigo ponerme el vestido por la cabeza y me siento a su lado en la cama. Tiene razón, tenemos que hablar.

—Lola…, lo de anoche no debió ocurrir, esto no puede ocurrir. ¡Me caso la próxima semana! ¿Es que no lo ves? —pregunto tapando después mi boca con la mano.

Ella acerca su mano a la mía, y con gesto dulce la lleva sobre su regazo, para cubrirla con las dos. Me mira a los ojos, su mirada intenta encontrar en la mía una respuesta.

—Lena, no has respondido a mi pregunta. ¿Tú querías que esto pasara?

Aparto mi mano de las suyas y mi mirada también.

—Lola, eres mi mejor amiga. Yo no…, ¡esto es una locura! Faltan siete días para mi boda —contesto negando con la cabeza.

Evito mirarla, no puedo responder, me da miedo oír mi propia respuesta.

—¿De verdad que no vas a decir nada más? Ya sé que te casas, anoche celebramos tu despedida de soltera, la organicé yo, tu dama de honor. Pero también sé lo que ocurrió anoche. Sé que no haces el amor así con nadie por error, sé que lo de anoche no fue un error, y tú también. El error es que en una semana te cases con él, ¡ese es el error!

Lola se pone en pie, toma su camiseta del suelo y se la pone en un movimiento furioso y rápido. Me levanto y acabo de vestirme con la mirada baja, no quiero mirarla, porque si lo hago, todos mis planes, la vida que he planeado, todo, se irá a la mierda. Me va a estallar la cabeza, no se si por la resaca o por los pensamientos que cruzan mi mente a la velocidad de la luz. «¿Cómo voy a enfrentarme a Diego? ¿Cómo voy a decirle que no le quiero, que estoy enamorada de mi mejor amiga desde hace años ? ¿Y mi familia? Mis padres, ¿cómo van a enfrentarse a un golpe como este?». Anudo las cintas de mis cuñas mientras siento sus ojos clavados en mí. Tomo mi bolso en un movimiento rápido y, aún sin poder levantar la mirada, doy un par de pasos.

—Lola, por favor, no me lo hagas más difícil. Tengo que irme…, hay mucho que hacer. No puedo enfrentarme a esto ahora —farfullo intentando llegar a la puerta.

Ella me corta el paso. Está delante de mí, desafiante, erguida y firme. Sus ojos de azabache, me matarían ahora mismo si pudieran. Sus piernas infinitas, perfectas y torneadas, mantienen la postura en tensión.

—De acuerdo. Mírame a los ojos, ¡mírame! —ordena—. Dime que te arrepientes de lo de anoche. Dime que no me quieres, y te prometo que te dejo marchar, que en siete días seré tu dama de honor perfecta aunque me esté muriendo por dentro. ¡Vamos, dímelo!

La miro fijamente, me acerco a ella tanto que me veo reflejada en sus pupilas. Mi cabeza ordena a mi boca algo que el corazón no quiere permitir, patalea en su lucha dentro de mi pecho con tanta fuerza que creo que va a salir disparado. Mi garganta se anuda, para que las palabras no puedan ser pronunciadas. Siento que no puedo más.

Retrocedo hasta la cama y me siento en el borde con ímpetu. Lanzo el bolso contra el suelo con tanta fuerza, que el contenido se desparrama por toda la estancia. Abrazo mis rodillas y empiezo a llorar. Lola se acerca y agachada frente a mí, alza mi rostro con sus manos.

—Lena, habla conmigo por favor —susurra con dulzura—. Necesito saber qué sientes, lo necesito.

Observo como dos pequeños ríos de lágrimas comienzan a recorrer su rostro. Vence el corazón. Mi garganta abre paso, no puedo seguir negando lo evidente.

—No puedo más Lola. No puedo seguir siendo la hija que mis padres desean, la mujer perfecta que espera Diego. Llevo treinta años viviendo la vida según las normas de otros, anulando mi yo por miedo a decepcionar a los que quiero.

Me dejo caer a su lado en el suelo, apoyando mi espalda en el somier. Sonrío con un ligero suspiro, ya no quiero dejar de hablar.

—¿Sabes? Me enamoré de tí el primer día de facultad. Aún hoy recuerdo el peto que llevabas puesto, ahí de pie, en la puerta de la habitación de la residencia y aquel lápiz en el moño. He soñado con lo que pasó anoche desde entonces. He luchado por no soñar con ello cada día desde que te conocí. He tenido miedo, mucho miedo. Miedo al rechazo de mi familia, a reconocer quién soy. Pero anoche…, lo de anoche fue lo que tenía que ser.

Beso sus labios con dulzura, luego su frente y comienzo a recoger las cosas del suelo, giro mi cabeza hacia ella con una sonrisa.

—Vamos, ayúdame a recoger esto boba, no te quedes ahí.

— ¿Cómo? ¿Te vas? Pero… —protesta confusa, no la dejo continuar.

—Claro. Tengo que irme, ya te dije que hay mucho que hacer. Hay una boda que anular, y un par de conversaciones muy duras que afrontar —contesto sin apartar mis ojos de los suyos, que empiezan a brillar con fuerza.

MIDSOMMAR

Son las ocho de la mañana. Roberto suspira con resignación cuando las puertas del ascensor se abren en la planta diez de la Torre de Cristal, justo frente al pasillo que desemboca en la elegante recepción del bufete de abogados en el que lleva ya tres años trabajando, Svensson & Partners. María, la joven recepcionista, le recibe con su mejor sonrisa en cuanto le ve aparecer al otro lado de la puerta transparente.

—Buenos días Sr. Aguilar—saluda con dulzura junto a un llamativo jarrón de flores frescas, que inundan el recibidor de un agradable aroma a eucalipto, lavanda, jazmín y rosas—. ¿Ha visto qué flores tan bonitas hemos encargado este año?

Roberto se ve obligado a detener sus pasos unos segundos para corresponder a su saludo, y prestar algo de atención a las flores, que a pesar de ser preciosas, ya ha decidido que detesta solo por lo que significa su presencia en ese jarrón.

—Buenos días María, sí son preciosas, muy bonitas—suelta casi en un murmuro.

—¿No es encantador que el Sr. Svensson se empeñe cada año en celebrar el Midsommar todos los veranos? ¡Con la de años que lleva ya fuera de Suecia! —exclama la chica con sus ojos azules brillantes contagiada por la emoción del significado de esta fecha para el bufete—. No se imagina todo lo que han preparado el Sr. Svensson y su esposa para la fiesta de esta noche.

Una risa cantarina cierra su última frase.

—Será genial, seguro… —contesta él con desgana, dispuesto a retomar el camino hacia su despacho.

—Sr. Aguilar, disculpe que insista pero…

Roberto sabe perfectamente lo que va a preguntarle, lleva dando vueltas a lo mismo en su cabeza desde que se enviaron las invitaciones. El hombre gira de nuevo sobre sus talones y se acerca a la mesa despacio. María se pone en pie, la verdad es que está realmente preciosa con su vestido corto de algodón blanco y su melena pelirroja ligeramente ondulada.

—Perdone, pero… ¿Sabe ya si vendrá acompañado esta noche? Es que… tengo que confirmar los asistentes totales a la empresa de cátering y…—María baja la mirada a sus manos, que juguetean nerviosas con el Pilot azul con el que suele garabatear en su libreta, seguramente tiene miedo de ser demasiado insistente con su pregunta.

—Verás…, aún no lo tengo claro, dame un par de horas más y te digo. De todos modos, aunque fuera acompañado, no creo que nos quedemos mucho, así que no te preocupes por los canapés, habrá de sobra para todos—responde de carrerilla para que no pueda interrumpir el discurso que ha ido ensayando desde que puso un pie en el ascensor—. Y una cosa más, por favor deja ya de llamarme Sr. Aguilar, nos conocemos desde hace casi tres años, además tengo la impresión de que estás llamando a mi padre cuando te escucho. Llámame Roberto, ¿ok?

María asiente con la cabeza y sonríe mientras dibuja un interrogante junto al nombre de Roberto, en el listado impreso de invitados que descansa junto a su libreta. El único signo de interrogación que ha podido ver, al menos en la primera página, parece que todo el mundo va a llevar pareja.

De camino a su despacho, saluda con la cabeza al resto de asociados y a sus asistentes, que tan pronto como responden a su gesto, vuelven sus cabezas a las pantallas de sus ordenadores o teléfonos. Elvira, su secretaria, no está en su mesa. Hoy está dedicada a los preparativos de la fiesta junto con la asistente del Sr. Svensson. Abre la puerta de su cubículo y piensa en cuánto agradece no tener que aparentar tranquilidad en su presencia, ella le conoce demasiado bien, de hecho es la única de todo el bufete que sabe que es gay. 

Después de dejar la mochila con su portátil sobre el escritorio, sale de nuevo camino del office, en busca de una taza de café que le ayude a afrontar el día, sin apartar de su cabeza la maraña de sentimientos encontrados que lo abotargan por completo, desde que despertó esta mañana junto a Noa, al darse cuenta de que hoy debe confirmar si finalmente va a asistir a la dichosa fiesta junto a él. Roberto toma una taza del mueble sobre la cafetera, introduce una cápsula en la máquina, y pulsa el botón de «carga doble». Algo más animado por el borboteo del café, que ya empieza a despertarle con su aroma, decide volver a su refugio con la taza humeante en la mano y hablar con él. Después de cerrar la puerta, da un primer sorbo reconfortante al café, y toma aire, mientras busca el contacto de Noa en la pantalla de su móvil.

—Hola amor.—Tras el primer tono de llamada, la voz varonil de su novio suena al otro lado, solo con escucharla todos sus nervios se relajan—. No me digas más, sigues dando vueltas a lo mismo…

Roberto suelta un bufido casi sonriente antes de responder.

—Veo que estás perfeccionando tus dotes telepáticas—contesta con sorna.

—¡Qué bobo eres!—Exclama Noa al otro lado—. No necesito nada de eso. Has estado moviéndote toda la noche, dudo que hayas podido dormir…

Touché.

Un par de segundos de silencio se cuelan en la conversación, hasta que Roberto decide continuar.

—Joder Noa, ya sabes que mis dudas no son por ti, no puedo estar más orgulloso de compartir mi vida contigo, de hecho ya sabes que no había convivido con nadie hasta que te conocí—dice al tiempo que su mente vuela diez meses atrás por un instante, a aquella tienda de ropa masculina donde conoció a Noa como dependiente, al día en que le pidió su número y todo comenzó entre ellos—. Pero es que aquí nadie sabe que…

—Que tienes novio—suelta su pareja sin una pizca de reproche, solo como una confirmación del propio hecho en sí.

Roberto, que camina por su despacho como un león enjaulado desde que comenzó la conversación, decide sentarse en su silla y girar el respaldo para poder contemplar el tráfico infinito de Madrid, desde la enorme cristalera con vistas a la Castellana. 

—Pues sí, justo eso… Pero es que me jode tener que dar explicaciones sobre con quién me acuesto, ¿acaso alguno de mis compañeros van diciendo que son heteros?—Pregunta con tanta rabia que es consciente de haber elevado el tono de su voz, que reconduce antes de continuar, ante el silencio de su chico—. Perdona, perdona cariño… Yo…

Roberto puede escuchar el suspiro de Noa al otro lado. Si supiera cuánto le ayuda poder hablar con él.

—A ver Rober, ¿te has planteado que puedes estar creando en tu cabeza un problema que no existe?. Quiero decir…—intenta explicarse—.Todos sabemos que el entorno de tu bufete es de lo más clásico y tradicional. Pero dime una cosa, estamos en 2023, ¿de verdad crees que vas a perder tu empleo por ir de la mano de un chico a la cena de tu jefe?

Se crea un breve silencio en la conversación.

—No. Ya sé que no pueden hacer eso, pero ¿y si empiezan a tratarme de otra manera? ¿Y si llega el vacío?—Por fín sale el lastre que Roberto lleva anclado a esa angustia que siente ante la situación, el miedo al rechazo, el mismo miedo que le ha perseguido desde que era un crío.

—Mi amor, si eso sucede, ¿de verdad querrías seguir trabajando allí?—pregunta con calma. 

Roberto respira hondo. La decisión está tomada. 

—¿Sabes qué, cariño?—Escucha el «dime» de su pareja antes de continuar—. Ve preparando esa camisa blanca que tanto te gusta, esta noche vamos de cena.

—Perfecto amor, luego nos vemos.— Noa responde sin ningún aspaviento, como si hace tiempo que supiera que ese iba a ser el plan, como si solo estuviera esperando que Roberto llegara a esa conclusión.

—Y gracias…—dice Roberto antes de despedirse con un sonoro beso.

Tan pronto como cuelga la llamada, sale de su despacho camino de recepción. Podría contestar a María con un email o una llamada, pero quiere confirmar su asistencia en persona. Al llegar a su altura, María deja de teclear en su ordenador y levanta la mirada algo sorprendida.

—¡Sr. Aguilar!… Uy, perdón, Roberto. ¿Necesitas algo?—pregunta al tiempo que se pone en pie.

—María, sólo quería confirmarte que seremos dos esta noche. Por favor apunta el nombre de mi pareja: Noa León Ramírez—informa a la chica sintiendo orgullo en su interior al pronunciar su nombre.

—Ay, Noa… ¡Qué nombre tan bonito!—Contesta ella mientras tacha el interrogante junto a sus datos y apunta a mano los de su pareja—. Ya teníamos ganas de conocer a la chica misteriosa.

Roberto sonríe de medio lado y chasquea la lengua a modo de negación, captando la atención de la recepcionista.

—Al chico misterioso…—afirma recalcando la entonación en la palabra «chico», esperando ver la reacción de la joven.

María acentúa su sonrisa antes de contestar.

—Ah, ¡pues genial!. Por favor asegúrate de decirle que el blanco debe predominar en el outfit—advierte con total naturalidad, sin hacer comentario alguno al respecto—. Otra cosa, ¿ninguna alergia o intolerancia, verdad?

Roberto ríe por lo bajo y niega con la cabeza, al tiempo que responde con un «nada» antes de regresar a su despacho, con un extraño sentimiento de calma en su interior. No ha resultado tan difícil después de todo. Quien sabe si pensará lo mismo dentro de diez horas más, cuando el Uber se detenga delante de la puerta de los Svensson.

Roberto sonríe con toda la tranquilidad que puede a Noa, cuando este aprieta su mano en el asiento trasero del coche que está a punto de llegar a destino. Ven un aparcacoches con un chaleco reflectante en la entrada a la finca que rodea la casa de su jefe, en la zona más tranquila de La Moraleja. Al ver que se trata de un Uber, el hombre indica al conductor que puede acercarse hasta el acceso principal y regresar hasta la salida. 

—¿Nervioso?—pregunta Noa cuando bajan del vehículo.

—Un poco, no te voy a engañar—responde Roberto con una ligera sacudida de hombros—. Pero estoy bien cariño, no te preocupes. Por cierto, ¿te he dicho ya lo guapo que estás esta noche?

Noa agradece el comentario con un beso suave en los labios de su pareja.

—Tú sí que estás impresionante, amor—susurra sugerente en su oído—. Vamos, ¡a por ellos!

Ambos esperan su turno de acceso a la casa, en la fila que discurre a lo largo del camino de gravilla que lleva hasta la entrada del jardín, flanqueado por antorchas de suelo encendidas, salteadas con postes vestidos de flores frescas de vivos colores, a buena distancia entre ellas. Según se van acercando, Roberto reconoce la voz femenina que llega hasta ellos, responsable de dar la bienvenida y entregar las preciosas coronas de flores con las que todos deben vestir sus cabezas durante la fiesta, tal y como indica la tradición sueca. 

—Esa es la voz de tu secre, ¿no?—pregunta Noa.

Aunque no ha tenido ocasión de presentarlos, sí que han hablado muchas veces por teléfono, sobre todo desde que viven juntos.

—Sí, ella es Elvira, no sabes cuánto me alegro de que sea quien nos dé la bienvenida hoy—responde con sinceridad sin esconder su alivio.

Después de cuatro o cinco parejas más, llega el turno de Noa y Roberto. Elvira sale de detrás de su mesa, camina directamente hacia Noa y le regala un abrazo cariñoso como saludo, que él corresponde a pesar de la sorpresa, ante la mirada complacida de Roberto.

—¡No sabes cuánto me he alegrado al ver tu nombre en la lista de invitados junto al de Roberto!—Exclama la chica con sinceridad, mientras dedica una mirada cómplice a su jefe con sus ojos oscuros, que hoy tienen un brillo especial—. Os he guardado las coronas más bonitas.

La chica les entrega a cada uno un precioso tejido de flores de lavanda, otras pequeñas  silvestres y alguna hoja de eucalipto, que ambos colocan sobre sus cabezas obedientes. Roberto, antes de entrar al recinto desde el que ya salen los acordes de música y las risas de los invitados, se acerca a su asistente, la toma de las manos y dice sin apartar su mirada de la suya:

—Gracias Elvi, gracias de verdad.

Ella se sonroja ligeramente cuando su jefe deja un beso en su mejilla como despedida.

—¡Venga, circula!¿No ves la que estás liando en la entrada?—protesta ella bromista pero visiblemente emocionada por el brillo especial de sus ojos.

Roberto sonríe y se despide con un gesto de su mano, gesto que imita Noa, para luego entrelazar ligeramente sus dedos con los de su pareja, antes de entrar con timidez al recinto donde los demás esperan, bebiendo y riendo alrededor de la piscina, y del maypole, el típico poste alto con forma de flecha en su punta y dos coronas, una a cada lado de su cabecera, alrededor del que bailarán y cantarán durante toda la noche. Roberto siente que los nervios comienzan a cerrar la boca de su estómago cuando observa las miradas de algunos compañeros, y los codazos de algunas parejas. Sin embargo, son muchos los que se acercan con naturalidad a saludarles y presentar a sus propias parejas, gesto que ayuda a Roberto a relajar un poco los nervios. Observa orgulloso cómo Noa se desenvuelve con maneras exquisitas al presentarle a algunos de los socios más veteranos y que, curiosamente, son los que mejor han recibido a su chico.

—¡Roberto!—La voz fuerte y grave del Sr. Svensson suena a su espalda—. ¡Qué bien que hayas llegado ya!

La figura de su jefe resulta imponente, con sus casi dos metros de estatura, su cabello blanco como la nieve y esos ojos azules casi transparentes, vivos y penetrantes. El hombre llega a su altura con dos chupitos bien fríos de snaps en las manos, ese aguardiente sueco abrasador y dulce a la vez. Cuando llega a su altura, tiende el primero a Noa y el siguiente a su empleado.

—Sr. Svensson, déjeme presentarle a…—Comienza a decir Roberto con voz algo temblorosa.

—Tú debes ser Noa, la pareja de Roberto, ¿verdad? Bienvenido a nuestro Midsommar—interrumpe su jefe con ímpetu, al tiempo que tiende su mano a su pareja.

—Sí eso es, encantado, y gracias por la invitación—responde Noa con su mejor sonrisa al estrechar su mano, con una seguridad en su postura que Roberto no puede dejar de admirar.

—Nada, tonterías—contesta el gigante sueco—. Me he alegrado mucho al ver tu nombre junto al de Roberto al repasar esta tarde la lista de invitados con mi asistente. ¡Disfrutad de la noche! Y mucho cuidado con el snaps, entra bien, pero se sube a la cabeza mucho mejor.

Su risa ronca y salvaje contagia a todos los que están alrededor.

Los ojos de Noa se clavan en los de Roberto, que brillan felices y aliviados después de la presentación. 

—Y ahora ¿qué se supone que hay que hacer con ésto?—pregunta con picardía mientras da un par de pasos hacia él.

—Pues, como eres nuevo en estas reuniones, debes esperar que uno de los veteranos te invite a brindar mirándote a los ojos diciendo «sköl!»—responde Roberto alzando el vaso ante su novio y bebiendo su contenido de un sorbo, para cerrar los ojos con fuerza después y resoplar por la graduación alcohólica del aguardiente—. Venga, te toca. Responde con la misma palabra y bebe sin apartar la mirada.

Noa bebe obediente después de repetir el gesto. Cuando el líquido comienza a bajar por su garganta, Roberto no puede evitar reír con ganas al ver los aspavientos de su pareja, que terminan con la típica tos nerviosa que consigue controlar a los pocos segundos. 

—¡Joder con los suecos!—exclama Noa entre risas.

—Anda, vamos a por una cerveza, a ver si consigues suavizar ese gaznate—propone Roberto con una palmadita en la espalda—. Eso sí ya puedes ir preparándote, aquí hay mucho capullo suelto, y cuando saben que hay alguien nuevo, atacan con un snaps, y no podrás rechazar el brindis, es una ofensa y está prohibido.

Roberto no puede parar de reír cuando ve a Elvira con dos chupitos en la mano, caminando decidida hacia Noa. Observa nuevamente el ritual al que su secretaria somete a su pareja, mientras piensa que no sabe cómo será su vida en el bufete a partir de ahora, pero la verdad es que ya no le importa, lo único importante es que esta noche está celebrando la llegada del verano junto al hombre más maravilloso del mundo, la llegada del primer verano juntos. 

De lo que sí está seguro, es que después de este, vendrán muchos veranos más.