LA CORONACIÓN

Las ceremonias de la coronación habían terminado. Concluían con la retirada de Ra y el comienzo del reinado de Isis, al anochecer. Los pebeteros comenzaron a encenderse en los jardines del palacio real. Las lámparas de aceite hacían lo propio en el interior, impregnando todo con el olor del sebo al arder; olor que los sirvientes tapaban con resina de incienso en los quemadores, mientras las esclavas depositaban estratégicamente hermosos cuencos de alabastro con agua y flores de loto, las favoritas de Hatshepsut.

Los guardias reales se cuadraron para anunciar el paso a sus aposentos. Tan pronto como accedió a ellos, con paso firme y majestuoso, su esclava principal reclinó la cabeza en señal de respeto.

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La Pajarita de Papel

Lidia cerró su portátil con un suspiro. No quedaba nadie en aquella gris oficina de préstamos personales, un año más era la única que había estado trabajando la tarde del día Nochebuena, retrasando el regreso a su pequeño apartamento en el barrio más humilde de la ciudad, a una estancia vacía de calor, como su corazón.

Hacía ya varios meses que Lidia había decidido dejar de buscar el amor en
estúpidas aplicaciones de citas después de múltiples encuentros con hombres que sólo buscaban una cosa en ella, y no precisamente una relación. Pero en fechas como aquella, en la que todo brillaba a su alrededor, y sus compañeros corrían felices a reunirse con sus familias, con sus parejas, sus ojos negros se apagaban más que nunca.

Guardó el portátil en su mochila, tomó su abrigo acolchado, su gorro de lana y su bolso. Justo cuando buscaba la tarjeta transportes en el bolsillo de su plumífero, sus dedos tocaron un papel que no esperaba. Lidia lo atrapó con la punta de los dedos, y al sacar su mano, una pajarita perfectamente doblada colgaba de ellos. Solo conocía una persona en aquella oficina que dedicara los tiempos muertos entre llamada y llamada a crear pajaritas de papel, su compañero Fernando, aquel chico de mirada tímida y sonrisa perfecta, de ojos verdes y pelo negro ensortijado, que siempre estaba dispuesto a cambiar el tonner de su impresora, o a traerle un café de la máquina cuando él iba a por otro. Aquel compañero con el que solo había sido capaz de charlar del tiempo o de la serie de turno en cualquier plataforma.

Lidia desplegó el papel despacio y leyó con voz temblorosa: “Estas Navidades sólo he pedido una cosa, que la chica de los ojos negros por fin se fije en mí”.

LA BARRA DE LABIOS

Fuera, la lluvia y el viento golpeaban la pequeña ventana del cuarto de baño. Mar giró su cabeza hacia el cristal con una sonrisa, orgullosa al comprobar en su interior que en un día tan gris como aquel, a sus ojos todo era color de rosa, hoy más que nunca. Abrió la portezuela del viejo armario con puertas de espejo, y buscó con mano temblorosa la barra de labios que había reservado para la ocasión, intacta en su precioso envoltorio desde que la compró diez meses atrás, después de aquel jarro de agua fría, como una promesa a sí misma, jurándose con el corazón en la mano que el día para estrenarla llegaría, y vaya si llegó. 

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LOS DÍAS RAROS

Aún no me lo creo… Los Días Raros, mi primera novela, ya ha salido al mundo.

Me gustaría dejarte la sinopsis de la historia.

SINOPSIS

Puedes adquirir mi novela en este enlace con gastos de envío gratis. En breve estará también disponible en La Casa del Libro, Amazon y podrás pedirlo en cualquier librería física.

Además quiero enviarte un regalo, La Música de Los Días Raros. En esta lista de reproducción de Spotify podrás escuchar las mismas canciones que los protagonistas a lo largo de la historia. ¿Y si las reproduces según vayas leyendo sus páginas?

No se me olvida que te debo un relato. Confío en que comprendas la locura que están siendo estos días para mí. El relato vendrá, aunque probablemente será el «penúltimo» que comparta contigo en una temporada. Ahora tengo que dedicar tiempo a la promoción del libro, y los pocos ratos libres que consiga tengo que dedicárselos a mi segunda novela.

Estaremos en contacto también por aquí, iré contándote cómo va la novela, te enviaré información sobre las presentaciones, firmas de libros. Y sí, cuando esta vorágine frene un poco volveré a escribir relatos para ti. Mientras tanto te dejo mis historias, para que puedas leerlas cuando quieras, están siempre a tu disposición aquí, entre mis páginas.

Recuerda que también estaremos en contacto en mi perfil de Instagram, donde seguiré compartiendo vídeos contigo, para explicarte mi método creativo, y muchas cosas más sobre esta aventura.

Gracias por estar al otro lado, no me canso de decirte que si tú no leyeses mis historias, crearlas no tendría sentido.

Un beso. Chao.

VUELO A PARÍS

Helen bajó del Uber con una sensación extraña en su interior. No podía dejar de pensar en la enorme ilusión con la que había estado preparando aquel viaje durante meses. París, la ciudad del amor, ¿qué mejor lugar para celebrar el primer San Valentín con Tom? O eso fue lo que pensó cuando comenzó a organizarlo. Tomó la maleta de la mano del conductor, quien con su mejor sonrisa le deseó buen viaje. Helen intentó corresponder al gesto, pero al sentir cómo sus ojos se empañaron, optó por dar media vuelta dejando en el aire un simple «gracias», y corrió al interior del aeropuerto de Heathrow en busca de la zona de embarque, con el recuerdo en su cabeza de la noche en la que entregó a quien pensaba que era el amor de su vida, aquel sobre con los billetes y la reserva de hotel.

Helen había estado preparando todo con suma dedicación. Era el cumpleaños de Tom, el primero que pasaban juntos como pareja, después de más de tres años de amistad. Ella había estado enamorada de él desde el primer día en que se conocieron en la oficina, y por fin, tras años de cafés, confidencias, cenas de empresa, rolletes mutuos totalmente infructuosos, proyectos y viajes de trabajo en común, por fin estaban juntos. Tom le había contado infinidad de veces en todo ese tiempo lo mucho que le habría gustado poder hacer el Erasmus en París, cuando aún estaba estudiando la carrera, pero su Escuela de Negocios tenía pocas plazas y una nota de corte demasiado alta. Helen y Tom hacía poco más de ocho meses que habían empezado a salir como pareja, y ella aquella noche, para sorprenderle, había preparado como regalo una escapada a su ciudad soñada, para celebrar juntos el día más romántico del año, el día de San Valentín, el mismo del que ambos se habían estado mofando año tras año durante su soltería y que en esta ocasión, sin embargo, parecía que ambos esperaban con una ilusión empalagosa y sensiblera, totalmente desconocida para los dos. 

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EL AMANECER DE ANNA

Falta poco menos de una hora para que amanezca, para que el día comience y todo acabe. Aquí sentada, cierro los ojos para sentir la brisa del aire de la madrugada, de esta madrugada de primavera, que todo lo perfuma con su aroma a vida, no sólo por los árboles que vuelven a vestir sus ramas de verde y a preñar con su polen el aire, o por las flores que seguro lucen su belleza en la oscuridad del triste jardín que me rodea. La pulsión de esa necesidad de apareamiento de todo bicho viviente, animal o humano, que inunda esta ciudad, se nota en el ambiente, y precisamente esa sensación, la misma que hace un tiempo llenaba mis ajadas venas con su fuego, hoy las convierte en hiel. 

Mientras comienzo a distinguir cómo el cielo estrellado cambia de luz lentamente, permito que mi memoria viaje hasta la noche en la que nací, aquel 24 de junio de 1940. Entonces tenía tan solo dieciséis años, hacía unas semanas que París estaba ocupada por los nazis. Yo había perdido a toda mi familia en los bombardeos del tres de junio y mi padre hacía meses que había desaparecido en combate.

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LA PEONZA

«Me enamoré perdidamente de Luna el mismo día que la conocí, cuando era tan sólo un niño de siete años y acompañaba a mi madre por primera vez al mercado de nuestro pueblo. Mi abuela me había regalado el día anterior una peonza que ella misma había tallado y pintado después de azul, con miles de estrellas salpicadas que dibujaban unas preciosas franjas blancas y azules cuando giraba, estaba loco por jugar con ella en la plaza. Nunca pensé que aquel día conocería al amor de mi vida, entre toda aquella algarabía de conversaciones y risas de las mujeres del pueblo con sus canastos de mimbre colgados del codo y apoyados en la cadera, envueltas en ese ambiente delicioso, entre aromas de limones y naranjas recién cortados del árbol dispuestos ahora sobre los mostradores de los puestos, el olor a vinagre de los encurtidos que tanto me gustaba, o el de pan recién hecho, de la parada de la familia de mi amigo Quique. 

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UNA VEZ MÁS

Marga sale de la cafetería con lágrimas en los ojos y el corazón tan encogido en su pecho que teme que se olvide de dar algún latido. A pesar de ello, Marga camina erguida, con paso firme, aparentando una seguridad que ahora mismo no tiene, pero no quiere que él vea caer ni una de sus lágrimas, no quiere darle esa satisfacción. Siente cómo su estómago se revuelve al recordar esa sonrisa socarrona, de engreído orgulloso, cuando ha soltado esa última frase que reaparece ahora en su mente palabra por palabra, como en la pantalla de un telepronter: «…lo siento Marga, pero ya sabías que lo nuestro era esto, así, sin más. No es culpa mía que te hayas montado una película con un “nosotros”…». En cuanto esas palabras han salido de su boca, Marga ha tenido que mordisquear el interior de sus carrillos para no estallar, ha respirado hondo, se ha levantado muy despacio y le ha soltado con una frialdad fingida un: «mira, yo me voy a ir…».  Y ahora ahí está, camino de su casa, sintiéndose una estúpida, hecha pedazos una vez más por volver a enamorarse del amor, de ese cóctel de dopamina, endorfinas y oxitocina, que le hace tocar el cielo con la punta de los dedos cada vez que se deja llevar, lamentablemente esta vez, una vez más, con la persona equivocada.

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LIBRES

No había conseguido reunir el valor para volver a nuestra cabaña hasta hoy y todo sigue tal y como lo dejamos en nuestro último viaje, antes de que él se marchara.

Intento entrar en calor delante de la chimenea recién encendida para dejar de temblar. No he parado de tiritar desde que he cruzado la puerta, pero está claro que no es por el frío. Puedo sentir su energía en cada rincón de nuestro pequeño refugio de madera y piedra. Ya sé que debo aprender a vivir con su ausencia, de otro modo nunca le dejaré marchar, nunca me dejará marchar, y no fue eso lo que acordamos la última vez que estuvimos aquí, sentados en el suelo, acurrucados medio desnudos envueltos en la manta del sofá contemplando el baile de chispas del fuego frente a nosotros. Compartíamos una copa de vino y hablábamos sobre lo que pasaría si él… Ya conocíamos el diagnóstico, pero no que tendríamos tan poco tiempo para acabar todos nuestros planes, que nos tendríamos que enfrentar a ese “si” tan pronto.

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GOLPE DE EFECTO

Cierro la puerta de casa tras él y me quedo allí, con la espalda apoyada contra el frío  metal blindado pintado de falsa madera, su gélido tacto se cuela fácilmente a través de la fina camiseta de tirantes que llevo puesta. Esa ha sido la única prenda que me ha dado tiempo a recoger del suelo de la habitación para cubrirme en cuanto le he visto casi totalmente vestido de pie frente a mí, usando una vez más la excusa habitual de sus interminables reuniones para salir corriendo. Esa ha sido la única prenda que he tenido tiempo de ponerme encima para acompañarle hasta la salida y volver a mi soledad, como ya hice innumerables veces antes de esta tarde, pero con una sensación diferente en mi interior, diferente al vacío que me invadía entonces por completo tras cada uno de sus besos de despedida.

Lleno mis pulmones en una inspiración profunda, seguida de una exhalación pacificadora y relajante. Comienzo a caminar descalza hasta la habitación que hemos ocupado hasta hace un momento, en la que durante un par de horas nos convertimos en una maraña de brazos, piernas, piel y sudor. El olor a sexo mezclado con su perfume caro de Hugo Boss, me recibe como una bofetada inundando mis fosas nasales en el momento en que pongo un pie en ella. Arrugo la nariz en un acto reflejo y me dirijo a la ventana con paso decidido para subir la persiana y abrir las hojas de par en par, me obsesiona pensar que su olor haya quedado impregnado en el algodón de mis sábanas, sábanas que comienzo a retirar en silencio, mientras los visillos blancos bailan mecidos por la brisa que lo llena todo, que renueva todo.

Saco sábanas limpias del armario para vestir mi cama de nuevo, no puedo evitar que mi mente se pregunte cómo es posible después de tanto tiempo que nada haya cambiado en él, cómo es posible que siga comportándose como el ególatra que siempre fue, convencido una vez más de tenerme rendida a sus pies. Ese ha sido el mensaje que ha querido dejar con la sonrisa que ha dibujado en sus labios mientras abrochaba su camisa botón a botón, recorriendo con su mirada lasciva las curvas de mi cuerpo aún tendido sobre la cama, seguramente paladeando el sabor de cada centímetro de mi piel aún en su lengua con esa mirada sorpresiva y triunfal a partes iguales. No cabe duda de que hacía tiempo ya que había dejado de contemplar la posibilidad de volver a meterse en mi cama, de volver a estar entre mis piernas, sobre todo después de cómo acabó nuestra historia.

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