PADRES DEL 2050

—Hugo, Hugo no te duermas ¡Hugo! 

El último grito de su crush, termina por espabilar a Hugo. Y eso que ya había empezado a roncar.

—¡Joder! ¡¿Qué?! —Responde en un gruñido.

—¿Cómo que qué?…Es que ya ni me esperas —contesta Paula enfurruñada al tiempo que aprieta el botón de descapotado de su lado de la cabina de matrimonio.

—¿Pero qué quieres, bro?…. —responde Hugo.

La luz del cubículo de Paula, a pesar de estar en modo chill, le deslumbra. «En momentos como éste es cuando me arrepiento de no haberme shippeado en separación de bienes y cápsulas» piensa. Da dos palmadas con el envés de su mano y dice «fantasía» para encender la luz de su cubículo con idéntica intensidad. Emite un silbido adicional para elevar un poco el respaldo, alineándolo al de ella.

Paula da dos silbidos adicionales para dejar su respaldo totalmente erguido, mala señal. La conversación va para largo.

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UN MAL DÍA

A pesar de que aún no ha salido el sol, acaba de amanecer un nuevo día realmente gris en la ciudad. El frío y la niebla calan los huesos, pero eso Ana aún no lo sabe. No lo sabe porque cuando suena el despertador a las seis en punto, ella saca su mano de debajo del edredón nórdico con la rapidez de un guepardo, para apagar el insultante pitido de la alarma en un movimiento certero, y volver a esconderla de nuevo bajo el cobertor con idéntica velocidad, en busca de calidez. 

—Mmm… Sólo cinco minutos más—murmura adormilada como cada mañana en la soledad de su cama, con la cabeza medio cubierta también por el tapadero.

«Joer, qué bien se está aquí calentita» piensa esta vez para sí, al tiempo que se abraza a su almohada y pasa lo que tiene que pasar.

—¡Mierda, ya me he dormido!—grita con los ojos abiertos como platos y se sienta en la cama en un movimiento enérgico, como si hubiera saltado un resorte en su espalda.

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PUNTO DE PARTIDA

El sonido del timbre de la puerta principal, consigue que saque la cabeza de debajo de la manta que cubre por completo mi cuerpo, lánguido después de estar hora tras hora tumbado en el sofá de mi estudio, desde que firmé los papeles del divorcio. Después del timbrazo, sin mover ni un músculo de mi cuerpo, escucho en silencio. Nada. Cuando estoy a punto de volver a mi guarida, convencida de que debe tratarse de otro cartero comercial, el sonido estridente del timbre vuelve a sonar con insistencia de tal manera, que sé que solo abriendo la puerta conseguiré volver a mi estado vegetativo.

Junto con la manta, aparto de un manotazo la pila de clinex empapados por el mar de lágrimas que han vertido mis ojos en estos dos últimos días. Mis pies palpan el suelo hasta encontrar las zapatillas que yacen de cualquier manera junto al sofá, en un salón que permanece en penumbra, sólo iluminado por la luz de la pantalla del televisor, que proyecta las imágenes de no sé qué culebrón de tarde a medio volúmen. Después de un bufido cargado de tedio, me pongo en pié a cámara lenta. El sonido del timbre aún aturde mis oídos.

—¡Joder! ¡Que ya voy!—exclamo con voz de camionera después de haber estado cuarenta y ocho horas sin haber intercambiado una palabra con nadie, salvo conmigo misma, para castigarme una vez más por el error de esta mierda de matrimonio, bueno ex matrimonio. 

Al pasar por la vitrina junto al pasillo, camino de la entrada, no puedo evitar sobresaltarme cuando veo mi propia imagen reflejada en la superficie de cristal. Sobre mi cabeza, los restos de un nido de pelo que en algún momento fue un moño. La pernera derecha del pijama andrajoso de corazoncitos, que sólo reservo para las dos “erres”, regla y resaca, se aferra arremangada a mi pierna, justo bajo la rodilla, para dejar ver perfectamente el calcetín blanco de lana gruesa amontonado sobre mi tobillo, la izquierda ha debido girar sobre sí misma varias veces a lo largo de este tiempo en el que solo he cambiado de posición para tumbarme del otro lado. Encojo los hombros y retomo el camino hasta la puerta, no me molesto en arreglar nada de todo ese desastre en el que se ha convertido mi aspecto. Si la persona que tiene apoyado su dedo índice sobre el pulsador de mi timbre tiene los santos cojones de insistir de esta manera, sólo puedo agradecer su gesto regalándole semejante imagen.

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SEGUNDA CITA

Llevo dos horas quitando mierda en esta leonera, me pregunto en qué hora se me ocurrió la feliz idea de invitarla a casa. La verdad es que es el fin de semana perfecto, mis dos compañeros de piso han aprovechado los días de fiesta para ir a ver a sus padres, así que tengo la “cueva” para mí solo.

Empapado en sudor por el trajín de aspiradora, fregona y trapos, observo orgulloso el resultado final. La manta con el mandala que compré en el Rastro no queda mal estirada sobre el sofá, al menos tapa las manchas de cerveza y quién sabe qué más. No hay polvo en el mueble setentero que hay detrás de él, y las botellas de alcohol al menos parecen limpias y ordenadas. He puesto sobre la mesa un mantel de esos típicos de madre, de hilo blanco con florecitas bordadas en los picos, para tapar las quemaduras de los cigarros y los cercos de los vasos. Encima he colocado un par de velas de esas que huelen a vainilla. Esas chorradas le encantan a las tías. No sé si a Kattya le molará, pero es el ambiente perfecto para meternos el maratón de películas de terror con unas pizzas. Y con un poco de suerte, igual metemos algo más. 

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Miro el reloj. Las ocho, ella llegará en una hora. Tengo el tiempo justo de pegarme una ducha.

Bajo el agua caliente, intento imaginar cómo se me dará la noche, pero la verdad es que no tengo ni puta idea. Sólo he visto a esta piba una vez, después de estar un par de semanas a base de mensajes en instagram. Me moló que fuera ella la que me entrase. Hizo un comentario en mi post sobre «Re-Animator», con bastante criterio la verdad, y luego me envió un privado. En su foto vi una chica con las típicas Ray Ban negras, melena negra lisa con flequillo, rollo Cleopatra y con una camiseta con el rostro de Lovecraft. Ya solo con ese detalle me ganó. 

Los mensajes sobre literatura y pelis de terror empezaron a ser más personales, siempre algo día tras día, así que el sábado pasado decidimos quedar para tomar unas birras por Malasaña. 

Kattya llegó un poco más tarde que yo, con la misma melena de sus fotos, unos vaqueros bajo un jersey holgado y sin sus gafas. Sus ojos grises me dejaron helado, no podía dejar de mirarlos, aunque ella los apartaba cuando notaba mi fijación. Joder, no pensé que fuera a ser tan guapa. Me contó que llegó aquí con sus padres desde Rumanía con apenas seis años, aún se le notaba un poco ese acento pausado y siseante al hablar. Me pareció mucho más tímida en persona que en los mensajes, algo normal, y más en una primera cita. Antes de darnos cuenta, llevábamos cuatro tercios por cabeza y la había invitado a cenar en casa esta noche para ver unas pelis de terror, con la excusa de nuestros gustos comunes.

Con el recuerdo de esos ojos grises en mi cabeza, cierro el grifo. Tiro de la toalla limpia que acabo de sacar del armario para secarme en dos movimientos rápidos y voy a mi cuarto para vestirme. Pillo unos vaqueros y la camiseta de Megadeth, las Converse que un día fueron blancas cierran el conjunto de gala para la noche de hoy. Suena el telefonillo. Revuelvo inconscientemente mi pelo aún mojado y contesto.

—¿Sí?

—Hola, soy Kattya —responde sin titubeos.

Enciendo las velas del salón, me acerco hasta la puerta pero no la abro. No quiero parecer ansioso. Espero el sonido del timbre para abrir. Detrás de la puerta, aparece ante mí una Kattya enfundada en un pantalón de cuero negro, camiseta ajustada con un escote de vértigo y botines de tacón. Hoy es ella quien me mira fijamente, con una mano apoyada en el dintel. Sus ojos grises, me observan sobre las Ray Ban negras, que descansan en la punta de su nariz. Así, maquillados de negro, resultan más penetrantes bajo el flequillo. Sus labios rojos dibujan una leve sonrisa. No puedo evitar que algo dentro de mis pantalones, ahí abajo, comience a despertar.

—Wow —me oigo exclamar.

—¿Puedo pasar? —pregunta con voz sinuosa.

—Sí, claro perdona…

Pasa frente a mí contoneándose. Cierro la puerta y me tiende una bolsa con lo que debe ser cerveza fría por como se pega el plástico sobre el cristal. Tardo unos segundos en reaccionar, no puedo dejar de mirarla.

—Uh, perdona.—Cojo la bolsa—. Gracias por las birras, estás… joder Kattya, estás guapísima hoy.

—Gracias.—Ella también lo sabe por la mirada altiva que me dedica sobre su hombro al contestar. 

—Siéntate por favor, voy a por unos vasos.

La dejo sentándose en el sofá. Camino de la cocina, intento recordar si hay condones en el cajón de la mesilla, con un poco de suerte puede que tenga que comprobarlo en un rato.

—¿Voy pidiendo unas pizzas? —pregunto a gritos desde allí.

—No, gracias, la verdad es que tengo sed.

Regreso con dos vasos apilados sobre el cuello de la botella y una bolsa de patatas. Ella no me quita ojo, mi paquete va a reventar.

Me siento a su lado. Coloco ambos vasos y abro el litro. Tomo uno de ellos ya lleno y cuando levanto la vista para ofrecérselo, sus ojos grises han cambiado, tienen un cerco rojo en el iris, debe ser la luz de las velas.

—Toma.—Sonrío al tenderlo hacia ella.

Kattya se sienta más cerca, y pone su rostro frente al mío, juraría que me está oliendo, como siga así no voy a poder evitar tirarme encima de ella. Separa unos milímetros su rostro con una sonrisa realmente seductora, ladea la cabeza y al sonreír aún más, unos colmillos afilados y blancos asoman entre sus labios. No puedo evitar dejar caer el vaso. Antes de que pueda reaccionar, con un movimiento firme y rápido aprieta mi cuello con su mano, se acerca a mi oído y con una voz gutural susurra:

—No me apetece cerveza, gracias. Prefiero beber otra cosa.

Debería sentir miedo, pero no es así. Su mirada roja me tiene hipnotizado, no sé qué me pasa pero la verdad es que la deseo, deseo sentir sus colmillos en mi cuello. Pongo mi mano sobre la suya, increíblemente fría al tacto, y con suavidad intento que ceda en su presión para poder ofrecerle una mejor visual de mi carótida que estoy seguro de que palpita impaciente sobre mi cuello, tan excitada como yo ante su inminente mordisco. Ella me mira con extrañeza, como un perro callejero ante una muestra de cariño, pero yo cierro los ojos totalmente entregado, con los botones de mi bragueta a punto de estallar, para recibir con un ligero gemido de un placer que no esperaba, la entrada de sus colmillos en mi carne, y sentir el mejor orgasmo de mi vida, cuando soy consciente de que la vida se me escapa poco a poco con cada uno de sus gruñidos de satisfacción y todo se vuelve rojo a mi alrededor, con la ridícula idea en mi cabeza de que si llego a saber todo esto, hoy no limpio.

COSAS DEL DESTINO

Son las siete de la mañana, acabo de abrir la cafetería y sé que en cualquier momento aparecerá por la puerta Aurora, mi clienta favorita. Adoro a esta mujer. Aurora es toda luz, a pesar de ser pequeñita llena por completo el local nada más entrar. Coqueta como ella sola, no me ha confesado nunca su edad, pero debe andar por los sesenta años, aunque se mantiene genial y viste como una mujer mucho más joven, con camisetas, vaqueros, botas moteras o converse, cazadoras de cuero, y ese pelo tan cortito y tan rockero que sienta tan bien a su cabello blanco.

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VEINTE AÑOS

Hoy es nuestro aniversario, veinte años ya…, veinte años… Podríamos tener un hijo de esa edad si me hubiera quedado embarazada en la luna de miel… bueno miel, más bien hiel. No sé para qué coño insistió en ir a Acapulco, vamos no había un viaje más típico para las parejas de recién casados. Y total ¿para qué? Si luego se tiró la mitad de los días protestando por todo, que si aquí amanece muy pronto, que si la humedad, que si las tormentas tropicales, que si no quiero más guacamole, que si el camarero te está mirando otra vez, que si estoy harto de tanta excursión… Madre mía, y no fue más que el principio… Veinte años aguantando este humor de perros y esta negatividad de mierda. Es que ni siquiera me dejó comprar las entradas para ver a los clavadistas, vamos a quien se le diga, vas a Acapulco y no ves a los clavadistas… y no sé, igual por eso llevo desde esta mañana con esa idea en la cabeza, esa imagen de los tíos saltando desde ese acantilado… porque hoy es nuestro aniversario, bueno por eso y porque pienso que es lo que yo debería hacer, saltar. Saltar y salir nadando de esta vida de mierda, o igual es que me encantaría tenerle ahí arriba, en todo lo alto, y empujarle yo para verle caer, gritando con esa cara de amargado, y escuchar los aplausos de los turistas cuando se diera el planchazo en el agua, ahí desparramado… Ufff, me pongo burra solo de pensar en eso… qué satisfacción y qué sensación de libertad… ¿Y si me voy? ¿Y si hago la maleta ahora mismo antes de que vuelva de trabajar y me voy? ¿Y si le dejo aquí con sus calzoncillos sucios, sus eructos, sus ronquidos, sus carcajadas babosas? ¿Y si…? Pero no. ¿Dónde voy a ir?… Bueno qué coño si me miro al espejo, no estoy nada mal. Intento hacer algo de ejercicio, bueno hoy no, que anoche dormí fatal con los ronquidos de este cerdo al lado, pero suelo hacer algo a diario, sí… y cuido lo que como, menos cuando estoy como hoy mitad melancólica mitad encabronada, que me meto unas tostadas con Nutella y me quedo tan pancha, pero vamos que lo intento…, y todos los días me pinto un poco el ojo aunque no vaya a salir, y lo hago para mí porque este gilipollas ni me mira, vamos que un dia entra por la puerta y me encuentra con un traje de romana y me pregunta que qué hay de cena… de verdad…., pero yo siempre voy mona, me gusta verme así, bueno y que me vean porque a ver, no lo vamos a negar…, me gusta gustar y tengo mi público, como decía mi hermana siempre hay una mierda para un tiesto…. Ay, mi hermana…si ella era la que decía que no me casara con este gañán, que era un gañán…y yo ahí cieguita que estaba, y mira, mira si tenía razón. Si es que soy más pava. Ay…si yo tuviera otra vez treinta años con lo que sé ahora… ¡lo que viviría! ¡Y lo que me follaría!… Porque chica, echo de menos que me den un buen meneo, de esos que te dejan las piernas temblando dos días, pero éste…madre mía pienso en que me toque y me da un ascazo… que yo pensaba que igual era que había perdido la líbido con la menopausia, pero qué va, la líbido me la ha perdido éste, yo la encuentro en cuanto me cruzo con el camarero del mexicano de la esquina, con esa piel canela y esos ojos negros…que me mira, ¡cómo me mira! Que me desnuda el muy cabrón con la mirada, ayer mismo cuando me dijo lo de “¿qué hace una estrella volando tan bajito?” al salir de la peluquería, estuve a punto de volverme y darle un pico y todo, sí un pico o un muerdo porque estoy que… Oye, lo mismo por eso pienso en los clavadistas, porque me recuerdan a él. Tendría gracia que estos veinte años de aburrimiento hubieran empezado en México y hoy, que es mi aniversario, decida celebrarlo tirándome al mexicano del restaurante de abajo… Pues mira, se me están antojando unos nachos con guacamole, pico de gallo y una Negra Modelo bien fresquita, fíjate… y además voy a bajar sin bragas.

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EL TRUCO

Miro de nuevo el reloj. Nerviosa, estudio por enésima vez mi reflejo en el cristal del escaparate. Me he esforzado por elegir algo divertido pero discreto para nuestra primera cita, chupa de cuero negro, camiseta blanca ajustada, mini vaquera y botines de tacón también negros con medias negras tupidas, bien tupidas. Este chico me gusta demasiado, así que he tirado de viejo truco para asegurarme de que hoy no va a pasar nada más: he venido sin depilar, y para reforzar mi autocensura sexual, he elegido la ropa interior más fea y vieja del cajón, las típicas bragas de abuela que te tapan el vientre hasta la cintura
y que reservas para los días de regla, bueno para esos, y para las primeras citas.

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