HUMO

No entendía qué estaba haciendo. No después de la bronca que tuvimos Alex y yo anoche en casa, cuando le dije que no aguantaba más. No entendía cómo había sido capaz de aceptar encontrarme en aquel lugar tan decadente y destartalado con él, por qué había terminado cediendo una vez más. Alex me había llamado apenas una hora antes, aquella misma tarde, casi en su hora de salida de la oficina. Se me encogió el corazón al escucharle hablar al borde del llanto, podía sentir sus nervios agarrotando su garganta, cuando me pidió con voz temblorosa que acudiera a la vieja imprenta abandonada, junto al aserradero en el que trabajaba como asistente desde hacía más de diez años, con la promesa de explicármelo todo una vez nos encontrásemos allí, no tuve tiempo de decir nada, simplemente colgó. Lo nuestro hacía aguas por todos lados, pero ninguno de los dos era capaz de dar un paso adelante para tomar una decisión, la verdad es que yo aún lo amaba demasiado. Lo pensé por un segundo, pero finalmente cogí mi chaqueta, el bolso, las llaves del coche y salí de casa con el corazón encogido. 

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LOS DÍAS RAROS

Aún no me lo creo… Los Días Raros, mi primera novela, ya ha salido al mundo.

Me gustaría dejarte la sinopsis de la historia.

SINOPSIS

Puedes adquirir mi novela en este enlace con gastos de envío gratis. En breve estará también disponible en La Casa del Libro, Amazon y podrás pedirlo en cualquier librería física.

Además quiero enviarte un regalo, La Música de Los Días Raros. En esta lista de reproducción de Spotify podrás escuchar las mismas canciones que los protagonistas a lo largo de la historia. ¿Y si las reproduces según vayas leyendo sus páginas?

No se me olvida que te debo un relato. Confío en que comprendas la locura que están siendo estos días para mí. El relato vendrá, aunque probablemente será el “penúltimo” que comparta contigo en una temporada. Ahora tengo que dedicar tiempo a la promoción del libro, y los pocos ratos libres que consiga tengo que dedicárselos a mi segunda novela.

Estaremos en contacto también por aquí, iré contándote cómo va la novela, te enviaré información sobre las presentaciones, firmas de libros. Y sí, cuando esta vorágine frene un poco volveré a escribir relatos para ti. Mientras tanto te dejo mis historias, para que puedas leerlas cuando quieras, están siempre a tu disposición aquí, entre mis páginas.

Recuerda que también estaremos en contacto en mi perfil de Instagram, donde seguiré compartiendo vídeos contigo, para explicarte mi método creativo, y muchas cosas más sobre esta aventura.

Gracias por estar al otro lado, no me canso de decirte que si tú no leyeses mis historias, crearlas no tendría sentido.

Un beso. Chao.

DROM ALUINN HOUSE

Paz. Al bajar de su coche sólo hay paz a su alrededor. Lo único que escucha es el canto de los pájaros, el murmullo del agua al descender por los rápidos del río que la ha acompañado con su cauce, a lo largo de la carretera de acceso, cubierta en un túnel casi perfecto formado por el entramado de las magníficas y poderosas hayas centenarias que protegen el camino, su camino, desde hace cientos de años. Sí su camino, sus hayas y su propiedad. La mente de Laura se engancha en ese pensamiento mientras saca las maletas del coche. Nunca se le habría ocurrido pensar que su mentor, el Profesor Byrne, pudiera hacerle un regalo como aquel en su testamento, la casa de la familia. Algo sorprendente dado que esa es la única propiedad que no ha pasado a manos de su sobrino William, su heredero casi universal, la casa y el contenido de la vieja caja fuerte que al parecer existe en su interior, que pasa a manos del ama de llaves de la casa, junto con una pensión vitalicia, al menos eso indica la carta que recibió tras la muerte del Profesor. Laura no puede sacar de su cabeza la sonrisa franca del viejo, bajo aquel poblado mostacho gris, el brillo de sus diminutos y miopes ojos verdes, que seguro tiempo atrás estuvieron llenos de vida. El Profesor la acogió bajo su ala protectora desde el momento en que puso un pie en su despacho de la Facultad de Psicología de Oxford, con la esperanza de que aceptase llevar su tesis de doctorado, algo realmente arriesgado teniendo en cuenta el tema que había elegido para centrar su trabajo y la fama de purista que precedía al profesor, o quizás fue ese el motivo por el cual su mentor aceptó el envite, estaba segura de que para él su propuesta debió ser todo un reto. Ahora, frente a aquella imponente edificación, mitad casa, mitad castillo, le gustaría estar a su lado para preguntarle muchas cosas sobre ella, sobre el escudo heráldico que protege la entrada principal, sobre las fechas labradas a golpe de cincel por la mano de algún cantero siglos atrás, que llaman poderosamente su atención en la fachada, sobre…

—Buenos días Srta.Ride, bienvenida a Drom Aluinn House.

La voz brusca y seca de la Sra.O’Brien, la vieja ama de llaves de la casa, sacude a Laura y despierta sus sentidos.

—Buenos días—saluda Laura con calidez, intentando disimular su sobresalto ante la figura solemne de la mujer—. No sabe cuánto le agradezco que haya podido recibirme hoy.

—Es mi obligación Srta.Ride, esta casa ha sido gestionada por mi familia desde tiempos inmemoriales, no podía defraudar al señor, le prometí en su lecho de muerte que estaría con usted al menos los primeros meses, para enseñarle cómo se debe gestionar la finca—explica con aplomo la mujer de corta estatura pero amplia presencia, mostrando la seguridad que sólo quien ha estado al cargo de todo aquello durante décadas, es capaz de tener.

Laura siente la mirada azul del ama de llaves sobre ella cuando se acerca para recoger sus maletas del suelo, envolviéndolo todo con su aroma a lavanda. No sabe muy bien cómo interpretar la expresión que observa en su rostro de piel ajada y pálida, surcado por marcadas líneas de expresión alrededor de su boca y sus ojos, con su cabello gris recogido en un impoluto moño bajo. Tiene la sensación de que ella también la estudia, dudando entre mostrar cierta calidez en su bienvenida o mantener su frialdad, una frialdad que Laura sospecha tiene algo de impostado por la importancia de la presentación, cuando una tímida sonrisa casi se escapa de sus labios finos al invitarla a entrar a la casa.

—Increíble…—Escucha murmurar a la mujer a su paso.

—¿Cómo dice Sra. O’Brien?—Pregunta Laura con descaro.

—No, nada… Disculpe, señora, sólo pensaba en voz alta.—Se excusa la guardesa con la mirada baja—. Si le parece bien, subiremos su equipaje a la habitación principal y luego…

Laura frena sus pasos detrás de ella, silenciando el llanto de los listones de madera maciza que cubren el suelo bajo sus pies, justo al pie de la majestuosa escalera de caoba que sube a la planta superior. O’Brien gira su rostro sobre su hombro al notar el silencio a su espalda.

—¿Ocurre algo Srta. Ride?

Laura duda unos instantes antes de responder, intenta encontrar las palabras que la ayuden a expresar lo que está pensando sin dar a entender que no puede evitar sentirse una extraña entre esos muros.

—Verá, es simplemente que no me gustaría ocupar la habitación del Profesor. Aunque el testamento diga que esta es ahora mi propiedad, es la primera vez que vengo a esta casa, no quisiera sentir que estoy invadiendo bruscamente el espacio que ha pertenecido al señor o a la señora de la casa durante generaciones—confiesa Laura con sus mejillas enrojecidas por el efecto de su confesión—. Si no es mucha molestia, ¿sería posible acomodarme en alguna otra estancia?

La mirada de O’Brien se dulcifica por un segundo, o eso es lo que Laura cree ver cuando la mujer asiente en silencio y la invita a acompañarla escaleras arriba.

—No se preocupe Srta. Ride. Sé que esta es también la primera vez que nos vemos, pero el Sr. Byrne me habló tanto de usted durante sus últimos días, que me parece que la conozco de siempre—comenta el ama de llaves mientras sube escalón a escalón con el peso de las maletas en sus manos ante la atenta mirada de Laura, quien ahora la sigue de cerca—. Tanto es así que esperaba su reacción, una reacción que demuestra que es usted una joven prudente y respetuosa. No se apure, he preparado una habitación más para usted, para mí la más bonita de Drom Aluinn.

Drom Aluinn…—susurra Laura tras ella—. ¿Puedo preguntarle qué significa? Sé que es gaélico, pero… ¿Sabe? Yo nací aquí en Dublín, pero mis padres me llevaron a Londres con ellos tan pronto como me adoptaron y no he tenido ocasión de aprender mucho sobre el folklore irlandés. 

O’Brien deja las maletas en el suelo, junto a la primera puerta que encuentran al llegar al primer piso, pone su mano sobre el pomo de bronce pulido, que resalta en la oscuridad de la madera ricamente labrada, y lo gira con suavidad para hacerse a un lado después.

—Montaña grande, eso es lo que significa Drom Aluinn—contesta la mujer con el sonido de fondo de la exclamación que se escapa de la garganta de Laura ante la belleza que observan sus ojos.

La luz de la mañana inunda la habitación por completo, atravesando los delicados visillos de lino blanco que cuelgan del enorme ventanal que preside la estancia, el típico ventanal sobre un acogedor banco de lectura, forrado de cojines blancos con diminutas flores azules salpicadas en su estampado. Al otro lado del cristal, unas deslumbrantes vistas a la cordillera que delimita el hermoso valle en el que se encuentra la casa, o debería decir el castillo. A pesar de estar en los primeros días del mes de junio, las mañanas son realmente frías y húmedas en la zona de Wicklow, así que Laura agradece el calor de la estufa encendida en el hueco de lo que en su tiempo seguro debió ser una majestuosa chimenea, piensa en lo realmente acogedor que resulta. Justo en el lado opuesto de la habitación, flanqueada por dos sillones orejeros con escabel, tapizados con el mismo estampado que los cojines del banco de lectura, hay una cama vestida con un edredón nórdico blanco con sábanas suaves, que invitan a deslizarse bajo su cobijo, y a apoyar la cabeza sobre cualquiera de los mullidos almohadones que cubren el cabecero de madera labrada. Junto a la cama, hay un tocador con un par de velones blancos en vasos de cristal y un jarrón con lavanda y diminutas flores blancas, salpicadas con alguna rama de trébol, cómo no encontrar trébol en Irlanda. Laura da unos pasos hasta llegar al ramo, que parece recién cortado, cierra los ojos y aspira su aroma, un aroma que se mezcla con el olor a ropa limpia, cera para madera y lumbre, un olor que consigue que se sienta en casa en cuestión de segundos, como por arte de magia. 

—Sra.O’Brien, esto es… Esto es maravilloso—exclama Laura con los ojos brillantes—. Muchísimas gracias, es la habitación más bonita que he visto nunca. Si esta es la habitación de invitados, no me puedo imaginar cómo debe ser la principal…

La mujer niega con la cabeza en silencio, Laura casi cree notar cierta emoción en su mirada antes de responder.

—Esta no es la habitación de invitados Srta. Ride, esta era la habitación de Aileen, la hija del Profesor—afirma O’Brien con un poso de tristeza en la voz.

Laura sabe quién era Aileen, su mentor pasó horas hablando sobre ella. Su corazón se encoge en el centro de su pecho al recordar las largas tardes que ambos pasaron en su pub favorito en el centro de Dublín, frente a un par de pintas de Guinness, después de revisar los avances de la tesis. Pasaron horas y horas hablando sobre ella, sobre el dolor que causó en la familia su pérdida, sobre el modo en que su esposa se dejó morir de pena, presa de una terrible depresión tras la muerte de su pequeña. Laura recuerda perfectamente lo que él le contó, cómo la pobre chica falleció a punto de cumplir la mayoría de edad, víctima de una desafortunada coincidencia en plena subida al Log na Coille, el pico más alto de las montañas de Wicklow, junto a su primo. Al notar la pena que nubla la mirada celeste del ama de llaves, Laura no puede más que disculparse por traer a su memoria unos recuerdos tan tristes.

—Lo siento Sra. O’Brien, no sabía que… —Laura camina hacia la mujer, que se mantiene firme junto al equipaje, bajo el dintel de la puerta—. Si prefiere que duerma en otra habitación yo…

O’Brien parece recuperar su entereza tras un ligero suspiro.

—Ni hablar Srta. Ride, esta es ya su casa, y no merece menos de esta habitación—responde con autoridad—. ¿Desea que la ayude a deshacer el equipaje?

—No por favor, bastante ha hecho subiendo las maletas hasta aquí, no debería haberlo permitido…

—Tonterías—interrumpe la mujer acompañando la afirmación con un gesto de su mano.

—No son tonterías, Sra. O’Brien. Por cierto, como ya sabrá mi nombre es Laura, me gustaría que dejara de llamarme Srta. Ride, si está de acuerdo, claro…—Propone con una sonrisa sincera dibujada en sus labios—.¿Puedo conocer su nombre de pila?

El ama de llaves alza ligeramente sus cejas de un modo inconsciente, como si esa pregunta la hubiera pillado desprevenida.

—Claro Srta… Perdón, quiero decir…—O’Brien parece aturdirse antes de responder—. Fiona, mi nombre es Fiona.

Laura da un paso más hacia la mujer y tiende su mano frente a ella, la mantiene así, extendida entre ambas a la espera de que responda a su gesto, algo que termina por hacer a regañadientes. 

—Encantada Fiona—afirma Laura con afecto mientras estrechan sus manos—. Porque me dejará que la llame Fiona, ¿verdad?

Las mejillas pálidas de la mujer parecen ruborizarse ante sus ojos, al tiempo que retira su mano con rapidez tras el saludo.

—Bueno, esa nunca ha sido la costumbre en…

Laura cruza los brazos ante ella con gesto autoritario, simulando un enfado que no siente, para clavar después sus enormes ojos verdes en los azules de la mujer obligándola a ceder. Fiona claudica al fin con un asentimiento de cabeza, Laura supone que se ha dado cuenta de que no tiene alternativa.

—Bien, pues no se hable más, desde hoy usted me llamará Laura y yo Fiona.

—Bueno, Laura—dice al fin la guardesa con una pose más relajada—, la dejo entonces unos minutos para que descanse y deshaga las maletas. Si necesita algo, no tiene más que tirar del llamador—advierte señalando el cordel de seda en el que no había reparado antes, y que cuelga junto a la cama—. Cuando esté lista, si es tan amable de bajar al piso principal, yo misma le enseñaré el resto de la casa, además aún tiene que conocer a nuestra cocinera y al jardinero, y hay mucho que explicarle sobre la finca, los caballos…. Bueno, no quiero agotarla el primer día. Sepa en todo caso que el almuerzo será servido a las doce y media, si no ha bajado aún a esa hora, yo misma subiré a buscarla para llevarla hasta el comedor.

Tras agradecer una vez más sus atenciones, Laura cierra la puerta tras la mujer, y apoya su espalda sobre la superficie, no termina de asimilar aún que una simple psicóloga de apenas treinta años como ella sea la dueña de semejante edificio. Camina despacio, en silencio, escuchando el crujido de sus pasos sobre el suelo de madera noble de la habitación, hasta que el sonido se siente amortiguado por la alfombra de piel de oveja dispuesta a los pies de la cama. Desde esa posición, Laura observa su imagen en el espejo del tocador. El cansancio del viaje, las emociones de los últimos días, el dolor por el fallecimiento de su viejo profesor, todos esos malos momentos se ven reflejados sobre su rostro. Dos enormes ojeras oscuras descansan bajo sus ojos verdes algo más inexpresivos que de costumbre a pesar de que, para causar una buena impresión, ha intentado marcar aún más sus pestañas con algo de rimel en el baño del avión que tomó en Londres apenas hacía unas horas. Su rostro ovalado de piel de porcelana muestra hoy una palidez casi cerúlea, está claro que necesita descansar. Laura clava sus ojos en los de la imagen de su reflejo y sonríe con tristeza.

—Ay viejo testarudo… En vaya lío me has metido—habla sola en voz alta, como si su mentor pudiera escucharla—. Esto es demasiado, Profesor. Demasiado…

Un golpe de tos sacude el pecho de Laura, y un pequeño pitido, como un estertor, sale de su garganta cuando intenta tomar aire. Mete la mano en el bolso que aún cuelga de su hombro y saca su inhalador, lo sacude, vacía su pecho de aire entre toses, abre la boca y aspira una primera dosis, una dosis que descongestiona sus bronquios de inmediato, permitiendo que el oxígeno pueda entrar de nuevo al respirar. Luego apoya su cadera en el costado de la cama, repite la operación y llena después sus pulmones de aire, todo vuelve a estar bien.

—Ya tardabas en llegar—habla para sí—. Por un momento he pensado que el aire puro te haría desaparecer por un tiempo, pero no… También aquí voy a tener que ir pegada a mi inhalador. Creo que es mejor que me estire un poco a ver si así tú, mi querido asma, me dejas en paz.

Laura se descalza en un movimiento rápido y abre la cama, cuando está a punto de dejarse caer sobre los almohadones con el inhalador aún apretado en un puño, unas voces que parecen alteradas llegan hasta ella, cree distinguir la voz de Fiona. Sale de la cama y se acerca hasta la puerta descalza, pone la mano sobre el pomo, lo gira despacio para no hacer ruido y escucha, quiere averiguar qué está ocurriendo allí abajo.

—…te digo que dónde la has metido, vieja urraca.—La voz grave de un hombre joven, con signos de haber bebido algo más que una pinta de cerveza suena visiblemente alterada en el recibidor.

—Señorito William, le digo que se marche, aquí no tiene nada que ver—contesta una Fiona nerviosa—. La Srta. Ride está descansando.

—No me pienso mover de aquí hasta que la tenga delante, quiero que me explique qué mierda de relación tenía con mi tío para que le deje esta casa a ella… ¡A ella! Y no a mí, a su sobrino, al nuevo Duque de Wicklow.

Laura escucha el gorgoteo de líquido en el cuello de una botella al mismo tiempo que el chico calla. Siente como un nudo atenaza la boca de su estómago, eso era lo que ella más temía, que la acusaran de haber hecho cualquier barbaridad para conseguir esa herencia. 

 —Ya escuchó usted al albacea señorito, ella simplemente era su alumna, su protegida…—intenta explicar Fiona.

Laura se acerca despacio hasta la barandilla de la escalera, quiere ver al tal William, al sobrino del Profesor, tiene que agacharse un poco para llegar a ver sus cabezas desde donde está. Allí abajo, un chico pelirrojo con un corte de pelo algo largo y despeinado, barba perfectamente perfilada sobre un rostro aniñado, se tambalea frente al ama de llaves con una botella de whisky en la mano a medio beber. Viste unos vaqueros, unas zapatillas de marca y una cazadora que Laura sólo podría pagar con el salario de dos meses como psicóloga en su consulta de Harley Street. 

—Mira vieja bruja, si no la haces bajar ahora mismo, seré yo quien la traiga escaleras abajo arrastrándola por los pelos, ¿me oyes?—Afirma el chico elevando cada vez más la voz, mostrando una actitud que comienza a amenazar con convertirse en violenta cuando se atreve a poner su mano alrededor del brazo de Fiona.

En ese preciso instante, Laura baja las escaleras a buen paso hasta llegar junto a ellos.

—Suéltala—ordena Laura con un valor que no sabe de dónde ha sacado—. ¡Que la sueltes te he dicho!

William gira su rostro hacia ella y tan pronto como la ve, se queda inmóvil, pálido, Laura cree que ni siquiera respira. Un estruendo de cristales rotos retumba en la entrada cuando la botella de whisky se desliza de la mano del muchacho y se hace añicos contra el suelo, momento que Fiona aprovecha para zafarse de él sin ningún esfuerzo.

—No puede ser…—balbucea en un murmullo el sobrino del Profesor—. No puede ser, yo…

—Señorito William, es mejor que se vaya…—Insiste Fiona casi en un ruego.

El chico no aparta la mirada de Laura, quien no sabe cómo actuar, no entiende lo que está pasando. William da un paso atrás con sus ojos marrones, inyectados en sangre por el alcohol consumido, abiertos de par en par, ni se atreve a pestañear. Laura cree ver cómo poco a poco se llenan de lágrimas a punto de derramarse. El sonido similar a un escape de agua suena en el eco de la grandiosa entrada, como un goteo sobre el suelo de madera perfectamente encerado, Laura baja la mirada y se da cuenta de que el chico se ha orinado encima.

—¡Dios qué asco!—Exclama con una mueca—. William… Te llamas Wiliam, ¿no? Es mejor que te vayas a casa, te des una ducha y duermas la mona. Cuando puedas mantener una conversación cuerda, vuelves a vernos. Yo estaré encantada de responder todas las preguntas que quieras hacerme…

Un nuevo golpe de tos sacude el pecho de Laura, en esta ocasión con toda certeza consecuencia de la tensión vivida. Sacude el inhalador que aún lleva en su mano, vacía de aire su pecho y cuando está a punto de inhalar, William se lanza sobre ella con el rostro desencajado.

—¡No! Es imposible ¡Tú no!—grita el chico como un loco mientras aprieta sus manos alrededor del cuello de Laura, con tal fuerza que está a punto de hacerla caer—. ¿De qué infierno te has escapado? ¡Yo te maté! ¡Yo te maté!…¡Yo tiré tu puto inhalador al acantilado!

Laura siente que sus piernas flaquean, escucha el grito de dolor que sale de la garganta de Fiona mientras trata por todos los medios aflojar las manos del chico, pero es imposible, sus ojos marrones están clavados en los suyos, las lágrimas de William, cargadas de un odio casi animal, caen sobre su rostro, no puede respirar, el aire se agota, siente que se va. Justo cuando todo está a punto de fundirse a negro, algo nockea a William, quien cae al suelo inconsciente, como un tronco de un árbol recien talado.

—¡Hijo de puta! ¡Tú mataste a mi niña! ¡Tú!—grita Fiona en un llanto desconsolado mientras levanta una vez más sobre su cabeza, con pulso tembloroso, un atizador de bronce ya manchado de la sangre del chico.

—¡Para Fiona! ¡Para!—grita Laura entre toses—.¡Suéltalo!

Fiona se queda congelada con el atizador en alto, su llanto ya desgarrador la sacude por completo, no puede mantener los brazos extendidos.

 —Mi niña… Mi Aileen… Él la mató… Él dejó que se asfixiara allí arriba, él… Mi niña…

Fiona cae sobre sus rodillas, no puede dejar de llorar. Un pequeño charco de sangre se ha ido formando poco a poco junto a la cabeza de William, quien sigue en el suelo sin sentido. Laura recoge su inhalador del suelo con ambas manos, lo agita e inspira con urgencia dos vaporizaciones, una después de otra, con el llanto inconsolable del ama de llaves en sus oídos, sin dejar de preguntarse qué ha pasado allí, aunque una idea comienza a rondar su cabeza, una idea que no se atreve a verbalizar. Tan pronto como recobra el aliento, Laura se acerca a William, pone su mano en el cuello del chico, y suspira.

—Tiene pulso—dice a una Fiona que no la escucha, aún de rodillas en el suelo, sumida en su llanto. 

Una mujer de cabello plateado y ataviada con un mandil blanco sobre su ropa, aparece por la puerta bajo la escalera y ahoga un grito al ver la escena, Laura supone que es la cocinera.

—Rápido, llame a una ambulancia por favor, el señorito William aún respira, necesita ayuda…—ordena Laura acercándose a Fiona para rodearla con sus brazos—. Yo atenderé a Fiona.

Desde el hall, Laura observa un enorme salón con tres sofás chester dispuestos alrededor de una chimenea, esta sí, encendida a pleno rendimiento y sin estufa. Como puede, consigue que Fiona se ponga en pie y la lleva caminando despacio hacia uno de los sofás, sobre el que descansa una manta fina de cuadros. La mujer está temblando, así que ayuda a Fiona a sentarse y toma la manta para dejarla caer sobre sus hombros.

—Creo que a las dos nos vendrá bien un trago… —murmura Laura mientras sirve un par de whiskies en los vasos de cristal labrado, que esperan en la mesa auxiliar de los licores—. Toma, Fiona bebe… Necesito que me expliques qué ha pasado aquí.

Fiona levanta su mirada azul, ahora desprovista de fuerza. Su llanto desconsolado se ha convertido en un llanto mudo, en el que cascadas de lágrimas no dejan de brotar de sus ojos. Acepta el vaso que Laura le tiende, y lo lleva a sus labios para beberlo casi de un trago ante la mirada atónita de la chica y sujetarlo después entre sus manos sobre el regazo.

—Ese chico, William… Es el sobrino del Sr. Byrne, es el primo de Aileen… Y también el tuyo, Laura—afirma Fiona despacio a media voz, marcando cada una de las sílabas de la última frase—. No era así como debías haberlo sabido…

—Mi primo… Ese animal, ¿mi primo?—pregunta Laura a modo de respuesta, con el corazón latiendo a mil por hora en su pecho.

Ahora es Laura quien bebe el contenido de su vaso de un trago. La idea que se había gestado en su mente desde el momento en que sus pulmones volvieron a recibir oxígeno, aquella pesadilla, parecía estar a punto de convertirse en una realidad. Antes de romper el silencio que se había creado en la sala, sólo roto por el murmullo de la voz de la cocinera al teléfono, en la otra punta del salón, y el crepitar del fuego en la chimenea, vuelve a llenar su vaso, y el de Fiona.

—Entonces Aileen y yo…—sugiere Laura sin atreverse a terminar la frase.

Fiona bebe un pequeño sorbo de su vaso, carraspea ligeramente, limpia el líquido acuoso que gotea de su nariz con el envés de su mano y toma aire antes de clavar su mirada en la de Laura.

—Aileen y tú erais hermanas, hermanas gemelas en realidad. Las dos hijas del Sr. Byrne, bueno de Edward y mías…—La voz de Fiona se quiebra al terminar la frase.

Laura no dice nada, siente que las piernas le fallan, busca en su bolsillo el inhalador que ha guardado minutos antes, convencida de que lo necesitaría, pero no… Respira, por primera vez en mucho tiempo, el asma la está dejando en paz, como si su cuerpo quisiera asegurarse de que todos sus sentidos deben centrarse en la voz de esa mujer, de esa mujer que dice ser su madre.

—Edward y yo éramos amantes desde mucho antes de que él se casara con la señora. Como te imaginarás, lo nuestro nunca hubiera podido ser legitimado a los ojos de nadie. Él ya era Doctor en Psicología, y además el Duque de Wicklow. Su matrimonio fue acordado por las familias, mera formalidad, historias de títulos y tierras que ya tendrás tiempo de abordar.—Comienza a explicar la mujer, con las lágrimas poco a poco dejando de correr por sus mejillas, y la mirada clavada en el baile de llamas del fuego, como si pudiera proyectar sobre ellas sus propios recuerdos—. Después del primer año, la señora aún no había concebido un heredero, y se apagaba cada día más ante la pena y la vergüenza de no poder quedar en cinta. Los médicos confirmaron su incapacidad para engendrar poco tiempo después, y fue entonces cuando Edward me pidió que…

Fiona cierra los ojos y aprieta el vaso entre sus manos, lo lleva de nuevo a los labios antes de continuar. Laura la observa sin pestañear, no quiere hacer ni un ruido que pueda distraerla, siente un nudo en la garganta, un nudo que trae las primeras lágrimas a sus ojos, sabe lo que esa mujer va a decir, lo sabe, pero quiere escucharlo, necesita escucharlo de sus labios.

—Edward y yo habíamos continuado nuestra relación a espaldas de todo el mundo, así que para él la idea de tener un hijo conmigo, un hijo que heredase todas sus riquezas, que pudiera crecer a nuestro lado, con su padre ejerciendo como tal ante todos, y conmigo como niñera, fue la solución perfecta, y a la señora… A la señora le pareció bien—confiesa Fiona con el tono de voz algo más suave que antes, y una expresión en el rostro que a Laura se le antoja mezcla de pena y rubor—. Mientras mi vientre crecía, supuestamente fruto de una violación no denunciada, la señora hacía crecer el suyo con un artilugio de tela que yo misma le confeccioné, lo lleva atado alrededor de su cintura, y lo íbamos llenando de arroz hasta hacerlo semejante en volumen al mío mes a mes. Y así hasta el parto, un parto que sufrí en esta casa, en el cuarto de servicio que siempre he ocupado, atendida por la matrona del pueblo, a quien Edward se encargó de cubrir de dinero, después de firmar un contrato de confidencialidad… Y ahí llegasteis las dos. Primero Aileen, que rompió a llorar enseguida con su carita sonrosada y sus pulmones bien henchidos.—Los ojos de Fiona vuelven a llenarse de lágrimas, y una mirada de inmensa ternura llega hasta Laura cuando la dirige hacia ella—. Luego llegaste tú… Más pequeñita, mucho más delgada, te costó mucho romper a llorar, pensamos que te perdíamos, pero al final lo hiciste con un llanto parecido a un maullido… Edward estaba feliz con las dos, estaba radiante con vosotras en los brazos cuando os subió a la habitación de la señora.

—Pero entonces ¿por qué yo?…—Laura se atreve a preguntar, con los ojos acuosos—. Si nos presentó a las dos, por qué…

Fiona levanta ligeramente su mano derecha, necesita continuar.

—Aquella noche, tu padre bajó de nuevo solo contigo en brazos. Al parecer la señora eligió a Aileen, a la primogénita, pensó que tú no llegarías a sobrevivir a aquella noche y no quiso…—Fiona traga saliva antes de continuar—. No quiso arriesgarse a cogerte cariño para tener que enterrarte después, al parecer esas fueron sus palabras.

Laura llora en silencio. Las palabras que acaba de escuchar se clavan en su pecho, nunca pensó que pudieran doler de aquella manera.

—Y mi padre, ¿no tuvo nada que decir al respecto?…—Lanza la pregunta sin evasivas.

Fiona se levanta de su sofá, deja caer la manta y toma asiento en el sofá contiguo, donde está Laura, donde está su hija.

—Edward, quiero decir, tu padre, no quiso presionar a su mujer, la señora había aceptado ser la madre de una hija que no era suya, aceptó tenerme bajo el mismo techo, aceptó que fuera yo quien amamantase a su hija, al menos quiso que ella pudiera tomar esa decisión. La peor parte vino después. No podías crecer en la misma casa que tu hermana gemela, así que ambos nos quedamos contigo a solas durante un par de horas, te llenamos de besos, nos despedimos y luego te llevó al orfanato de Dublín, era perfecto. El señor ayudando a su empleada a deshacerse de la criatura fruto de la supuesta violación a la que había sido sometida—confiesa Fiona al tiempo que acerca con temor su mano a la de Laura—. Allí acordó con las religiosas, que si salías adelante y conseguías ser adoptada, ellas le darían los datos de tus nuevos padres para poder seguir tu pista. Y lo conseguiste, vaya si lo conseguiste. Has convivido siempre con ese asma, asma que tu hermana Aileen desarrolló también, pero ya entrada en la adolescencia, pero tú, con tan solo unos días en este mundo, ya luchaste por vivir. Y en poco más de una semana, encontraste una familia, encontraste a tus padres.

Laura levanta la mirada, mirada que por un momento se inunda de un profundo amor por ellos, por el matrimonio que la hizo sentir querida, protegida, valorada. Supo que era adoptada cuando cumplió los catorce años, aunque de alguna manera, siempre lo había sabido. Lo supo cuando no fue capaz de encontrar en su madre o en su padre sus propios rasgos, tampoco en las fotografías de los álbumes familiares, pero aquello nunca le importó. Lo único que siempre echó de menos fue una hermana, soñaba con tener una hermana gemela igual que ella, de hecho pasó toda su infancia jugando con una hermana imaginaria, siente cómo se eriza la piel de todo su cuerpo al darse cuenta de que esa hermana siempre existió. Que podía haber experimentado la psicología de la conexión entre gemelas en la que basó su tesis si hubiera podido crecer a su lado. Sonríe con tristeza al darse cuenta del estupor en el rostro del Profesor Byrne cuando se presentó en su despacho con su propuesta de tesis.

—¿Estás bien, Laura? ¿Quizás es demasiado?…—Pregunta Fiona con preocupación al notarla ausente.

Laura niega con la cabeza, y limpia con su mano las lágrimas que ruedan por sus mejillas.

—No Fiona, sigue por favor. ¿Qué pasó entre el Profesor y mis padres?

Fiona pone su mano sobre las de su hija con prudencia, pero respira al ver que ella no las aparta.

—Desde el mismo día que te tuvieron en su casa de Londres, tus padres comenzaron a recibir unas cartas anónimas con cantidades importantes de dinero, dinero que debía ser utilizado para tus cuidados médicos, tu educación… Para tu bienestar y el de tu familia, por supuesto. A cambio, ellos debían dejar mensualmente en un apartado de correos noticias tuyas, noticias detalladas, fotos, hasta videos que nos permitieran conocer a la mujercita en la que te ibas convirtiendo… 

Fiona se levanta del sofá y camina en silencio hasta el cuadro que cuelga sobre la chimenea, lo abre como si fuera la tapa de un libro, y descubre una caja fuerte tras él ante la mirada atónita y acuosa de Laura, esa es la famosa caja fuerte que figuraba en el testamento. Luego observa cómo la mujer mete la mano en su camisa y saca una llave que cuelga de su cuello en una fina cadena plateada. Fiona gira delante de sus ojos la rueda de números a izquierda y derecha, para introducir después la llave en la cerradura, que se abre con un clic de inmediato. Justo cuando va a abrir la puerta de hierro, el carraspeo de la voz de la cocinera suena en la entrada del salón.

—Disculpen—dice alzando la voz—. La ambulancia y la policía están en camino, el señorito parece que ha comenzado a moverse, pero está muy aturdido.

—No dejes que se mueva, ni lo muevas tú tampoco, podría tener una lesión grave en la cabeza—responde Laura en pie, dirigiéndose a ella con una calma y una autoridad en la voz que ni ella misma espera escuchar—. Cúbrelo con una manta y trata de mantenerlo despierto.  

—Sí, señora—contesta la mujer para retirarse después.

—No sé por qué te preocupas de ese animal. Recuerda que acaba de confesar que es el culpable de la muerte de tu hermana… Si me dejaras yo misma…—masculla Fiona entre dientes con dureza.

Cuando Laura vuelve su mirada hacia Fiona, ella ya tiene entre sus manos una caja de madera del tamaño de un tomo de enciclopedia, y lo aprieta contra su pecho en un gesto de rabia y dolor.

—Ni lo sueñes, ese infeliz tiene mucho que contarnos, a nosotros y a la policía, aunque está claro que lo único en lo que pensó allí arriba fue en ser el único heredero del Ducado de Wilckok—suelta Laura en un intento por calmar a la mujer—. Por favor, sigue contándome, dime… ¿Qué es eso?

Fiona cede a la mirada de súplica de su hija, y toma asiento de nuevo en el sofá, seguida por Laura.

—Aquí está todo lo que tu padre y yo fuimos recopilando mientras veíamos crecer a Aileen feliz a nuestro lado, sin dejar de pensar ni un solo día en ti, y en lo feliz que habrías sido junto a nosotros, junto a tu hermana. 

Laura tiende la mano con la esperanza de poder ver su interior pero Fiona da un paso atrás.

—Espera… Antes deja que termine de contarte todo.—Fiona pone su mano cálida en la mejilla de Laura, quien acepta el gesto con agrado—. Él fue quien desde la sombra fue dirigiendo tus pasos, él abrió las puertas de los mejores colegios, de los mejores institutos, de la mejor facultad para ti, Oxford, la misma en la que ejercía de Decano. Lo que nunca esperó fue que eligieras Psicología, que quisieras seguir sus pasos, no podía creer que por fin pudiera tenerte cerca, verte casi a diario… Si supieras cuánto hablamos de ti noche tras noche. 

Laura sonríe con los ojos de nuevo acuosos por las lágrimas al recordar en su mente el día que propuso aquella tesis.

—Ahora entiendo perfectamente su cara cuando le conté que mi intención era demostrar con mi tesis la conexión entre gemelos, una conexión que yo tuve sin saberlo con Aileen—dice Laura con la mirada clavada en los ojos de Fiona y guarda silencio un par de segundos antes de continuar—. ¿Sabes que sufro de rutilofobia desde los veinte años?

—¿De qué?—pregunta Fiona confusa.

—La rutilofobia es un miedo irracional y persistente a los pelirrojos, y justo lo sufro de un modo radical desde los veinte años, ni siquiera sé cómo he podido enfrentarme a William hace unos minutos, y te apuesto a que debo sufrirlo desde que mi… Desde que Aileen falleció. Surgió de repente, de la noche a la mañana, así como una terrible acrofobia, quiero decir, miedo a las alturas… Y si hubiera podido hablar con mi hermana, seguro que ella tendría muchas fobias heredadas de mí también—afirma Laura y calla después.

El sonido lejano de sirenas comienza a llegar hasta la casa, William debe sentirlas también porque comienza a gruñir aún tendido en el suelo.

—¿Puedo ver ahora lo que hay en la caja?—Pregunta Laura.

Fiona abre lentamente la tapa de aquella especie de libro de madera y lo primero que saca de él es una foto, Laura por un momento piensa que es ella misma, pero cuando repara en la camisa de la imagen, se da cuenta de que es Aileen a quien está viendo. Sus ojos se llenan de lágrimas que comienzan a rodar sin parar por su rostro. Fiona deja a un lado el cajón y rodea con sus brazos los hombros de su hija, intenta controlar las lágrimas que se agolpan también en su mirada.

—Sí, mi niña… Ella es Aileen, ella es tu hermana—dice en un susurro.

Las sirenas suenan casi a las puertas de la casa. Laura se pone en pie con sus ojos clavados en la imagen que sostiene entre las manos.

—Bueno, creo que este va a ser un día muy largo—anuncia Fiona al tiempo que toma la caja entre sus manos—. No sé ni por dónde empezar a explicar todo esto a la policía cuando…

Laura baja la foto y se acerca a Fiona para meter la imagen de su hermana de nuevo en la caja, la toma con una mano y con la otra rodea los hombros de la mujer, para atraerla hacia ella.

—Tranquila, es muy sencillo. Yo misma les contaré que mi madre me ha salvado la vida una vez más—dice Laura para besar después la frente de la mujer, quien la observa con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Vamos mamá?

Laura y Fiona caminan hacia la puerta de entrada de la mano, con el sonido ya ensordecedor de las sirenas de fondo y la mirada de pánico de William clavada en ellas, tirado en el suelo, cubierto con una manta. Laura le observa por un segundo antes de abrir la puerta, se da cuenta de que ya no siente miedo ante él, sólo siente pena, pena y dolor, con la imagen de su hermana en la cabeza.

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LA CUEVA

Cata observó su imagen reflejada en el espejo de su habitación. Había pasado más de dos horas rebuscando en su armario la combinación perfecta que dotara a su imagen de un aire de dureza, sex appeal y algo de ternura, y que además resultase cómoda para las horas que iba a pasar en pie, sirviendo cerveza y copas detrás de la barra de “La Cueva”, la mítica sala de conciertos de su barrio, donde comenzaba a trabajar aquella misma noche. Terminó por convencerse de que los shorts vaqueros desgastados, con la camiseta negra de tirantes y las Converse negras de doble suela, eran la mejor opción, luego recogió su larga melena castaña en un moño alto despeinado, pintó sus ojos con lápiz negro y sus labios de rojo. La sonrisa que dibujó en su rostro no pudo esconder la incomodidad del pellizco que sentía en la boca del estómago. Aquel era su primer trabajo, necesitaba el dinero para cubrir sus gastos del verano y ahorrar un poco además, para las juergas universitarias que esperaban por ella cuando empezara el nuevo curso.  Sus padres no estaban especialmente contentos después de haber tenido que dejar dos asignaturas de primero para el año siguiente, habían dejado claro que el presupuesto de gastos extra iba a verse bastante mermado. Sólo el sonido de su móvil fue capaz de sacar a Cata de su empanamiento frente al espejo.

—Mierda, tengo diez minutos para llegar—exclamó al ver la hora en la pantalla, justo encima de la notificación de whatsapp que decidió dejar sin leer—. Mira que quería haber salido con tiempo, si es que mi padre va a tener razón, soy un puto desastre.

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VUELO A PARÍS

Helen bajó del Uber con una sensación extraña en su interior. No podía dejar de pensar en la enorme ilusión con la que había estado preparando aquel viaje durante meses. París, la ciudad del amor, ¿qué mejor lugar para celebrar el primer San Valentín con Tom? O eso fue lo que pensó cuando comenzó a organizarlo. Tomó la maleta de la mano del conductor, quien con su mejor sonrisa le deseó buen viaje. Helen intentó corresponder al gesto, pero al sentir cómo sus ojos se empañaron, optó por dar media vuelta dejando en el aire un simple «gracias», y corrió al interior del aeropuerto de Heathrow en busca de la zona de embarque, con el recuerdo en su cabeza de la noche en la que entregó a quien pensaba que era el amor de su vida, aquel sobre con los billetes y la reserva de hotel.

Helen había estado preparando todo con suma dedicación. Era el cumpleaños de Tom, el primero que pasaban juntos como pareja, después de más de tres años de amistad. Ella había estado enamorada de él desde el primer día en que se conocieron en la oficina, y por fin, tras años de cafés, confidencias, cenas de empresa, rolletes mutuos totalmente infructuosos, proyectos y viajes de trabajo en común, por fin estaban juntos. Tom le había contado infinidad de veces en todo ese tiempo lo mucho que le habría gustado poder hacer el Erasmus en París, cuando aún estaba estudiando la carrera, pero su Escuela de Negocios tenía pocas plazas y una nota de corte demasiado alta. Helen y Tom hacía poco más de ocho meses que habían empezado a salir como pareja, y ella aquella noche, para sorprenderle, había preparado como regalo una escapada a su ciudad soñada, para celebrar juntos el día más romántico del año, el día de San Valentín, el mismo del que ambos se habían estado mofando año tras año durante su soltería y que en esta ocasión, sin embargo, parecía que ambos esperaban con una ilusión empalagosa y sensiblera, totalmente desconocida para los dos. 

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LA FLOR DEL ALQUIMISTA

Jucef Bonhiac se ganaba la vida de modo oficial como el mejor tejedor de velos en todo el Call, la Judería de Barcelona. Su fama era bien conocida la ciudad, incluso las damas cristianas más pudientes acudían con sus criadas a por velos para engalanar sus vestidos, pero no eran sólo velos lo que estas damas buscaban, en ocasiones acudían a la casa de Jucef en busca de algo más, y no eran las únicas. Jucef tejía velos bellísimos y delicados sí, pero en el sótano de su local preparaba conjuros, ungüentos y pócimas de todo tipo para cristianos y judíos, unos para conseguir a la persona amada, otros para alejar la mala suerte, algunos para provocar digamos que una molesta digestión al vecino que no quería vender sus tierras. Jucef era alquimista, un alquimista que no dudaba en jugar con la oscuridad si la bolsa del cliente que pedía el remedio venía bien colmada de dineros de plata.

Aquella mañana de primavera de 1348, el trino de los primeros pájaros que gorjeaban en los árboles de los patios de las casas de alrededor junto con la brillante luz del sol, se colaban por el pequeño ventanuco de la recia puerta de madera de la tienda de Jucef. El crepitar del fuego recién encendido de la chimenea que usaba para calentar la estancia, iluminada además por varias lámparas de aceite, acompañaba el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera. No eran más de las ocho de la mañana pero él ya estaba colocando con delicadeza los últimos velos que había tejido sobre la repisa de su pequeña tienda, tras el tosco mostrador de madera que su vecino Hasday, carpintero de profesión, construyó para él cuando decidió abrir el negocio. 

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EL AMANECER DE ANNA

Falta poco menos de una hora para que amanezca, para que el día comience y todo acabe. Aquí sentada, cierro los ojos para sentir la brisa del aire de la madrugada, de esta madrugada de primavera, que todo lo perfuma con su aroma a vida, no sólo por los árboles que vuelven a vestir sus ramas de verde y a preñar con su polen el aire, o por las flores que seguro lucen su belleza en la oscuridad del triste jardín que me rodea, la pulsión de esa necesidad de apareamiento de todo bicho viviente, animal o humano, que inunda esta ciudad, se nota en el ambiente, y precisamente esa sensación, la misma que hace un tiempo llenaba mis ajadas venas con su fuego, hoy las convierte en hiel. 

Mientras comienzo a distinguir cómo el cielo estrellado cambia de luz lentamente, permito que mi memoria vuele a la noche en la que nací, aquel 24 de junio de 1940, entonces tenía tan solo dieciséis años. Hacía unas semanas que París estaba ocupada por los nazis. Yo había perdido a toda mi familia en los bombardeos del tres de junio y mi padre hacía meses que había desaparecido en combate.

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LA PEONZA

Me enamoré perdidamente de Luna el mismo día que la conocí, cuando era tan sólo un niño de siete años y acompañaba a mi madre por primera vez al mercado de nuestro pueblo. Mi abuela me había regalado el día anterior una peonza que ella misma había tallado y pintado después de azul, con miles de estrellas salpicadas, que dibujaban unas preciosas franjas blancas y azules cuando giraba, estaba loco por jugar con ella en la plaza. Nunca pensé que aquel día conocería al amor de mi vida, entre toda aquella algarabía de conversaciones y risas de las mujeres del pueblo, con sus canastos de mimbre colgados del codo y apoyados en la cadera, envueltas en ese ambiente delicioso, entre aromas de limones y naranjas recién cortados del árbol, dispuestos ahora sobre los mostradores de los puestos, aquel olor a vinagre del puesto de los encurtidos que tanto me gustaba, o el de pan recién hecho, del puesto de la familia de mi amigo Quique. 

Fue precisamente en ese puesto, que me despisté. Mi madre y la de mi amigo Quique, comenzaron a hablar de sus cosas y yo, aburrido, lancé la peonza con todas mis ganas contra el suelo de adoquines, dispuesto a saltar a por ella en cuanto diera el primer rebote, pero aquel día mi peonza hizo un movimiento extraño, giró sorpresivamente hacia la izquierda, adentrándose de nuevo en el corazón del mercado a toda velocidad, yo iba tras ella, con los ojos pegados en su trayectoria, aterrado ante la posibilidad de perderla entre la gente. La peonza se deslizaba cada vez más y más rápido, conmigo corriendo tras ella, hasta que de repente frenó, comenzó a girar sobre sí misma en el mismo punto, cada vez más despacio hasta que paró y cayó al suelo. Yo, con la respiración entrecortada, me agaché para recogerla justo al tiempo que unas pequeñas zapatillas blancas, con unos calcetines rosas, paraban junto a mi peonza. Tomé mi juguete con una mano, y mientras volvía a ponerme derecho, mi mirada se topó al final de aquel mandil de cuero y de aquella camiseta de Candy Candy, con el rostro más hermoso, los ojos más bellos, brillantes y profundamente negros con largas pestañas, y con la sonrisa más dulce que había visto nunca. 

—¿Es tuya?—Preguntó sin dejar de sonreír y con su precioso dedo extendido, señalando mi peonza.

—Sí, me la hizo mi abuela…¿Te gusta?—Respondí con ella en la palma de mi mano.

—Es preciosa…—dijo la niña.

—¿Quieres que te enseñe a bailarla?—Me atreví a decir algo nervioso, concentrado en conseguir que el calor que recorría mi cuerpo de pies a cabeza en su presencia no acabase por explotar en mis mejillas, aunque debo confesar que sin éxito alguno por cómo me miraba.

—¡Luna! Maldita chiquilla… Vamos, no te entretengas con estupideces, que hay mucho trabajo que hacer…—La voz fría y demandante de la que supuse era su madre rompió la magia de aquel instante sin ningún miramiento.

Así fue como me enteré de su nombre, Luna, el nombre más hermoso para la niña más bonita. Mientras su madre, una mujer alta de pelo negro recogido en una trenza larga que llegaba a media espalda, y unos ojos grises de mirada heladora, la llevaba de vuelta al interior de su puesto de hierbas, infusiones y jabones, con su mano de dedos largos y delgados aferrados alrededor de su brazo, ella continuaba mirándome con esa sonrisa de ángel. En ese instante, desvié un segundo mis ojos de los suyos, para encontrarme con la mirada furiosa de mi madre entre las cabezas de las mujeres, que seguían afanadas en sus compras a lo largo los pasillos formados por los puestos ambulantes. Venía directa hacia mí, con esa expresión en el rostro de “esta tarde vas a merendar zapatilla”. Así que antes de que me sacara a rastras, probablemente de una oreja, giré mi rostro de nuevo hacia la niña al caer en la cuenta de que yo no le había dicho mi nombre.

—¡Luna! ¡Luna!—Brame tan alto como pude hasta que ella se dio la vuelta—. Yo me llamo Olmo, Ol-mo ¡hasta luego!

Me despedí con una sonrisa sin dejar de mirarla, a pesar de los tirones de mano de mi madre, quien estuvo murmurando por lo bajo todo el camino hasta casa, no entendía lo que decía, pero desde luego no estaba de muy buen humor. No recuerdo cuánto tiempo tardamos en llegar, ni sé si hicimos el mismo camino que de costumbre, mis pies caminaban empujados por las sacudidas de mi madre, que tiraba de mi mano izquierda con fuerza y a buen paso, mientras yo apretaba en la otra dentro del bolsillo de mi pantalón corto la peonza de mi abuela, la peonza que me había llevado hasta ella, sin poder sacar el precioso rostro de Luna de mi cabeza.

Cuando llegamos a casa, mi madre tiró de mí hasta el salón, donde mi padre y mi abuela estaban tomando un café con la radio de fondo.

—Anda, anda… Vete a tu cuarto antes de que sacuda el culo, ¡vamos!—ordenó con el enfado coloreando sus mejillas, mientras yo me acercaba a mi padre para darle un beso—. ¿Te lo puedes creer, Benito? De todas las niñas que hay en el pueblo, tu hijo, tu santo hijo, ha ido a hablar con la niña de la rara esa, la de las hierbas.

—Bueno mujer, ¿qué hay de malo en eso? Sólo son dos niños—contestó mi padre al tiempo que revolvía con una mano mi pelo, para volver a su taza de café después.

—¿Qué quieres, que nos vayan señalando? ¿Que digan por ahí que nuestro hijo es el amiguito de la hija de la bruja? Además, a saber quién es el padre de esa criatura…—continuó protestando mi madre entre dientes mientras sacaba los paquetes de su canasto—. Ya he tenido que soportar bastantes murmuraciones en mi vida por el hecho de ser tu esposa, por ser la mujer de…

—¿De quién querida nuera?—Preguntó mi abuela con una de sus manos acariciando mi rostro, después de recibir mi beso y sus ojos avellana, algo nublados ya por las cataratas, fijos en mi madre—. No veo que te haya ido tan mal con mi Benito… Vives en una de las mejores casas de la vecindad, tienes un coche maravilloso en la puerta, la nevera llena todos los días y hasta un televisor a color, el primero del pueblo, además de haber tenido a esta joya de niño que tienes por hijo—dijo con sus ojos sonriendo a los míos por un segundo—. No creo que ser la nuera de la vieja curandera de Villafranca te haya hecho mucho mal, ni creo que hayas tenido muchas de falta de respeto de ninguno de los vecinos, al revés. Creo que ha sido respeto lo que has ganado, no te olvides que mis remedios han curado muchas de las peores enfermedades que han azotado esta región en las últimas décadas, es agradecimiento lo que he recibido siempre de ellos. ¿Por qué ahora que me he retirado crees que puedes tratar con ese desprecio a la nueva curandera que ha venido a ayudarnos con su puesto itinerante? ¿Es que no crees que su hijita sea digna de jugar con tu hijo?

Antes de empezar a caminar por el pasillo, camino de mi habitación, pude ver cómo el rostro de mi madre se encendía aún más.

—Mire Teodora—comenzó a hablar ella apuntando a la abuela con la barra de pan en la mano—, da igual. Lo único importante es que no quiero volver a ver a mi hijo cerca de esa, ni de esa mujer, ni de su hija y punto. ¿Entendido mequetrefe?—preguntó apuntándome a mí esta vez con el pan y sus ojos convertidos en puro fuego.

—Bueno, bueno, haya paz—intervino mi padre para intentar aplacar los nervios, levantándose del sofá para llevar los paquetes de mi madre a la cocina.

A pesar del momento de calma, decidí que lo mejor que podía hacer era meterme en mi cuarto sin rechistar, con el corazón encogido, eso sí, al recordar las palabras de mi madre, con el corazón encogido ante la idea de no poder volver a ver nunca más a Luna.

Sin lograr esconder mi tristeza, saqué la peonza de mi abuela del bolsillo, y con ella bien apretada entre mis manos, me tumbé en la cama. Un instante después, unos nudillos tocaron en mi puerta como siempre lo hacía mi abuela antes de entrar, cinco toques rápidos y dos lentos.

—Pasa abuela—dije casi en un susurro con desgana.

En cuanto la puerta se abrió, su perfume a Heno de Pravia llegó hasta mi cama antes que ella, mezclado con la fragancia de los kilos de laca que usaba para peinar su perfecto moño de cabellos blancos. Mi abuela tenía entonces setenta y ocho años y una artrosis galopante que la obligaban a ayudarse de un bastón para poder caminar. Se apoyó en él para sentarse despacio a los pies de mi cama en silencio, y al ver que yo no me lanzaba a hablar, tomó aire y comenzó ella.

—Cariño, no hagas caso a tu madre, yo sé que Luna y tú estáis predestinados—afirmó con seguridad y aplomo en su tono de voz.

Yo me senté sobre la cama de un salto.

—¿Qué quieres decir con eso abuela? ¿Qué es estar predestinado?—pregunté con las piernas cruzadas más cerca de ella.

Mi abuela sonrió con ternura y puso una mano sobre mi peonza.

—Algún día lo comprenderás. Dime una cosa, ¿a que fue ella quién te llevó hasta Luna?—soltó sin dejar de sonreír, ante mi mirada de asombro y mi boca abierta de par en par al asentir con la cabeza.

—Pero abuela…¿Cómo lo sabes?—Acerté a preguntar.

Ella rió por lo bajini, y me guiñó un ojo con picardía.

—Vamos cariño, vamos a poner la mesa, que vamos a comer en nada, y procura no enfadar más a tu madre, tu padre ha conseguido aplacarla, pero me temo que cualquier cosa podría desatar a la bestia—susurró con su rostro arrugado pegado al mío antes de regalarme un beso—. Y no te preocupes, volverás a ver a Luna, aunque puede que tenga que pasar un poco de tiempo antes.

Aquellas palabras de mi abuela me acompañaron mientras puse la mesa esa noche, y lo hicieron durante mucho tiempo más, ya que por desgracia, en nuestra visita al mercado a la semana siguiente, pude comprobar que el puesto de hierbas e infusiones de su madre no estaba en su sitio, ni tampoco lo estuvo a la siguiente, ni a la otra. No falté ni una semana a la compra en el mercado junto a mi madre, siempre con la peonza en la mano para lanzarla una y otra vez mientras ella llenaba su canasto, siempre listo para seguir la senda que el juguete de madera me mostrase, pero sorpresivamente, todas y cada una de las veces que la lanzaba, la peonza se quedaba clavada en un punto, simplemente girando sobre sí misma. Luego nos enteramos de que la madre de Luna había decidido probar suerte en otra parte, y claro está, Luna se fue con ella.

Antes de que pudiera darme cuenta, los años pasaron. Pronto cumplí los quince y mi peonza y yo tuvimos que irnos a la capital, a un instituto interno, para poder estudiar el bachillerato, ya que en Villafranca sólo había escuelas, y cuando el instituto acabó, me aceptaron en la Facultad de Ciencias Matemáticas. Desde niño mi abuela me había estado hablando de estrellas y constelaciones, e hizo nacer en mí el gusanillo de la Astronomía. Durante todo aquel tiempo, yo me dedicaba a hacer bailar mi vieja peonza de vez en cuando, con la esperanza de que me llevase en algún momento hasta Luna, hasta esa niña que no había podido sacar de mi cabeza. En ocasiones me sentí el chico más estúpido del mundo al estar obsesionado con aquel encuentro infantil, deshechando las oportunidades que mi vida de estudiante ponía frente a mí, con muchachas inteligentes y preciosas. Intenté muchas veces tener citas con algunas de ellas, pero a pesar de que muchas de ellas resultaron ser realmente geniales, algo fallaba en mi interior y terminaba rompiendo para evitar hacerlas daño más adelante.

Así fué pasando el tiempo hasta que un día, cuando estaba en segundo de carrera, en mi piso de estudiante, recibí la llamada de mi padre. Nunca olvidaré aquellas palabras: “Olmo, hijo, ha llegado el momento. Tu abuela está a punto de marcharse, es mejor que vengas a casa”. Creo que ese fue el viaje de vuelta a casa más difícil de todos. Un enorme nudo se alojó en mi garganta durante todo el trayecto, y las lágrimas llenaban mis ojos sólo con pensar que en el viaje de regreso todo sería diferente y ella ya no estaría. Sentir su peonza en mi bolsillo me consolaba, me hacía sentir calma, me hacía sentirla más cerca. Cuando llegué a la casa, mi abuela, con sus noventa preciosos años, me esperaba sentada en su sillón, como siempre, con su bastón en la mano, su moño blanco y su perfume a Heno de Pravia.

—Ha querido levantarse de la cama para esperarte—dijo mi padre con la voz entrecortada cuando le abracé al llegar—. Ahí la tienes, yo creo que está esperando verte para partir.

Abracé también a mi madre, sin poder evitar la emoción al ver sus ojos llenos de lágrimas contenidas ante la inminente marcha de mi abuela. Mis dos mujeres habían dejado atrás sus peleas hacía ya mucho tiempo, desde mi marcha para ser exactos. Quiero pensar que el hecho de no tenerme cerca, de echarme de menos, al menos sirvió para acercarlas.

—Anda hijo, dame tu bolsa y ve a hablar con ella. Lleva mirando la puerta casi sin pestañear desde que llegó tu autobús, estoy convencida de que aún puede presentir cuando andas cerca—afirmó mi madre con dulzura, tomando la bolsa de mis manos con un beso en mi mejilla—. Anda Beni, cariño, vamos a preparar un café, ayúdame en la cocina con las pastas.

Mi padre besó en la frente a mi abuela con dulzura, y me dejó a solas con ella.

—Olmo, cariño… Ya estás aquí—exclamó en un susurro, erizando con la debilidad de su voz todos los bellos de mi cuerpo—. Ven cariño, ven y dame un beso, anda.

Me acerqué solícito, la tomé de las manos, y la besé más con mi alma que con mis labios. Mi abuela, mi ángel, estaba a punto de partir y yo no podía hacer nada para evitarlo.

—Abuela, pero qué guapa estás…—Fue lo primero que me salió de la boca, no sabía por dónde empezar.

—Anda, anda, mamarracho, no digas sandeces… Los dos sabemos perfectamente que estoy hecha un escorzo—refunfuñó con ganas, provocando la risa de ambos, que en su caso vino acompañada de un ligero golpe de tos—. ¿La has traído?

—¿A quién abuela?—pregunté extrañado.

—A quién no hijo… Que si has traído tu peonza—respondió con su arrugada mano salpicada de manchas sobre mi brazo.

Yo sonreí y metí la mano en mi bolsillo para sacar el juguete que ella misma me regaló hacía ya trece años. Mi pobre peonza estaba ya algo cascada, había perdido ya algún que otro trozo de cielo, y alguna que otra estrella. Mi abuela abrió la mano para que pudiera ponerla sobre ella, y tan pronto como la sintió, cerró sus ancianos dedos alrededor de aquella madera con ternura y sonrió.

—¿Sabes hijo? Yo misma tallé esta peonza con mis manos para tu séptimo cumpleaños, y lo hice con un trozo del saúco que tu abuelo plantó para mí junto a nuestra casa—comenzó a explicar, sin dejar de mirarme, a pesar de no poder verme con sus ojos ya ciegos por las cataratas que nublaban su vista—. El saúco es el árbol más mágico, sus flores y bayas curan muchas enfermedades, pero además es bien sabido que las parejas que se unen bajos sus ramas o en su presencia, son bendecidas con un amor eterno, para toda la vida…

No pude evitar sentir un pellizco en el corazón al recordar una vez más a Luna, a la niña de la que me enamoré, la niña a la que no sé si podría reconocer ya convertida en una adulta, aunque la tuviera delante.

—Ya veo que sigues pensando en ella, hijo—afirmó mi abuela sin que yo abriera la boca para decir ni una palabra—. No me vengas ahora con sobresaltos, siempre has sabido que tu abuela no era solo una simple curandera… 

—Bueno abuela yo…

—Sí hijo sí, ahora que tu madre no nos oye… Siempre he tenido ciertos dones, y precisamente por eso tallé esta peonza para tí, en tu cumpleaños más mágico, el séptimo año, para que te guiara y protegiera siempre en la vida y para que te llevase hasta ella, hasta la mujer que continuará con mi estirpe, aunque no lleve mi sangre…

—Abuela, ¿qué quieres decir con eso?—Interrumpí confuso por sus palabras.

—Cariño, tú sólo prométeme que cuando me marche, vendrás a despedirme con tu peonza, es importante para mí—rogó con su mirada blanca buscando la mía.

—Te lo prometo—afirmé con rotundidad.

—Buen chico—dijo ella satisfecha poniendo la peonza en mi regazo, para retirar su mano después con dos palmaditas en mi brazo.

Aquella noche acosté a mi abuela en su cama. No me costó nada llevarla en brazos hasta su cuarto, su peso era tan liviano que supe que no tardaría en marchar. Charlamos de mis estudios, de mi vida en la capital, y de la felicidad que según ella me esperaba en el futuro. La besé una y mil veces en el rostro y antes de dejarla sola por fin, ella levantó su mano y con una amplia sonrisa, golpeó en la mesilla cinco veces rápido y dos lento, como siempre hacía en la puerta de mi habitación para avisar de su entrada. Los dos nos miramos, a pesar de que sus ojos no pudiera verme, y sonreímos cómplices, y en mi caso, aliviado de que en efecto ella no pudiera ver mis ojos llenos de lágrimas al salir de su habitación. Aquella fue nuestra despedida.

Tres días después, ahí estaba yo, en pie junto a mis padres, rodeados del amor de todo el pueblo, de centros y coronas de hermosas flores que todos, incluso los que ya no vivían allí, habían enviado para despedirse de la mayor curandera que tuvo Villafranca y la última también, ya que el puesto de la madre de Luna nunca más volvió a aparecer por allí. A pesar de la tristeza que ahogaba nuestro corazón, de alguna manera mi padre y yo manteníamos una calma que ambos compartíamos, los dos sabíamos que mi abuela Teodora nunca se iría del todo, sabíamos que estaría a nuestro lado siempre, y eso nos daba algo de paz. 

Cuando el pésame y la despedida de los asistentes hubo acabado, me acerqué a mi padre, necesitaba respirar un poco, pasear por el campo por el que tantas veces de niño había contemplado junto a mi abuela las estrellas, así que me despedí con la promesa de reunirme con ellos unos minutos después en la casa. Saqué de mi bolsillo la peonza que me había estado acompañando todo el tiempo tal y como le había prometido, y tan pronto como la tuve en la mano, aún no sé cómo cayó de ella y comenzó a rodar. Comenzó a rodar tal y como lo hizo aquél día, trece años atrás, girando sobre sí misma y desplazándose por el suelo aún adoquinado como si nada. Yo comencé a correr tras ella, con el corazón a punto de salir despedido por mi garganta, temblando por lo que aquello podía significar. Giré una esquina y allí la encontré, la peonza se había parado frente a la puerta de una casa, la última del pueblo, la más pegada al campo donde yo me tumbaba con mi abuela. Estaba allí girando como una loca sobre el felpudo, hasta que empezó a disminuir su ritmo poco a poco hasta dejarse caer al suelo. Caminé despacio hasta ella, con la respiración y el pulso tremendamente agitados, la recogí del suelo y al levantarme, vi que dentro de la casa había luz. Acerqué con curiosidad mi rostro a la ventana, junto a la puerta, dentro todo estaba vacío salvo por varias cajas de mudanza apiladas por todas partes, y entonces la vi, abriendo una de ellas sobre la encimera de la cocina. Reconocí de inmediato sus ojos negros de largas pestañas y sus labios rosados, esa mujer, bella y exótica de cabello corto como el azabache, era Luna, mi Luna.

—¿Y qué pasó entonces papá?—la voz de caramelo de mi pequeña Estrella de cuatro años interrumpe mi relato, como cada vez que me pide que le cuente nuestra historia y la de la peonza que ahora es ella quien sostiene entre sus pequeñas manos.

—Pues ya sabes lo que pasó, bicho. Tu padre llamó a la puerta de la casa, nos abrazamos, le conté que nunca había podido olvidar aquel día en el mercado, que siempre quise venir a vivir al pueblo, nos cogimos de la mano y desde entonces no nos hemos separado—interrumpe Luna al tiempo que entra en la habitación de nuestra hija para venir hasta mí, abrazarme por la espalda, a los pies de su cama y dejar un beso en mi cuello que me electrifica de arriba a abajo.

—Venga cariño, a dormir ya, que mañana hay cole…—afirmo intentando parecer firme ante sus ojos de avellana, como los de mi abuela, que me derriten en cuanto me miran. 

—Bueno, vale—responde Estrella alargando las primeras sílabas como hace siempre que quiere ganar tiempo—, pero espera a que venga la yaya a darme las buenas noches.

Luna me toma de la mano y se coloca a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro, mientras un perfume de Heno de Pravia y laca inunda la habitación, y los cinco golpes rápidos, seguidos de dos más pausados, suenan en la puerta como cada noche desde que la pequeña Estrella vino a este mundo.

EL ANIVERSARIO

Claudia observa satisfecha su imagen en el espejo. Nunca ha sido la más guapa, ni la más delgada, pero siempre ha sabido combinar bien las prendas, y hacer que un modelo de menos de treinta euros luzca mejor que uno de trescientos. Hoy no es precisamente una ganga lo que lleva, el modelo de hoy es un Armani, ni más ni menos que un Armani. La cena de su vigésimo aniversario no merecía menos. 

El vestido que ha estado reservando especialmente para esta noche, y que compró hace unos meses en aquella cadena de outlets a las afueras de la ciudad, le sienta como un guante. Gira sobre sí misma despacio, recorriendo sus curvas con la mirada, se ajusta a la perfección a todas y cada una de ellas, nunca antes había sentido una tela como esa, tan suave, ligera y pesada a la vez, acariciando su piel de un modo casi orgásmico. Posa las manos en sus caderas, y alza la barbilla con un gesto que viste de inmediato su rostro sereno de seguridad, por primera vez en mucho tiempo. 

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