LOS DÍAS RAROS

Aún no me lo creo… Los Días Raros, mi primera novela, ya ha salido al mundo.

Me gustaría dejarte la sinopsis de la historia.

SINOPSIS

Puedes adquirir mi novela en este enlace con gastos de envío gratis. En breve estará también disponible en La Casa del Libro, Amazon y podrás pedirlo en cualquier librería física.

Además quiero enviarte un regalo, La Música de Los Días Raros. En esta lista de reproducción de Spotify podrás escuchar las mismas canciones que los protagonistas a lo largo de la historia. ¿Y si las reproduces según vayas leyendo sus páginas?

No se me olvida que te debo un relato. Confío en que comprendas la locura que están siendo estos días para mí. El relato vendrá, aunque probablemente será el “penúltimo” que comparta contigo en una temporada. Ahora tengo que dedicar tiempo a la promoción del libro, y los pocos ratos libres que consiga tengo que dedicárselos a mi segunda novela.

Estaremos en contacto también por aquí, iré contándote cómo va la novela, te enviaré información sobre las presentaciones, firmas de libros. Y sí, cuando esta vorágine frene un poco volveré a escribir relatos para ti. Mientras tanto te dejo mis historias, para que puedas leerlas cuando quieras, están siempre a tu disposición aquí, entre mis páginas.

Recuerda que también estaremos en contacto en mi perfil de Instagram, donde seguiré compartiendo vídeos contigo, para explicarte mi método creativo, y muchas cosas más sobre esta aventura.

Gracias por estar al otro lado, no me canso de decirte que si tú no leyeses mis historias, crearlas no tendría sentido.

Un beso. Chao.

LA FLOR DEL ALQUIMISTA

Jucef Bonhiac se ganaba la vida de modo oficial como el mejor tejedor de velos en todo el Call, la Judería de Barcelona. Su fama era bien conocida la ciudad, incluso las damas cristianas más pudientes acudían con sus criadas a por velos para engalanar sus vestidos, pero no eran sólo velos lo que estas damas buscaban, en ocasiones acudían a la casa de Jucef en busca de algo más, y no eran las únicas. Jucef tejía velos bellísimos y delicados sí, pero en el sótano de su local preparaba conjuros, ungüentos y pócimas de todo tipo para cristianos y judíos, unos para conseguir a la persona amada, otros para alejar la mala suerte, algunos para provocar digamos que una molesta digestión al vecino que no quería vender sus tierras. Jucef era alquimista, un alquimista que no dudaba en jugar con la oscuridad si la bolsa del cliente que pedía el remedio venía bien colmada de dineros de plata.

Aquella mañana de primavera de 1348, el trino de los primeros pájaros que gorjeaban en los árboles de los patios de las casas de alrededor junto con la brillante luz del sol, se colaban por el pequeño ventanuco de la recia puerta de madera de la tienda de Jucef. El crepitar del fuego recién encendido de la chimenea que usaba para calentar la estancia, iluminada además por varias lámparas de aceite, acompañaba el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera. No eran más de las ocho de la mañana pero él ya estaba colocando con delicadeza los últimos velos que había tejido sobre la repisa de su pequeña tienda, tras el tosco mostrador de madera que su vecino Hasday, carpintero de profesión, construyó para él cuando decidió abrir el negocio. 

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TURNO DE NOCHE

Adrián aparca su moto en la zona designada a los empleados de seguridad, dentro del muelle de carga de la gran torre de oficinas, su nuevo lugar de trabajo. Guarda los guantes y el casco en su baúl trasero, mientras intenta controlar las hormigas que corretean por su estómago, no puede evitar los nervios de su primer día. A sus veinticinco años, necesita un trabajo que le ayude a pagar sus estudios en criminología, así que no lo ha pensado dos veces cuando uno de sus profesores le ha puesto en contacto con esta empresa.

Antes de seguir las instrucciones para tomar el montacargas que lo llevará a la sala de control, observa por un segundo los muelles totalmente vacíos. Los toros de descarga de material esperan aparcados a que comience un nuevo día para ponerse en marcha, las motocicletas de vigilancia, que seguramente deberá usar en algún momento de la noche para controlar que todo está en orden, en las más de dos mil plazas de estacionamiento para empleados, también esperan perfectamente aparcadas en batería con el logo de SegurDetect bien visible en el chasis, con los colores corporativos, gris y azul. Con un escalofrío, Adrián sube un poco más la cremallera de su chaqueta touring de invierno y acomoda la braga de cuello que aún no se ha quitado, el aire helado del invierno se cuela por todas las verjas de acceso, cerradas ahora por seguridad. El silencio es absolutamente sobrecogedor, sólo interrumpido por el silbido del viento que se cuela por las rendijas de las puertas y las rejas, la impresión se acentúa cuando cae en la cuenta de que se encuentra en el sótano de la gran mole de acero, cemento y cristal de veintitrés plantas de altura, construida sobre las cenizas del edificio Windsor, aquella enorme mole que ardió hasta sus cimientos allá en el dos mil cinco, cuando tan solo era un crío.

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LA FLOR DEL LIRIO

El eco de los cascos de un caballo sobre los adoquines de la calzada llega hasta los oídos de Ofelia. Un nuevo viajero acaba de atravesar el arco de entrada a la ciudad que rompe la muralla en la calle de Carders, en plena almendra de la ciudad de Barcelona. Ofelia limpia las manos en su mandil, y agudiza el oído. Toda la calle está repleta de hostales, todos ansiosos y listos para recibir a los comerciantes, a los mercaderes, incluso a las amas de cría que ofrecen la leche caliente de sus repletos cántaros de carne y hueso a las familias de alta cuna, cuyas nobles madres no pueden amamantar a sus retoños. 

—¿Qué te apuestas a que hoy tenemos nuevo huésped?—Ofelia reta al cocinero que se afana en preparar el puchero del famoso guiso de carne del hostal para ponerlo al fuego—. Venga dí… ¿Cuánto apostamos?¿Medio croat?

El cocinero limpia el sudor de su frente con el mismo trapo con que repasa la cuchara de palo que mete después en el guiso para remover bien el tomillo y el romero que acaba de añadir, y mira a la gobernanta con cara de pocos de pocos amigos.

—Mira mujer, déjame de juegos y memeces. No estoy yo para murgas… Se nos acaba la carne, estas son las últimas piezas de cadera que teníamos—dice apuntando con su mano libre al puchero de barro que ya comienza a bullir en el fuego de la enorme chimenea de la cocina del Flor del Lirio—. Más nos vale que entre ese desgraciado y nos deje varios croats de su bolsa. Si no, a ver cómo diantres vas a conseguir tú más de esto. Te recuerdo que sacamos tantos dineros con mi guiso de carne como con las habitaciones que renta la señora, y si no hay carne no hay guiso, y si no hay guiso…

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