LA PEONZA

Me enamoré perdidamente de Luna el mismo día que la conocí, cuando era tan sólo un niño de siete años y acompañaba a mi madre por primera vez al mercado de nuestro pueblo. Mi abuela me había regalado el día anterior una peonza que ella misma había tallado y pintado después de azul, con miles de estrellas salpicadas, que dibujaban unas preciosas franjas blancas y azules cuando giraba, estaba loco por jugar con ella en la plaza. Nunca pensé que aquel día conocería al amor de mi vida, entre toda aquella algarabía de conversaciones y risas de las mujeres del pueblo, con sus canastos de mimbre colgados del codo y apoyados en la cadera, envueltas en ese ambiente delicioso, entre aromas de limones y naranjas recién cortados del árbol, dispuestos ahora sobre los mostradores de los puestos, aquel olor a vinagre del puesto de los encurtidos que tanto me gustaba, o el de pan recién hecho, del puesto de la familia de mi amigo Quique. 

Fue precisamente en ese puesto, que me despisté. Mi madre y la de mi amigo Quique, comenzaron a hablar de sus cosas y yo, aburrido, lancé la peonza con todas mis ganas contra el suelo de adoquines, dispuesto a saltar a por ella en cuanto diera el primer rebote, pero aquel día mi peonza hizo un movimiento extraño, giró sorpresivamente hacia la izquierda, adentrándose de nuevo en el corazón del mercado a toda velocidad, yo iba tras ella, con los ojos pegados en su trayectoria, aterrado ante la posibilidad de perderla entre la gente. La peonza se deslizaba cada vez más y más rápido, conmigo corriendo tras ella, hasta que de repente frenó, comenzó a girar sobre sí misma en el mismo punto, cada vez más despacio hasta que paró y cayó al suelo. Yo, con la respiración entrecortada, me agaché para recogerla justo al tiempo que unas pequeñas zapatillas blancas, con unos calcetines rosas, paraban junto a mi peonza. Tomé mi juguete con una mano, y mientras volvía a ponerme derecho, mi mirada se topó al final de aquel mandil de cuero y de aquella camiseta de Candy Candy, con el rostro más hermoso, los ojos más bellos, brillantes y profundamente negros con largas pestañas, y con la sonrisa más dulce que había visto nunca. 

—¿Es tuya?—Preguntó sin dejar de sonreír y con su precioso dedo extendido, señalando mi peonza.

—Sí, me la hizo mi abuela…¿Te gusta?—Respondí con ella en la palma de mi mano.

—Es preciosa…—dijo la niña.

—¿Quieres que te enseñe a bailarla?—Me atreví a decir algo nervioso, concentrado en conseguir que el calor que recorría mi cuerpo de pies a cabeza en su presencia no acabase por explotar en mis mejillas, aunque debo confesar que sin éxito alguno por cómo me miraba.

—¡Luna! Maldita chiquilla… Vamos, no te entretengas con estupideces, que hay mucho trabajo que hacer…—La voz fría y demandante de la que supuse era su madre rompió la magia de aquel instante sin ningún miramiento.

Así fue como me enteré de su nombre, Luna, el nombre más hermoso para la niña más bonita. Mientras su madre, una mujer alta de pelo negro recogido en una trenza larga que llegaba a media espalda, y unos ojos grises de mirada heladora, la llevaba de vuelta al interior de su puesto de hierbas, infusiones y jabones, con su mano de dedos largos y delgados aferrados alrededor de su brazo, ella continuaba mirándome con esa sonrisa de ángel. En ese instante, desvié un segundo mis ojos de los suyos, para encontrarme con la mirada furiosa de mi madre entre las cabezas de las mujeres, que seguían afanadas en sus compras a lo largo los pasillos formados por los puestos ambulantes. Venía directa hacia mí, con esa expresión en el rostro de “esta tarde vas a merendar zapatilla”. Así que antes de que me sacara a rastras, probablemente de una oreja, giré mi rostro de nuevo hacia la niña al caer en la cuenta de que yo no le había dicho mi nombre.

—¡Luna! ¡Luna!—Brame tan alto como pude hasta que ella se dio la vuelta—. Yo me llamo Olmo, Ol-mo ¡hasta luego!

Me despedí con una sonrisa sin dejar de mirarla, a pesar de los tirones de mano de mi madre, quien estuvo murmurando por lo bajo todo el camino hasta casa, no entendía lo que decía, pero desde luego no estaba de muy buen humor. No recuerdo cuánto tiempo tardamos en llegar, ni sé si hicimos el mismo camino que de costumbre, mis pies caminaban empujados por las sacudidas de mi madre, que tiraba de mi mano izquierda con fuerza y a buen paso, mientras yo apretaba en la otra dentro del bolsillo de mi pantalón corto la peonza de mi abuela, la peonza que me había llevado hasta ella, sin poder sacar el precioso rostro de Luna de mi cabeza.

Cuando llegamos a casa, mi madre tiró de mí hasta el salón, donde mi padre y mi abuela estaban tomando un café con la radio de fondo.

—Anda, anda… Vete a tu cuarto antes de que sacuda el culo, ¡vamos!—ordenó con el enfado coloreando sus mejillas, mientras yo me acercaba a mi padre para darle un beso—. ¿Te lo puedes creer, Benito? De todas las niñas que hay en el pueblo, tu hijo, tu santo hijo, ha ido a hablar con la niña de la rara esa, la de las hierbas.

—Bueno mujer, ¿qué hay de malo en eso? Sólo son dos niños—contestó mi padre al tiempo que revolvía con una mano mi pelo, para volver a su taza de café después.

—¿Qué quieres, que nos vayan señalando? ¿Que digan por ahí que nuestro hijo es el amiguito de la hija de la bruja? Además, a saber quién es el padre de esa criatura…—continuó protestando mi madre entre dientes mientras sacaba los paquetes de su canasto—. Ya he tenido que soportar bastantes murmuraciones en mi vida por el hecho de ser tu esposa, por ser la mujer de…

—¿De quién querida nuera?—Preguntó mi abuela con una de sus manos acariciando mi rostro, después de recibir mi beso y sus ojos avellana, algo nublados ya por las cataratas, fijos en mi madre—. No veo que te haya ido tan mal con mi Benito… Vives en una de las mejores casas de la vecindad, tienes un coche maravilloso en la puerta, la nevera llena todos los días y hasta un televisor a color, el primero del pueblo, además de haber tenido a esta joya de niño que tienes por hijo—dijo con sus ojos sonriendo a los míos por un segundo—. No creo que ser la nuera de la vieja curandera de Villafranca te haya hecho mucho mal, ni creo que hayas tenido muchas de falta de respeto de ninguno de los vecinos, al revés. Creo que ha sido respeto lo que has ganado, no te olvides que mis remedios han curado muchas de las peores enfermedades que han azotado esta región en las últimas décadas, es agradecimiento lo que he recibido siempre de ellos. ¿Por qué ahora que me he retirado crees que puedes tratar con ese desprecio a la nueva curandera que ha venido a ayudarnos con su puesto itinerante? ¿Es que no crees que su hijita sea digna de jugar con tu hijo?

Antes de empezar a caminar por el pasillo, camino de mi habitación, pude ver cómo el rostro de mi madre se encendía aún más.

—Mire Teodora—comenzó a hablar ella apuntando a la abuela con la barra de pan en la mano—, da igual. Lo único importante es que no quiero volver a ver a mi hijo cerca de esa, ni de esa mujer, ni de su hija y punto. ¿Entendido mequetrefe?—preguntó apuntándome a mí esta vez con el pan y sus ojos convertidos en puro fuego.

—Bueno, bueno, haya paz—intervino mi padre para intentar aplacar los nervios, levantándose del sofá para llevar los paquetes de mi madre a la cocina.

A pesar del momento de calma, decidí que lo mejor que podía hacer era meterme en mi cuarto sin rechistar, con el corazón encogido, eso sí, al recordar las palabras de mi madre, con el corazón encogido ante la idea de no poder volver a ver nunca más a Luna.

Sin lograr esconder mi tristeza, saqué la peonza de mi abuela del bolsillo, y con ella bien apretada entre mis manos, me tumbé en la cama. Un instante después, unos nudillos tocaron en mi puerta como siempre lo hacía mi abuela antes de entrar, cinco toques rápidos y dos lentos.

—Pasa abuela—dije casi en un susurro con desgana.

En cuanto la puerta se abrió, su perfume a Heno de Pravia llegó hasta mi cama antes que ella, mezclado con la fragancia de los kilos de laca que usaba para peinar su perfecto moño de cabellos blancos. Mi abuela tenía entonces setenta y ocho años y una artrosis galopante que la obligaban a ayudarse de un bastón para poder caminar. Se apoyó en él para sentarse despacio a los pies de mi cama en silencio, y al ver que yo no me lanzaba a hablar, tomó aire y comenzó ella.

—Cariño, no hagas caso a tu madre, yo sé que Luna y tú estáis predestinados—afirmó con seguridad y aplomo en su tono de voz.

Yo me senté sobre la cama de un salto.

—¿Qué quieres decir con eso abuela? ¿Qué es estar predestinado?—pregunté con las piernas cruzadas más cerca de ella.

Mi abuela sonrió con ternura y puso una mano sobre mi peonza.

—Algún día lo comprenderás. Dime una cosa, ¿a que fue ella quién te llevó hasta Luna?—soltó sin dejar de sonreír, ante mi mirada de asombro y mi boca abierta de par en par al asentir con la cabeza.

—Pero abuela…¿Cómo lo sabes?—Acerté a preguntar.

Ella rió por lo bajini, y me guiñó un ojo con picardía.

—Vamos cariño, vamos a poner la mesa, que vamos a comer en nada, y procura no enfadar más a tu madre, tu padre ha conseguido aplacarla, pero me temo que cualquier cosa podría desatar a la bestia—susurró con su rostro arrugado pegado al mío antes de regalarme un beso—. Y no te preocupes, volverás a ver a Luna, aunque puede que tenga que pasar un poco de tiempo antes.

Aquellas palabras de mi abuela me acompañaron mientras puse la mesa esa noche, y lo hicieron durante mucho tiempo más, ya que por desgracia, en nuestra visita al mercado a la semana siguiente, pude comprobar que el puesto de hierbas e infusiones de su madre no estaba en su sitio, ni tampoco lo estuvo a la siguiente, ni a la otra. No falté ni una semana a la compra en el mercado junto a mi madre, siempre con la peonza en la mano para lanzarla una y otra vez mientras ella llenaba su canasto, siempre listo para seguir la senda que el juguete de madera me mostrase, pero sorpresivamente, todas y cada una de las veces que la lanzaba, la peonza se quedaba clavada en un punto, simplemente girando sobre sí misma. Luego nos enteramos de que la madre de Luna había decidido probar suerte en otra parte, y claro está, Luna se fue con ella.

Antes de que pudiera darme cuenta, los años pasaron. Pronto cumplí los quince y mi peonza y yo tuvimos que irnos a la capital, a un instituto interno, para poder estudiar el bachillerato, ya que en Villafranca sólo había escuelas, y cuando el instituto acabó, me aceptaron en la Facultad de Ciencias Matemáticas. Desde niño mi abuela me había estado hablando de estrellas y constelaciones, e hizo nacer en mí el gusanillo de la Astronomía. Durante todo aquel tiempo, yo me dedicaba a hacer bailar mi vieja peonza de vez en cuando, con la esperanza de que me llevase en algún momento hasta Luna, hasta esa niña que no había podido sacar de mi cabeza. En ocasiones me sentí el chico más estúpido del mundo al estar obsesionado con aquel encuentro infantil, deshechando las oportunidades que mi vida de estudiante ponía frente a mí, con muchachas inteligentes y preciosas. Intenté muchas veces tener citas con algunas de ellas, pero a pesar de que muchas de ellas resultaron ser realmente geniales, algo fallaba en mi interior y terminaba rompiendo para evitar hacerlas daño más adelante.

Así fué pasando el tiempo hasta que un día, cuando estaba en segundo de carrera, en mi piso de estudiante, recibí la llamada de mi padre. Nunca olvidaré aquellas palabras: “Olmo, hijo, ha llegado el momento. Tu abuela está a punto de marcharse, es mejor que vengas a casa”. Creo que ese fue el viaje de vuelta a casa más difícil de todos. Un enorme nudo se alojó en mi garganta durante todo el trayecto, y las lágrimas llenaban mis ojos sólo con pensar que en el viaje de regreso todo sería diferente y ella ya no estaría. Sentir su peonza en mi bolsillo me consolaba, me hacía sentir calma, me hacía sentirla más cerca. Cuando llegué a la casa, mi abuela, con sus noventa preciosos años, me esperaba sentada en su sillón, como siempre, con su bastón en la mano, su moño blanco y su perfume a Heno de Pravia.

—Ha querido levantarse de la cama para esperarte—dijo mi padre con la voz entrecortada cuando le abracé al llegar—. Ahí la tienes, yo creo que está esperando verte para partir.

Abracé también a mi madre, sin poder evitar la emoción al ver sus ojos llenos de lágrimas contenidas ante la inminente marcha de mi abuela. Mis dos mujeres habían dejado atrás sus peleas hacía ya mucho tiempo, desde mi marcha para ser exactos. Quiero pensar que el hecho de no tenerme cerca, de echarme de menos, al menos sirvió para acercarlas.

—Anda hijo, dame tu bolsa y ve a hablar con ella. Lleva mirando la puerta casi sin pestañear desde que llegó tu autobús, estoy convencida de que aún puede presentir cuando andas cerca—afirmó mi madre con dulzura, tomando la bolsa de mis manos con un beso en mi mejilla—. Anda Beni, cariño, vamos a preparar un café, ayúdame en la cocina con las pastas.

Mi padre besó en la frente a mi abuela con dulzura, y me dejó a solas con ella.

—Olmo, cariño… Ya estás aquí—exclamó en un susurro, erizando con la debilidad de su voz todos los bellos de mi cuerpo—. Ven cariño, ven y dame un beso, anda.

Me acerqué solícito, la tomé de las manos, y la besé más con mi alma que con mis labios. Mi abuela, mi ángel, estaba a punto de partir y yo no podía hacer nada para evitarlo.

—Abuela, pero qué guapa estás…—Fue lo primero que me salió de la boca, no sabía por dónde empezar.

—Anda, anda, mamarracho, no digas sandeces… Los dos sabemos perfectamente que estoy hecha un escorzo—refunfuñó con ganas, provocando la risa de ambos, que en su caso vino acompañada de un ligero golpe de tos—. ¿La has traído?

—¿A quién abuela?—pregunté extrañado.

—A quién no hijo… Que si has traído tu peonza—respondió con su arrugada mano salpicada de manchas sobre mi brazo.

Yo sonreí y metí la mano en mi bolsillo para sacar el juguete que ella misma me regaló hacía ya trece años. Mi pobre peonza estaba ya algo cascada, había perdido ya algún que otro trozo de cielo, y alguna que otra estrella. Mi abuela abrió la mano para que pudiera ponerla sobre ella, y tan pronto como la sintió, cerró sus ancianos dedos alrededor de aquella madera con ternura y sonrió.

—¿Sabes hijo? Yo misma tallé esta peonza con mis manos para tu séptimo cumpleaños, y lo hice con un trozo del saúco que tu abuelo plantó para mí junto a nuestra casa—comenzó a explicar, sin dejar de mirarme, a pesar de no poder verme con sus ojos ya ciegos por las cataratas que nublaban su vista—. El saúco es el árbol más mágico, sus flores y bayas curan muchas enfermedades, pero además es bien sabido que las parejas que se unen bajos sus ramas o en su presencia, son bendecidas con un amor eterno, para toda la vida…

No pude evitar sentir un pellizco en el corazón al recordar una vez más a Luna, a la niña de la que me enamoré, la niña a la que no sé si podría reconocer ya convertida en una adulta, aunque la tuviera delante.

—Ya veo que sigues pensando en ella, hijo—afirmó mi abuela sin que yo abriera la boca para decir ni una palabra—. No me vengas ahora con sobresaltos, siempre has sabido que tu abuela no era solo una simple curandera… 

—Bueno abuela yo…

—Sí hijo sí, ahora que tu madre no nos oye… Siempre he tenido ciertos dones, y precisamente por eso tallé esta peonza para tí, en tu cumpleaños más mágico, el séptimo año, para que te guiara y protegiera siempre en la vida y para que te llevase hasta ella, hasta la mujer que continuará con mi estirpe, aunque no lleve mi sangre…

—Abuela, ¿qué quieres decir con eso?—Interrumpí confuso por sus palabras.

—Cariño, tú sólo prométeme que cuando me marche, vendrás a despedirme con tu peonza, es importante para mí—rogó con su mirada blanca buscando la mía.

—Te lo prometo—afirmé con rotundidad.

—Buen chico—dijo ella satisfecha poniendo la peonza en mi regazo, para retirar su mano después con dos palmaditas en mi brazo.

Aquella noche acosté a mi abuela en su cama. No me costó nada llevarla en brazos hasta su cuarto, su peso era tan liviano que supe que no tardaría en marchar. Charlamos de mis estudios, de mi vida en la capital, y de la felicidad que según ella me esperaba en el futuro. La besé una y mil veces en el rostro y antes de dejarla sola por fin, ella levantó su mano y con una amplia sonrisa, golpeó en la mesilla cinco veces rápido y dos lento, como siempre hacía en la puerta de mi habitación para avisar de su entrada. Los dos nos miramos, a pesar de que sus ojos no pudiera verme, y sonreímos cómplices, y en mi caso, aliviado de que en efecto ella no pudiera ver mis ojos llenos de lágrimas al salir de su habitación. Aquella fue nuestra despedida.

Tres días después, ahí estaba yo, en pie junto a mis padres, rodeados del amor de todo el pueblo, de centros y coronas de hermosas flores que todos, incluso los que ya no vivían allí, habían enviado para despedirse de la mayor curandera que tuvo Villafranca y la última también, ya que el puesto de la madre de Luna nunca más volvió a aparecer por allí. A pesar de la tristeza que ahogaba nuestro corazón, de alguna manera mi padre y yo manteníamos una calma que ambos compartíamos, los dos sabíamos que mi abuela Teodora nunca se iría del todo, sabíamos que estaría a nuestro lado siempre, y eso nos daba algo de paz. 

Cuando el pésame y la despedida de los asistentes hubo acabado, me acerqué a mi padre, necesitaba respirar un poco, pasear por el campo por el que tantas veces de niño había contemplado junto a mi abuela las estrellas, así que me despedí con la promesa de reunirme con ellos unos minutos después en la casa. Saqué de mi bolsillo la peonza que me había estado acompañando todo el tiempo tal y como le había prometido, y tan pronto como la tuve en la mano, aún no sé cómo cayó de ella y comenzó a rodar. Comenzó a rodar tal y como lo hizo aquél día, trece años atrás, girando sobre sí misma y desplazándose por el suelo aún adoquinado como si nada. Yo comencé a correr tras ella, con el corazón a punto de salir despedido por mi garganta, temblando por lo que aquello podía significar. Giré una esquina y allí la encontré, la peonza se había parado frente a la puerta de una casa, la última del pueblo, la más pegada al campo donde yo me tumbaba con mi abuela. Estaba allí girando como una loca sobre el felpudo, hasta que empezó a disminuir su ritmo poco a poco hasta dejarse caer al suelo. Caminé despacio hasta ella, con la respiración y el pulso tremendamente agitados, la recogí del suelo y al levantarme, vi que dentro de la casa había luz. Acerqué con curiosidad mi rostro a la ventana, junto a la puerta, dentro todo estaba vacío salvo por varias cajas de mudanza apiladas por todas partes, y entonces la vi, abriendo una de ellas sobre la encimera de la cocina. Reconocí de inmediato sus ojos negros de largas pestañas y sus labios rosados, esa mujer, bella y exótica de cabello corto como el azabache, era Luna, mi Luna.

—¿Y qué pasó entonces papá?—la voz de caramelo de mi pequeña Estrella de cuatro años interrumpe mi relato, como cada vez que me pide que le cuente nuestra historia y la de la peonza que ahora es ella quien sostiene entre sus pequeñas manos.

—Pues ya sabes lo que pasó, bicho. Tu padre llamó a la puerta de la casa, nos abrazamos, le conté que nunca había podido olvidar aquel día en el mercado, que siempre quise venir a vivir al pueblo, nos cogimos de la mano y desde entonces no nos hemos separado—interrumpe Luna al tiempo que entra en la habitación de nuestra hija para venir hasta mí, abrazarme por la espalda, a los pies de su cama y dejar un beso en mi cuello que me electrifica de arriba a abajo.

—Venga cariño, a dormir ya, que mañana hay cole…—afirmo intentando parecer firme ante sus ojos de avellana, como los de mi abuela, que me derriten en cuanto me miran. 

—Bueno, vale—responde Estrella alargando las primeras sílabas como hace siempre que quiere ganar tiempo—, pero espera a que venga la yaya a darme las buenas noches.

Luna me toma de la mano y se coloca a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro, mientras un perfume de Heno de Pravia y laca inunda la habitación, y los cinco golpes rápidos, seguidos de dos más pausados, suenan en la puerta como cada noche desde que la pequeña Estrella vino a este mundo.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “LA PEONZA”

  1. Ayyyyyy! Mi querida #LuciaArjona no se como lo haces pero siempre tocas mi corazón, unas veces con intrigas, otras con misterios y en ocasiones, como esta con redobles de amor. El entusiasmo me ha embargado con este precioso relato lleno de ternura, mimo, delicadeza y emoción 💙

    1. Muchas gracias corazón, la verdad es que esta historia quiso ser contada, salió de mis dedos cuando estaba escribiendo sobre otro tema, así que la dejé fluir y la verdad es que a mí me ha enamorado, me alegra mucho ver que a ti también. Un abrazo enorme y gracias por comentar y sobre todo por leerme.

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