NUEVA VIDA

Doblar la última caja fue toda una satisfacción, la última de los cientos que dejó el camión de la mudanza en mi nuevo apartamento tres días antes de aquel. Pensé que nunca acabaría. Siempre fui extremadamente obsesiva con el orden, nunca pude ver la casa revuelta, por eso pasé aquellos tres primeros días encerrada en mi nuevo hogar, sobreviviendo a base de pedidos de comida a domicilio, saliendo al exterior sólo para hacer viajes a los contenedores de reciclaje, con pilas de cajas vacías perfectamente plegadas, y burruños de plásticos de burbujas de embalar. Aquella pues, fue la última caja, la mudanza había terminado, pude decir al fin que estaba oficialmente instalada.

Con pasos lentos y cansados, me acerqué a la nevera para tomar un refresco bien frío, escuchar el siseo del gas al salir de su interior al forzar la arandela me hizo desear aún más tomar un buen trago. Con la lata en la mano, caminé por el pequeño apartamento, preguntándome en silencio como una estancia tan diminuta podía haberme llevado tanto trabajo. Reconocí no obstante que el esfuerzo mereció la pena, había quedado precioso con las pocas cosas que conseguí rescatar del naufragio de mi matrimonio, todas mías, todas salvo una, la estantería maciza de madera de cerezo que había estado decorando el majestuoso salón de la casa que hasta hacía apenas un mes había compartido con mi ex marido. Aquella estantería, sencilla pero elegante y atemporal, fue lo único que él me permitió conservar, y lo hizo porque fue el único mueble que me permitió elegir en la decoración de la que fue nuestra casa, lo hizo porque le recordaba irremediablemente a mí, a mí y a mi fuerza interior, aquella que consiguió hacerme despertar del letargo en el que había estado sumida durante casi una década, esperando que él me amase, que me respetase, cuando aquel hombre solo fue capaz de amar y respetar a su persona. 

Sacudí la cabeza para sacar de mi mente su recuerdo, me prohibí en aquel preciso instante volver a dedicar ni un solo segundo más de mi tiempo a revivir la vida que malgasté a su lado. Lo que realmente importaba era que había vuelto a comenzar, que podía partir de cero, que nada me ataba a aquella pesadilla, que podía dejarlo todo atrás. Alcé el refresco a medio terminar en un brindis imaginario conmigo misma y lo apuré de un trago. 

—Bueno, Mónica, va siendo hora de que hagamos un poco de colada—me dije en voz alta.

Aquella iba a ser mi primera colada en mi nuevo hogar, en mi nueva vida, en mi nueva casa, en mi nueva ciudad. No quise quedarme en Madrid, allí todo me recordaría al pasado. Pedí un cambio de plaza como profesora de primaria, acepté enseguida tan pronto como me avisaron que había una libre en Zamora, tan solo un mes y medio después de haber comenzado el curso, acepté a pesar de no conocer a nadie allí, o quizá precisamente por ese motivo. Mientras introducía la ropa en el tambor de la lavadora, pensé en que tendría que empezar a hacer nuevos amigos. A pesar de la timidez de los comienzos, nunca me costó hacer amistades cuando llegué a lugares nuevos, me gustaba la gente, sobre todo me encantaban los críos, por eso tuve claro desde la infancia que sería maestra. Con aquella idea en la cabeza, me quité la vieja camiseta con la que había estado luchando en mi guerra particular contra las cajas y la introduje también en el tambor. Mientras deslizaba los viejos vaqueros por mis caderas, para hacer lo mismo con ellos, se me ocurrió que quizás sería buena idea comenzar por presentarme a los vecinos. Tampoco éramos muchos en aquel edificio, sólo había seis viviendas, seis pisos que se habían construido a partir de una restauración del típico caserón de casco antiguo, en la Rua de los Notarios, cerca de la Plaza de la Catedral. Yo vivía en la segunda planta, la única vecina en aquel rellano según me dijo el de la agencia inmobiliaria. Cuando la ropa estuviera limpia y tuviera que subir a tender en la azotea, aprovecharía a saludar a los del tercero. Allí sí que vivía gente, seguro al menos en el piso justo sobre el mío, llevaba días escuchando corretear a la cría de arriba por las mañanas, antes de levantarme, Sofía creí que se llamaba, aquel era el nombre que me pareció escuchar a su madre cuando la regañaba por hacer ruido, a decir verdad, no era aquel el único ruido que provenía de su piso, también había oído gritos, insultos de una voz masculina y después el llanto de la mujer, cuando aquello comenzaba, yo buscaba los auriculares en mi bolso y conectaba la tablet con cualquier cosa de fondo, no soportaba escucharlo, me recordaba demasiado la vida de la que había conseguido huir, sólo que en mi casa nunca hubo una hija, quizás después de todo aquello resultó ser lo mejor para mí, para los dos. 

Caminé hacia el baño descalza, con el ruido del comienzo del ciclo de la lavadora de fondo, aproveché para tomar una larga ducha mientras terminaba, si iba a saludar por primera vez a los miembros de aquella comunidad, quería arreglarme un poco, dar una buena primera impresión. Una vez acabé de peinarme, sonreí a mi imagen en el espejo, ya no era una maraña humana enterrada en polvo. El moño despeluchado que había coronado mi cabeza aquellos tres días se había convertido en una melena castaña ondulada, y mi rostro pálido y cansado parecía haber revivido con un poco de maquillaje. Nunca fui una belleza, pero siempre tuve cierto atractivo, decidí en aquel instante que había llegado el momento de intentar recuperarlo después de haberme abandonado a mi misma en los últimos años. Ya no era ninguna cría, estaba a punto de cumplir los cuarenta, decidí dejar los vaqueros, y elegir un vestido de cuello alto y manga larga, tipo jersey, y unos botines de cordones que dieran un soplo de aire fresco a mi imagen para aquel primer encuentro.

Los pitidos de fin de programa de la lavadora me pusieron en marcha. Tomé el barreño del armario de la cocina, y la bolsa de las pinzas, y ya con la colada lista para tender, agarré las llaves de casa para cerrar después con un portazo. Inspiré el perfume del suavizante de mi ropa recién lavada, siempre me encantó. Subí las escaleras hasta el tercer piso, pero no llamé a ninguna de las puertas, habría sido absurdo presentarme con un barreño en las manos llenos de bragas, calcetines y trapos por tender, preferí continuar hasta la azotea y dejar el saludo para después. Tras subir el último tramo de escalera, dejé el barreño en el suelo para introducir la llave en la cerradura de la puerta metálica que daba acceso a la terraza, al hacerlo la puerta cedió, estaba abierta, algún vecino debía estar colgando su colada. Carraspeé de modo inconsciente antes de entrar, tomé de nuevo el barreño y empujé la puerta con el pie. Había seis filas de tendales de lado a lado en aquella azotea, y solo uno con ropa ya tendida, unas sábanas blancas inmaculadas; al contemplarlas ahí, meciéndose con la brisa, caí en la cuenta de que no sabía si cada piso tenía asignado un tendal propio, no podía usurpar un tendal ajeno.

—¿Cómo puedo ser tan tonta? Debería haber preguntado cuál era mi cuerda—exclamé en voz alta.

—Puedes usar la que quieras.

Brinqué sobre mis pies al escuchar aquella voz de mujer que salió de detrás de las sábanas, ni siquiera me percaté de que estuviera ahí.

—Ah… Bueno, gracias…—dije con cierta timidez y mis ojos clavados en la silueta femenina que los rayos del sol, que habían decidido salir al fin de entre las nubes de aquel cielo de octubre, comenzaron a dibujar sobre el blanco de la sábana, y junto a ella la silueta de una niña, pude ver sus diminutas merceditas rosas por debajo de la tela junto a las zapatillas de deporte de su madre.

Dejé el barreño en el suelo sin apartar la mirada de sus pequeños pies, unos pies que corretearon sobre la gravilla de la azotea, siguiendo la línea marcada por la sábana, hasta asomar su cabecita por el lateral.

—Hola, me llamo Sofía, ¿y tú?—soltó con su voz de cascabel manteniendo las distancias a pesar de su descaro.

—Yo me llamo Mónica, encantada Sofía—respondí enseguida.

—Sofía, no molestes—escuché decir a su madre tras la sábana, sus pies también caminaron hacia su hija.

—Tranquila, no molesta—dije enseguida—estaba deseando poner cara a la niña que corretea por el techo de mi habitación cada mañana.

Sofía soltó una risita y volvió a esconderse tras la sábana, imaginé que tendría allí sus juguetes para entretenerse porque escuche enseguida el típico ruido de cacharreo infantil. 

—Yo soy Elena—dijo la madre también en la distancia, con cierto hermetismo—, no sabía que hubiera nadie bajo nuestro piso, lleva vacío desde que construyeron la casa.

En otras circunstancias habría dado el primer paso para acercarme a ella, quizás saludar con un par de besos, pero su distancia no me invitó a ello, opté por no forzar la situación. Colgué la bolsa de pinzas con una de ellas en el tercer tendal y empecé a sacar mi ropa, para continuar desde allí con la conversación.

—Eso dijo el chico de la inmobiliaria, parece ser que los dueños compraron el piso como inversión, y han tardado un tiempo en lanzarse a ponerlo en alquiler—contesté con los vaqueros a medio colgar.

—Ya imagino… Tú no eres de aquí, ¿verdad?—preguntó de inmediato sin moverse de su tendal.

—No, vengo de Madrid, pedí un traslado. Soy profesora, ¿sabes? Empiezo el dos de noviembre en el colegio que está aquí al lado.

 —¿En serio? Ese es mi colegio, yo también soy profesora allí… No me había enterado de que hubiera ninguna plaza libre—respondió con una expresión meditabunda en su rostro.

Elena no dijo nada más, apoyó su espalda en la pared, y permaneció en silencio, con su mirada perdida en el horizonte de tejas rojas salpicado de antenas y tendales de ropa limpia que se divisaban desde allí, con el murmullo de la conversación imaginaria entre juegos de la pequeña de sonido de fondo. Yo seguí con mi colada, sin poder evitar observar su rostro de vez en cuando. Aquella mujer estaba triste, muy triste, y pálida, más incluso que yo. Parecía más o menos de mi edad, era realmente bella, de una belleza lánguida. Levantó su mano para colocar un mechón de su corta melena azabache detrás de su oreja y entonces la ví, vi aquella marca casi morada de una mano enorme sobre su piel, en el antebrazo. Se me revolvió el estómago al confirmar con aquella imagen que aquella pobre chica pudiera estar siendo víctima de malos tratos encima de mi casa, tenía que hacer algo para ayudarla si lo necesitaba. Entre pinza y pinza, recorrí con mis ojos los retazos de piel que dejaba al descubierto su ropa, no era mucha, vestía con mallas de deporte largas y una sudadera gris dos tallas más grande que la suya. Sin darme cuenta, dí un puntapié al barreño al moverme, el ruido del plástico duro sobre la gravilla la sacó de su trance y me miró sobresaltada. Entonces creí ver una ojera demasiado pronunciada en su ojo derecho cubierta de un modo casi profesional con maquillaje, si no hubiera estado escudriñando de aquel modo en busca de más signos de violencia, probablemente ni me habría dado cuenta.

—Qué torpe soy—solté para disculparme por haberla asustado.

Ella sonrió en silencio, con aquel gesto tan triste, y caminó en silencio tras la sábana, hacia su hija. Yo no supe qué decir, no me sentí con el derecho de preguntar nada, era una desconocida, acababa de conocerla, la rabia me consumió por dentro. Tomé el barreño, descolgué la bolsa de las pinzas y me despedí con un adiós sin respuesta antes de volver a mi piso.

Bajé las escaleras hasta mi piso con un nudo en el estómago, bajé directamente sin llamar a ninguna puerta para saludar a nadie, no me sentí con ganas. Mi único pensamiento era buscar el modo de acercarme a Elena, de ayudarla. Quizás una llamada anónima al número de ayuda, pero ¿y si luego ella lo negaba y solo conseguía enemistarme? Tomé el bolso, mi abrigo, y decidí salir a dar un paseo para despejar mi cabeza. Al llegar al portal, la puerta se abrió de golpe empujada por tres chiquillos con edades entre los cuatro y los ocho años que iban cotorreando, cargados con bolsas de las que asomaban pinturas, cartulinas, y trapos oscuros, y su madre detrás, con el carro de la compra a rebosar.

—¡Que no corráis!—Su exclamación fue lo primero que llegó a mis oídos—. Ay, perdona… Casi te arrollan estos talibanes, están como locos con sus disfraces de Halloween. Madre mía Halloween, cuando yo era pequeña la Noche de Ánimas era bien distinta, en lugar de tanto zarandajo y tontería extranjera… En fin, perdona chica. Tú eres la nueva ¿verdad?

Una sonrisa se dibujó en mis labios ante la naturalidad de la mujer, mientras los chiquillos seguían cotorreando sentados en las escaleras, cotilleando unos en las bolsas de los otros.

—Sí, eso es. Soy Mónica, la recién llegada del segundo—contesté enseguida—. Encantada…

La mujer dejó el carro apoyado en sus ruedas y se acercó con una zancada para plantar dos sonoros besos en mis mejillas.

—Bienvenida, maja, yo soy Adela. Si necesitas cualquier cosa aquí abajo me tienes. Yo voy a ver si saco la pila de dulces que llevo aquí dentro y apaño todo antes de que empiece el baile de timbres esta tarde—añadió después, con una mano en el asa del carro y la otra en el bolsillo, en busca supuse de las llaves de su casa—. Además tengo que ayudar a estos tres mequetrefes a disfrazarse de no sé qué. Ellos son Adrián, Alberto y Quique. Mira que al principio no estaban muy animados a hacer nada, ni yo misma la verdad… Pero bueno, son chiquillos y necesitan pasarlo bien, así que venimos con toda la compra hecha. En fín… Monica, ¿verdad? Ya los sufrirás esta tarde cuando suban a verte… Venga gandules, adentro.

Me despedí de mi vecina con una sonrisa, y salí a la calle con cierto apuro. Con el lío de la mudanza me olvidé por completo de la fecha en la que estábamos, aquella sería la noche de Halloween. Mi despensa estaba totalmente vacía. Miré el reloj de mi muñeca, eran solo la una del mediodía, tenía tiempo de sobra para ir al supermercado a por golosinas, y de paso llenar la nevera con algo que no fuera agua y refrescos. Seguro que podría encontrar algún “chino” de camino para comprar también alguna cosa que colgar de la puerta para que los chiquillos supieran que eran bienvenidos. Seguramente Sofía y su madre pasarían también por casa, podría volver a verla sin hacerme la encontradiza, quizás hablar un poco más. Era la excusa perfecta para acercarme a ella de nuevo.

No tardé mucho en comprar lo más básico para sobrevivir aquel fin de semana, unas cuantas bolsas de piruletas y chocolatinas, también me atreví con unas telas de araña de fieltro, un esqueleto de plástico con ojos fluorescentes para colgar de la mirilla de mi puerta, una dentadura de vampiro y una capa de tela tiesa que olía a petróleo, me recordé a mi misma no encender velas en casa con eso puesto, por muy buen ambiente que pudieran crear. Cuando llegué a casa, tan pronto como cerré la puerta tras de mí y dejé las bolsas en el suelo de la cocina, me mantuve unos segundos en silencio, casi sin respirar para intentar identificar si Sofía y su madre estaban en casa. Me alegré de inmediato al escuchar sus piececitos corretear de una punta a otra del pasillo con su risa de campanilla capaz de derretir el corazón de cualquiera. Me alegré de escuchar que todo estaba bien. Después de comer, pasé el resto de la tarde buscando la mejor indumentaria para improvisar un disfraz de vampiresa, terminé por dar con un vestido negro de punto de manga larga medio arrugado con unas Converse negras, peiné mi cabello en un moño perfectamente redondo enroscado en mi coronilla, y maquillé mi cara con polvos de talco y lapiz negro para las ojeras, salvo los labios de un rojo brillante. Después de atar alrededor del cuello aquella capa plastificada que apestaba a plástico, observé mi imagen en el espejo para comprobar que me había convertido en una vampiresa que daba más pena que miedo.

El telefonillo no tardó en comenzar a arder, críos de distintas edades vestidos con disfraces de lo más variopintos, comenzaron a llamar a mi puerta, algunos venían acompañados de sus padres, tan entregados como sus pequeños, otros miraban la hora en sus relojes y murmuraban un gracias entre dientes con desgana. Cada vez que mi timbre sonaba, mi corazón daba un vuelco, esperando que apareciese mi pequeña vecina del piso de arriba con su madre, pero nunca apareció. Los que sí vinieron cuando casi estaba sin golosinas, fueron los tres granujas del primero disfrazados con bastante más arte que yo de vampiros zombies, y su madre disfrazada de momia, con el cuerpo envuelto en medias compresivas que aún olían a Reflex si te acercabas lo suficiente. 

—¡Vaya noche!—exclamó con su mirada puesta en sus hijos, quienes tendieron ante mí sus bolsas de truco o trato para que las llenase con lo que fuera—. Oye huele un poco a petróleo aquí ¿no?

Yo no pude evitar reír con ganas.

—Es mi capa, lo primero que encontré en el chino de la esquina—confesé de inmediato.

—Tranquila, yo estoy deseando llegar a casa para quitarme estas vendas, eran de mi ex, se lesionó la rodilla jugando al fútbol sala y no hay manera de quitarle esta peste a esa porquería de linimento, y mira que las he lavado varias veces…

Esta vez fuimos las dos quienes rompimos en una carcajada.

—¿Lleváis muchas casas ya?—Pregunté al tiempo que repartía entre las tres bolsas lo que quedaba en los boles que había preparado para atender a las fieras.

—Bueno, no te imaginas. La tuya ya es la última…

—Jooo…—exclamaron los tres en un unísono tono lastimero.

Adela los chistó.

—Vamos, no quiero oír ni una sola queja más, en eso hemos quedado, ¿entendido?—Terminó la frase con un tono más alto del que comenzó, consiguiendo con ello el efecto que esperaba—. Toma Adrián, tú que eres el mayor toma las llaves y vete abriendo la puerta. Ahora bajo.

—¿Puedo ir pidiendo ya las pizzas?—Soltó su hijo con el llavero de pompón verde eléctrico en la mano.

Adela sonrió con sus labios blancos.

—Está bien, pero no te vuelvas loco, ¿eh? Lo de siempre, una familiar barbacoa y otra de jamón y queso, que a mí no me gusta el pringue ese que ponen en la otra, ¿estamos? Y nada de comer chuches hasta que cenemos…

Podría haber apostado lo que fuera a que sus hijos no escucharon ya la última frase, corrieron los dos tramos de escaleras como caballos.

—Oye, ¿te apetece bajar a cenar pizza con nosotros?

Yo dudé un segundo.

—Si eres vegana o cualquier cosa de esas, seguro que tengo algo en casa que pueda ofrecerte, cogollos y tomates siempre hay…

Sonreí divertida, me encantaba Adela.

—Adoro la pizza, no te preocupes… Muchas gracias por la invitación.

Ella recogió un trozo de venda que se había soltado de detrás de la oreja y me devolvió la sonrisa.

—Por favor, dime que te gusta el vino…—rogó enrollando sobre su mano la venda que iba dejando la mitad de su rostro al natural a medida que se levantaba, sin aquella pintura plancha mate—, necesito compartir unas copas, tener una conversación con un humano de más de ocho años, por favor…

—Has tenido suerte, me encanta el vino, de hecho creo que ha llegado viva alguna botella de mi antigua casa con la mudanza, espera que voy a por ella y bajamos si quieres. Pasa, no te quedes ahí—La invité al tiempo que desataba la capa apestosa de mi cuello con un suspiro de alivio, y la arrugaba entre mis manos hasta convertirla en una pelota que acabó de inmediato en la basura.

Adela, aunque no pasó del recibidor, estiró el cuello por el pasillo con curiosidad. Salí a su encuentro con la botella de tinto en la mano y una sonrisa.

—Aún quedan algunas cosas por poner, pero si quieres te enseño el apartamento.

—Claro, me encantaría—exclamó de inmediato.

No tardé mucho en enseñarle el baño, mi habitación, el salón y la cocina.

—Pues lo tienes bien bonito—dijo Adela al salir por la puerta—¿Te gusta vivir aquí?

—La verdad es que mucho, por ahora me siento muy bien aquí—respondí mientras cerraba la puerta a mi espalda.

Dí una vuelta a la llave en la cerradura, Adela comenzó a bajar las escaleras. Yo la seguí, pero antes, miré un segundo sobre mi hombro hacia las escaleras que subían al tercero con Elena en mi cabeza. No había vuelto a escuchar los correteos de Sofía, tampoco su risa ni la voz de su madre. Había sido buena idea aceptar la invitación de Adela, quizás la conociera más que yo. Quizás pudiera contarme algo más sobre ella.

—Me alegro mucho, de verdad. Es importante que te sientas bien.

Cuando entramos en su casa, bastante más amplia que la mía y mucho más habitada, los chicos habían volcado todo el contenido de sus bolsas sobre la mesa del salón, y estaban mercadeando con sus chuches, intentando cambiar lo que no les gustaba a unos por otra cosa.

—Si me das un segundo, voy a terminar de quitarme esta venda maldita y el pringue de la cara. Niños, id poniendo el mantel en la mesita del sofá, ahora terminamos de poner la mesa, dejad a Mónica que se siente y portaos bien con ella, es nuestra invitada.

—Tranquila, yo les ayudo—apunté—. Vamos chicos, decidme ¿dónde están las cosas?

Antes de que Adela volviera al salón con unos leggings y una camiseta amplia de manga larga, ya habíamos preparado todo. Adrián me había llevado hasta el aparador donde su madre guardaba las copas y me había enseñado donde estaba el abrebotellas. En una sincronicidad perfecta, el telefonillo sonó con el repartidor cuando acabé de servir la primera copa. Los críos devoraron su pizza barbacoa enroscados alrededor de ella, a base de vasos de bebida de naranja, después cada uno tomó un puñado de golosinas para sentarse con ellas en el regazo frente al televisor, uno al lado del otro. Adrián, en su papel de hermano mayor, comenzó a buscar una película de miedo en una de las plataformas de televisión bajo demanda.

—Tranquila, el refresco es sin azúcar…—Comentó Adela tendiendo ante mí su copa para que la rellenase con un poco más de vino—. Bastante activos van a estar esta noche con el chute de azúcar de las garguerías, como para darles una ración extra…

—Oye Adela, muchas gracias por invitarme esta noche a tu casa, la verdad es que me has hecho sentir bienvenida…

Ella sonrió con ternura y dió un golpecito con su mano sobre mi brazo.

—Nada mujer, gracias a ti por el vino. Somos vecinas, tenemos que llevarnos bien. Cualquier cosa que necesites, o que quieras saber, solo tienes que decirme…

Al escuchar aquello supe que tenía ante mí la ocasión perfecta para saber algo más sobre Elena.

—Bueno, la verdad es que algo sí que te quería preguntar…—Hice una pequeña pausa, Adela me invitó a seguir con un asentimiento de cabeza.

—Yo… No quiero ser indiscreta, ni que pienses que soy una cotilla pero, ¿qué puedes contarme de la vecina de arriba?

La copa de Adela se frenó a medio camino hacia sus labios y sus cejas se arquearon en señal de sorpresa, creo que mi pregunta la pilló del todo desprevenida.

—¿De la chica del tercero, dices?

Yo asentí en silencio.

—Pues qué quieres que te diga… Una pena de chica…

—¿Tú también viste las marcas?

—¿Las marcas?… ¿Cómo que las marcas?—Preguntó con un gesto extraño en su rostro.

—Sí… Verás, yo… Yo creo que su pareja…—Las palabras se me atragantaron, de repente me sentí avergonzada de mi misma, de mi actitud, qué iba a pensar Adela—. No me tomes por una entrometida, pero…

—A ver de eso no cabe la menor duda, pero la verdad es que nunca lo hubiera imaginado en ellos. Cuando se mudaron aquí eran adorables, ¿sabes?—Adela se puso más cómoda con las piernas cruzadas sobre el cojín en el que se había sentado sobre la alfombra, junto a la mesa de café que lucía los restos de bordes de pizza mordisqueados sobre las cajas de cartón—. Yo estaba embarazada de Quique, mi matrimonio aún iba bien, y nos encantó recibir a una parejita tan mona, él parecía tan enamorado…

—¿Hace mucho de eso?—interrumpí.

—Bueno mi Quique acaba de cumplir ahora los cuatro… Así que…

—Claro qué tonta, sigue, perdona—Me sentí estúpida después de haberla interrumpido para eso y rogué porque no perdiera el hilo.

—Bueno, ellos no estaban casados y a mí me parecía que hacían una pareja muy divertida, enamorada no sé… Al poco tiempo ella se quedó embarazada de la niña… —Hizo un pausa y sonrió con ternura y cierto brillo de melancolía en sus ojos—. Cuando la niña nació mi pequeño tenía poco más de diez meses, quedábamos juntas para pasearlos en el parque, y cuando ella regresó a su trabajo en el colegio, después de su baja de maternidad, yo me quedé con gusto con la pequeña, al menos hasta que cumplió su primer añito y ya pudo entrar en la guardería, esa cría fue siempre una más en mi casa… Y ahí empezó todo, las peleas, los ataques de celos… Comencé a ver las primeras marcas en sus brazos, en su cuello, al principio él se guardó mucho de marcarle la cara, no quería que la gente supiera que…

—¡Qué animal!… Qué hijo de…

—Justo eso… Lo que más me dolía era que ella no se defendía, ¿sabes? Se convirtió en una sombra de lo que era, tan segura, tan hermosa… Cuando vi la primera marca en su ojo la metí en casa y le dije que podría ayudarla a escapar, que le denunciaría si ella no se atrevía a hacerlo, que si quería podían quedarse en casa las dos, ella y la niña…

A aquellas alturas de la conversación los ojos de Adela no fueron capaces de contener las lágrimas que comenzaron a surcar sus mejillas.

—Hagámoslo juntas—dije yo—. Denunciemoslo las dos, las llamadas al 016 son anónimas, él nunca sabrá que hemos sido nosotras…

El llanto de Adela frenó en seco al escuchar mis palabras.

—Pero ¿qué dices? ¿Te estás quedando conmigo?—Su tono se volvió frío, seco.

—¿Yo?… No, ¿cómo puedes pensar eso? Sólo quiero ayudarlas, como tú. Tenemos que hacer algo por Elena y su pequeña, sobre todo por Sofía.  

Adela me miró fijamente, como si evaluara mi rostro en búsqueda de no sé qué.

—¿Sabes sus nombres? ¿De qué las conoces? Mira, no sé si estás de broma, pero si es eso, debo decir que tienes muy mal gusto, por mucho que hoy sea el Halloween ese, o la noche de los muertos o….

Una idea cruzó mi mente por un segundo y me heló la sangre, solo fui capaz de observar a Adela  en silencio, rogando con mi mirada que continuase lo que fuera a decir y que mi pensamiento no fuera real.

—Están muertas, Mónica, están muertas las dos… Salió en todos los periódicos… 

—¿Cómo? ¿Qué?—Balbuceé.

—Hace poco más de un mes Elena saltó de la azotea de este edificio con su hija en brazos para huir de aquel animal…—afirmó en un susurro rotundo, mirando de hito en hito hacia sus hijos, quienes seguían pendientes de la pantalla del televisor—. Y cuando el muy hijo de puta vio lo que había provocado, lo desesperada que estaba Elena por huir de él, el muy cabrón también saltó. Están todos muertos, Mónica, pensé que…

Un escalofrío me sacudió de pies a cabeza, aquello no podía ser verdad. Creo que el frío que atravesó mi cuerpo debió helar la sangre en mis venas, Adela tomó mi mano con las suyas en cuanto comprendió que mis palabras no eran una broma, que todo lo que había dicho había sido de verdad.

—Pero, Mónica, ¿cómo?… ¿De verdad que no sabías nada? No lo entiendo, yo nunca las he nombrado, cómo has podido saber…

Yo negué con la cabeza.

—No yo… las he visto, las he visto esta misma mañana… No puede ser, ella acababa de tender unas sábanas, yo…

Las manos de Adela perdieron temperatura, las sentí tan frías como las mías en aquel momento.

—¿Pero qué estás diciendo? Aquellas sábanas eran las mías, en este edificio solo estamos tú y yo, nadie más subió a tender la ropa, de hecho olvidé cerrar la puerta porque escuche cómo llamaba el de Amazon a mi telefonillo… No has podido verlas, ellas ya no…

Yo seguía negando con la cabeza en silencio, apenas era capaz de pestañear. 

—Las vi como te estoy viendo a ti, hasta me hablaron… Sé que las vi… A Elena con su sudadera gris enorme, a Sofía con esas merceditas rosas tan dulces en sus pequeños pies, los mismos que he escuchado sobre mi techo correteando de un lado a otro del pasillo desde el día que llegué…

Adela se quedó pálida de repente, soltó mi mano y se perdió por el pasillo, camino de su habitación. Tardó menos de un minuto en regresar, ríos de lágrimas surcaban sus mejillas en un llanto silencioso, traía algo en sus manos. Se acercó hacia mí, y cuando estuvo a mi lado, abrió las manos. En ellas escondía una mercedita rosa, idéntica a la que había visto aquella misma mañana, idéntica a la de Sofía.

—Cuando levantaron los cuerpos, dejaron atrás su zapato, lo encontré al ir a mover mi coche, junto a la rueda… 

Cerré las manos de Adela alrededor de aquel diminuto zapato, supe que me creía, que creía lo que le había contado. La abracé con fuerza, ambas temblamos. Pensé en lo injusto que fue que Elena y su hija tuvieran que abandonar este mundo para encontrar una paz que no pudieron tener en vida, me ardieron los ojos por la rabia, una rabia que acabó por rodar por mis mejillas en forma de lágrimas que se fundieron con las de Adela en un llanto desconsolado por aquellas dos almas, puras e inocentes, por Elena, por Sofía.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “NUEVA VIDA”

  1. A ver… no esperaba menos, y más en estas fechas!!! Pero… me ha gustado muchisimooooooooooooooooooooo!!!

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