HUMO

No entendía qué estaba haciendo. No después de la bronca que tuvimos Alex y yo anoche en casa, cuando le dije que no aguantaba más. No entendía cómo había sido capaz de aceptar encontrarme en aquel lugar tan decadente y destartalado con él, por qué había terminado cediendo una vez más. Alex me había llamado apenas una hora antes, aquella misma tarde, casi en su hora de salida de la oficina. Se me encogió el corazón al escucharle hablar al borde del llanto, podía sentir sus nervios agarrotando su garganta, cuando me pidió con voz temblorosa que acudiera a la vieja imprenta abandonada, junto al aserradero en el que trabajaba como asistente desde hacía más de diez años, con la promesa de explicármelo todo una vez nos encontrásemos allí, no tuve tiempo de decir nada, simplemente colgó. Lo nuestro hacía aguas por todos lados, pero ninguno de los dos era capaz de dar un paso adelante para tomar una decisión, la verdad es que yo aún lo amaba demasiado. Lo pensé por un segundo, pero finalmente cogí mi chaqueta, el bolso, las llaves del coche y salí de casa con el corazón encogido. 

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LA CUEVA

Cata observó su imagen reflejada en el espejo de su habitación. Había pasado más de dos horas rebuscando en su armario la combinación perfecta que dotara a su imagen de un aire de dureza, sex appeal y algo de ternura, y que además resultase cómoda para las horas que iba a pasar en pie, sirviendo cerveza y copas detrás de la barra de “La Cueva”, la mítica sala de conciertos de su barrio, donde comenzaba a trabajar aquella misma noche. Terminó por convencerse de que los shorts vaqueros desgastados, con la camiseta negra de tirantes y las Converse negras de doble suela, eran la mejor opción, luego recogió su larga melena castaña en un moño alto despeinado, pintó sus ojos con lápiz negro y sus labios de rojo. La sonrisa que dibujó en su rostro no pudo esconder la incomodidad del pellizco que sentía en la boca del estómago. Aquel era su primer trabajo, necesitaba el dinero para cubrir sus gastos del verano y ahorrar un poco además, para las juergas universitarias que esperaban por ella cuando empezara el nuevo curso.  Sus padres no estaban especialmente contentos después de haber tenido que dejar dos asignaturas de primero para el año siguiente, habían dejado claro que el presupuesto de gastos extra iba a verse bastante mermado. Sólo el sonido de su móvil fue capaz de sacar a Cata de su empanamiento frente al espejo.

—Mierda, tengo diez minutos para llegar—exclamó al ver la hora en la pantalla, justo encima de la notificación de whatsapp que decidió dejar sin leer—. Mira que quería haber salido con tiempo, si es que mi padre va a tener razón, soy un puto desastre.

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LA ESCAPADA

Aquella tarde estaba realmente nerviosa, tenía el extraño presentimiento de que algo importante iba a ocurrir. Sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en la espesura del bosque de la zona de la Valduerna, no podía dejar de pensar que en tan sólo unas horas nos reuniríamos con la tía de mi novio y su marido para pasar el fin de semana juntos. 

Estaba nerviosa y expectante a la vez, Carmela, su tía paterna, era una mujer muy especial, de mirada azul grisácea hipnótica y de una belleza misteriosa que seguía llamando la atención a sus casi sesenta años. Lo que más me apasionaba de aquella mujer, además de su estilo desenfadado y juvenil, y su pelo corto casi blanco, siempre fue su energía cálida y pacificadora. Sergio ya me lo advirtió camino de la casa de sus padres, antes de presentarme a toda la familia en aquel almuerzo por su cumpleaños, tan sólo un par de meses después de empezar a salir juntos. Los ojos plateados de aquella mujer me impactaron de un modo desconocido. Tan pronto como la tuve frente a mí, una sensación de calidez, de hogar, me recorrió de pies a cabeza, de un modo aún más acusado cuando la escuché decir mi nombre y tomó mi mano para llevarme al salón, donde todos esperaban. Durante aquel almuerzo no dejamos de hablar ni un segundo, su sonrisa me calmaba, la sentí ya familia a pesar de habernos conocido tan solo momentos antes. Cuando llegó el momento de despedirnos, me rodeó con sus brazos para darme un abrazo sentido, de esos que salen del corazón; en ese momento tuve la sensación de haberla conocido siempre, despertando en mí la necesidad de seguir aún más tiempo a su lado, sin saber por qué. Luego, después de besar mi mejilla en un gesto maternal, soltó aquellas palabras que se quedaron clavadas en mi corazón para siempre: «¡Cuánto me alegro de habernos encontrado, niña!».

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LA FLOR DEL LIRIO

El eco de los cascos de un caballo sobre los adoquines de la calzada llega hasta los oídos de Ofelia. Un nuevo viajero acaba de atravesar el arco de entrada a la ciudad que rompe la muralla en la calle de Carders, en plena almendra de la ciudad de Barcelona. Ofelia limpia las manos en su mandil, y agudiza el oído. Toda la calle está repleta de hostales, todos ansiosos y listos para recibir a los comerciantes, a los mercaderes, incluso a las amas de cría que ofrecen la leche caliente de sus repletos cántaros de carne y hueso a las familias de alta cuna, cuyas nobles madres no pueden amamantar a sus retoños. 

—¿Qué te apuestas a que hoy tenemos nuevo huésped?—Ofelia reta al cocinero que se afana en preparar el puchero del famoso guiso de carne del hostal para ponerlo al fuego—. Venga dí… ¿Cuánto apostamos?¿Medio croat?

El cocinero limpia el sudor de su frente con el mismo trapo con que repasa la cuchara de palo que mete después en el guiso para remover bien el tomillo y el romero que acaba de añadir, y mira a la gobernanta con cara de pocos de pocos amigos.

—Mira mujer, déjame de juegos y memeces. No estoy yo para murgas… Se nos acaba la carne, estas son las últimas piezas de cadera que teníamos—dice apuntando con su mano libre al puchero de barro que ya comienza a bullir en el fuego de la enorme chimenea de la cocina del Flor del Lirio—. Más nos vale que entre ese desgraciado y nos deje varios croats de su bolsa. Si no, a ver cómo diantres vas a conseguir tú más de esto. Te recuerdo que sacamos tantos dineros con mi guiso de carne como con las habitaciones que renta la señora, y si no hay carne no hay guiso, y si no hay guiso…

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DESPERTAR

Laura busca como puede la llave de su coche en el bolsillo del pantalón. Lleva a su hija Kathia de la mano, ambas tratan de caminar controlando el bamboleo de las bolsas de viaje que cuelgan de sus hombros, bolsas en las que, en su desesperación por salir de la casa cuanto antes, la mujer sólo ha podido meter las cuatro cosas más importantes. No quiere pulsar el botón de apertura remota de su Golf para evitar que algún vecino curioso pueda escuchar algo y salga a su encuentro para para acribillarla a preguntas hasta conocer su destino. Quiere evitar dar explicaciones, necesita salir de allí cuanto antes. Con mano temblorosa, introduce la llave en la cerradura, abre el maletero, tira su bolsa al interior y anima a su hija a hacer lo mismo con un golpe de cabeza. Cierra el portón despacio perdiendo un tiempo que sabe que no tiene, para acompañar después a su hija al asiento del copiloto, ayudarla a acomodarse y cerrar la puerta con idéntica calma tensa. Antes de introducir la llave en el contacto, Laura la observa por un segundo cuando se sienta frente al volante. Kathia, su pequeña de trece años, tiene la mirada perdida y obedece a sus gestos sin expresión alguna, quiere creer que su apatía se debe a las pastillas que ha disuelto en el vaso de cacao de la merienda, algo que sabía era necesario no sólo por lo que pudiera pasar por el camino, sino para el momento en el que se reunieran con su madre.

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EL PISO

María trabaja en una empresa de limpieza a domicilio, siempre en turno de noche desde que se quedó sola. Hoy toca limpiar a fondo un ático de cuatro habitaciones, dos baños, cocina y salón, debe dejarlo a punto para la entrada de sus nuevos inquilinos. Está contenta, pagan el doble por cada hora de trabajo, algo excepcional en los días que corren y en estos turnos de mierda. El trabajo ha surgido con cierta urgencia. Los nuevos inquilinos han adelantado su mudanza y el casero, amigo personal de su jefe, le ha pedido este favor.

Son las once de la noche, hace frío, mucho frío, normal en pleno mes de diciembre en Madrid. María acomoda la bufanda de lana gruesa sobre su cuello y camina con cierta inquietud. Sus pasos resuenan sobre los adoquines de piedra de la Calle del Almendro. Es un lunes, y el Barrio de la Latina, siempre atestado de gente de miércoles a domingo, se muestra ahora solitario y vacío. Tiene que acudir a la Calle del Pretil de Santisteban, al número cuatro para ser exactos. Se supone que Fabián, el amigo de su jefe, debería esperarla en el portal para acompañarla hasta la vivienda. Nada más girar la calle, lo encuentra fumando junto a la puerta, encogido bajo su chaquetón acolchado.

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CAMPAMENTO DE VERANO

Respiro hondo antes de llamar a la puerta. La Srta. Roch, mi tutora en esta mierda de campamento, quiere verme. Sé lo que me va a decir, que la he cagado, pero no quiero saber las consecuencias, y menos que las sepa el capullo de mi abuelo.

Golpeo un par de veces con los nudillos. 

―¿Se puede? —Mi voz suena menos segura de lo que me gustaría.

―Pasa, Bruno. Adelante ―La suya es puro hielo en estos momentos.

Al entrar, encuentro a la Srta. Roch en pie junto a la ventana, de espaldas a mí. No puedo evitar pensar que para ser una treintañera está bastante potente. No se gira al oírme entrar, pero con un gesto de mano, me pide que me siente frente a su escritorio. Esto pinta mal.

―¿Sabes Bruno? Cuando llegaste aquí al comienzo del verano, nunca pensé que acabarías en esa silla, al menos no por estos motivos. El día que te di la bienvenida a XtremeGenius parecías un chaval tímido, hasta apocado, y ahora mírate, el gallo en el corral del campamento. Has superado con creces a los veteranos: botellas de alcohol robadas, escapadas nocturnas con tus secuaces, visitas al ala de las chicas por la noche. Te has convertido en toda una joya. 

Sé que debería mostrarme arrepentido, pero qué coño, todo eso lo he hecho yo. Sonrío en el peor momento. Ella se acaba de girar.

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HUGO

Erika hubiera sido una compañera más de primero de Psicología para Hugo, si no le hubiera sonreído en la cafetería de la Facultad aquella tarde; pero lo hizo, y desde ese preciso instante, él decidió pasar todo el tiempo posible cerca de ella. Quería saber todo de esa chica preciosa y sonriente, de melena rubia y ojos castaños, de cuerpo menudo pero contorneado.

Desde aquella sonrisa, solo necesitó un par de días más para reunir el coraje necesario y dar el paso de acompañarla hasta su casa. A pesar de ser una fría tarde de finales de octubre, no le importó esperar en la acera de enfrente a que ella entrase en su portal. Esperó incluso hasta ver encendida a su llegada la luz del cuarto piso del pequeño bloque de apartamentos para estudiantes en el que la chica vivía.

A la mañana siguiente, sentado en su rincón habitual de la cafetería, delante de su café americano sin azúcar y su croissant, y muy cerca de Erika, pudo escuchar como su amor invitaba a todo el grupo de chupópteros que babeaban continuamente a su alrededor, a la fiesta que daba esa misma noche en su piso. Al parecer, la compañera con la que convivía decidió viajar a su pueblo para aprovechar el puente de Todos los Santos, así que tenía el apartamento para ella sola. Las únicas condiciones para asistir al evento, fueron llevar algo de alcohol e ir disfrazado. Tan pronto como sonó el timbre que anunciaba el comienzo de las clases, Hugo apuró de un sorbo lo que quedaba de café, y en un par de zancadas de sus piernas largas y delgadas, consiguió tomar la posición perfecta para poder caminar hacia el aula detrás de Erika y su amiga sin llamar la atención, y menos mal que pudo hacerlo, de otro modo no se habría enterado de que ella pensaba disfrazarse de ángel. En ese momento, una mueca en forma de sonrisa se dibujó en el rostro de Hugo, marcado por un acné agresivo que no terminaba de darse por vencido, mientras colocaba su portátil sobre la mesa en la que tomó asiento una fila más atrás de las chicas. Cerró los ojos un segundo para inspirar profundamente el perfume suave de su amada, que llegaba tenue hasta su nariz, para abrir después el buscador y comenzar a idear su disfraz, tenía que ser rápido si quería tenerlo listo en tan solo unas horas.

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EL RUIDO

—Marcos, ¿me recibes?. Cambio.

Levanto el dedo del botón del walkie, no hay respuesta. Carraspeo inquieto y vuelvo a intentarlo.

—Marcos,tío…, ¿me recibes? Cambio.

—Joder, ya no puede uno ni ir a cagar tranquilo. Sí, te recibo, te recibo. ¡Cambio!—El tono de su voz no suena demasiado amigable, pero necesito que sepa que voy a entrar.

—Marcos,tío… lo he vuelto a oír. Estoy en la puerta, y lo he vuelto a oír. Cambio.

—¿Otra vez Juanjo? Pero si hace media hora revisaste todo y no viste nada. Que ya te lo he dicho tío, este sitio tiene más años que Cascorro. Seguro que hay una rata en las cañerías, o se ha colado por la ventana cuando ventilaba Puri después de fregar. ¿Has vuelto a entrar? Cambio.

—Quería asegurarme de que estás ahí por si hay algo raro. Entro, tío. Ahora te digo. Cambio —Mi voz tiembla ligeramente antes de soltar el botón de mi walkie, que me devuelve la carcajada de mi compañero por su altavoz algo distorsionada por las interferencias.

—Jajaja. Vaya “segurata de pacotilla que estás hecho. Estás cagao. Cambio y corto.

Odio esta mierda de trabajo en este edificio de mierda. Me pone los pelos de punta, no sé por qué. Mi mano izquierda tiembla, apoyada en la porra que cuelga de mi cinturón. Estoy frente al baño de señoras del sótano del Museo Reina Sofía, en la segunda ronda de la noche. De nuevo un ruido extraño ha salido del interior. 

Engancho el walkie en el soporte de mi cinturón y tomo la linterna. Cada noche, el sistema desconecta todas las luces del edificio, todas salvo las de emergencia, y las de la sala de control, en la que está mi compañero Marcos ahora mismo con ese estúpido de Salva que no hace más que descojonarse de mí y de mis supuestas manías con los dichosos ruidos. Los pilotos de emergencia alumbran lo suficiente para las rondas, pero para entrar en ese puto baño necesito más luz, así que tomo mi linterna para cerciorarme una vez más de que aquí dentro no hay nada. Inspiro profundamente y abro la puerta despacio. Las bisagras chirrían lastimeras, no puedo evitar pensar en lo típico de la escena, propia de una película de terror de serie B.

De pie, en el umbral, recorro lentamente con el haz de luz la zona de los lavabos, atento a cualquier sonido. Silencio. Bloqueo la puerta con la cuña de madera que Puri, la limpiadora, deja siempre sobre el dintel, la quiero abierta, la necesito abierta para aliviar un poco esta sensación de claustrofobia que me aprieta el pecho cada vez que piso esta estancia.

Doy un par de pasos, me agacho para recorrer con la luz la parte inferior de los cubículos de los retretes antes de abrir uno por uno a golpe de pie, con la mano libre aferrada al mango de mi porra, prefiero estar preparado por si tengo que usarla. Nada, aquí no hay nada más que olor a lejía, a baño recién limpio. Dejo la porra de nuevo en mi cinturón con la intención de agarrar el walkie y dar el parte a Marcos, preparado para una nueva carcajada del capullo de Salva. Antes de desengancharlo, vuelvo a escuchar ese ruido de arañazos, esta vez más claro, mucho más claro. Sale de debajo del suelo, justo donde estoy parado. Se me erizan los pelos de la nuca, y un escalofrío recorre mi columna de arriba a abajo. 

—Tranquilo Juanjo, contrólate que pareces nuevo, coño. ¿No ves que sale de aquí abajo? Esto es una rata y punto—susurro para mis adentros.

Levanto un pie despacio, luego otro, como si fuera a encontrar algo debajo de ellos. Tomo aire, y con un movimiento lento, golpeo el suelo dos veces con la esperanza de que el zapatazo asuste al roedor. La sangre se congela en mis venas cuando en el silencio, bajo el halo de la luz de la linterna, escucho dos arañazos, idénticos en cadencia y duración a mis golpes.

—¡Venga ya! ¡Una mierda! —suelto cabreado en voz alta, como si alguien pudiera oírme—. ¿Pero qué coj…?

No acabo la frase, no me lo permito. Esto no tiene sentido alguno. Seco el sudor frío de mi frente con el brazo, apoyo la linterna en el suelo, tomo la porra y con las dos manos golpeo el suelo con ella otras dos veces, con toda la fuerza de la que soy capaz. 

—Pero Juanjo, ¡¿qué coño haces?! —Marcos aparece en el umbral de la puerta y me mira desconcertado—. Te estoy llamando al walkie y no me has hecho ni puto caso.

Me llevo el índice a los labios para rogar silencio a mi compañero.

—Marcos, hay algo o alguien aquí debajo, verás —susurro en voz baja y vuelvo a golpear dos veces para hacer el gesto de silencio una vez más a la espera de los putos arañazos.

Ahí están altos y claros.

—¿Ves? ¿Lo oyes? ¡Devuelve los golpes! Te dije que aquí había algo,¡joder!—exclamo en voz alta con la respiración agitada. 

Marcos se acerca y apunta a mi rostro con su propia linterna. Me tapo los ojos instintivamente con la mano, aún arrodillado en el suelo. Noto los latidos de mi propio corazón en mis sienes. No entiendo que mi compañero no reaccione ante lo que acaba de suceder. Veo como se acerca hacia mí despacio, su expresión ha cambiado. Se agacha a mi altura y pone su mano en mi hombro.

—Juanjo, escúchame bien. —Me sacude ligeramente para llamar mi atención, totalmente enfocada en el suelo de baldosas—. Juanjo, tío… No ha sonado nada, absolutamente nada. Aquí no hay nada. ¿Qué cojones te pasa? 

Miro a un compañero sin verlo en realidad. Sacudo el contacto de su mano con un movimiento brusco, mis ojos, totalmente desorbitados, regresan a la superficie de cerámica blanca desgastada mientras los arañazos siguen sonando en mis oídos, cada vez más fuerte, más seguidos, más cercanos.

SEGUNDA CITA

Llevo dos horas quitando mierda en esta leonera, me pregunto en qué hora se me ocurrió la feliz idea de invitarla a casa. La verdad es que es el fin de semana perfecto, mis dos compañeros de piso han aprovechado los días de fiesta para ir a ver a sus padres, así que tengo la “cueva” para mí solo.

Empapado en sudor por el trajín de aspiradora, fregona y trapos, observo orgulloso el resultado final. La manta con el mandala que compré en el Rastro no queda mal estirada sobre el sofá, al menos tapa las manchas de cerveza y quién sabe qué más. No hay polvo en el mueble setentero que hay detrás de él, y las botellas de alcohol al menos parecen limpias y ordenadas. He puesto sobre la mesa un mantel de esos típicos de madre, de hilo blanco con florecitas bordadas en los picos, para tapar las quemaduras de los cigarros y los cercos de los vasos. Encima he colocado un par de velas de esas que huelen a vainilla. Esas chorradas le encantan a las tías. No sé si a Kattya le molará, pero es el ambiente perfecto para meternos el maratón de películas de terror con unas pizzas. Y con un poco de suerte, igual metemos algo más. 

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Miro el reloj. Las ocho, ella llegará en una hora. Tengo el tiempo justo de pegarme una ducha.

Bajo el agua caliente, intento imaginar cómo se me dará la noche, pero la verdad es que no tengo ni puta idea. Sólo he visto a esta piba una vez, después de estar un par de semanas a base de mensajes en instagram. Me moló que fuera ella la que me entrase. Hizo un comentario en mi post sobre «Re-Animator», con bastante criterio la verdad, y luego me envió un privado. En su foto vi una chica con las típicas Ray Ban negras, melena negra lisa con flequillo, rollo Cleopatra y con una camiseta con el rostro de Lovecraft. Ya solo con ese detalle me ganó. 

Los mensajes sobre literatura y pelis de terror empezaron a ser más personales, siempre algo día tras día, así que el sábado pasado decidimos quedar para tomar unas birras por Malasaña. 

Kattya llegó un poco más tarde que yo, con la misma melena de sus fotos, unos vaqueros bajo un jersey holgado y sin sus gafas. Sus ojos grises me dejaron helado, no podía dejar de mirarlos, aunque ella los apartaba cuando notaba mi fijación. Joder, no pensé que fuera a ser tan guapa. Me contó que llegó aquí con sus padres desde Rumanía con apenas seis años, aún se le notaba un poco ese acento pausado y siseante al hablar. Me pareció mucho más tímida en persona que en los mensajes, algo normal, y más en una primera cita. Antes de darnos cuenta, llevábamos cuatro tercios por cabeza y la había invitado a cenar en casa esta noche para ver unas pelis de terror, con la excusa de nuestros gustos comunes.

Con el recuerdo de esos ojos grises en mi cabeza, cierro el grifo. Tiro de la toalla limpia que acabo de sacar del armario para secarme en dos movimientos rápidos y voy a mi cuarto para vestirme. Pillo unos vaqueros y la camiseta de Megadeth, las Converse que un día fueron blancas cierran el conjunto de gala para la noche de hoy. Suena el telefonillo. Revuelvo inconscientemente mi pelo aún mojado y contesto.

—¿Sí?

—Hola, soy Kattya —responde sin titubeos.

Enciendo las velas del salón, me acerco hasta la puerta pero no la abro. No quiero parecer ansioso. Espero el sonido del timbre para abrir. Detrás de la puerta, aparece ante mí una Kattya enfundada en un pantalón de cuero negro, camiseta ajustada con un escote de vértigo y botines de tacón. Hoy es ella quien me mira fijamente, con una mano apoyada en el dintel. Sus ojos grises, me observan sobre las Ray Ban negras, que descansan en la punta de su nariz. Así, maquillados de negro, resultan más penetrantes bajo el flequillo. Sus labios rojos dibujan una leve sonrisa. No puedo evitar que algo dentro de mis pantalones, ahí abajo, comience a despertar.

—Wow —me oigo exclamar.

—¿Puedo pasar? —pregunta con voz sinuosa.

—Sí, claro perdona…

Pasa frente a mí contoneándose. Cierro la puerta y me tiende una bolsa con lo que debe ser cerveza fría por como se pega el plástico sobre el cristal. Tardo unos segundos en reaccionar, no puedo dejar de mirarla.

—Uh, perdona.—Cojo la bolsa—. Gracias por las birras, estás… joder Kattya, estás guapísima hoy.

—Gracias.—Ella también lo sabe por la mirada altiva que me dedica sobre su hombro al contestar. 

—Siéntate por favor, voy a por unos vasos.

La dejo sentándose en el sofá. Camino de la cocina, intento recordar si hay condones en el cajón de la mesilla, con un poco de suerte puede que tenga que comprobarlo en un rato.

—¿Voy pidiendo unas pizzas? —pregunto a gritos desde allí.

—No, gracias, la verdad es que tengo sed.

Regreso con dos vasos apilados sobre el cuello de la botella y una bolsa de patatas. Ella no me quita ojo, mi paquete va a reventar.

Me siento a su lado. Coloco ambos vasos y abro el litro. Tomo uno de ellos ya lleno y cuando levanto la vista para ofrecérselo, sus ojos grises han cambiado, tienen un cerco rojo en el iris, debe ser la luz de las velas.

—Toma.—Sonrío al tenderlo hacia ella.

Kattya se sienta más cerca, y pone su rostro frente al mío, juraría que me está oliendo, como siga así no voy a poder evitar tirarme encima de ella. Separa unos milímetros su rostro con una sonrisa realmente seductora, ladea la cabeza y al sonreír aún más, unos colmillos afilados y blancos asoman entre sus labios. No puedo evitar dejar caer el vaso. Antes de que pueda reaccionar, con un movimiento firme y rápido aprieta mi cuello con su mano, se acerca a mi oído y con una voz gutural susurra:

—No me apetece cerveza, gracias. Prefiero beber otra cosa.

Debería sentir miedo, pero no es así. Su mirada roja me tiene hipnotizado, no sé qué me pasa pero la verdad es que la deseo, deseo sentir sus colmillos en mi cuello. Pongo mi mano sobre la suya, increíblemente fría al tacto, y con suavidad intento que ceda en su presión para poder ofrecerle una mejor visual de mi carótida que estoy seguro de que palpita impaciente sobre mi cuello, tan excitada como yo ante su inminente mordisco. Ella me mira con extrañeza, como un perro callejero ante una muestra de cariño, pero yo cierro los ojos totalmente entregado, con los botones de mi bragueta a punto de estallar, para recibir con un ligero gemido de un placer que no esperaba, la entrada de sus colmillos en mi carne, y sentir el mejor orgasmo de mi vida, cuando soy consciente de que la vida se me escapa poco a poco con cada uno de sus gruñidos de satisfacción y todo se vuelve rojo a mi alrededor, con la ridícula idea en mi cabeza de que si llego a saber todo esto, hoy no limpio.