LIBRES

No había conseguido reunir el valor para volver a nuestra cabaña hasta hoy y todo sigue tal y como lo dejamos en nuestro último viaje, antes de que él se marchara.

Intento entrar en calor delante de la chimenea recién encendida para dejar de temblar. No he parado de tiritar desde que he cruzado la puerta, pero está claro que no es por el frío. Puedo sentir su energía en cada rincón de nuestro pequeño refugio de madera y piedra. Ya sé que debo aprender a vivir con su ausencia, de otro modo nunca le dejaré marchar, nunca me dejará marchar, y no fue eso lo que acordamos la última vez que estuvimos aquí, sentados en el suelo, acurrucados medio desnudos envueltos en la manta del sofá contemplando el baile de chispas del fuego frente a nosotros. Compartíamos una copa de vino y hablábamos sobre lo que pasaría si él… Ya conocíamos el diagnóstico, pero no que tendríamos tan poco tiempo para acabar todos nuestros planes, que nos tendríamos que enfrentar a ese “si” tan pronto.

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LA LUZ DE SU ABRAZO

Está atardeciendo y Velma, sentada con las piernas cruzadas en la loma del parque, perdida en el maravilloso espectáculo de un sol que se funde en el horizonte entre destellos dorados y rosas, ruega porque esta presión tan asfixiante en la boca de su estómago ceda y la deje respirar. Cierra los ojos y bucea entre sus recuerdos, tratando de buscar una pista que la guíe en su búsqueda, aquella primera vez que lo sintió, veinte años atrás, cuando aún era una niña en aquel colegio de religiosas.

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En aquel entonces, Velma siempre fue una niña alegre, a pesar de las burlas de las niñas mayores por su carita pecosa y sus coletas pelirrojas. A diario en el comedor, entre las clases de mañana y tarde, le gustaba sentarse cerca de la madre Otilia, la monja que las cuidaba en las comidas, una mujer cariñosa pero firme con las niñas más escrupulosas con los platos, y sobretodo con las más traviesas. El día que lo sintió por primera vez, Velma no pudo probar los macarrones con tomate, a pesar de ser su plato favorito. Sentía el estómago cerrado y una energía dentro de ella, en el centro de su pecho, que no comprendía muy bien. Asustada, se levantó del banco corrido en el que estaba y acudió en busca de su cuidadora con intención de pedir ayuda. Cuando estuvo delante de ella, y la miró a los ojos, esa corriente interior que tanto la confundía, estalló en la necesidad imperiosa de abrazarla fuerte, y así lo hizo. Simplemente la abrazó, la abrazó con infinita ternura y durante varios segundos, hasta que sintió que la madre Otilia, tensa en origen por la sorpresa de su gesto, respondió con una caricia suave de su mano sobre la espalda de la niña. Entonces, la pequeña sintió justo en ese momento, cómo la mujer fue relajando sus músculos poco a poco, hasta oírla suspirar. Con idéntica dulzura, Velma se separó de la religiosa sonriente, con un destello dorado en sus ojos color miel, brillantes y vivos, y con el alivio de la desaparición del nudo de su estómago y de esa fuerza interior que la inquietaba tanto. La mujer, conmovida, le preguntó la razón de ese gesto tan bonito, y ella respondió con su vocecita de cristal, que algo en su interior le dijo que lo necesitaba. La monja, con los ojos muy abiertos, y una lágrima luchando por escapar de ellos, sólo pudo asentir con la cabeza, acariciar con delicadeza su carita de muñeca y pedirla que volviera a su sitio. Poco tiempo después de ese abrazo, a penas dos semanas, la madre Otilia dejó de cuidarlas en el comedor, su sustituta les explicó que había subido al cielo.


Las risas de un grupo de niñatos que preparan su botellón en los bancos más cercanos a ella en el parque, devuelven a Velma al momento presente. Continúa sintiendo la presión en su interior. No ha desaparecido, al contrario, se torna más y más asfixiante. Intenta concentrarse, repasando mentalmente su lista de amigos y conocidos, intentando averiguar si al pensar en alguno de ellos, surge la necesidad imperiosa de llamarles, como ya le ha sucedido alguna vez, cuando ha presentido momentos difíciles, como diagnósticos de enfermedades, la pérdida de seres queridos o rupturas sentimentales, que necesitan de ella, de su presencia, aunque sea al otro lado de la línea telefónica. Incluso así, en la distancia, Velma siempre es capaz de hacerles llegar su luz, su paz. Ella suspira de nuevo, se concentra más y más pero nada, no identifica a ninguno de ellos.

Se tumba sobre la superficie del césped, algo húmedo bajo su espalda. Sus bucles pelirrojos se mezclan con las briznas verdes de la hierba. La temperatura comienza a bajar, pero ella no quiere moverse de allí, no hasta averiguar quién la está llamando, reclamando su energía liberadora. Las farolas del parque comienzan a encenderse una tras otra, aunque el sol aún deja algo de luz tras el horizonte. Saca su móvil con intención de comprobar la hora, pero al poner delante de sus ojos la pantalla negra, antes de poder desbloquearla, se encuentra con su reflejo, con sus propios ojos. Sus pulsaciones comienzan a acelerarse, la presión de su estómago sube ligeramente en intensidad, esa corriente que tan bien sabe identificar desde su infancia, la recorre de los pies a la cabeza, siente que estalla en su interior con tanta fuerza, que se incorpora en un movimiento rápido y deja caer el móvil en su regazo.

Velma lo ve al fin, ahora lo entiende, baja la mirada hasta sus propias manos, y en un movimiento pausado, abraza sus rodillas para apoyar la cabeza sobre ellas después. Poco a poco cierra los ojos e inspira profundamente; con su expiración, lenta y suave, comienza a sentir cómo la sensación de opresión va cediendo cada segundo un poco más y recibe a cambio, con cada nueva respiración, un poquito más de paz, de su propia paz, hasta sentirse en calma.

La primera versión de este relato fue premiado como «Relato de la Semana» en Scribook el 22 de Mayo de 2022.

SEVILLA II

Sara conecta el móvil con el cable a su portátil. Crea una carpeta en el escritorio, que protege con contraseña, y cambia el nombre genérico por las iniciales FM. Con los ojos inyectados en sangre, y una lágrima rabiosa que lucha por no precipitarse, observa como el archivo de vídeo se descarga. También cambia el nombre del archivo. Teclea con lentitud, saboreando el momento en el que sus dedos tocan el teclado con cada pulsación para escribir: “Día 1”. Pone el puntero del ratón sobre él y toma aire antes de hacer click para visionar en pantalla lo que acaba de grabar en directo. Con los primeros gritos de dolor de fondo, comienza a recordar todo el camino que ha recorrido hasta llegar a esto.

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COSAS DEL DESTINO

Son las siete de la mañana, acabo de abrir la cafetería y sé que en cualquier momento aparecerá por la puerta Aurora, mi clienta favorita. Adoro a esta mujer. Aurora es toda luz, a pesar de ser pequeñita llena por completo el local nada más entrar. Coqueta como ella sola, no me ha confesado nunca su edad, pero debe andar por los sesenta años, aunque se mantiene genial y viste como una mujer mucho más joven, con camisetas, vaqueros, botas moteras o converse, cazadoras de cuero, y ese pelo tan cortito y tan rockero que sienta tan bien a su cabello blanco.

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EL VUELO

Tirada sobre la cama de mi cuarto, mirando el techo, con el móvil aún en la mano, no puedo evitar sentir vértigo ante el cambio de vida que me espera, aunque sé que esta es la oportunidad que he estado esperando.

Mis padres acaban de llegar de hacer la compra. La puerta de la calle se cierra sobre el sonido insoportable de la voz de mi madre, que llega hasta mi habitación en su queja constante.

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VEINTE AÑOS

Hoy es nuestro aniversario, veinte años ya…, veinte años… Podríamos tener un hijo de esa edad si me hubiera quedado embarazada en la luna de miel… bueno miel, más bien hiel. No sé para qué coño insistió en ir a Acapulco, vamos no había un viaje más típico para las parejas de recién casados. Y total ¿para qué? Si luego se tiró la mitad de los días protestando por todo, que si aquí amanece muy pronto, que si la humedad, que si las tormentas tropicales, que si no quiero más guacamole, que si el camarero te está mirando otra vez, que si estoy harto de tanta excursión… Madre mía, y no fue más que el principio… Veinte años aguantando este humor de perros y esta negatividad de mierda. Es que ni siquiera me dejó comprar las entradas para ver a los clavadistas, vamos a quien se le diga, vas a Acapulco y no ves a los clavadistas… y no sé, igual por eso llevo desde esta mañana con esa idea en la cabeza, esa imagen de los tíos saltando desde ese acantilado… porque hoy es nuestro aniversario, bueno por eso y porque pienso que es lo que yo debería hacer, saltar. Saltar y salir nadando de esta vida de mierda, o igual es que me encantaría tenerle ahí arriba, en todo lo alto, y empujarle yo para verle caer, gritando con esa cara de amargado, y escuchar los aplausos de los turistas cuando se diera el planchazo en el agua, ahí desparramado… Ufff, me pongo burra solo de pensar en eso… qué satisfacción y qué sensación de libertad… ¿Y si me voy? ¿Y si hago la maleta ahora mismo antes de que vuelva de trabajar y me voy? ¿Y si le dejo aquí con sus calzoncillos sucios, sus eructos, sus ronquidos, sus carcajadas babosas? ¿Y si…? Pero no. ¿Dónde voy a ir?… Bueno qué coño si me miro al espejo, no estoy nada mal. Intento hacer algo de ejercicio, bueno hoy no, que anoche dormí fatal con los ronquidos de este cerdo al lado, pero suelo hacer algo a diario, sí… y cuido lo que como, menos cuando estoy como hoy mitad melancólica mitad encabronada, que me meto unas tostadas con Nutella y me quedo tan pancha, pero vamos que lo intento…, y todos los días me pinto un poco el ojo aunque no vaya a salir, y lo hago para mí porque este gilipollas ni me mira, vamos que un dia entra por la puerta y me encuentra con un traje de romana y me pregunta que qué hay de cena… de verdad…., pero yo siempre voy mona, me gusta verme así, bueno y que me vean porque a ver, no lo vamos a negar…, me gusta gustar y tengo mi público, como decía mi hermana siempre hay una mierda para un tiesto…. Ay, mi hermana…si ella era la que decía que no me casara con este gañán, que era un gañán…y yo ahí cieguita que estaba, y mira, mira si tenía razón. Si es que soy más pava. Ay…si yo tuviera otra vez treinta años con lo que sé ahora… ¡lo que viviría! ¡Y lo que me follaría!… Porque chica, echo de menos que me den un buen meneo, de esos que te dejan las piernas temblando dos días, pero éste…madre mía pienso en que me toque y me da un ascazo… que yo pensaba que igual era que había perdido la líbido con la menopausia, pero qué va, la líbido me la ha perdido éste, yo la encuentro en cuanto me cruzo con el camarero del mexicano de la esquina, con esa piel canela y esos ojos negros…que me mira, ¡cómo me mira! Que me desnuda el muy cabrón con la mirada, ayer mismo cuando me dijo lo de “¿qué hace una estrella volando tan bajito?” al salir de la peluquería, estuve a punto de volverme y darle un pico y todo, sí un pico o un muerdo porque estoy que… Oye, lo mismo por eso pienso en los clavadistas, porque me recuerdan a él. Tendría gracia que estos veinte años de aburrimiento hubieran empezado en México y hoy, que es mi aniversario, decida celebrarlo tirándome al mexicano del restaurante de abajo… Pues mira, se me están antojando unos nachos con guacamole, pico de gallo y una Negra Modelo bien fresquita, fíjate… y además voy a bajar sin bragas.

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EL ANDÉN NÚMERO DOS

El hall de la estación es un deambular constante de gente. Las conversaciones se mezclan con los avisos de la voz metálica que anuncia las próximas salidas y las llegadas inminentes, desencadenando oleadas de personas hacia un andén u otro. En una situación distinta, en una de tantas en las que ha venido a esperarle, Anna se hubiera dejado llevar por el olor a café y bollería recién hecha, y hubiera tomado asiento en alguna de las mesas altas con un capuccino y un brioche, sin quitar la vista de los paneles, con los ojos brillantes, esperando ver su tren anunciado para correr a abrazarle. Pero hoy no. Hoy tiene un nudo en el estómago que le provoca náuseas.

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