VENGANZA

(Relato Completo)

El inspector Martínez, conducía bajo la torrencial lluvia a toda velocidad. Hacía apenas unos minutos que su cerebro se había iluminado como una bombilla, descubriendo la explicación al caso que había estado atormentándolo, con saña, durante el último mes. El limpiaparabrisas se movía frenéticamente, tratando de expulsar las gotas de lluvia del cristal, y el vehículo se deslizaba por el asfalto de forma temeraria, impulsado por la urgencia con la que el policía pisaba el gastado acelerador de su coche de alta gama. El tiempo se agotaba. Si no reaccionaba ya, el sospechoso podría escapar en cualquier momento. Ahora lo comprendía al fin. ¿Cómo no se le había ocurrido buscar ahí antes? ¿Cómo había podido estar tan ciego? Con la mirada perdida en la sinuosa carretera, no pudo evitar que su intrépida mente viajase al momento en el que estalló todo.

Aquella noche el inspector estaba a punto de pedir la cuenta en el restaurante donde había tenido una magnífica cena con su último ligue, la tremenda rubia que trabajaba como recepcionista en el turno de mañana de la consulta de su odontóloga. Una mujer con unas curvas monumentales que compensaban con creces su intensa verborrea, la cual Martínez se moría por acallar de mil maneras en cuanto salieran de allí, todas ellas sobre la enorme cama de su apartamento. Antes de poder levantar el brazo en busca del camarero, el sonido estridente de su móvil rompió el silencio, y al ver el número de uno de sus subordinados en la pantalla, la promesa de un memorable fin de fiesta se esfumó ante sus ojos como por arte de magia. Supo que la noche de buen sexo tendría que esperar en cuanto contestó a la llamada y escuchó los balbuceos del pobre chaval, que además de disculparse por haber tenido que molestarlo en su día libre, le comunicaba que necesitaban su presencia en la escena de un crimen que acababan de descubrir hacía pocos minutos.

Tras despedirse con rapidez de la rubia, condujo hacia la dirección que el chico le había indicado, con la misma furia en sus ojos que la de un toro a punto de embestir el burladero. Esperaba, al menos, que el caso no fuera ninguna tontería que cualquier policía recién salido de la academia pudiera resolver, porque si así fuera, no iban a querer conocer las consecuencias de haber provocado aquel cambio de planes. Él era el inspector estrella de la comisaría, incluso había acabado su formación en Estados Unidos, en la brigada de homicidios de Boston donde además estuvo trabajando décadas antes de regresar de nuevo a su país, hacía tan solo un par de años. Su tiempo valía oro y odiaba malgastarlo. A él no le encargaban casos rutinarios o sencillos. Jamás.

Al bajar de su coche no devolvió el saludo a ninguno de los policías que se afanaban, en vano, por captar su atención y encaminó sus pasos apresurados hacia el bloque de edificios cercano, donde se suponía que se había producido el asesinato. Subió a buen ritmo los dos pisos de escaleras, mientras el enfado se había convertido ya en una profunda ira, al imaginar la escena que debería estar contemplando en ese momento, esa voluptuosa rubia en ropa interior sobre su cama con esa mirada suya, tan sugerente, que despertaba en sus pantalones la bestia que llevaba dentro. Cuando llegó al rellano, iluminado por la luz titilante de un plafón de techo a punto de fundirse, el olor metálico de la sangre inundó sus fosas nasales por completo, encendiendo su luz de alarma. En sus muchos años de carrera había aprendido a identificar ese aroma a la legua y si lo percibía con tal intensidad, sin haber llegado todavía a la escena del crimen, supo de inmediato que se encontraba ante algo realmente gordo. Su instinto de cazador se activó a la velocidad de la luz, mientras los compañeros apostados en la puerta del piso en cuestión lo acompañaban hasta la habitación donde todo había ocurrido y de la que salían los fogonazos del flash de la cámara de la policía científica.

El olor allí ya era nauseabundo, tanto que uno de los oficiales más jóvenes, recién incorporado al cuerpo, tuvo que salir por la misma puerta por la que él entraba, y lo hizo con las manos en la boca, intentando ahogar el vómito que estaba a punto de desbordarse. Sin embargo, Martínez mostró una calma tensa desde el preciso momento en el que puso un pie en la estancia, con todos sus sentidos activados a máxima capacidad de un modo inconsciente, atento a la más mínima pista que pudiera encontrar, como un depredador  estudia a su presa antes de atacar. La habitación, iluminada por un sinfín de velas negras dispuestas por todas partes, estaba completamente pintada de rojo, el rojo de lo que parecía ser sangre fresca, por los hilillos pegajosos que chorreaban aún hasta el suelo, formando pequeños charcos igual de pestilentes, sobre un parqué que había vivido tiempos mejores, sin duda. En la cómoda, un jarrón de cristal con flores marchitas descansaba junto a un marco de plata, en cuyo interior se hallaba la fotografía de una bella novia que, aparentemente, no era la víctima. Sobre la cama, vestida con un traje de boda inmaculado y con las manos entrelazadas sobre el pecho inerte, descansaba una mujer con una palidez extrema y con los ojos completamente abiertos mirando hacia arriba, hacia el techo. Estaba impecablemente maquillada y su cabello platino perfectamente peinado. Martínez no pudo evitar pensar que debió ser una mujer muy hermosa cuando toda esa sangre, que decoraba ahora las paredes de la habitación, corría aún por sus venas. Unos zapatos de tacón alto vestían sus pequeños pies y no supo explicarse el porqué, pero llamó su atención de un modo especial la delicada gargantilla de plata que adornaba su cuello, así como las elegantes perlas que lucía en sus orejas, engarzadas también en plata de ley y que parecían a juego, completando así el atuendo de aquella extraña novia y comprobando, por último, que no portaba ningún anillo en sus dedos. Su cuerpo, incluso inerte, irradiaba belleza. Sin embargo, le habían arrebatado su luz, su juventud, su esplendor, su vida, y por el aspecto de las paredes, era fácil adivinar que también su sangre. Pero había todavía algo más en aquella estancia, el inspector se acercó a la cama con cuidado, para clavar sus ojos negros como la noche en la palabra que el asesino había escrito, con alguna especie de pintura blanca, sobre el recio cabecero de madera: “Venganza”… Venganza ¿por qué? ¿Por quién? 

En la escena del crimen no encontraron ninguna pista digna de mención. No había huellas, no había marcas, no había ningún rastro del asesino, por pequeño o insignificante que fuera. Por más que la científica se afanó en encontrar algo, cualquier cosa, el fracaso fue frustrante y rotundo. Aquella habitación había sido limpiada a conciencia y estaba impoluta. Ni siquiera pudieron descubrir quién era la misteriosa mujer de la fotografía. Algo normal, por otro lado, dado que poco después resultó ser una fotografía sacada de un catálogo de vestidos de novia, de ésos de gran calidad, y fechado en los años noventa; cuyo modelo, además, resultó ser el mismo que vestía la víctima. Lamentablemente, descubrieron también que la tienda a la que correspondía el catálogo había quebrado décadas atrás, dejando esa vía de investigación totalmente muerta.

En el cuerpo de “la novia cadáver”, como rápidamente la prensa la bautizó en cuanto el caso salió a la luz pública, tampoco lograron encontrar nada que aportase algún indicio sobre el asesino. El misterio era absoluto. Lo único que pudo revelar la autopsia fue que había muerto envenenada mediante una infusión de tejo, con una concentración muy alta. Ningún rastro de violencia había sido hallado en su cuerpo, por lo que, en apariencia, había tomado el veneno de forma voluntaria u obligada por alguna coacción aún sin descubrir. Una vez muerta, le habían sacado toda la sangre del cuerpo con total impunidad y con ella habían pintado las paredes del dormitorio, preparando de forma macabra el terrible escenario que, luego, encontró la policía entre murmullos de asombro.

La víctima se llamaba Lucía Ónega, de treinta y pocos años. Vivía sola y no tenía pareja conocida. Abogada de profesión, se había volcado en los últimos años en el trabajo, buscando ascender en el escalafón, y su vida social era casi inexistente. Únicamente sus destrozados padres mantenían un contacto habitual con ella y no aportaron ninguna pista a la investigación. No tenían ni la más remota idea de qué persona podría odiar tanto a su hija como para hacerle algo así, ya que los muchos casos que la chica había llevado entre manos tenían que ver con derecho laboral, y no pudieron encontrar en los expedientes ninguna condena con consecuencias tan fatales como para desencadenar una venganza de tal magnitud. Aun así, el inspector Martínez estudió todos sus casos a fondo, de forma muy minuciosa, tratando de encontrar algún indicio, algún sospechoso, algún hilo del que tirar, pero la búsqueda fue también infructuosa. Ninguno de sus clientes, o de las personas a las que había acusado de algún delito, respondió al perfil de tan cruel asesino. 

Mientras la prensa se les echaba encima cada vez más y sus superiores exigían, tajantemente, alguna respuesta que pusiera fin a un caso tan mediático, el tiempo fue pasando inexorablemente y la policía, una y otra vez, terminaba perdida en un oscuro callejón sin salida. Todas las sospechas acababan por desembocar en una coartada plausible, en una explicación lógica, en un paradero demostrable. Todas las líneas de investigación llevaban a una vía muerta. No tardó en correr el rumor de que el asesino, aparentemente, iba a ganar la partida ante la ley, quedando así el caso de “la novia cadáver” sin resolver. Una mancha grave en el impoluto expediente del inspector Martínez. Una humillante afrenta que lo estaba destrozando por dentro desde hacía demasiado tiempo. Su orgullo jamás había sido tan maltratado. Él no era de los que perdían. Nunca.

Ésa era la situación del caso hasta esa misma tarde, apenas unas horas antes de que el inspector tomara las llaves de su vehículo. Todo cambió cuando las investigaciones sacaron a la luz un dato del todo inesperado, pues al comprobar los historiales médicos de la víctima, el inspector vio el nombre de su propia odontóloga en uno de los expedientes. Además, al seguir indagando, sintió un puñetazo en la boca del estómago cuando sus ojos se posaron sobre la fecha de la última consulta de la víctima, exactamente la misma en la que él acudió a realizarse aquella maldita endodoncia, tres días antes del asesinato. Por un momento pensó que podía haberla visto, que podía haber compartido sala de espera con ella o incluso algunas palabras de cortesía, pero no fue así; el inspector se sentó en el potro de torturas a las doce de la mañana aproximadamente, y esa pobre chica se había hecho su última limpieza dental a las cuatro de la tarde. Martínez, eufórico, llegó a la conclusión de que aquello no podía ser una mera casualidad, tenía que tirar de ese hilo hasta el fondo. Su instinto de cazador se encendió como un árbol de navidad. Por fin sentía que estrechaba el cerco.

Tras conseguir una orden judicial, que no tardó en llegar gracias a la ayuda de su compañero de póker, el célebre juez De la Barca, acudió a la consulta de la doctora para conseguir un listado de los pacientes que habían pasado por sus manos en los últimos seis meses, así como la relación de todo el personal que podía haber trabajado en la consulta en el mismo periodo de tiempo, si el asesino estaba entre ellos mejor tirar de historial. En cuanto puso su mirada de águila sobre aquellos nombres sintió el suelo temblar bajo sus pies. Ahí estaba, después de todos esos años reconoció sus apellidos, y al recordarlos, la imagen de ese juego plateado de gargantilla y pendientes de perlas sacudió su mente luciendo en otra persona, en alguien de su pasado, en un fantasma que regresaba a su vida de manera inesperada. Pero ¿por qué después de tantos años? ¿Qué tenía que ver Lucía Ónega con todo aquello? ¿Qué relación tenía la víctima con su pasado?

Borrando de un plumazo sus caóticos pensamientos, el inspector apagó las luces de su vehículo al entrar en el callejón de aquel barrio obrero al que, según los registros, correspondía la última dirección conocida del sospechoso. Antes de bajar del coche llamó a la central para indicar su posición y pedir refuerzos. Intencionadamente, no quiso dar antes la voz de alarma. Aquello empezaba a tomar un cariz personal y necesitaba tiempo para hablar con el sospechoso antes de que empezara la fiesta. Bajó del coche y en un par de zancadas llegó hasta el portal. El sonido molesto de los televisores que atravesaba las ventanas del edificio, mezclado con los insufribles acordes martilleantes de reggaetón, superaban al ruido de la lluvia implacable que aún bañaba la ciudad. No podía llamar a cualquier piso y dar la voz de alarma identificándose como policía en un barrio como aquel, los maderos no eran muy bien recibidos y no podía esperar mucha cooperación ciudadana. 

Aquel indeseable vivía en el séptimo, así que decidió pulsar todos los botones de las viviendas correspondientes a los cinco primeros pisos, dos por altura. Mientras aguantaba más de un improperio de algunos de los vecinos, molestos por haber tenido que abandonar su plato de comida recalentada para no obtener respuesta, un repartidor de pizzas se detuvo junto a él, miró la pantalla de su tablet y marcó con hastío un botón del portero automático. Martínez suspiró al comprobar que el botón seleccionado era, justamente, el del piso de su posible asesino. Martínez fingió estar buscando sus llaves en el bolsillo, con la mirada fija en el suelo, hasta escuchar el pitido sostenido de apertura automática y en ese instante, a la velocidad del rayo, empujó la puerta con su pie, al mismo tiempo que metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó su placa de policía. Mientras se la enseñaba al repartidor, fijó su vista de halcón en el pobre muchacho asustado, haciéndole una señal inequívoca de que se largara de allí cuanto antes y sin hacer preguntas. Al quedarse solo en la oscuridad del portal, bajó su brazo para sacar el revólver de su cartuchera, quitarle el seguro y empuñarlo después, firmemente, entre sus manos; todo en un movimiento asombrosamente rápido. El inspector respiró hondo, tratando de aliviar su tensión y dejó que sus pupilas se acostumbrasen a la oscuridad alimentándolas de la escasa luz que entraba de las farolas del exterior, a través de los ventanucos del hueco de la escalera. No pulsó el interruptor, debía pasar lo más desapercibido posible. 

Antes de que pudiera cruzarse con cualquier vecino, el veterano policía comenzó a subir los siete tramos de escalera todo lo rápido que sus casi cincuenta años de edad y sus dos paquetes de tabaco diarios podían permitirle. Cuando llegó al rellano del séptimo, Martínez no pudo creer que la puerta del piso del sospechoso estuviera entreabierta. La suerte seguía siendo su aliada. Con los latidos de su corazón martilleando sus sienes, escuchó una voz desagradable y ronca que salió del interior, en un grito estridente:

—Un momento chaval, estoy buscando mi cartera y no termino de encontrarla, ahora salgo…¿No me jodas que se han fundido los plomos del puto portal otra vez?—Escuchó refunfuñar al sospechoso con un ruido de monedas caídas al suelo de fondo, sonido que provocó un nuevo improperio—. Puto pantalón…

El inspector esperó fuera con todos sus músculos en tensión, con la espalda pegada a la pared junto al dintel de la puerta, en el lateral hacia el que daba su apertura. Tan pronto como el grandísimo hijo de su madre abrió la puerta del todo y sacó la cabeza en busca del repartidor y su cena, Martínez le golpeó en ella con todas sus fuerzas, en un golpe seco y sordo con la culata de su revólver, para meter después el cuerpo del tipo en la vivienda sin llamar la atención. Tras inmovilizarlo, aún inconsciente, con sus esposas ancladas alrededor de uno de los cuerpos del viejo radiador de hierro del pasillo, Martínez tuvo la intención de ir a bajar el volúmen del televisor que le estaba aturdiendo la cabeza, pero se quedó congelado ante el aparador que había junto a él, donde una vieja fotografía heló su sangre. Casi sin respirar, Martínez cogió el portarretratos con mano firme, ya ni siquiera escuchaba la música de los anuncios que salía del salón. La rabia que lo consumía por dentro le hizo ver que podía hacer reaccionar a aquel deshecho humano con un método rápido y eficaz, así que levantó el pie derecho con todas sus ganas y lo dejó caer a plomo sobre el estómago de aquel maldito desgraciado. El sospechoso no tardó en volver en sí entre estruendo de toses, aunque no pudo abrir mucho el ojo derecho por la sangre que manaba de la brecha sobre su ceja, que se había hecho al caer de cara tras el rudo golpe de Martínez.

—Tú… Maldito hijo puta…—soltó entre dientes tan pronto como recobró un poco la compostura, o al menos eso fue lo que el inspector creyó entender, ensordecido por culpa del ruido de la televisión que aún bramaba a todo volumen.

Martínez no contestó, sólo puso frente a la cara del detenido la foto que acababa de tomar en su mano. El tipo miró la foto con una sombra de nostalgia en su mirada, para dedicar después una medio sonrisa siniestra al inspector, antes de abrir la boca para decir:

—Estaba guapa, ¿verdad? Esa fue la última foto de familia que pudimos sacar. Ella estaba feliz con tu regalo de cumpleaños…¿lo recuerdas ahora?—Las palabras salían de la boca del hombre cargadas de rabia, y al mismo tiempo no podían esconder cierta emoción—. ¡Ojalá nunca te hubieras cruzado en su vida!

Martínez giró la foto muy despacio, para observar el rostro de la joven de pelo rubio, casi albino, de apenas veinte años, que posaba junto a su hermano, su padre y una tarta de cumpleaños con una vela encendida. La chica lucía en su cuello la hermosa gargantilla de plata y en sus pequeñas orejas, los pendientes de perlas que él mismo le regaló en otra vida, y que debió ponerse antes de que su madre hiciera la foto feliz. Entonces, por fin, recordó su nombre: Andrea, Andrea Ramírez Fernán. Habían pasado casi treinta años desde que tuvo aquella historia con esa inocente chiquilla. Quizás por eso, de un modo estúpido, no había sido capaz de recordar su nombre hasta aquel instante, pero sí sus apellidos. Por eso reaccionó al ver el nombre de su hermano Ramón, del capullo que, ahora, mucho más viejo que en esa foto, sangraba como un cerdo por la brecha de su ceja, ahí tirado a sus pies.

—Me parece que tienes mucho que explicar. ¿Vive ella contigo?—Preguntó el inspector dejando el marco tumbado sobre el aparador para no seguir viendo la fotografía.

Cuando Ramón comenzó a llorar como un crío, Martínez no supo qué pensar, se quedó paralizado por unos segundos.

—¡Maldito hijo de perra! Ella murió a las pocas semanas de que la dejaras tirada para irte a América y seguir con tu vida, con tu uniforme de gala y tu planta de…

El hombre calló ahogado por sus sollozos, pero lo hizo sólo por unos segundos, para levantar después el rostro ardiendo de rabia hacia un Martínez que lo observaba con la mirada perdida, ligeramente ausente, y su cabeza suspendida en la muerte de aquella pobre chiquilla, una muerte de la que nunca había sabido nada. 

—Yo nunca… Yo no supe que ella… Pero, ¿cómo ocurrió?—Fue lo único que alcanzó a preguntar en un murmullo apagado de voz, algo poco usual en él.

—Mi hermana fue para ti una más de tus innumerables conquistas. Todos lo sabíamos, todos menos ella. Andrea estaba enamorada hasta tal punto que ya había elegido su vestido de novia soñado. Yo fui quien la encontró tres semanas después de vuestra ruptura. Estaba allí desangrada, en la bañera de la casa de mis padres, con la revista del catálogo de bodas tirada en el suelo del baño boca abajo y un post-it en forma de corazón pegado junto a la foto, la misma que enmarqué y guardé para ti.—Ramón convirtió su cara en un amasijo grotesco de lágrimas, sangre y mocos, al frotar su rostro contra su brazo, en un intento fallido por recuperar algo de dignidad frente a su captor—. Para entonces tú ya llevabas una semana en los Estados Unidos, en la unidad de homicidios de Boston. Mis padres no quisieron que supieras nada. Te odiaban con toda su alma, como yo, pero ellos no te hacían culpable. Decían que no tuviste la culpa de que mi hermana hubiera perdido la cabeza. Pero yo sí. Para mí tú siempre has sido el único culpable de su muerte.

Aquellas palabras encogieron momentáneamente el corazón del inspector. Cómo era posible que aquella chica, aquella preciosa chica, hubiera perdido la vida por él, por su culpa. Sí, por su culpa, por aquella manera suya de actuar, siempre bajo esa coraza inamovible, con esos aires de eterno conquistador, incluso ya en aquella época. Le dolió reconocer en su fuero interno que, en efecto, Andrea sólo era una más de las muchas chicas con las que tonteaba a la vez en su veintena, durante los años de academia. Cuando le compró aquel regalo sólo quiso tener un detalle con ella por su cumpleaños, pero ella… Para ella, comprendió, aquello fue mucho más, quiso ver en ese regalo una prueba de compromiso. Tan pronto como puso un pie en el avión, rumbo a Boston, olvidó su nombre. El suyo y el de otras tantas chicas que dejó atrás. Pero Lucía… ¿Qué pintaba Lucía en todo eso? Martínez entró al salón y tomó una silla, silla que puso frente a Ramón, a una distancia prudencial para evitar posibles complicaciones.

—Mira, Ramón, lo siento. Siento lo que le ocurrió a Andrea, pero quiero que entiendas que yo nunca le di alas para creer que… Yo siempre fui claro con ella, lo nuestro era lo que era, sin más—confesó Martínez con sinceridad y ambas manos puestas en el revólver que sostenía entre sus rodillas—. Pero, aunque eso no hubiera sido así, nada te da derecho a hacer lo que has hecho con esa pobre chica. Si quieres llamar a un abogado antes de continuar hablando, te leeré tus derechos y esperaremos a que lleguen mis compañeros. Tomaremos declaración en comisaría antes de pasar a disposición del juez. La rutina de costumbre…

—¡No!—Interrumpió tajante el hombre esposado—. Quiero contártelo todo a ti, a solas, para ver tu cara cuando sepas el porqué.

Martínez no dijo nada, sólo se recolocó sobre la silla dispuesto a escuchar, con la duda sobrevolando las paredes de su estómago, y con un golpe de cabeza invitó al tipo a continuar con su explicación.

—¿Sabes? El día que enterramos a mi hermana juré venganza. Juré que, si algún día daba contigo, te haría pasar por lo mismo que yo pasé con la muerte de mi hermana, aunque para ello tuviera que perder la vida cualquier pobre infeliz que tuvieras a tu lado cuando llegase el momento.

—Eso es una absoluta gilipollez. La víctima y yo nunca…—afirmó cortante el inspector, sospechando por dónde iban los tiros.

—¿Me vas a dejar continuar?—Preguntó Ramón con un aire de superioridad absurdo, dadas las circunstancias en las que se encontraba.

Martínez asintió y tragó saliva al mismo tiempo, tratando de contener las ganas de cruzar la cara de aquel despojo humano. 

—Durante los años que estuviste fuera pensé una y mil veces en cómo llevaría a cabo mi venganza. Lo primero que hice fue buscar en miles de páginas de segunda mano el mismo vestido de novia que mi hermana eligió y, finalmente, lo encontré en Sudamérica. Me lo enviaron desde México hace más de veinte años. Cuando lo tuve entre mis manos sólo pude pensar en lo hermosa que ella hubiera estado con él puesto, hasta que empecé a saborear el momento en el que se lo pusiera a tu escogida, a la pobre desgraciada que tuviera la mala suerte de cruzarse en tu camino.—La brecha sobre el ojo parecía que había parado al fin de sangrar, tapada por un coágulo asqueroso y brillante que había quedado prendido de ella—. Tuve la feliz idea, entonces, de estudiar para ser auxiliar de enfermería y así obtener la formación necesaria para dar los pasos correctos, para hacerlo todo con una metodología quirúrgica, llegado el momento. Después mi propia vida y la larga enfermedad de mis padres consiguieron que mi obsesión contigo y con mi venganza terminara por diluirse en el tiempo. Tú seguías en América y yo nunca sería capaz de ahorrar lo suficiente para volar hasta allí. De hecho, casi había comenzado a vivir, a volver a vivir, sin la pena y el rencor.

El sonido de varias sirenas de policía comenzaba a llegar amortiguado hasta el pasillo del humilde piso en el que se encontraban. Martínez calculó que aún tardarían unos cinco minutos, aproximadamente, en llegar hasta ellos. Como si Ramón hubiera sido capaz de leer su mente, dijo con mucha frialdad:

—Tranquilo, ya casi estamos terminando.

El inspector volvió a asentir, apremiando al detenido para que continuase.

—Después de graduarme, estuve trabajando durante muchos años en la consulta de un médico de familia del barrio, pero el hombre se jubiló hace unos meses y tuve que buscar otro empleo. Al poco tiempo de comenzar la búsqueda, conseguí un puesto en la clínica de odontología de tu maravillosa doctora, en el turno de tarde. Y un día, actualizando en el ordenador del archivo el expediente de uno de los pacientes, el del señor Martín, vi la carpeta con tu nombre en el directorio ahí mismo, delante de mis propios ojos.—La mirada de Ramón parecía recuperar cierto brillo debajo de toda esa mugre—. Por protección de datos, el sistema no me permitía acceder a tu dirección ni a tu teléfono, sólo la doctora tenía acceso a esos datos, pero sí pude ver que tu última cita había sido aquella misma mañana. Lo demás fue un cúmulo de malas coincidencias.

—¿Qué diablos quieres decir con eso, maldita sea?—Preguntó ya en pie el inspector, queriendo entender, de una vez por todas, todo aquel embrollo.

—Todo a su debido tiempo. No seas impaciente. Tras el descubrimiento, salí del archivo totalmente confuso. Sentía náuseas y la cabeza me iba a estallar. Necesitaba salir a la calle. Necesitaba aire fresco. Atravesé con paso decidido la entrada de la consulta, donde las recepcionistas se estaban dando el relevo tras el mostrador más tarde que de costumbre, por no sé qué retraso del metro, y al abrir la puerta me choqué con esa chica de frente, una rubia realmente bella y delicada. Después de disculparme, me senté en la acera, con la cabeza entre las manos, convencido de que acabaría por vomitar en cualquier momento.—Ramón movió la cabeza en silencio a modo de negación—. Un compañero auxiliar del turno de tarde estaba fumando a mi lado antes de entrar. Al parecer también había llegado tarde. El auxiliar de mañana se encontró con él al salir. Les escuchaba comentar chorradas sobre el fútbol y no sé qué más mierdas absurdas, pegados a la ventana que daba a la recepción, hasta que algo me hizo despertar de repente…

Martínez clavó con urgencia sus ojos en el detenido, mientras las sirenas de la policía sonaban cada vez más cerca. La partida estaba a punto de terminar.

—Mi compañero de tarde dijo algo así como «madre mía, menuda rubia», y el del turno de mañana le cortó diciendo que se olvidara de intentar nada con ella, que había oído que estaba viendo al madero ése con aires de superhéroe—. Ramón se detuvo un segundo para bajar la cabeza antes de continuar con palabras atropelladas—. Y ya no escuché más. No pregunté más. Todas las piezas encajaron en mi cerebro. La rubia que me vino a la cabeza en ese preciso instante fue aquella belleza que tuvo la mala suerte de cruzarse conmigo en la puerta de la consulta. Nunca vi el cabello de la zorra de la recepción con la que te encamabas en realidad. Siempre la había visto con el gorro quirúrgico de muñecajos que nos obligan a llevar a todos, y aunque lo hubiera visto, te tenía en tan alta estima, te veía tan “grande”, tan “superior”, que nunca pensé que quisieras follarte a una tipa tan vulgar. Estaba seguro de que esa mujer de cabello casi blanco tenía que ser tu chica. Aquel mismo día me excusé por estar enfermo cuando acabó su higiene dental y la seguí con cuidado hasta su casa. Luego sólo tuve que prepararlo todo en un par de días más, para… En fin, ya sabes para qué. 

—Entonces esa chica…—murmuró el Inspector Martínez al tiempo que sus compañeros entraban en tropel en la vivienda con sus armas en las manos—. Esa chica sólo tuvo mala suerte…

—La misma mala suerte que tuvo mi hermana después de cruzarse en tu vida—afirmó Ramón, terminando la frase con un escupitajo que aterrizó certero sobre la cara de Martínez cuando pasó a su lado, sujetado en volandas por dos compañeros del cuerpo, para acabar gritando después—. ¿Qué se siente con la muerte de dos mujeres sobre tu conciencia, maldito bastardo?

Después de esas duras palabras, a pesar del barullo de los compañeros que revisaban todo a su alrededor, un profundo silencio lo engulló todo en la cabeza de Martínez. Un denso silencio, opresivo y amargo, que acompañó la salida de Ramón de su piso, rumbo al furgón policial y a un destino seguro de muchos años de cárcel. 

El inspector Martínez, por su parte, se quedó allí de pie en el pasillo, escoltado por otro par de compañeros que hacían preguntas que él ni siquiera las escuchaba. Aquella última frase había taladrado su cabeza y no le dejaba pensar más que en esas dos pobres chicas: Andrea, su breve relación de juventud que acabó cortándose las venas tras abandonarla y Lucía, la joven abogada a la que el destino puso en el lugar menos indicado en el peor momento posible, en un guiño irónico y malévolo que la había conducido a la muerte. Simple mala suerte.

Con la mirada clavada en la sucia pared, entre los hombros de sus ignorados compañeros, el inspector sacó el arrugado paquete de cigarrillos de su bolsillo, puso tranquilamente un pitillo en su boca, lo encendió con calma, y tras una larga calada, pensó en que tenía que llamar esa misma noche a su recepcionista, para aliviar la tensión acumulada. Ella sabría bien cómo lograrlo. Esa maravillosa idea tatuó una sonrisa irónica en sus labios, mientras se disponía, sin muchas ganas, a explicar a sus compañeros todo lo que había sucedido en aquel modesto piso de extrarradio. Al fin y al cabo, una vez más, había resuelto el caso. Eso era todo lo que importaba.

Relato creado a dos manos con el magnífico escritor Ramón Martínez Martín, registrado al cincuenta por ciento de autoría.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

8 opiniones en “VENGANZA”

  1. A pesar de la inusual tardanza en la lectura de este relato, una vez más me ha fascinado la intriga creada desde el inicio en este relato que como siempre superan todas las expectativas. La puesta en escena como el desarrollo es magnífico, creando un relato más largo de lo habitual que bien podría extenderse para ser un gran thriller. Nada me puede asombrar ya de tu manera de idear y plasmar en tus relatos toda esa creatividad que nace en esa mente que cada día cultivas más y más para que algún día des el salto y resplandezcas como lo que eres, una grandísima escritora, grande #LuciaArjona. En esta ocasión, la colaboración con otro gran escritor como es nuestro querido @ramónmartinezmartin, ha sido muy productiva logrando crear un clima emocionante de principio a fin. Gracias a ambos por vuestra entrega.

    1. Este relato ha sido mágico, un broche perfecto para cerrar las colaboraciones de 2023 con Ramón, seguro que vendrán muchas más. Un beso enorme Sofia, gracias por estar.

  2. Bravo! Impresionante. Una vez más enganchada hasta la última palabra del relato. Enhorabuena 👏

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