HUMO

No entendía qué estaba haciendo. No después de la bronca que tuvimos Alex y yo anoche en casa, cuando le dije que no aguantaba más. No entendía cómo había sido capaz de aceptar encontrarme en aquel lugar tan decadente y destartalado con él, por qué había terminado cediendo una vez más. Alex me había llamado apenas una hora antes, aquella misma tarde, casi en su hora de salida de la oficina. Se me encogió el corazón al escucharle hablar al borde del llanto, podía sentir sus nervios agarrotando su garganta, cuando me pidió con voz temblorosa que acudiera a la vieja imprenta abandonada, junto al aserradero en el que trabajaba como asistente desde hacía más de diez años, con la promesa de explicármelo todo una vez nos encontrásemos allí, no tuve tiempo de decir nada, simplemente colgó. Lo nuestro hacía aguas por todos lados, pero ninguno de los dos era capaz de dar un paso adelante para tomar una decisión, la verdad es que yo aún lo amaba demasiado. Lo pensé por un segundo, pero finalmente cogí mi chaqueta, el bolso, las llaves del coche y salí de casa con el corazón encogido. 

No sé cómo fuí capaz de subir el puerto a esa velocidad, no creo que tardase más de tres cuartos de hora en llegar allá arriba, atravesando el bosque de pinos y robles por aquella carretera de montaña llena de curvas, en la oscuridad de la noche recién estrenada, alumbrada sólo por los faros de mi Saab. Antes incluso de parar mi vehículo, pude ver que el todo terreno azul de Alex estaba aparcado junto a la verja que marcaba el perímetro de la propiedad. Me extrañó encontrarlo allí y no en su plaza de estacionamiento, en el parking exterior frente a las oficinas, como lo estaba el Volvo de Björ, su jefe, CEO de P&CO Sawmill. Aunque la verja estaba abierta, desde el lugar en que estacioné mi coche, apenas podía distinguir el camino que llevaba a la entrada del edificio principal, así que decidí dejar los faros encendidos; luego subí la cremallera de mi chaqueta de montaña; el salpicadero indicaba que estábamos a menos cinco grados, aunque la nevada de la noche anterior hacía que la sensación térmica fuese de varios grados menos.

Mi estómago se encogió al observar que el candado que mantenía la verja cerrada había sido cortado con una cizalla que nadie se había molestado por recoger, seguía allí abandonada, sobre el suelo aún cubierto por la nieve virgen de la nevada de la noche anterior. Alex me contó hace tiempo que aquella era una propiedad que la empresa mantenía cerrada hacía décadas, de hecho hacía siglos que nadie entraba en la propiedad, por eso el manto de nieve se mantenía intacto en lo que algún día debió ser algo parecido a un jardín, intacto salvo por el profundo surco dejado por algo que bien podría ser una rueda lo suficientemente ancha para pertenecer a una carretilla, dadas las huellas de pisadas que quedaban casi a ambos lados del surco lineal. Por cómo se marcaba aquella línea, por la profundidad de la hendidura que su movimiento había dejado sobre la nieve, lo que fuera que estuviera encima de aquello debía de ser bastante pesado.

Según me adentraba en el camino, la luz de los faros de mi coche iba perdiendo intensidad, no era suficiente para alumbrar mis pasos, así que saqué el móvil de mi bolsillo y lo puse en modo linterna, solo faltaba que acabase por dislocarme un tobillo con mi torpeza. Pensé en llamar a Alex, pero algo en mi interior me decía que aquella situación no era demasiado normal, mejor no anunciar mi llegada, aún no.

El soportal de entrada al edificio principal tenía una rampa de acceso junto a los escalones, las huellas dejadas sobre ella sólo me reafirmaron más aún en mis sospechas, aquello tenía que ser una carretilla. La puerta estaba entreabierta, y una luz tenue similar a la de una chimenea, salía a través de la rendija, como un faro en la oscuridad, acompañando su luz de un humo denso y cargado, con un desagradable olor a humedad. Podía escuchar los pasos de alguien sobre el suelo de madera en aquella estancia, los crujidos de la vieja madera marcaban un caminar intranquilo de un lado a otro. De pie en la puerta, apagué la linterna de mi móvil, saqué las llaves de mi bolsillo y coloqué cada una de ellas entre mis nudillos, con mi mano cerrada en un puño, como había aprendido desde que era una adolescente para protegerme por las callejuelas del barrio en el que vivía con mi abuela, cuando regresaba sola a casa alguna noche, después de salir con las chicas. Durante un segundo pensé que nunca hubiera esperado tener que defenderme de alguien así esa noche, pero podía sentir en mis tripas que algo no andaba bien. Sin quitar ojo de la rendija de luz de la puerta, tomé aire, y con toda la delicadeza de la que fui capaz, comencé a empujarla poco a poco. Aquella era una puerta pesada, muy pesada, probablemente no habría sido abierta durante décadas, hasta aquella noche, algo que confirmó el escandaloso lamento de sus enormes bisagras, precipitando con su llanto un movimiento brusco dentro de la estancia. Sí, allí dentro había alguien, pero no sabía si sería Alex. Me quedé quieta unos segundos, en pie bajo el dintel de la puerta ya abierta, tratando de decidir cuál iba a ser el próximo paso, cuando escuché su voz.

—Astrid, ¿eres tú?

La voz de Alex llegó hasta mí casi en un susurro desde el interior de la habitación, pero desde mi posición no podía ver dónde estaba. 

—Sí, soy yo, ¿qué está pasando aquí, Alex?—Pregunté con voz temblorosa, tratando de no alzar demasiado la voz, me escocían los ojos, quizás por el humo, quizás por estar cerca de él, en medio de esa situación tan extraña después de nuestra última pelea.

Una sombra salió de la oscuridad, el humo que la rodeaba la dotaba de una apariencia casi fantasmal, recortada a contraluz, alumbrando mínimamente la mitad de su rostro, parecía Alex, sí, aquel era Alex, estaba tiritando, no llevaba su abrigo, debía estar muerto de frío. Dejé caer las llaves de mi mano, corrí hacia él y lo abracé de inmediato, podía sentir su cuerpo temblando entre mis brazos, él no me devolvió el abrazo, mantuvo los suyos cruzados sobre su pecho tratando de darse calor. Luego, comenzó a sollozar con su cabeza apoyada en la mía.

—Tranquilo amor, ¿qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué estamos haciendo aquí?—Traté que mis preguntas sonasen calmadas a pesar de mi estado de alerta que se agudizó aún más cuando observé tras él las huellas de la carretilla sobre el polvo del viejo suelo de madera, que llegaban hasta el interior de la habitación.

—Lo siento cariño… No sabes cuánto lo siento…—murmuró él entre sollozos—. Eso no tendría que haber acabado así… Así no…

Alcé mi rostro y tomé el suyo con ambas manos, necesitaba mirarle a los ojos. Cuando lo hice, me di cuenta de que había varias salpicaduras oscuras, casi marrones que cubrían su frente y sus mejillas, parecía pintura, pero el olor metálico que llegó hasta mí, mezclado con el de sudor, dejó claro que era sangre.

—¡Dios mío Alex! ¿Estás bien?—comencé a tocarle, buscando una herida, pero no encontré nada; sentí que mi corazón se paraba cuando separé sus brazos de su cuerpo, aún sacudido por un temblor incontrolable, para descubrir una mancha aún mayor, sobre su vientre.

Yo comencé a toser con insistencia, aquel humo iba a acabar con nosotros. Asomé la cabeza al interior de la habitación buscando una ventana. Allí dentro el olor a sangre, a carne, era aún mayor. En el centro, había una papelera metálica en cuyo interior imagino que Alex había prendido un fuego a base de viejos papeles que probablemente llevarían allí dentro años, causantes de aquel humo denso y oscuro. El ambiente estaba demasiado cargado, así que corrí a abrir la primera ventana que pude distinguir, la más cercana, para ventilar aquello. Él se mantuvo inmóvil en la puerta.

—¿Qué pasa Alex? ¿Qué mierda está pasando aquí?—Me escuché decir con rotundidad entre toses, mi cabeza iba a estallar, entonces la vi.

Había estado en lo correcto todo el tiempo, aquello en efecto era una carretilla, una carretilla con un enorme bulto encima tapado con una vieja manta, una manta que empezaba a mostrar un redondel oscuro en su superficie que parecía ir expandiéndose poco a poco. Allí había algo, algo que estaba herido, herido o… muerto.

—Alex, ¿qué es eso? ¿Qué ha pasado? ¡Habla, joder!—grité ya sin control.

Mis ojos ardían no sabía si por los restos del humo o por las lágrimas que sentía a punto de desbordarse en ellos. Hice el intento de acercarme a la carretilla pero Alex se interpuso en mi camino con autoridad a pesar de tener la cabeza gacha, como si le costase mirarme a la cara. 

—Se acabó Astrid, se acabó—dijo casi en un susurro plantado delante de mí a menos de medio metro con sus ojos clavados en los listones de madera.

Podía sentir los latidos de mi corazón en las mandíbulas, en mi cabeza. 

—Alex, ¿qué mierda está pasando?—insistí, provocando al fin que él me devolviera la mirada, una mirada que me heló la sangre, una mirada cargada de dolor y al mismo tiempo fría y distante.

—Tenías razón Astrid, tenías razón anoche cuando me preguntaste si había alguien más…—Comenzó a decir sin moverse ni un palmo de su posición, obligándome a mí a dar un paso hacia atrás—. Esta mañana llegué al trabajo decidido a acabar con esta historia. Me gustaría poder decir que lo decidí en un momento de lucidez tras nuestra última bronca, que lo decidí al darme cuenta del tremendo error que había cometido engañando a mi pareja, engañándote a ti… Pero no, el motivo fue mucho más penoso…

El humo, a pesar de seguir saliendo de la vieja papelera encendida, ya no inundaba la habitación, sabía que el ardor que sentía en mis ojos eran lágrimas, lágrimas por un golpe de realidad que por esperado no dejaba de doler ni una pizca.

—¿Quién?…—Intenté preguntar, pero un sollozo me impidió seguir hablando ante un Alex impávido, observando mi dolor como si no le importase lo más mínimo, con su mirada perdida, como si viera a través de mí.

—Esta mañana apenas fui capaz de mirarme al espejo cuando salí de la ducha, sabía que te estaba haciendo daño, que era tremendamente cruel hacerte luz de gas, hacerte creer que todo eran imaginaciones tuyas, pero confesarlo todo era demasiado difícil, y no podía hacerlo, no podía, yo no era el único que tenía pareja en aquella historia… Pero entonces, abrí mi móvil y vi aquel maldito email….—La expresión de Alex había cambiado por completo, mostrando un dolor en su interior, que me rompía el alma—. ¡Qué fallo más tonto!…¿Cómo pudo olvidar que yo, su asistente, podía leer su correo también en mi móvil?

Una sacudida me hizo reaccionar, intenté ahogar una arcada con mi mano, no podía ser, ¡Björ, su jefe! Pero… estaba casado, tenía tres hijos, pero qué coño… Alex y yo íbamos a casarnos en un año, al menos esa era la intención hasta que seis meses atrás todo empezó a cambiar. Quería gritar, quería lanzarme sobre él allí mismo y pegarle, pero el dolor tan intenso que brotaba de mi interior, no me dio opción, sólo podía llorar y seguir escuchando.

—Parecía ser que Hans, el de contabilidad, había disfrutado mucho del encuentro con Björ en las duchas del gimnasio de la tarde anterior, y esperaba volver a repetir aquella misma tarde—las palabras de Alex salían de su boca masculladas entre dientes, casi no podía controlar su rabia—. No estaba dispuesto a permitir que el muy cabrón se riera de mí… Que lo nuestro era especial decía el muy capullo, que nunca se había sentido atraído por un hombre, que yo era el primero… ¡Mierda! ¡Pura mierda!

—¿Y tú? ¡¿Desde cuando te gustan los tíos, dime?!—Alcancé a preguntar con rabia.

Alex clavó su mirada en mí, una mirada que pedía perdón ya antes incluso de decir nada.

—Lo siento Astrid, te juro que lo siento… Pero es algo que no he podido evitar, es algo que he mantenido oculto durante toda mi vida, como el que fuma a espaldas de su pareja, solo que esto, esto… significaba mucho más. ¿Y sabes lo peor de todo? Que esta vez me estaba enamorando… Sí, joder… Me estaba enamorando de él.—Su mirada volvió a ser translúcida, vacía, dolorosa, yo tapé mis ojos con las manos, aquel bulto tras él, me temía lo peor—. Björ tenía varias reuniones con clientes y representantes hasta después del almuerzo, así que me contuve como pude, y esperé, esperé hasta esta tarde, cuando los últimos representantes se fueron, dejándonos solos a ambos en la planta noble del módulo de oficinas. Entré en su despacho hecho una furia, le tiré el móvil, con el email de Hans en pantalla y él se rió, el muy cabrón se rió en mi cara… Así que cogí su propio teléfono, y busqué el número de su mujer… Sí, estaba dispuesto a contarle todo, y cuando lo tuve en pantalla, ¿sabes qué hizo él?…

Una linterna alumbró la habitación a mi espalda, seguida de otras más y un alboroto de pasos que me hicieron girar de inmediato, y usar mi mano como visera para proteger mis ojos de la luz directa y acertar a distinguir lo que parecía un grupo de policías, sentía que mi corazón estaba a punto de pararse.

—¡Señora!…¿Qué hace usted aquí?—Preguntó con autoridad un oficial apuntando a mi cara.

—Yo, yo… me llamó mi pareja, me llamó… Él…

Cuando fui a girar mi rostro hacia Alex, había desaparecido, no estaba allí, no entendía qué estaba ocurriendo. Los policías entraron en tropel a la estancia, mientras yo observaba todo como si fuera una película, buscando con la mirada a mi novio, a mi pareja, hasta que observé el polvo del suelo, delante de mí, justo donde debía haber estado Alex, no había nada, ni una huella mientras bajo mis pies, la suciedad se había movido dejando ver algunos resquicios de la superficie de madera.

—Está aquí, jefe—escuché decir a una mujer policía junto a la carretilla.

Giré mi cabeza hacia ella, hacia sus manos enfundadas en aquellos guantes de látex sujetando con sus dedos el pico de la vieja manta ya ensangrentada casi por completo, y allí debajo, allí… Estaba Alex, allí estaba su cuerpo tirado sobre la carretilla, con una enorme herida en su vientre. Mis propios gritos ensordecieron mis oídos, el oficial que estaba más cerca de mí alcanzó a recogerme antes de que mis piernas fallasen por completo. No entendía nada, yo estaba hablando con él  hacía unos segundos, lo había abrazado unos minutos, le tenía delante, él estaba aquí.

Los minutos siguientes fueron una auténtica pesadilla, los policías no dejaban de moverse a mi alrededor, preguntándome una y otra vez qué estaba haciendo allí arriba, aquello no tenía sentido alguno.

—Entonces dice que su pareja, el señor…—El teniente miró sus notas mientras yo intentaba dejar de temblar bajo la manta térmica que el oficial había puesto sobre mis hombros después de sentarme en una vieja silla llena de polvo cuando estuve a punto de caer al suelo—. Larssen, Alex Larssen, le llamó por teléfono a qué hora…

—Sería cerca de las seis, de su hora de salida…—contesté en un susurro con la cabeza totalmente ida.

El oficial y el teniente se miraron y asintieron a la vez, después el oficial se retiró y nos dejó a solas. El teniente me tendió un pañuelo de papel que sacó de su bolsillo, pañuelo que usé de inmediato para limpiar el amasijo de mocos y lágrimas que cubrían mi nariz y mi boca.

—Verá… Astrid, ¿verdad?—Yo asentí en silencio apretando el clinex en un puño—. Su pareja no pudo hacer esa llamada, le voy a explicar por qué. El cuerpo de su pareja presenta rigor mortis, en un estado ya avanzado, lo que nos indica que fue asesinado hace al menos entre tres y cuatro horas. Eso nos dice que Alex falleció entre las cuatro y las cinco de la tarde…

—Pero yo…—intenté rebatir su teoría, pero él levantó su mano para que le dejase continuar.

—Astrid, no se canse… Nuestra teoría encaja. Vera Alex… Alex y su jefe mantenían una historia, él amenazó con contarle todo a la esposa del Sr. Petterson, tenía el móvil en la mano, con la suerte de que en el forcejeo dio al botón de llamada sin darse cuenta. Todo quedó grabado en el contestador de su esposa, quien no pudo escucharlo hasta hace una hora, ella estaba recibiendo un masaje en el fisioterapeuta… Tan pronto como lo escuchó nos llamó a nosotros…—El lo soltó todo de carrerilla, como si le costara decir aquellas palabras, luego el hombre se agachó frente a mí, sus ojos mostraban una compasión que consiguió consolarme por unos segundos—.No sé si está preparada para escuchar todo lo demás…

Yo asentí lentamente en silencio, y clavé mis ojos en los suyos, necesitaba saber cómo había ocurrido todo.

—El Sr. Pettersson, clavó varias veces en el vientre de Alex unas tijeras de escritorio, imagino que fue lo primero que encontró, el muy cabrón se ensañó con fuerza… Luego lo cargó en una carretilla, lo metió en su propio coche y lo trajo hasta este edificio, lo metió dentro, imagino que en un principio pensó en quemarlo todo, pero quiero creer que la imagen de la carretilla con el cuerpo de Alex dentro, la realidad de la magnitud de sus hechos, fue demasiado para él, así que tiró los papeles a la papelera y volvió a su oficina… Lo encontramos colgado de la viga sobre su escritorio con su cinturón, la nota que dejó sobre su mesa explica lo demás…

Mis ojos ya no podían sacar más lágrimas, me dolían, ardían… Sólo podía negar con la cabeza.

—Pero yo hablé con él… Yo lo abracé, él me contó todo aquí mismo junto a la maldita papelera todo lo que había pasado…—Balbuceé con las manos sobre mi rostro, mientras caí por un segundo en que Alex no había tosido ni una vez, con todo ese humo, no le había escuchado toser ni una sola vez.

—Astrid… Hagamos una cosa, diremos en el informe que usted había venido hasta aquí a buscar a su pareja al ver que no llegaba a casa, no podía contactar con él en su móvil porque estaba destrozado en el suelo del despacho del Sr. Pettersson, y que vino a este edificio al ver su coche en la puerta, y que luego, al ver la escena se quedó en estado de shock e iba a llamar para pedir ayuda justo cuando nosotros…—La voz del teniente fue apagándose poco a poco, para quedarse mudo después.

—Oiga, ¿qué?…—dije al notar su silencio.

Cuando retiré las manos de mi rostro, la mirada del teniente estaba clavada a mi derecha, como si hubiera alguien a mi lado. Giré mi rostro, Alex estaba allí, estaba allí de nuevo, sólo fue un par de segundos, los suficientes para que ambos le escuchásemos decir:«Perdóname, te quiero».

Lágrimas que no esperaba poder encontrar en mi interior volvieron a caer en cascada sobre mis mejillas, mientras el teniente, arrodillado frente a mí, tomó mis manos con las suyas y dijo:

—Tranquila Astrid, tranquila… La creo.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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