Fuera, la lluvia y el viento golpeaban la pequeña ventana del cuarto de baño. Mar giró su cabeza hacia el cristal con una sonrisa, orgullosa al comprobar en su interior que en un día tan gris como aquel, a sus ojos todo era color de rosa, hoy más que nunca. Abrió la portezuela del viejo armario con puertas de espejo, y buscó con mano temblorosa la barra de labios que había reservado para la ocasión, intacta en su precioso envoltorio desde que la compró diez meses atrás, después de aquel jarro de agua fría, como una promesa a sí misma, jurándose con el corazón en la mano que el día para estrenarla llegaría, y vaya si llegó.
Con la mente colgada en aquel día, Mar cerró la puerta de nuevo, con el lápiz de labios en la mano, y alzó su mirada. La humedad comenzó a bañar sus ojos cuando se encontró con los suyos en el reflejo, obligándola a volver al momento actual. Su rostro había cambiado en todos aquellos meses, mucho, pero aquella mañana Mar veía más belleza que nunca. Su rostro era el rostro de una guerrera, de una mujer fuerte, no con la fortaleza que había conocido hasta entonces, aquella de la que había hecho gala durante años, al liderar reuniones interminables, para sacar adelante los proyectos más difíciles de la corporación en la que trabajó durante más de veinte años, durante horas interminables, sacrificando tiempo con ella, en su casa, en su hogar. No, no era esa la fortaleza que sentía en su interior al contemplar su imagen. Era la fortaleza de la supervivencia, de la lucha por salir a la superficie día tras día, temporal tras temporal, hasta alcanzar la orilla, la orilla en la que ella siempre estuvo esperando.
Mar tomó la barra de labios, quitó su caperuza de metal dorado, y giró su base lo suficiente para que la superficie biselada quedase a la vista.
—¿Tú crees que me quedará bien?—Preguntó Olivia a su espalda con los ojos también brillantes—. Estoy aún tan pálida…
Mar sonrió con ternura, giró sobre sí misma y se acercó hasta ella con el labial en la mano.
—No digas bobadas, estás preciosa hoy, y esta barra ha estado esperando por ti todo este tiempo, venga siéntate ahí—ordenó con un golpe de cabeza—. Sí mujer, en el borde de la bañera, anda, que si no te vas a cansar antes de tiempo.
Olivia obedeció sin rechistar, hacía tiempo desde su último ciclo, pero aún sentía en su cuerpo la debilidad que tanta medicación había dejado como recuerdo. Levantó su rostro sonriente, de ojos aún sin pestañas, pero con unas preciosas cejas que Mar había pintado con precisión quirúrgica sobre ellos, tal y como había estado haciendo desde que Olivia las perdió. Mar sintió las manos de su mujer abrazando la parte baja de sus muslos tan pronto como estuvieron frente a frente y aprovechó la postura para besar la punta de su nariz antes de tomar su barbilla en la mano para alzar su rostro un poco más.
—Ahora no se te ocurra moverte… Si no vas a terminar con la boca como el Joker—protestó divertida.
Olivia, obediente, entreabrió sus labios casi sin respirar, mientras Mar deslizaba la barra por su superficie, vistiéndolos de un rojo tan brillante que iluminó su rostro aún más. Cuando terminó de perfeccionar el contorno, para evitar que la pintura se corriera en los lugares donde había tenido que aplicar un poco de corrector, para disimular los restos de la última calentura, Mar suspiró mientras una lágrima comenzaba a recorrer su mejilla.
—Cariño estás… Estás espectacular…—dijo con la voz entrecortada al contemplar el efecto final.
Los ojos de Olivia también comenzaron a brillar al ver la reacción en ella.
—Anda…¿Qué vas a decir tú?—murmuró con la mirada baja—. Ya sabes que nunca me ha gustado el maquillaje, si no me gustaba antes de todo esto, imagínate ahora con estas pintas…
Mar secó su rostro con el envés de su mano en un movimiento rápido, cerró la barra de labios y la miró retadora.
—¿No me crees? Pues míralo tú misma—afirmó al tiempo que ayudaba a Olivia a levantarse despacio, para dar un paso atrás después, como si quisiera darle un poco de intimidad, mientras ella observaba su propia imagen en la puerta de espejo del armario sobre el lavabo.
Los ojos de Mar se inundaron de lágrimas al ver la sonrisa que poco a poco se iba dibujando en el rostro de su esposa. La observó con la mirada inundada de amor al verla acariciar con su mano pálida y venosa, la sombra de cabello oscuro que comenzaba a asomar en la superficie de su cabecita, pelona, redonda y perfecta. Sonrió también al verla girar su perfil, un poco más redondeado que antes por el efecto de la medicación, a un lado y otro muy lentamente, con una mezcla de incredulidad y satisfacción ante una imagen de delicado y frágil atractivo. Mar eliminó de su mente los recuerdos terribles de su deterioro paulatino por los efectos secundarios de cada nueva sesión, porque en aquel preciso instante, Olivia comenzaba a renacer frente a ella como un Ave Fénix de sus cenizas, y lo hacía con los labios rojos, rojos como el fuego que sabía volvía a llenar sus venas con la energía de la vitalidad perdida.
Mar tragó saliva para intentar que su voz sonara calma, y contener la emoción antes de volver a hablar.
—¿Y bien?…—Soltó con los brazos cruzados en espera de una respuesta.
Olivia sonrió con amplitud con sus ojos brillantes clavados en el reflejo de los suyos, sin volver la mirada.
—¡Nunca he estado más feliz de haber perdido una apuesta!—afirmó rotunda.
Mar avanzó hacia ella, dejó la barra de labios sobre el lavabo y abrazó a Olivia por detrás.
—Aquel día, después de la consulta, cuando la Dra.Ramos nos dio el diagnóstico, te prometí que saldríamos juntas de esto, tú no me creíste, pero yo estaba convencida…—comenzó a hablar con su barbilla apoyada en el hombro de su mujer.
—Y entonces—interrumpió Olivia—, al pasar por aquella perfumería, se te ocurrió comprar la barra de labios del color más brillante para mí, y soltaste el reto: si tú tenías razón tendría que usarla el día D.
Mar besó su cuello antes de responder.
—En efecto… Así que haz el favor de espabilar, si no quieres que lleguemos tarde a recoger tu alta—afirmó con una enorme sonrisa en los labios.
Después de que ambas cogieran sus bolsos, sus chaquetas y su paraguas, Mar cerró con un portazo la puerta del piso, con Olivia colgada de su brazo. Cuando introdujo la llave en la cerradura, y comenzó a girar, se permitió pensar por un segundo en el día que compraron la barra de labios, en el momento en que salieron de casa, camino de la consulta, antes de que todo comenzara, con el miedo comprimiendo con fuerza sus entrañas, a sabiendas de que todo iba a cambiar, se permitió pensar en el momento en que retó a Olivia con aquella apuesta estúpida, y el terror en el centro de su pecho ante la posibilidad de que esa barra no se hubiera estrenado nunca.
El tintineo del ascensor al llegar a su planta la devolvió a aquel maravilloso momento, y tan pronto como las puertas del ascensor se cerraron con ellas dentro, miró a su mujer con los ojos llenos de amor y sonrió.

Hola Lucia, bello relato sobre el amor sin barreras. El amor de Mar por Olivia es intenso como el color rojo del pintalabios. Felicitaciones, un cordial saludo, Emilio
Un millón de gracias por tu mensaje. Un abrazo
Precioso!!!😍😍😍
Un relato muy tierno. Gracias!!!
Muchas gracias Gisela
Es una preciosidad, Lucía. Delicado y muy humano. Felicidades y gracias por este hermoso texto. Un abrazo.
Un millón de gracias por tus palabras. Un abrazo fuerte