LA CORONACIÓN

Las ceremonias de la coronación habían terminado. Concluían con la retirada de Ra y el comienzo del reinado de Isis al anochecer. Los pebeteros comenzaron a encenderse en los jardines del palacio real. Las lámparas de aceite hacían lo propio en el interior, impregnando todo con el olor del sebo al arder; olor que los sirvientes tapaban con resina de incienso en los quemadores, mientras las esclavas depositaban estratégicamente hermosos cuencos de alabastro con agua y flores de loto, las favoritas de Hatshepsut.

Los guardias reales se cuadraron para anunciar el paso a sus aposentos. Tan pronto como accedió a ellos, con paso firme y majestuoso, su esclava principal reclinó la cabeza en señal de respeto.

    —Majestad —dijo a modo de saludo.

    —Mi fiel Merire —contestó ella rozando el brazo de la mujer—. Haz venir al Gran Protector Real, tengo que hablarle antes del festejo de esta noche.

    —Pero mi señora, debo…

Hatshepsut levantó su mano derecha, que aún portaba el látigo de oro y lapislázuli de Señor de las Dos Tierras, para hacerla callar.

    —Marcha Merire, quiero despojarme de todo esto antes de que venga a mi presencia. Quiero hablarle como su amiga, no como el Faraón al que ha acompañado todo el día durante la coronación.

La esclava obedeció, perdiéndose a buen paso tras las pesadas puertas de cedro y oro, regalando a su ama la intimidad que tanto deseaba. Hatshepsut atravesó las delicadas cortinas de lino blanco que separaban la antesala de su cámara de la zona privada. Tomó asiento en la banqueta dispuesta frente al gran espejo de cobre, y observó la imagen que la superficie pulida le devolvía. Tenía delante al Faraón de las Dos Tierras, Hatshepsut-Maatkara. El deseo de su padre, el Gran Tutmés I, por fín se vió cumplido, no podía estar más satisfecha.

Depositó con calma el látigo y el báculo sobre la mesa de ébano y marfil con un gesto de dolor. Bajo el gran pectoral de piedras preciosas, las vendas que constreñían el busto para borrar todo rastro de atributos femeninos, hacía tiempo que rozaban su fina piel. Sin apartar los ojos del reflejo, fue despojándose de los símbolos faraónicos que portaba: el pesado tocado nemes

Desnuda, aplicó con delicadeza el paño empapado en agua y pétalos de loto que había dispuesto Merire, untando después aceite de mirra por todo su cuerpo. Cuando escuchó las puertas de su cámara, y la voz de Merire anunciando al Gran Senenmut, ya estaba lista. Antes de atravesar las cortinas volvió a observar su imagen en el brillante cobre. Hatshepsut, la joven de apenas veinte shemues, había regresado, con su peluca de trenzas negras, su túnica de lino blanco y plata, y sus brillantes ojos oscuros rodeados de khol. El corazón latía sin control dentro de su pecho, había decidido revelar a Senenmut su gran secreto, hoy era el día.

    —Merire, trae cerveza. Debemos brindar. Y haz llamar a la Gran Hija Real, quiero abrazarla antes de la cena —ordenó sin apartar la mirada de Senenmut, que esperaba en la cámara detrás de la esclava. 

La mujer volvió a salir con una reverencia, dejando solos a ambos. Tan pronto como las puertas se cerraron, Hatshepsut corrió a besar a su verdadero amor.

    —Mi amado Senenmut —susurró acurrucada en los brazos firmes del joven de ojos color miel, que devolvió su beso con ternura. 

Ella dió un paso atrás, debían ser cautos. Con ojos encendidos, habló:

—Hoy, además de los cargos que ya ostentabas, te he nombrado chaty y Protector de la Gran Hija Real, la princesa Neferura. Ella es la luz de mi corazón y debe estar segura, más que nunca. 

Antes de acabar la frase, el cascabel de la risa de la pequeña princesa de cuatro años llenó la cámara entera mientras corría a abrazar a su madre, sin observar protocolo alguno. Hatshepsut levantó una mano tranquilizadora al Aya que protestaba detrás de ella, pidiendo que se retirara con un gesto. 

    —Madre, ¿ya eres Faraón? —Preguntó con su vocecilla.

    —Sí mi flor de loto —contestó Hatshepsut divertida acariciando el mechón real de la pequeña, dejando al descubierto una mancha de nacimiento cubierta deliberadamente con él.

Los ojos de Senenmut se clavaron en los de la joven reina que sostenía el mechón, y comenzaron a llenarse de lágrimas. Había reconocido la marca que él tenía en idéntico lugar. Hatshepsut le devolvió una sonrisa cálida con ojos brillantes por el júbilo que albergaba su corazón. Ya convertida en la primera mujer Faraón, sin la sombra de su marido y hermano fallecido sobrevolando sobre ella, justo en ese momento, pudo revelar su más profundo secreto al único hombre al que había amado desde que niña, al padre de su única hija, su amado Senenmut.

Glosario

  1.  Nemes: Tocado de los faraones del Antiguo Egipto, en paño a rayas horizontales que se ceñía con la corona de cobra real.
  2. Shemu: estación de la cosecha, coincidía con la primavera y veranos actuales.
  3. Chaty: Canciller Real, la persona con más poder después del Faraón.
  4. Mechón Real: Los hijos del Faraón fueran varones o hembras, llevaban toda su infancia la cabeza rapada salvo por un mechón de pelo, hasta su pubertad.
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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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