EL VUELO

Tirada sobre la cama de mi cuarto, mirando el techo, con el móvil aún en la mano, no puedo evitar sentir vértigo ante el cambio de vida que me espera, aunque sé que esta es la oportunidad que he estado esperando.

Mis padres acaban de llegar de hacer la compra. La puerta de la calle se cierra sobre el sonido insoportable de la voz de mi madre, que llega hasta mi habitación en su queja constante.

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LA MUÑECA

El Dr. Ibor acomoda las sillas de su escritorio frente al monitor de la pared. Quiere enseñarme la sesión que mantuvo ayer con mi madre. Está más serio de lo habitual. Me pregunto qué es lo que voy a encontrarme.

    —Alma, tome asiento por favor —la voz grave del doctor frena en seco mis pensamientos.

    —Doctor, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado con mi madre? —pregunto sin poder ocultar mis nervios. 

    —Tranquila. Su madre está bien —contesta con un tono calmado que no consigue serenarme—. Verá, ayer intentamos algo distinto con ella, la hipnosis regresiva. De este modo, intentamos ahondar en los recuerdos que hubieran podido quedar ocultos en la mente de nuestros pacientes, sobre todo relacionados con su infancia, y que quizás puedan explicar sus patologías. En el caso de su madre, esa desconexión con la realidad y los brotes de llanto, que no hemos conseguido controlar desde que ingresó en nuestro centro, hace ya casi un año.

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VEINTE AÑOS

Hoy es nuestro aniversario, veinte años ya…, veinte años… Podríamos tener un hijo de esa edad si me hubiera quedado embarazada en la luna de miel… bueno miel, más bien hiel. No sé para qué coño insistió en ir a Acapulco, vamos no había un viaje más típico para las parejas de recién casados. Y total ¿para qué? Si luego se tiró la mitad de los días protestando por todo, que si aquí amanece muy pronto, que si la humedad, que si las tormentas tropicales, que si no quiero más guacamole, que si el camarero te está mirando otra vez, que si estoy harto de tanta excursión… Madre mía, y no fue más que el principio… Veinte años aguantando este humor de perros y esta negatividad de mierda. Es que ni siquiera me dejó comprar las entradas para ver a los clavadistas, vamos a quien se le diga, vas a Acapulco y no ves a los clavadistas… y no sé, igual por eso llevo desde esta mañana con esa idea en la cabeza, esa imagen de los tíos saltando desde ese acantilado… porque hoy es nuestro aniversario, bueno por eso y porque pienso que es lo que yo debería hacer, saltar. Saltar y salir nadando de esta vida de mierda, o igual es que me encantaría tenerle ahí arriba, en todo lo alto, y empujarle yo para verle caer, gritando con esa cara de amargado, y escuchar los aplausos de los turistas cuando se diera el planchazo en el agua, ahí desparramado… Ufff, me pongo burra solo de pensar en eso… qué satisfacción y qué sensación de libertad… ¿Y si me voy? ¿Y si hago la maleta ahora mismo antes de que vuelva de trabajar y me voy? ¿Y si le dejo aquí con sus calzoncillos sucios, sus eructos, sus ronquidos, sus carcajadas babosas? ¿Y si…? Pero no. ¿Dónde voy a ir?… Bueno qué coño si me miro al espejo, no estoy nada mal. Intento hacer algo de ejercicio, bueno hoy no, que anoche dormí fatal con los ronquidos de este cerdo al lado, pero suelo hacer algo a diario, sí… y cuido lo que como, menos cuando estoy como hoy mitad melancólica mitad encabronada, que me meto unas tostadas con Nutella y me quedo tan pancha, pero vamos que lo intento…, y todos los días me pinto un poco el ojo aunque no vaya a salir, y lo hago para mí porque este gilipollas ni me mira, vamos que un dia entra por la puerta y me encuentra con un traje de romana y me pregunta que qué hay de cena… de verdad…., pero yo siempre voy mona, me gusta verme así, bueno y que me vean porque a ver, no lo vamos a negar…, me gusta gustar y tengo mi público, como decía mi hermana siempre hay una mierda para un tiesto…. Ay, mi hermana…si ella era la que decía que no me casara con este gañán, que era un gañán…y yo ahí cieguita que estaba, y mira, mira si tenía razón. Si es que soy más pava. Ay…si yo tuviera otra vez treinta años con lo que sé ahora… ¡lo que viviría! ¡Y lo que me follaría!… Porque chica, echo de menos que me den un buen meneo, de esos que te dejan las piernas temblando dos días, pero éste…madre mía pienso en que me toque y me da un ascazo… que yo pensaba que igual era que había perdido la líbido con la menopausia, pero qué va, la líbido me la ha perdido éste, yo la encuentro en cuanto me cruzo con el camarero del mexicano de la esquina, con esa piel canela y esos ojos negros…que me mira, ¡cómo me mira! Que me desnuda el muy cabrón con la mirada, ayer mismo cuando me dijo lo de “¿qué hace una estrella volando tan bajito?” al salir de la peluquería, estuve a punto de volverme y darle un pico y todo, sí un pico o un muerdo porque estoy que… Oye, lo mismo por eso pienso en los clavadistas, porque me recuerdan a él. Tendría gracia que estos veinte años de aburrimiento hubieran empezado en México y hoy, que es mi aniversario, decida celebrarlo tirándome al mexicano del restaurante de abajo… Pues mira, se me están antojando unos nachos con guacamole, pico de gallo y una Negra Modelo bien fresquita, fíjate… y además voy a bajar sin bragas.

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LA PRUEBA

—Querido, la cena casi está lista. Por cierto, mañana voy a necesitar el coche todo el día, ¿puedes conseguir que te envíen un chófer del bufete? —Pregunta Cuca desde la puerta del despacho—. Si estás muy ocupado, puedo llamar a tu secretaria y pedírselo.

Espera unos segundos. Su marido sigue con la cabeza enterrada entre los papeles, perfectamente dispuestos sobre el escritorio de caoba.

—¿Querido? —Insiste.

El hombre gruñe mientras se quita las gafas.

—Cuca, estoy liado con este caso, ya sabes que no me gusta que me molesten —contesta con desgana, mirándola por fín—. ¿Para qué quieres tú el coche todo el día?

—Ya sabes que mañana empiezan las obras en casa de mi madre, tengo que recoger las últimas cosas, y además… 

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EL TRUCO

Miro de nuevo el reloj. Nerviosa, estudio por enésima vez mi reflejo en el cristal del escaparate. Me he esforzado por elegir algo divertido pero discreto para nuestra primera cita, chupa de cuero negro, camiseta blanca ajustada, mini vaquera y botines de tacón también negros con medias negras tupidas, bien tupidas. Este chico me gusta demasiado, así que he tirado de viejo truco para asegurarme de que hoy no va a pasar nada más: he venido sin depilar, y para reforzar mi autocensura sexual, he elegido la ropa interior más fea y vieja del cajón, las típicas bragas de abuela que te tapan el vientre hasta la cintura
y que reservas para los días de regla, bueno para esos, y para las primeras citas.

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TIRSO DE MOLINA

Lola tiene los nervios a flor de piel. Siempre ocurre lo mismo una semana al mes, cuando le toca este turno. Esta semana su jornada diaria acaba con la limpieza nocturna del Nuevo Apolo. No es que le moleste quitar la porquería que dejan los espectadores maleducados. Está acostumbrada a eso y a cosas peores. Tampoco le incomoda el silencio del teatro con sus butacas vacías, de hecho trabaja mejor así. Lola está nerviosa porque en noches como la de hoy, tiene que tomar el metro en Tirso de Molina, y esa estación, no sabe por qué, le pone los pelos de punta.

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EL ANDÉN NÚMERO DOS

El hall de la estación es un deambular constante de gente. Las conversaciones se mezclan con los avisos de la voz metálica que anuncia las próximas salidas y las llegadas inminentes, desencadenando oleadas de personas hacia un andén u otro. En una situación distinta, en una de tantas en las que ha venido a esperarle, Anna se hubiera dejado llevar por el olor a café y bollería recién hecha, y hubiera tomado asiento en alguna de las mesas altas con un capuccino y un brioche, sin quitar la vista de los paneles, con los ojos brillantes, esperando ver su tren anunciado para correr a abrazarle. Pero hoy no. Hoy tiene un nudo en el estómago que le provoca náuseas.

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MEMORY CARD

No hay mejor plan para un domingo por la mañana en Madrid, que perderte entre los puestos del Rastro. Siento predilección por aquellos en los que puedes encontrar las cosas más dispares, desde una muñeca de los años cincuenta, hasta un zippo o un yoyo. Hoy estoy feliz. He encontrado algo que sé que va a sorprender a Mario. No por el objeto en sí, sino porque yo haya sido capaz de saber lo que es y lo que significa para él. Paseando de vuelta a casa, mi mano juega con el pequeño cacharro de plástico negro en mi bolsillo. Estoy deseando que lo vea. 

Subo el último tramo de escaleras hasta nuestra pequeña buhardilla de Lavapiés. Antes de meter la llave en la cerradura, ya sé que Mario no ha salido de casa por el sonido que llega hasta mí. Está jugando otra vez. 

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SU RITUAL

El pitido insoportable del despertador sacudió su sueño. Cuando abrió los ojos, ella ya estaba en pie. Se frotó el rostro con ambas manos para despejarse, arrepentido por haber cedido a semejante estupidez, a esta chorrada mística de su esposa.

—De verdad, ¡qué necesidad! Y a las dos y media de la mañana—protestó Ernesto incorporándose con desgana en la cama.

Casiopea, aún en ropa interior, arrastró las perchas por la superficie de la barra del armario hasta que encontró un vestido de encaje negro que él no recordaba haberle visto nunca puesto. No se molestó en contestar, aunque se giró sobre su hombro y clavó sus ojos grises, de puro hielo en ese momento, ordenándole acción.

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