EL AMANECER DE ANNA

Falta poco menos de una hora para que amanezca, para que el día comience y todo acabe. Aquí sentada, cierro los ojos para sentir la brisa del aire de la madrugada, de esta madrugada de primavera, que todo lo perfuma con su aroma a vida, no sólo por los árboles que vuelven a vestir sus ramas de verde y a preñar con su polen el aire, o por las flores que seguro lucen su belleza en la oscuridad del triste jardín que me rodea, la pulsión de esa necesidad de apareamiento de todo bicho viviente, animal o humano, que inunda esta ciudad, se nota en el ambiente, y precisamente esa sensación, la misma que hace un tiempo llenaba mis ajadas venas con su fuego, hoy las convierte en hiel. 

Mientras comienzo a distinguir cómo el cielo estrellado cambia de luz lentamente, permito que mi memoria vuele a la noche en la que nací, aquel 24 de junio de 1940, entonces tenía tan solo dieciséis años. Hacía unas semanas que París estaba ocupada por los nazis. Yo había perdido a toda mi familia en los bombardeos del tres de junio y mi padre hacía meses que había desaparecido en combate.

Aquella noche, la noche en la que nací, yo servía copas en un tugurio de Montmartre, y no me avergüenza reconocer que no era alcohol lo único que ofrecía de mesa en mesa para sobrevivir. El tendido eléctrico de la zona fallaba desde la ocupación, y el local estaba más oscuro que de costumbre. A pesar de ello podía notar cómo uno de los clientes no me quitaba ojo, sentado en la penumbra de la mesa más oculta del local, alumbrado por la luz de las velas, no era la primera vez que venía. Debía tener unos treinta años. Llamaba la atención con su traje gris impoluto y sombrero de ala a juego, que aquella noche, como en las anteriores, había colocado sobre la mesa, su pelo oscuro cortado a navaja, zapatos brillantes, y esos ojos grises, esos ojos capaces de atravesar mi cuerpo por completo con cada mirada. Por su aspecto no pintaba nada en un sitio como aquel, pero en aquellos días, en aquel lugar, cualquiera era bienvenido si tenía los bolsillos llenos, y él los tenía. 

Aquella noche, el dueño del local me pidió que llevase una botella de coñac y dos copas a su mesa, el misterioso individuo había pedido que yo le sirviera. A media botella, como era de esperar, subimos a uno de los cuartuchos para estar a solas. Allí me hizo el amor de un modo desesperado y salvaje, sus ojos penetrantes me mantuvieron encendida en todo momento, sus caricias ardientes me hicieron disfrutar por primera vez desde que comencé a malvivir entre aquellas paredes. Al acabar, recostada sobre su pecho, me di cuenta de que algo no iba bien, no sentía los latidos de su corazón, mientras que el mío latía acelerado. Su piel comenzó a perder temperatura hasta tener un tacto frío, casi helado. Me incorporé confundida. Entonces, en un movimiento rápido tapó mi boca con su mano, volvió a tumbarme sobre la cama inmovilizando mi cuerpo por completo con el peso del suyo, y acercó su rostro al mío. Con una sonrisa aterradora de dientes afilados, giró mi cabeza y clavó sus colmillos en mi cuello. Sentí la sangre abandonar mis venas poco a poco, y con ella mi vida, que se sumía en la más absoluta oscuridad, pero entonces, cuando estaba a punto de dejarme ir para siempre, él paró. Se limpió la boca con el envés de su mano, clavó sus ojos grises en los míos y susurró: «Pequeña y dulce Annette, estoy cansado de tanta soledad. Esta noche vendrás conmigo al mundo de los no muertos». Antes de que pudiera darme cuenta, había mordido su propia muñeca, y dejaba que el líquido oscuro y pegajoso que brotaba de la herida, cayera sobre mi boca entreabierta, en un estado de semiinconsciencia que duró muy poco. Un ardor terrible comenzó a correr por mis venas casi vacías, como si me hubieran inyectado fuego, unos gritos desgarradores llegaban hasta mis oídos, aún tardé en darme cuenta de que eran los míos propios, mi corazón comenzó a bombear cada vez más y más rápido, hasta que de repente frenó y con él por un segundo mi respiración. Observaba a mi verdugo con los ojos desencajados e invadidos por el terror, sentía que no conseguía hacer entrar ni una pizca de aire en mis pulmones, él con la boca aún ensangrentada, pero con su aspecto humano totalmente recobrado, besó mi frente.

—Respira mi amor, respira… Respira tu nueva vida, respira tu inmortalidad—susurró con la voz más bella que había oído en toda mi vida.

Entonces, cerré mis ojos, abrí mis labios y respiré. Ya no había dolor, ya no había miedo en mi interior, una fuerza sobrehumana me invadió al instante, por primera vez en años volví a sentirme viva, a pesar de que en ese mismo instante, ya estaba muerta. Aquella noche de junio, dejé de ser Annette para convertirme en Anna, y mis ojos dejaron de ser oscuros para convertirse en grises como los suyos, como los de Pier. 

Dos décadas estuve a su lado, aprendiendo todo lo necesario, no sólo sobre mi nueva vida, me instruyó en arte, ciencia, cultura y finanzas. Viajamos por todo el mundo, divirtiéndonos entre las sombras, disfrutando de noches de sexo y sangre con mujeres y hombres, al principio juntos, luego en solitario, hasta que decidió darme el regalo de mi libertad, la posibilidad de decidir mi propio destino. Nunca imaginé que sería precisamente eso, el destino, quien me llevaría hasta ella.

Fue aquella bella noche de agosto, en el Londres de 1970. Yo llegué al Wembley Arena en pleno concierto, sedienta de sangre joven, ¿qué mejor sitio para aplacar mi sed que aquel lugar lleno de chicos y chicas locos por disfrutar del alcohol, de la música y del sexo? Vi un grupo de poco más de veinte años. Aunque yo mantenía mi aspecto juvenil, arrastraba ya tanta vida a mis espaldas que aparentaba algo más de dieciséis. Comencé a acercarme tratando de decidir con cuál de ellos jugaría esa noche antes de mi cena, hasta que la ví. Su melena rubia con mechones rosas, verdes y azules, su figura de bailarina embutida en su chaqueta de cuero y esos ojos azules que me electrizaron. Su nombre, Lía. Bailamos, bebimos y cantamos a gritos toda la noche, hasta que en los primeros acordes de la canción más lenta, contoneándonos abrazadas al ritmo del bajo, la besé, y con sus labios sentí miles de mariposas en mi interior yermo, algo hermoso me envolvió. Esa misma noche, en la cama de su apartamento, después de varias rondas de sexo y aún más alcohol, cuando estaba a punto de hundir mi boca en su cuello, algo me frenó. No pude sumergirla en el mundo de tinieblas en el que yo llevaba treinta años hundida, en lugar de eso tomé la firme decisión de disfrutar la vida, su vida, aunque para ello no pudiera volver a su cama.

A pesar de que nunca más volvimos a estar juntas, no volví a sentirme sola. Noche tras noche, en la distancia, protegí cada uno de sus pasos. Mantuve a los universitarios peligrosos lejos de ella durante el tiempo que necesitó vivir en aquel campus para convertirse en abogada. Lloré con lágrimas de sangre el día que la ví vestida de blanco en su noche de bodas, besé la frente de cada uno de sus hijos y los protegí también a ellos durante su vida de cachorros, la consolé en la oscuridad de sus sueños años más tarde cuando el último abandonó el nido, dormí junto a ella la primera noche que pasó sola tras la muerte de su pareja. A través de su vida viví la alegría y el llanto, el amor y los celos, las luces y las sombras de la vida humana que perdí aquella noche en París. La he acompañado en su enfermedad, velando su sueño desde las sombras de la noche en aquel frío hospital, sin que ella pudiera saberlo. No he dejado de cuidarla nunca, desde hace más cincuenta y cuatro años, he estado a su lado todas y cada una de las noches de su vida, y aquí sigo dos noches después de que su corazón dejase de latir por el maldito cáncer.

Aquí estoy, sentada junto a su tumba, la más bella entre todas las demás, la que más brilla en este jardín de muerte, cuando el día está a punto de ganar la batalla a la noche, vencida por el dolor, por el dolor y el cansancio de una eternidad vacía y solitaria que ya no quiero vivir más. 

Los primeros rayos del sol comienzan a bañar el cielo limpio de la mañana, su luz rosada avanza poco a poco. Acaricio con mi mano el nombre de Lía tallado en el frío mármol de su lápida. Me pongo en pie y sin cerrar los ojos, dejo que la luz bañe por primera vez en ochenta y cuatro años mi cuerpo congelado en los dieciséis, que la luz del sol me convierta por fin en cenizas, con la imagen de Lía en mi mente, desnuda junto a mí en la cama de aquel apartamento de Londres, después de amarla, después de amarnos.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

10 opiniones en “EL AMANECER DE ANNA”

  1. La vida de una vampiro enamorada. ¡Qué bonito! Me ha encantado eso de velar cada paso que da el amor, aún sedienta de sangre como estaría. La diferencia de querer o amar creo que la retratas bastante bien. Enhorabuena y gracias 🙂 Lucía. Un placer, como siempre, leerte.

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