LA FLOR DEL ALQUIMISTA

Jucef Bonhiac se ganaba la vida de modo oficial como el mejor tejedor de velos en todo el Call, la Judería de Barcelona. Su fama era bien conocida la ciudad, incluso las damas cristianas más pudientes acudían con sus criadas a por velos para engalanar sus vestidos, pero no eran sólo velos lo que estas damas buscaban, en ocasiones acudían a la casa de Jucef en busca de algo más, y no eran las únicas. Jucef tejía velos bellísimos y delicados sí, pero en el sótano de su local preparaba conjuros, ungüentos y pócimas de todo tipo para cristianos y judíos, unos para conseguir a la persona amada, otros para alejar la mala suerte, algunos para provocar digamos que una molesta digestión al vecino que no quería vender sus tierras. Jucef era alquimista, un alquimista que no dudaba en jugar con la oscuridad si la bolsa del cliente que pedía el remedio venía bien colmada de dineros de plata.

Aquella mañana de primavera de 1348, el trino de los primeros pájaros que gorjeaban en los árboles de los patios de las casas de alrededor junto con la brillante luz del sol, se colaban por el pequeño ventanuco de la recia puerta de madera de la tienda de Jucef. El crepitar del fuego recién encendido de la chimenea que usaba para calentar la estancia, iluminada además por varias lámparas de aceite, acompañaba el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera. No eran más de las ocho de la mañana pero él ya estaba colocando con delicadeza los últimos velos que había tejido sobre la repisa de su pequeña tienda, tras el tosco mostrador de madera que su vecino Hasday, carpintero de profesión, construyó para él cuando decidió abrir el negocio. 

—Buenos días esposo. Esta mañana has abandonado nuestro lecho apenas ha cantado el gallo, sin darme siquiera un beso de buenos días.—La tierna voz de su amada Alitza anunció su llegada, acompañada por el aroma calmante de la infusión de bulbo de orquídeas y hojas de menta que tan amorosamente ella preparaba para el mal de estómago de su esposo, que desde hacía un par de días no le daba descanso alguno—. Toma la infusión antes de que se enfríe, anda.

Alitza se acercó a su esposo, con la taza de loza en la mano, que Jucef tomó agradecido entre las suyas, y juntos tomaron asiento en el banco más cercano al hogar del fuego, la humedad de las mañanas aún era bien notable en esa época del año, y los cuerpos agradecían la calidez de las llamas.

—Gracias esposa, no sé qué sería de mí sin tus cuidados—respondió él depositando un beso sobre los labios dulces y jugosos de la mujer—. No sé qué le ocurre a este estómago mío, ya sabes que las últimas veces que este malestar ha aparecido ha sido por algún mal augurio, eso es en realidad lo que no me deja descansar.

Jucef llevó la taza a su boca para dar un primer sorbo con los ojos perdidos en el baile de las llamas.

—No pienses eso esposo mío, yo sigo convencida de que he sido yo la culpable de tus males sazonando la adefina con demasiado clavo este pasado Shabat, a veces se me olvida que nuestros estómagos comienzan a envejecer tanto como el resto de nuestro cuerpo—respondió la mujer bajando la mirada.

Jucef volvió los ojos hacia ella y se detuvo embelesado en cada curva de su hermoso rostro, su cutis blanco y fino a pesar de sus ya cuarenta años, apenas surcado por alguna arruga, sus labios rosados y carnosos y sus ojos oscuros como la noche, de largas pestañas, bajo sus finas cejas que ya comenzaban a vestir alguna cana, así como su cabello oculto bajo el tichel de lino fino que él mismo tejió para ella, como siempre ha hecho desde que contrajeron matrimonio hacía ya veintisiete años.

—Mi amada Alitza, si alguien ha envejecido en este matrimonio sólo he sido yo, tú mantienes intacta la belleza de nuestra noche de bodas—susurró Jucef al oído de su esposa, decidido a volver a besar sus labios.

—Cuando yo me case quiero un marido como tú Ava—la voz cantarina y fresca de su hija Yaira interrumpió el gesto.

Jucef no pudo evitar sonreír algo azorado ante la presencia de la joven. Yaira era la luz de su vida, su única hija y la más hermosa de las jóvenes del Call. Había heredado la belleza serena de su madre, pero tenía sus mismos ojos, almendrados y grandes, los mismos que él heredó de su propia madre. Pero los de su hija Yaira eran mil veces más brillantes, como ascuas de fuego, que reflejaban la enorme vitalidad que su hija mostró siempre, desde el día en que nació. 

—Anda descarada, ven a dar un beso a tu viejo Ava antes de ir al mercado—contestó tendiendo la mano frente a él, mano que su hija corrió a tomar para dejar luego un tierno beso en su mejilla.

Ima, ¿puedo comprar unos buñuelos para esta tarde?—Preguntó la joven mesando su larga cabellera negra entre sus manos.

Alitza miró a Jucef por un segundo, quien asintió con la cabeza después de dar el último trago a su infusión.

—Está bien hija, pero no te olvides de las berenjenas y ven directa a casa, ya sabes que no me gusta que andes sola correteando por ahí, ya no eres una niña y hay demasiado truhan en el mercado.

Yaira regaló otro beso a su madre y asintió obediente antes de subir las escaleras que llevaban a la casa de la familia, en el piso superior, para bajar un segundo después con el canasto colgado del brazo y salir canturreando por la puerta trasera.

—Jucef, ya va siendo hora de buscar un esposo para nuestra Yaira, tiene trece años, y a esa edad tú y yo…

—Mujer, ya sabes lo que opino. Nuestro matrimonio, aunque acordado, salió bien. Pero aún recuerdo tus lágrimas cuando nuestros padres anunciaron nuestro compromiso—interrumpió Jucef—. Quiero que sea nuestra hija quien elija a su esposo…

—Pero Jucef…—protestó Alitza.

—No hay más que hablar, Yaira es nuestra joya más preciada, y sólo quiero su  felicidad. Tú y yo sabemos que ya ha puesto sus ojos en el hijo de Hasday, y es un joven que me agrada, hace ya dos años que trabaja con su padre en el taller como aprendiz, y tendrá un buen futuro, si ese es el hombre con el que se ha de casar, estaré feliz de propiciar el matrimonio.—Jucef afirmó rotundo levantándose del banco en el que continuaba sentado junto a su esposa para volver la mirada de nuevo hacia ella—. Y no temas, sé que no debemos demorar sus esponsales mucho tiempo más, tengo ojos en la cara y sé que nuestra hija llama la atención allá donde va, pero quiero que sea ella quien decida, si hay lágrimas el día en que anunciemos el compromiso, quiero que sean de alegría.

Alitza asintió sin decir nada más, se puso en pié y tomó la taza ya vacía de las manos de su esposo.

—Que así sea—sentenció con una sonrisa en los labios y desapareció escaleras arriba con los ojos de Jucef acompañando la elegante cadencia de sus pasos.

Jucef observó por un segundo su propia imagen reflejada en el espejo de cobre que colgaba sobre la chimenea, usado por sus clientas para probar sus delicados velos sobre sus cabezas antes de comprarlos. Su barba ya estaba salpicada de plata, y su frente cada vez más despejada, de hecho agradecía tener que llevar la kipá sobre su cabeza para que cubriera la incipiente calvicie de su coronilla. El bucle de los peyes que colgaban a ambos lados de su rostro ya no eran dibujados por los cabellos negros de su juventud. Cuando sus padres acordaron los esponsales entre Alitza y él, Jucef contaba ya con dieciocho años. Nunca se lo confesó a su esposa, pero fue él quien decidió esperar, decidió esperar a que su vecina Alitza tuviera la edad suficiente para poder hacerlo, su padre le otorgó el poder de decidir sobre su matrimonio, algo inaudito según las leyes que rigieron siempre en la comunidad judía, y él quería que su hija, aunque fuera mujer, tuviera el mismo privilegio, pero era cierto que no debía esperar mucho más para dar el paso, así que volvió a sus quehaceres con la idea en su cabeza de que aquella misma tarde sería un buen momento para hablar con Hasday y con su hijo, y saber si el joven sentía lo mismo que su pequeña sentía por él. Si la respuesta del joven era de su agrado, hablaría con Yaira durante la cena para animarla a cerrar el acuerdo.

Dos aldabonazos sacaron a Jucef de sus pensamientos y anunciaron la llegada del primer cliente de la mañana. Cuando abrió la puerta, un apuesto joven cristiano, cubierto con una capa granate de rico paño apareció al otro lado.

—Buenos días vuestra merced. Bienvenido a mi humilde local. Pase por favor, y déjeme mostrarle los velos más hermosos tejidos con hilo de oro, que seguro hará las delicias de su esposa—dijo Jucef de carrerilla como recibimiento.

El joven miró a izquierda y derecha antes de entrar. Jucef intuyó enseguida que no era un velo lo que aquel hombre había ido a buscar, así que cerró la puerta tras él y esperó paciente a que el desconocido, de mirada oscura y penetrante, comenzase a hablar.

—Tú eres Jucef, el alquimista, ¿no es cierto?—Inquirió nervioso.

—Así es, ¿quién lo pregunta?—Respondió Jucef.

—Eso no importa. Quiero un veneno, el más letal que tenga. No pienso dejar que pase un día más sin que…

—Espere vuestra merced. Bajemos mejor a la estancia donde preparo mis remedios. Abajo tendremos una mayor privacidad para que pueda explicar con detalle el objetivo de su encargo—interrumpió tan pronto como supo lo que aquel hombre que desprendía el fuego del odio en su mirada, había venido a buscar, para proteger los oídos de su Alitza, no quería que supiera que su esposo en ocasiones aceptaba encargos tan oscuros como el que ya sospechaba habían venido a reclamar.

Jucef tomó una de las lámparas de aceite y caminó delante del desconocido escaleras abajo, seguido por el crujir de los pasos de su oscuro cliente, hasta llegar al pequeño y frío sótano de piedra al que fue dando algo de luz, prendiendo con su lámpara un candelabro con varias velas que descansaba en la enorme mesa, repleta de frascos con hierbas, aceites con ojos de distintos animales que flotaban obscenos en él, plumas de aves, envases con líquidos de distinta textura y color, cajas con polvos de diferentes minerales, o insectos y demás utensilios para realizar su trabajo, su otro trabajo. Una vez la estancia estuvo iluminada, se giró hacia su cliente, y tomó aire antes de hablar.

—Sepa antes de nada, que acepto pocos trabajos de este tipo, y si lo aceptara, no sería barato—comenzó a hablar.

El joven, con un gesto de soberbia en su rostro, metió la mano bajo su capa y sacó una bolsa que hizo sonar con una sacudida, demostrando así que estaba bien colmada de monedas.

—Por eso no se preocupe viejo, en esta bolsa traigo cien dineros de plata, y si no fuera suficiente con esto, puedo traer otros cien más—respondió con un tono de desprecio en la voz con el que Jucef estaba más que familiarizado a fuerza de tratar con sus clientes  cristianos, a los que cobraba siempre el doble por sus trabajos como venganza por sus malas maneras.

—Veamos primero qué es lo que trae a mi casa a vuestra merced, y hablemos después del precio.

—Quiero un veneno mortal, uno que no pueda detectarse en modo alguno, y que sea fácil de administrar, tan fácil como efectivo y letal.—Comenzó a explicar el cristiano, con su rostro convertido en el del mismo demonio, al recibir sobre la blancura de su piel el reflejo de las velas y de la lámpara que los iluminaban, dejando aflorar en su expresión el oscuro sentimiento del odio que estaba emponzoñando su alma.

—Para poder decidir cómo y qué presentarle, necesito conocer a quién irá dirigido—respondió Jucef, concentrado en las palabras de aquel infeliz.

—Es para una mujer, nacida sin duda del mismísimo satán. Esa hembra se ha metido en mi cabeza, su belleza corre por mi sangre. Me ha hecho perder la cabeza por completo, me ha envenenado con sus encantos, para herirme de muerte después con su indiferencia. Parto al alba a Zaragoza, para unirme a las huestes de Su Majestad Don Pedro, si no acepta ser mía antes de marchar al frente, no será de nadie más—afirmó el joven casi en un bramido.

Jucef agachó la cabeza, pensando en la pobre infeliz que haya tenido la mala suerte de cruzarse en su camino. El encargo no le agradaba en absoluto, pero sabía que ante la magnitud de la petición que aquel cristiano desesperado había puesto sobre la mesa, podría conseguir al menos otros doscientos dineros más, una cantidad nada desdeñable con una boda por organizar pronto en su casa.

—De acuerdo. Este trabajo supondrá al menos trescientos dineros en total y estará listo en una hora. Aceptaré esta bolsa como adelanto. Vaya vuestra merced a por el resto mientras preparo lo que me ha pedido, pero sepa que esta es la primera y la última vez que haré algo semejante para vuecencia, cuando recoja su encargo y me pague lo que debe, no quiero volver a verle en mi casa—aseveró Jucef con firmeza.

El cristiano desconocido arrojó la bolsa sobre la mesa con furia, miró de arriba a abajo al alquimista y después de resoplar como un buey por su nariz en señal de desprecio, abrió la boca para decir:

—Así será, descuida judío.

Jucef observó cómo el cristiano subía los escalones que había bajado minutos antes con él, y esperó de pie junto a la mesa de trabajo hasta escuchar el golpe de la puerta del local al cerrarse. No se sentía orgulloso de tener que preparar algo así. Era la primera vez que aceptaba un encargo de consecuencias tan graves, y no le gustaba, no le gustaba que su alquimia fuera dirigida de un modo tan oscuro hacia una mujer. Revisó uno por uno sus botes, hasta que pareció tener la idea perfecta. Si una dama debía morir a causa de su veneno, crearía algo indoloro y eficaz, escondido en la belleza de la rosa más hermosa del jardín de su esposa. 

Después de preparar un destilado de corteza de tejo de una concentración mortal, subió al jardín que Alitza cuidaba con tanto esmero, de él tomó la rosa roja más bella, del rojo más brillante. La cortó con delicadeza, y bajó con ella al taller para verter en el interior de sus pétalos el líquido funesto, justo a tiempo de recibir de nuevo al cristiano, quien regresó al taller como establecido.

—Aquí tienes lo pactado, judío—dijo con su tono altivo tan pronto como puso un pie en el sótano, lanzando de nuevo la bolsa sobre la mesa.

Jucef, tomó la rosa que esperaba en una jarra, con su belleza intacta, como recién cortada, por el arte de su alquimia, y la tendió al cristiano quién la observó  incrédulo.

—Aquí tiene vuestra merced. Tome esta flor y asegúrese de mantenerla alejada de su rostro, la belleza de sus pétalos esconde un veneno rápido y mortal bajo el perfume de su fragancia—explicó con ella sujeta en su mano—. Tan pronto como la dama la lleve a su nariz, caerá muerta de inmediato, antes de que pueda pestañear siquiera.

Cuando Jucef observó la expresión de insana satisfacción en la cara del desconocido al tomar la rosa de su mano, respiró hondo y tragó saliva intentando devolver la humedad a su boca, seca por la tensión del momento. Deseó por un instante no haber abierto la puerta a aquel maldito cristiano, pero luego se obligó a recordar los trescientos dineros de plata, dineros con un origen cruel que él convertiría en dichoso al destinarlos en preparar la boda más hermosa para su única hija.

El joven partió de inmediato escaleras arriba, sin decir ni media palabra, sin despedirse de Jucef, quien en realidad agradeció el gesto. El hombre se acercó a la estantería de su sótano, y tomó de ella una pequeña botella de cristal, necesitaba un trago del orujo de anís que él mismo destilaba en sus alambiques de cobre para enviar con él al fondo de su garganta, la horrible sensación que habían dejado en ella sus últimas palabras de promesa mortal. Con los ojos encogidos por el fuego del alcohol en su recorrido hasta sus entrañas, decidió hablar sin más demora con Hasday, necesitaba llenar su cabeza con pensamientos felices y buenos augurios para olvidar al cristiano y su funesto encargo cuanto antes, así que subió a la casa para lavar con fruición sus manos, avisar a su amada Alitza de su salida, y salir al encuentro de su vecino, al que ya escuchaba desde la calle trabajando en su taller con la sierra de calar.

Shalom aleijem, vecino—saludó cordialmente Jucef alzando un poco la voz desde la puerta del taller de Hasday, para que éste y su hijo Aarón pudieran escuchar sus palabras.

Aleijem shalom, Jucef—respondió Hasday dejando a un lado la sierra con la que estaba cortando un tablón que su hijo le ayudaba a sujetar—. ¿Qué tal te encuentras hoy, amigo?

—Pues a decir verdad, ando algo revuelto desde hace unos días…

—No es de extrañar, todos andamos preocupados por los rumores de la enfermedad que han traído esos genoveses al puerto de Barcelona, al parecer han caído ya varias decenas de cristianos—interrumpió Hasday.

—¿Enfermedad dices?—Preguntó extrañado Jucef.

—Sí, la llaman la peste negra por esos bultos negros y malolientes que salen por todo el cuerpo…—puntualizó Aaron.

Jucef se llevó instintivamente la mano a su estómago, que había empezado a doler con insistencia esta vez, aquella desgracia debía ser lo que su malestar andaba anunciando. 

—Si eso es verdad, amigo Hasday, debemos ser precavidos y mantener nuestras manos y rostros limpios, más que nunca. Estas enfermedades viajan con la suciedad, las pulgas y las ratas, no me extraña que los cristianos, que ven el agua una vez al mes, y esconden sus hedores entre perfumes, sean los primeros en perecer—afirmó Jucef con dureza, sin poder impedir que la imagen del joven cristiano con el que había cerrado tan oscuro negocio momentos antes volviera a su memoria, así como sus nobles y agrios efluvios.

Hasday y Aarón asintieron con seriedad ante las sabias palabras de su vecino.

—Pero dime Jucef, ¿qué te ha traído a nuestra casa tan temprano? ¿Acaso necesitas alguna repisa nueva para tu tienda?—preguntó el carpintero.

—Nada de eso Hasday, me gustaría hablar contigo y con tu hijo Aarón, me gustaría hablar con él sobre mi hija Yaira—soltó Jucef complacido al observar el brillo en los ojos ambarinos del joven, tan pronto escuchó el nombre de su hija.

Aarón era un joven alto, de brazos y espaldas curtidas por el trabajo en el taller junto a su padre, lucía la kipá sobre una cascada de rizos cobrizos, que cubrían sus orejas. Su rostro comenzaba a mostrar su virilidad, pero la juventud de sus dieciséis años aún le daba el aspecto de niño grande, de un niño que había atrapado el corazón de su Yaiza. Hasday miró a su hijo, quien había desviado la mirada a sus pies, tratando de ocultar el rubor de sus mejillas, y no pudo evitar dejar escapar una carcajada ronca y sonora tras golpear la fuerte espalda de su primogénito con su enorme mano.

—Vamos hijo, dile ahora lo que nos has dicho a tu madre y a mí hasta la saciedad…—animó el carpintero a Aarón.

Tras unos segundos de silencio, Jucef dió un par de pasos hasta el joven, conmovido por la timidez que le recordó la suya propia, cuando habló con su amado padre de sus sentimientos hacia su Alitza. 

—Te escucho Aarón, no temas, dime lo que siente tu corazón—dijo con su mano protectora sobre el hombro del joven.

Aarón por fin, subió la mirada para encontrarse con los ojos oscuros y cálidos de Jucef, quien supo que estaba dispuesto a confesar cuando le vio tomar aire y erguir su espalda con orgullo.

—Yo Aaron, hijo de Hasday, amo profundamente a Yaira y sería para mí un honor que me concedieras su mano—soltó de carrerilla con la mirada perdida en el horizonte, incapaz de dirigirla a quien podría ser en breve su suegro.

Jucef, sintió cómo sus ojos se humedecieron por el júbilo que llenó su corazón al saber que su hija, su amada hija, viviría un matrimonio feliz, tanto como el suyo propio. Con la sonrisa más cálida que pudo mostrar, puso su otra mano en otro hombro del joven obligándolo a devolverle la mirada con una ligera sacudida.

—Sea, pues. La mano de mi hija será tuya, pero sólo si ella está de acuerdo—afirmó el alquimista lleno de júbilo—. Hablaré con ella esta misma mañana cuando regrese del mercado.

—¿Del mercado dices?—Preguntó Hasday con un gesto de preocupación en su rostro—. No deberías dejarla ir al mercado tal y como está la cosa con esta maldita enfermedad, no es prudente.

Jucef sintió un pinchazo en su estómago que estuvo a punto de hacerle doblar la cintura, su vecino tenía razón. 

—Dices la verdad Hasday, será mejor que me acerque a la plaza y me asegure de que se lave bien en casa, así como todo lo que haya comprado—sentenció Jucef antes de despedirse de su vecino con un abrazo de hermano, y la alegría en sus ojos por la promesa cerrada entre ellos.

El mercado del Call era uno de los más concurridos de Barcelona, ya que en él se vendían verduras frescas, la mejor de las carnes, todas de animales sacrificados según indicaba el Torah. También eran famosos sus dulces y sus panes, sus sedas y sus joyas de plata, tanto que entre sus puestos se reunían cristianos y judíos. Hasday tenía razón en que su hija no debería acudir más sola a la plaza, no al menos mientras esta enfermedad corriera por las calles de la ciudad. En eso andaban sus pensamientos cuando Jucef pudo ver un revuelo de personas murmurando en un corrillo a tan solo unos pasos de él a la entrada del mercado, una mujer levantó la mirada al verle llegar y ocultó su rostro entre las manos, en un gesto de dolor. Jucef volvió a sentir su estómago retorciéndose en su interior. Algo malo estaba pasando allí, tenía que encontrar a su hija y llevarla de vuelta a casa cuanto antes. 

Tan pronto como estuvo más cerca del tumulto, las murmuraciones fueron convirtiéndose en silencio en su presencia, y poco a poco, el círculo formado por el gentío fue abriéndose para darle paso, bajando la cabeza ante él, en un gesto que no supo muy bien cómo interpretar. Su estómago dolía más que nunca en el centro de su vientre de un modo que apenas le dejaba respirar. Un último paso le permitió ver en medio de aquel corro humano un canasto caído y un revoltillo de berenjenas y buñuelos esparcidos en el suelo empedrado a su alrededor, y junto a él una rosa roja, la rosa que él mismo había tenido entre en sus manos apenas unas horas antes y junto a ella, en una visión que partió de inmediato su alma en dos, encontró el cuerpo inerte de su hija, de su Yaira. Un alarido ensordecedor salió entonces de la garganta de Jucef, un rugido de dolor que partió aquella mañana de primavera en dos.

—Ha sido él Jucef, ha sido el maldito cristiano que llevaba revoloteando alrededor de tu Yaira desde hacía varias semanas—dijo la pastelera, con el rostro surcado por lágrimas de dolor, conocía a la pequeña prácticamente desde que nació, desde su primera visita al mercado en los brazos de Alitza—. Tu hija le rechazó la semana pasada, confesó que estaba enamorada de otro hombre, y ese bastardo hoy… Hoy se ha presentado con una rosa como despedida, antes de partir al frente… No sé qué clase de brujería ha sido esa, pero tan pronto como Yaira quiso aspirar la fragancia ella…

La mujer no pudo continuar, unió su llanto al de Jucef, quién mecía a su hija en su regazo, en un llanto silencioso. El hombre no escuchó nada de lo que la pandera decía, nadie escuchó nada más, salvo el grito desgarrado de Alitza quien había acudido en busca de su hija al ver que tardaba más de lo habitual en regresar. Jucef quiso morir en ese instante, morir junto a su hija, junto a su mujer, que lloraba desconsolada arrodillada frente a ellos, al comprender que habían sido sus propias manos las que habían acabado con la vida de su amada hija, un peso infame que recaería sobre su alma para toda la eternidad.

Jucef besó a su esposa en la frente, tomó después en brazos a Yaira y salió con ella a pie de la ciudad de Barcelona, mientras gritaba enloquecido:

—¡Maldita sea mi casa, mi casa y cualquier persona que ose poner un pie en ella desde este preciso momento, cualquiera que se atreva a mancillar con su presencia la morada donde nació mi hija, mi amor, mi Yaira! 

La multitud enmudeció al observar cómo Alitza tomaba la rosa en su mano y caminaba con ella arrastrando los pies tras los pasos de su esposo Jucef, quien gritaba su dolor preso de la más dolorosa de las locuras.

La casa del alquimista quedó vacía esa misma mañana, y nadie pudo habitarla nunca más. Todo aquel que lo intentó, se vio obligado a abandonarla, acosado por una sombra que gritaba de un modo aterrador con lo que parecía ser una flor en la mano, con la flor del alquimista.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “LA FLOR DEL ALQUIMISTA”

  1. Me encantaaaaa, siempre me ha gustado este tipo de historias y está la has narrado increíblemente. Algún día tengo que contarte algunas de las leyendas que me contaba mi madre de su ciudad, Toledo, una gran fuente de misterios y leyendas.

  2. Amargos tiempos los que les tocó vivir a estas personas por el solo hecho de pertenecer a otra religión y a otras costumbres. Sus conocimientos eran muy extensos pero ciertamente el que juega con fuego acaba quemándose porque nunca debió acceder a un encargo así. Solo la necesidad y por qué no, también la repudia al trato que los cristianos les proporcionaban, cegó a este hombre a cumplir con ese encargo mortal. Un pueblo sometido a través de los siglos. Magnífico relato como cabía esperar, muy bien documentado

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