EL ANIVERSARIO

Claudia observa satisfecha su imagen en el espejo. Nunca ha sido la más guapa, ni la más delgada, pero siempre ha sabido combinar bien las prendas, y hacer que un modelo de menos de treinta euros luzca mejor que uno de trescientos. Hoy no es precisamente una ganga lo que lleva, el modelo de hoy es un Armani, ni más ni menos que un Armani. La cena de su vigésimo aniversario no merecía menos. 

El vestido que ha estado reservando especialmente para esta noche, y que compró hace unos meses en aquella cadena de outlets a las afueras de la ciudad, le sienta como un guante. Gira sobre sí misma despacio, recorriendo sus curvas con la mirada, se ajusta a la perfección a todas y cada una de ellas, nunca antes había sentido una tela como esa, tan suave, ligera y pesada a la vez, acariciando su piel de un modo casi orgásmico. Posa las manos en sus caderas, y alza la barbilla con un gesto que viste de inmediato su rostro sereno de seguridad, por primera vez en mucho tiempo. 

—A pesar de todo, para rondar la cincuentena, no estás nada mal—susurra a su reflejo después de repasar sus labios con un carmín rojo intenso, el tono que mejor queda con su piel pálida y el negro de su vestido, luego rocía un poco de Pure Poison de Dior tras sus elegantes orejas, de las que ha colgado los sencillos pendientes de diamantes, aquellos que David le regaló poco después de su primer aniversario, no los había vuelto a usar desde entonces.

Recoge un poco el largo de la falda de su vestido para evitar pisar el bajo, y da un par de pasos para subirse con delicadeza a los soberbios stilettos negros que esperan junto al espejo. Los observa así, con el bajo algo alzado, recordando el momento en el que los vio antes de salir de la tienda, con su finísimo tacón de aguja plateado. Nunca había visto unos zapatos así, fue como si los hubieran fabricado expresamente para ella, y claro, no pudo dejarlos atrás. Y ahí los tiene, luciendo en sus pies para ella. Dobla su rodilla derecha para admirar la forma tan bella que dan a sus gemelos, recuerda cómo dudó por un instante ante los diez centímetros de altura, su espalda ya no aguanta los tacones como cuando era más joven, pero esa noche todo debía ser perfecto, y esos zapatos eran la guinda del pastel, se moría por ver la cara de su marido cuando los viera.

Camina hacia la puerta de su habitación con su móvil en la mano, y se detiene un par de segundos con la otra en el pomo. Necesita tomar aire, no puede ocultar que está nerviosa, casi tanto como lo estuvo en su primera cita, aunque la situación actual, veintidós años después, veinte de los cuales como marido y mujer, es totalmente distinta. Por un segundo, todos y cada uno de aquellos años, todos y cada uno de los aniversarios anteriores, pasan por su mente, provocando ese picor en sus ojos que precede al lagrimeo que no se puede permitir, no puede arruinar el maquillaje que tanto le ha costado perfeccionar, esa noche, la noche de su vigésimo aniversario de boda, todo debe estar perfecto, todo debe salir como lo ha planeado. Vuelve a tomar aire, y desbloquea la pantalla para pulsar el play con su pulgar sobre la canción “Both Sides Now” de Joni Mitchell, con la reproducción en modo bucle lanzada al altavoz de sobremesa abajo, sobre la repisa de la chimenea. Ha tenido esa canción en su cabeza desde que la escuchó en aquella película navideña, conmovida por sus acordes, conmovida por la imagen en pantalla, supo de inmediato que esa canción debía sonar cuando llegase el aniversario perfecto, el que marcase la cifra perfecta, el de hoy.

Abre la puerta y se recrea por un momento en la luz cálida que sube hasta ella por las escaleras de su maravillosa casa de dos plantas desde el salón, donde su marido, seguro ya la espera. Cierra los ojos y deja que los acordes de cuerda de la introducción de la melodía acaricien sus oídos y penetren en su alma hasta erizar su piel, para después comenzar a bajar escalón tras escalón con los latidos de su corazón sincronizados con la voz rota y rasgada de Joni Mitchell, le parece imposible sentirse así por fin veinte años después.

Cuando llega al final de la escalera, siente un nudo en la boca del estómago ante la silueta de su marido, con su espalda ancha y musculosa recortada contra la luz de las velas y la chimenea del salón, que crepita con fuerza por el fuego que ella misma ha alimentado con grandes leños antes de subir a cambiarse, para crear la atmósfera perfecta. Llega hasta ella el sonido de unos hielos al girar en un vaso que no puede ver desde su posición, pero que sabe su marido debe tener en la mano, y seguramente ya ha debido llenar un par de veces con el magnífico whisky escocés de veinte años, decantado en la licorera de cristal labrado de más de cien años de antigüedad, perteneciente a la abuela de su esposo, tal y como a él siempre le ha gustado. Sus tacones anuncian su llegada al dar el primer paso sobre el suelo de madera, lo que provoca que él se gire para recibirla, y lo hace con una expresión en sus ojos que no deja lugar a dudas.

—¡Joder nena! Pensaba que íbamos a cenar en casa—exclama Daniel con los ojos abiertos y una sonrisa del todo reveladora—. ¿No crees que te has pasado un poco?

Claudia traga saliva y sonríe con toda la seguridad de la que es capaz, con el rumor de las notas de su canción envolviéndolos a ambos, y gira sobre sí misma con detenimiento para que él pueda observarla bien antes de contestar.

—¿Tú crees?—pregunta a modo de respuesta—. Es que esta noche es especial, cariño. Veinte años ya desde nuestra boda, veinte años. Quería que esta noche fuera inolvidable.

Daniel apura de un trago los casi dos dedos de whisky que en efecto aún tenía en el vaso, y se acerca despacio hacia ella para empezar a caminar a su alrededor sin decir nada, como un lobo rodeando a su presa, mientras Claudia lucha por evitar que él lo huela, que huela el miedo en sus ojos, todo un reto cuando Daniel se para justo frente a ella, con su nariz casi rozando la suya, y sus ojos tan negros como su corazón, clavados en los suyos. Casi no se atreve ni a respirar, sólo puede apretar su mano alrededor del móvil que aún no ha soltado, y cerrar la otra en un puño con tanta ansiedad, que nota cómo casi llega a clavarse sus propias uñas.

—Humm… Desde luego que va a ser inolvidable, querida—murmura él entre dientes, con un tono que suena más a amenaza que a promesa, para pegar su cara ya del todo a la suya y tomar sus labios en un beso de todo menos romántico, con ese aliento etílico que le provoca náuseas.

—Vaya, vaya… Menuda mesa has preparado aquí—suelta su marido justo después de separarse, para caminar hacia la mesa del comedor, que ella ha vestido con el mantel de hilo reservado sólo para las fechas especiales, un maravilloso centro de flores, y la vajilla y la cristalería de gala, también regalo de su santa suegra—. Te ha debido llevar mucho tiempo poner todo así de bonito, ¿no amor?

Claudia se fuerza a sonreír, como otras tantas veces, y tras controlar el temblor que ya comenzaba a sentir en sus piernas, da un paso hacia él.

—Bueno… sabes que me gusta cuidar los detalles—indica Claudia a una distancia prudencial.

—Servicio para dos…—gruñe Daniel mientras desliza sus asquerosos dedos por el filo de la mesa y camina hacia la cabecera, su lugar, para apoyarse en el respaldo de su silla—. Es una pena que no hayas sido capaz de darme ni un sólo hijo, ni siquiera has servido para eso…

De todas las acusaciones posibles, esa es la que más daño siempre le ha hecho, y justo la que esperaba, como cada año, con la diferencia de que esta vez no tiene intención alguna de agachar la cabeza y guardar silencio.

—Todo habría sido diferente si para celebrar nuestro primer aniversario no hubieras acribillado a patadas al feto que llevaba en mi vientre, todo sería distinto si tu saña no hubiera destrozado mi útero por completo—Claudia pronuncia cada palabra con determinación, mostrando una fuerza que sabe que él no espera, escondiendo el profundo dolor que le trae aquel recuerdo.

Un segundo de silencio flota en el aire, la voz de Joni Mitchell es lo único que se escucha junto al crepitar del fuego. Claudia se prepara para lo peor cuando observa la figura de Daniel rígida mirándola fijamente.

—Lo sabía… Sabía que hoy ibas a venir con ganas de gresca—comienza a decir él entre dientes—. Lo he sabido desde el momento en que te he visto con ese vestido de furcia y los diamantes, los que te regalé en el hospital, cuando te dieron el alta. Lo he sabido porque después de quitártelos al llegar a casa aquella noche, nunca más te los has vuelto a poner, nunca hasta hoy.

Claudia siente cómo sus ojos arden, no sabe si por el odio acumulado, por el miedo que se esfuma a través de ellos veinte años después, o por las lágrimas que están a punto de caer. Respira hondo, lanza su móvil al sofá y da un paso más hacia él.

—Veinte años Daniel, veinte años… Hoy nuestro hijo podría estar sentado en esta mesa.

Daniel tira con furia del mantel provocando el desastre, llenando el salón con el estruendo ensordecedor de cristales y platos rotos ante una Claudia aparentemente serena.

—Calla, zorra… Cállate de una vez. Ya sabes que todo fue culpa tuya…—suelta Daniel alzando un poco más la voz con cada palabra, acercándose a ella paso a paso—. Te lo ganaste tú a conciencia, si no te hubieras dedicado a sonreír a aquel camarero, con ese vestido corto, y la cara pintarrajeada como una cualquiera, tú una mujer embarazada, coqueteando como una golfa… ¿Qué esperabas? Qué esperabas que hiciera yo cuando volvimos a casa, ¿eh? ¡¿Aplaudirte?!—grita como un energúmeno a menos de un centímetro de su cara, con una expresión extraña, amenazante y sorprendida a la vez, al verla ahí frente a él sin moverse, sin gritar muerta de miedo como siempre ha hecho, sin llorar rogando clemencia y perdón para evitar el inminente primer golpe.

Claudia mantiene la postura erguida, con una lágrima silenciosa deslizándose por la mejilla, sabe que tiene que hacer saltar la chispa que prenda definitivamente la mecha, y aunque intenta evitarlo, tiene miedo. Por fin inspira y clava su mirada en la negrura de la de su esposo.

—Los dos sabemos que yo no hice nada, no tengo la culpa de tu sentimiento de inferioridad, de que te acabes sintiendo un mierda allá donde vas, aunque bien pensado, ¿sabes qué? No estás tan equivocado, te has dedicado a demostrar año tras año que eso es lo que eres, un mierda—dice al fin de carrerilla y con rotundidad, dejando salir toda la una rabia contenida.

Daniel salta sobre ella con las manos alrededor de su cuello con un rugido que podría helar la sangre a cualquiera, para hacerla caer sobre la mesa.

—Cállate, zorra, ¡cállate, cállate, cállate!—brama apretando cada vez más las manos.

Claudia, estira su mano derecha y alza el mismo pie con esfuerzo, casi no puede respirar, incluso siente algo crujir en su garganta, tiene que ser rápida, estira los dedos un poco más hasta alcanzar el zapato, y levantarlo con rapidez para dejarlo caer con todas sus fuerzas hasta clavar el fino tacón de aguja en la nuca de su marido. Daniel sólo puede lanzar un gemido, luego la observa paralizado, con una mirada de pánico en los ojos que demuestra que sabe que ha llegado el final. Claudia siente que sus manos se aflojan y el aire vuelve a entrar en sus pulmones en una bocanada extrema, mientras observa cómo él cae desplomado en el suelo. Con Daniel a sus pies, sus piernas fallan por un momento, y se agarra a la mesa entre toses para no caer, sumida por un segundo, ahora sí, en un llanto desesperado. Luego camina hacia el sofá cojeando, por su pie derecho aún descalzo, con el ruido de sirenas cada vez más cercanas de fondo. Toma el móvil que había lanzado, con el 112 en pantalla, y sube el volumen para escuchar la voz al otro lado que dice:

—Señora, señora, tranquila señora, ya hemos enviado ayuda. Señora, por favor… ¿Está bien?…

—Mi marido, yo… No sabía cómo… Yo sólo…—gime Claudia entre lágrimas.

—Tranquila, la policía está a punto de llegar, por favor no me cuelgue, también hemos enviado un SAMUR, dígame por favor, ¿está herida? 

Claudia se deja caer en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, envuelta en lágrimas, lágrimas que ya no son de miedo, y con un hilo de voz, comienza a hablar con el operador de emergencias, el mismo al que ha dejado escuchando todo, con el volumen al mínimo para que Daniel no pudiera descubrirlo, después de marcar el 112 al bajar de la escalera, consiguiendo así el testigo que va a garantizarle la libertad por legítima defensa mientras los acordes de “Both Sides Now” vuelven a sonar de fondo una vez más.

logo 300

¡Deja tu email si quieres recibir un aviso cuando esté listo mi nuevo post!

¡No soy spam, palabra!

Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

6 opiniones en “EL ANIVERSARIO”

  1. Eres la reina de la intriga! Tus relatos cada vez, crecen más y mejor hasta llegar a la excelencia. La puesta en escena, increíble y el desarrollo como siempre inesperado con un final muy bien tramado y más que merecido.
    Enhorabuena querida Lucía! Una vez máso has vuelto a lograr!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *