NOCHE DE REYES

Como cada año en los primeros días de enero desde que nació su primer hijo, en la casa de los Prieto se palpaba la ilusión. Pepa se afanaba en preparar el chocolate de la merienda a fuego lento en la cocina. Su pequeño Jaime se había levantado aquella mañana con décimas de fiebre, provocadas por un catarro tonto, y con una temperatura exterior de menos cinco grados, lo más sensato era ver la cabalgata de la capital en la televisión, refugiados bajo la manta en el sofá frente a la chimenea, en lugar de esperar junto al resto de los niños y padres del pueblo en cualquiera de las calles de Villalpando, donde vivía la familia, y arriesgarse a que el enfriamiento del pequeño terminase por convertirse en algo más serio. Además, por primera vez en los últimos años, Pepa y Jaime estarían solos aquella tarde, su marido no iba a poder bajar de la fábrica metalúrgica en la que trabajaba, en las montañas de León, la nieve que había comenzado a caer a media mañana terminó por cubrir la carretera de bajada con un manto de más de veinte centímetros de espesor. Pepa no podía evitar que la tristeza se dibujase en su rostro al pensar que aquella iba a ser la primera Noche de Reyes en la que los tres estarían separados, además tampoco podía olvidar la mirada de decepción del pequeño después de explicarle la situación, justo antes de entrar en la cocina. 

Los pasitos de su hijo de cuatro años, que sonaban cada vez más cerca sobre la alfombra del pasillo, amortiguados por el pijama enterizo que cubría sus pequeños pies, sacaron momentáneamente los pensamientos sobre su marido de la cabeza de Pepa y la empujaron a recomponerse, sabía que en breve le escucharía a su espalda, en la puerta de la cocina, con ese ceceo que era capaz de convertir el corazón más duro en pura mantequilla y no quería que notara su tristeza.

—Mmmn qué bien huele ezo…—soltó el pequeño zalamero—. Oye mamá, eztaba pensando… Zi papá ze queda allí arriba en la montaña ezta noche, ¿dónde le van a dejar zuz regaloz? ¿Ze loz llevará allí Baltazar?

Pepa sonrió al escuchar sus preguntas y giró ligeramente su torso para contestar, sin dejar de dar vueltas a la cuchara de madera con la que trabajaba el cacao y la leche en el cazo, que aún estaba al fuego.

—Muy buena pregunta hijo—respondió con los ojos brillantes y llenos de calor al verle ahí plantado, con sus carrillos redondos y rosados, sus ojos negros y profundos de largas pestañas, como los de su marido, y un pequeño coche de carreras en sus diminutas manos—. Verás, yo creo que como tienen tantísimo trabajo los pobres, y ya debían tener preparada su ruta de entrega con tanta antelación, probablemente se los dejen aquí, en casa, para que se los cuidemos hasta que pueda bajar.

El pequeño frunció el entrecejo ligeramente al escuchar la respuesta de su madre, como si la respuesta no le acabase de convencer.

—Pero mamá, ¡zi zon mágicoz! ¿Por qué no lez pedimoz mejor que noz traigan a papá?—Soltó acompañando sus palabras con un par de saltitos para enfatizar lo que seguramente para él había sido la mejor de las ideas.

Pepa entornó los ojos y no pudo evitar dejar escapar su sonrisa al ver a su hijo tan emocionado.

—Pues mira, no se me había ocurrido, la verdad, pero me temo que ya no van a poder atender nuestra petición, cariño.—Trató de explicar al pequeño—. La prioridad de los Reyes Magos son los niños y las niñas que le han enviado sus cartas, y tienen muchos regalos que repartir por todo el mundo, si les pidiéramos que se desviasen hasta Congosto para recoger a papá, igual dejaban a algún niño del Bierzo sin sus regalos por falta de tiempo, y no queremos que eso pase, ¿verdad?

Jaime se mantuvo en silencio durante un par de segundos, con la mirada gacha y expresión dubitativa para levantar al fin su carita redonda hacia ella y terminar por negar con su cabeza, no sin cierta desazón.

—Venga cariño, anda, ve lavándote las manos, que el chocolate ya casi está, y la cabalgata no tardará en empezar—pidió Pepa a su hijo, tratando de desviar el tema—. A ver qué tal me ha salido el roscón este año, que luego se lo tenemos que contar a tu padre cuando le llamemos antes de irte a dormir.

Pepa se giró de nuevo hacia el fuego moviendo la cabeza.

—Este crío es tremendo…—murmuró divertida para sí, escuchando los pasos saltarines de Jaime sobre la alfombra alejándose de vuelta al salón.

Tan solo unos minutos después, Pepa salió de la cocina con una bandeja sobre la que había dispuesto dos tazones de chocolate y un plato con trozos de roscón, que desprendía un aroma a agua de azahar y naranja confitada realmente delicioso. Jaime, quien estaba tumbado boca abajo sobre la alfombra, jugando con sus coches, soltando alguna que otra tosecilla frente a la chimenea cerrada, que llenaba toda la estancia de auténtico calor de hogar, se levantó sin decir nada y como un niño bueno, subió él solo al sofá para sentarse con la espalda bien pegada al respaldo y sus piernas extendidas sobre el asiento, con sus pequeños pies colgando justo en el filo. Pepa colocó la bandeja sobre la mesa de café y tomó el mando de la televisión para subir el volumen, con el pequeño dando palmadas de emoción, la cabalgata estaba a punto de empezar.

—A ver cariño, deja que te ponga esta servilleta en el pecho, porque si no mucho me temo que vas a terminar con más chocolate en el pijama que en la tripa—dijo con media sonrisa.

—Yo zólo mamá—dijo el pequeño al ver cómo su madre estaba tomando un trozo pequeño de roscón, con la intención de mojarlo en el chocolate de la taza de Spiderman, su favorita.

Pepa miró a su hijo con cierta desconfianza, no porque el pequeño no supiera comer sólo, a sus cuatro años llevaba mucho tiempo haciéndolo, sino porque ya no sólo temía por el pijama, la tapicería de su sofá podía correr peligro.

—¿Seguro que no lo vas a poner todo perdido?—Preguntó dubitativa.

—Tú me dejaz la bandeja aquí—indicó Jaime palmeando sus pequeños muslos—, y yo tengo cuidado, te lo prometo.

Pepa tomó su taza, la dejó sobre la mesa y se aseguró de dejar la bandeja sobre sus pequeñas piernas con toda la estabilidad posible, mientras las voces de los locutores de la primera cadena, y el ruido de la multitud de personas dispuestas a ambos lados del Paseo de la Castellana de Madrid, anunciaban el comienzo del desfile. Iba a tomar el primer bocado de roscón, cuando su móvil sonó con la foto en pantalla de Rafa, su marido, en modo video llamada.

—Mira cariño es papá—exclamó emocionada antes de responder—. Hola amor, ¿cómo estáis por ahí arriba?

Pepa sostuvo el móvil frente a ambos, de modo que su marido pudiera ver también a Jaime al otro lado, mientras ella contemplaba con una mirada de nostalgia la imagen de su marido en el sencillo office de la empresa, con sus otros dos compañeros en segundo plano. Rafa estaba tan guapo como siempre, con su barba perfectamente perfilada salpicada de plata por la zona de las sienes y la barbilla, llevaba un gorro de lana negro calado hasta las orejas, sonreía abiertamente, pero esos ojos negros que compartía con su hijo mostraban cierta tristeza a pesar de que su voz quiso mostrar lo contrario cuando habló.

—Pero bueno, ¡cómo os estáis poniendo!—soltó Rafa a modo de saludo con la mirada puesta en Jaime, para volverla hacia ella después—. Hola cariño, pues aquí andamos. Tranquila que estamos bien, la calefacción del office nos mantiene calientes, fuera en la nave no hay quien pare. Menos mal que esta mañana nos trajeron dos cajas con roscones inmensos de la panadería del pueblo, y dos litros de chocolate, el jefe lo dejó encargado todo antes de sus vacaciones, pensando que vendríamos alguno más a trabajar hoy, no te imaginas lo bien que nos van a venir las sobras para la cena.

—¡Papá, papá, mira, mira la cabalgata!—señaló el pequeño con su mano izquierda directa a la pantalla, mientras que con la derecha llevaba a su boca un trozo de roscón bañado en chocolate, que pringó aún más sus labios.

Pepa giró la pantalla del móvil un poco más para que su marido pudiera contemplar toda la escena, conteniendo su propia risa y escuchando la de él al otro lado.

—Oye bicho, ten cuidado con esas manos, que como manches el sofá vas a dar un disgusto a tu madre—apuntó Rafa con la intención de conseguir sonar serio.

—Que zí…—respondió su hijo sin apartar la mirada de la pantalla y alargando las vocales finales de ambas palabras.

Pepa volvió hacia ella la pantalla y se levantó del sofá para hablar con su marido con algo más de privacidad en pie, a un par de pasos de distancia.

—¿Sabes lo que me ha preguntado tu hijo?—Comenzó a hablar ella un par de tonos por debajo del habitual, esperando la negación de su marido para continuar—. Que por qué no le pedimos a los Reyes que te traigan a ti a casa si son mágicos.

Rafa rió al otro lado con los ojos entornados y su amplia y atractiva sonrisa dibujada en su rostro.

—De verdad que tiene unas salidas…—puntualizó Pepa contagiada por la risa de su esposo.

Tras un segundo de silencio y una mirada profunda el uno en los ojos del otro a través del cristal, Rafa recuperó su expresión más seria.

—Estás preciosa, cariño—dijo con el corazón, más que con sus labios.

Pepa, al escuchar sus palabras, no pudo evitar colocar tras su oreja, de modo inconsciente, un mechón de pelo azabache que se había escapado de la coleta baja con la que había recogido su media melena al comenzar el día, hacía ya muchas horas. 

—No digas tontadas anda, si voy hecha un desastre…—Rebatió con media sonrisa y una pequeña batida de alas de mariposa en el centro de su pecho, el mismo que llevaba sintiendo cada vez que él la ha mirado así desde que se conocieron.

—No sabes cuánto siento no estar allí con vosotros esta noche, si lo hubiera sabido…—protestó Rafa—. Si la quitanieves hubiera llegado a tiempo, habría podido estar allí antes de la cabalgata, pero esta nevada ha pillado a la Junta de improviso, nos ha pillado en bragas a todos, y lo peor es que siendo mañana el día de Reyes, a saber cuándo consiguen llegar aquí las máquinas. No te imaginas lo lejos que me siento a pesar de estar a un par de horas en coche.

Ella se dio cuenta enseguida de que los ojos de Rafa se volvían a ensombrecer al pensar en la distancia, y quiso hacer lo necesario para tranquilizarlo.

—Tranquilo amor, de verdad. Lo importante es que estés bien, tendremos muchas noches de Reyes por delante…—dijo ella con cariño—. Además ya sabes que Los Reyes Magos dejaron todo listo con mucho tiempo este año.

Rafa asintió con una ligera sonrisa en sus labios.

—Oye, grábalo todo mañana por favor… No quiero perderme ni un detalle, ¿vale?—Rogó con una mirada de súplica en la oscuridad de sus ojos—. Voy a soñar con las pisadas nerviosas de sus piececitos por el pasillo esta noche, ya sabes que ese es mi sonido favorito en el mundo.

Pepa besó el pulgar e índice cruzados en su mano derecha a modo de juramento, y guiñó un ojo al tiempo que lanzó un beso silencioso a su esposo, en un gesto que supo de inmediato había conseguido confortarlo al otro lado.

—Mamá, ya eztá—soltó Jaime con media taza de chocolate pintada en su cara y una mirada de orgullo al no haber derramado ni una gota sobre la tapicería.

Pepa rompió en risas al contemplar la estampa, que se unieron a las de su marido al otro lado al volver la pantalla de su móvil para que él también pudiera verla.

—Anda cariño, despídete de papá para que pueda quitarte todo eso de encima antes de que se desencadene la tragedia—dijo Pepa más para Rafa que para el crío, que no apartaba los ojos de la pantalla del televisor, justo cuando la carroza de Baltasar apareció en primer plano por primera vez.

—¡Ez Baltazar! ¡Mira Papá!—gritó el pequeño emocionado con sus dedos pringosos señalando de nuevo la tele.

—Ya lo veo hijo. Oye ya sabes que esta noche tienes que dormirte temprano para que Baltasar pueda dejarte los regalos bajo el árbol, junto a los zapatos—contestó su padre enternecido—. Además, tendrás que guardar los míos hasta que puedas dármelos.

—Que , que zí…—soltó Jaime con los ojos entornados, para volver luego con ímpetu la mirada hacia su padre, cargada de seguridad—. Y tú tranquilo, que yo voy a cerrar loz ojoz muy fuerte muy fuerte para ver zi lo convenzo y te trae a caza prontito. ¿A que mamá?

Pepa asintió emocionada y giró el móvil para lanzar un beso fuerte a su marido.

—Buenas noches amor, te escribo antes de dormirme por si podemos hablar—dijo mirando a la pantalla, para recibir un beso de vuelta de su esposo junto con su despedida.

Tan pronto como terminó la llamada, recogió los restos de la merienda de Jaime y limpió su boca y sus manitas con una toalla húmeda. Pepa se sentó junto a su hijo para disfrutar de su chocolate, ya sólo templado, y probar su roscón que ciertamente le supo tan bueno como su aroma. Luego, cuando terminó la Cabalgata con el discurso de despedida de SSMM Los Reyes Magos de Oriente frente al Ayuntamiento de Madrid, sonrió complacida al ver cómo el pequeño bajaba sólo del sofá para quedarse plantado frente a ella con los brazos cruzados.

—Bueno, digo yo que ya va ziendo hora de irze a dormir, ¿no?—dijo Jaime con descaro.

—Mucha prisa tienes tú hoy para meterte en la cama—contestó Pepa sin disimulo.

—A ver mamá, ez que zi quiero que Baltazar traiga a papá a caza, tengo que zer el primer niño que ze duerma ezta noche, me lo ha dicho él… —afirmó el pequeño gesticulando con sus manos, como si tuviera que convencer al mismísimo Presidente del Gobierno.

—¿Que te lo ha dicho él? ¿Cuándo?—preguntó Pepa siguiendo el juego al crío.

—¿Puez cuándo va a zer? Cuando eztaba ahí, en la tele, zaludando con la mano en el dizcurzo… ¡Ez que no te enteraz mamá!—protestó Jaime mientras comenzaba a andar por el pasillo, camino a su habitación.

Como todos los padres de España, cuando Pepa se vió tumbada en su cama, con su libro en el regazo, a punto de leer el siguiente capítulo en el más absoluto silencio, después de comprobar que su hijo dormía profundamente a pesar de los mocos, pensó en la bendición que suponía la mera existencia de un par de noches al año en las que los niños se fueran a la cama sin protestar, y lamentó profundamente no poder disfrutar de aquel momento con su marido, tal y como hicieron en Nochebuena. Miró la hora en la pantalla de su móvil, no eran más que las diez de la noche, así que decidió llamarle para desearle buenas noches mientras hacía un poco de tiempo para la llegada de los Reyes de Oriente. Buscó el contacto de Rafa en últimas llamadas y marcó su número después de repasar coqueta el aspecto de su melena negra, ahora suelta, en el reflejo del espejo negro de la pantalla, quería estar presentable por si decidían conectar la cámara después. 

—El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento…—Escuchó decir a la voz nasal automática de la operadora de turno.

—Este hombre… Supongo que se habrá quedado sin batería—murmuró casi en un susurro—, conociéndole habrá estado viendo vídeos de youtube con sus frikadas para matar el tiempo y no se habrá dado ni cuenta, y claro no se habrá llevado ni el cargador… 

Pepa sacudió su cabeza y volvió a la lectura, tratando de no enfadarse en exceso con su marido, al fin y al cabo los temas de conversación con sus compañeros habrían terminado por acabarse en algún momento, y a saber las horas que le quedarían aún ahí arriba, lejos de su casa, en mitad de la montaña, por culpa de la gran nevada. Siete capítulos y casi tres horas después, Pepa tuvo que reconocer que sus ojos comenzaban a pesar, cerró su libro con un bostezo y cuando se disponía a comprobar si había llegado la hora de que los Reyes llenasen el salón con su magia, un ruido extraño llegó hasta ella desde la puerta de entrada de su hogar, como si alguien estuviera intentando abrir, y lo estaba intentando con insistencia. Sintió al instante cómo se erizaba el cabello de su nuca y todos sus sentidos se pusieron en alerta. Tomó su móvil en las manos, tratando de decidir a quién llamar. No podía llamar a Rafa, su móvil estaba muerto, y aunque pudiera hablar con él, que su marido supiera que alguien estaba intentando forzar la cerradura de su casa a la una de la mañana en la soledad de un pueblo, en el que todos debían dormir ya, no haría más que hacer más dura la situación de aislamiento en la que estaba. Dio dos pasos hacia la puerta, tratando de no hacer ruido, marcó el 112 en el móvil, listo para dar al botón de la llamada, pero antes, tomó aire y soltó:

—¿Quién anda ahí? Más vale que nos dejes en paz si no quieres que salga mi marido y te reviente la cabeza…¿me oyes? 

El ruido en la cerradura cesó de inmediato, y tras un segundo de silencio se escuchó:

—Dudo mucho que tu marido vaya a darme una paliza, está aquí fuera y va a morirse de frío si no quitas de una vez la llave para que pueda entrar.

Pepa no podía creer lo que estaba escuchando, reconoció inmediatamente su voz.

—¿Rafa?… ¿Eres tú?—Preguntó nerviosa con una mano ya en el llavero que colgaba de la cerradura en el interior.

—¡Pues claro, mujer! Venga abre, que estoy a punto de perder las orejas por congelación—respondió su marido al otro lado de la puerta.

Pepa en un gesto reflejo, encendió la luz del exterior de la pequeña casa de piedra para poder cerciorarse de que lo que escuchaban sus oídos era verdad, echando a la vez un vistazo rápido por la mirilla, para comprobar que efectivamente su marido estaba al otro lado, encogido por el frío y moviéndose de lado a lado expirando vapor de agua con cada respiración. Nunca supo cómo sus manos fueron capaces de abrir la puerta con tal rapidez, pero en el instante siguiente estaba tirando de su marido en la puerta hacia dentro para cerrarla después tras él y abrazarlo al calor del hogar, donde el resplandor de las ascuas que aún titilaban en la chimenea, eran la única luz además del reflejo cálido de los faroles de la calle, que se colaba por las rendijas de las persianas de las ventanas.

—¡Dios mío estás helado!—exclamó Pepa intentando no levantar mucho la voz, con la nariz hundida en el cuello de su marido, respirando su aroma a pesar del frío para separarse después y empezar a interrogarle confusa—. ¿Pero qué haces aquí? ¿Cómo has llegado? ¿Qué?…

Pepa dejó de hablar cuando vio cómo Rafa encogía los hombros en silencio, la tomaba de la mano para llevarla hasta el sofá, en busca de los restos del calor de la chimenea, se echó la manta del respaldo sobre sus propios hombros y tomó asiento a su lado.

—Te juro que ni yo mismo puedo explicar lo que ha pasado…—Comenzó a hablar—. Es que si tuviera que contárselo a alguien que no fueras tú, sé que me tomarían por loco… No sé ni por dónde empezar…

—Vamos Rafa, empieza por el principio… ¿Cómo es que estás aquí con lo que ha caído allí arriba?…—Interrumpió Pepa impaciente.

Rafa se levantó a echar un leño más en el fuego, necesitado de calor. Y comenzó a hablar de pié junto a la chimenea.

—Pues verás, después de hablar con vosotros, mis compañeros y yo decidimos calentar una taza de chocolate en el microondas y comer algo de roscón, para cenar. No serían más de las nueve y media de la noche cuando yo estaba fregando nuestras tazas en la pica del office, junto a la ventana que da a la calle, y de repente la luz más brillante que he visto nunca inundó la sala entera.—Pepa no quitaba ojo a su marido quien estaba relatando todo con los ojos perdidos en el fuego—. Yo me giré para ver si mis compañeros lo estaban viendo también, pero ellos habían caído dormidos como troncos en las sillas. Los llamé, te juro que los llamé, los sacudí, pero los dos roncaban como si estuvieran sumidos en el sueño más profundo, no pude hacerlos reaccionar. Entonces, ví cómo una silueta de hombre se acercaba a la puerta del office poco a poco, hasta llamar a ella con los nudillos, no podía distinguir su rostro, con esa luz tan intensa a su espalda.

Pepa no hablaba, sólo observaba a su marido, que parecía casi más confundido que ella misma, y se había quedado en silencio un segundo allí de pie, frente al fuego.

—Antes de abrir la puerta, pregunté en voz alta «¿quién es?»—Siguió Rafa con su relato—. «¿Rafa?, vamos, sal ya, la carretera está despejada, ya puedes volver a casa» dijo la voz al otro lado. Antes de abrir la puerta corrí a la ventana para intentar ver algo. Fuera ví un quitanieves rojo brillante y enorme, con su pala inmaculada y unos faros gigantes de una luz cálida y muy potente, la misma que se colaba por cada rendija de la sala, y detrás de ella, la carretera milagrosamente estaba totalmente despejada. Mi cabeza no podía entender cómo era posible que un vehículo de tales dimensiones estuviera ahí fuera y ninguno de nosotros lo hubiera oído llegar.—Pepa observaba cómo su marido continuaba con la explicación, incapaz de comprender cómo era posible aquello que estaba escuchando, no quiso interrumpirle para que pudiera contar toda la historia—. Cuando abrí la puerta, un hombre negro con un mono de trabajo azul impecable me sonrió junto al umbral y con acento extranjero me dijo «vamos Rafa, antes de que la nieve vuelva a cubrir el camino, toma tu coche y ve a casa». Yo le pregunté cómo sabía mi nombre, y me dijo que eso no importaba, que lo importante era que le habían enviado en misión de rescate urgente, que había prometido que lo sacaría de allí esa noche, y que lo único importante de verdad era que él era un hombre de palabra…

Pepa no pudo evitar que su boca se abriera de par en par, un hombre negro, una máquina enorme que surge de la nada y despeja el camino sin hacer ruido en la oscuridad de la noche, de aquella noche, de la Noche de Reyes.

—¿Y qué hiciste?—alcanzó a preguntar.

Rafa la miró indeciso, y se sentó a su lado antes de seguir.

—Me metí en el coche sin siquiera darle las gracias, no entendía nada de todo aquello, pero al ver la carretera despejada, pensé que lo mejor era salir de allí lo más rápido posible, aunque antes de girar la llave de contacto, para intentar llevarme una prueba que demostrase que no estaba loco, saqué mi móvil para fotografiar a ese hombre y a su máquina, pero de repente el teléfono se apagó por completo y por mucho que lo intente, no pude hacerlo reaccionar. Mira, está así desde…

Pepa y Rafa se miraron incrédulos al ver el móvil que su marido sacaba del bolsillo en perfecto funcionamiento sobre la palma de su mano.

—Pepa, te juro que no funcionaba, ¡te lo juro! Yo…

—Tranquilo, te creo, yo te llamé sobre las diez y me salió el aviso de apagado o fuera de cobertura…—confirmó Pepa con su mano en la de su esposo que la miró aliviado y tomó aire antes de continuar.

—La cosa es que cogí el coche y comencé a conducir hacia aquí… ¿Y sabes lo más extraño?—preguntó él con los ojos muy abiertos—. Cuando miré por el retrovisor, pude ver cómo la máquina y el hombre se desvanecían en la noche, y la nieve volvía a colocarse sola en la carretera detrás de mi coche como por encanto, todo a mi paso…

Ambos quedaron en silencio, mirándose el uno al otro, con el crepitar del fuego de fondo.

—¿Qué le voy a decir a mis compañeros cuando se despierten y no me vean? ¿Qué le vamos a decir a nuestro hijo mañana cuando me descubra aquí?—preguntó Rafa angustiado.

Pepa cogió sus manos con las suyas, y dedicó la sonrisa más dulce a su marido.

—Pues tendrás que contarles la verdad, que tu hijo fue el primer niño en dormirse la Noche de Reyes y Baltasar cumplió su promesa…—contestó ella con los ojos llenos de lágrimas de emoción y el corazón a punto de salir de su pecho ante la mayor prueba que había tenido en su vida de que los Reyes Magos existen y que existe la magia de la Navidad.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

10 opiniones en “NOCHE DE REYES”

  1. Da lo mismo el género que trates, mi querida #luciaAjona tú eres mágica. Me has emocionado recordando una infancia muy lejana en la que los sueños se hacían realidad. Gracias por ser como eres, gracias por aparecer en mi vida y gracias por existir. No dejes de escribir jamás! Tu escritura e como un halo de esperanza en este mundo tan convulso. 💙🫂⚓

    1. Madre mía Sofía sólo por tener una lectora como tú al otro lado, te prometo que seguiré escribiendo y me aplicaré con mi segunda novela, ojalá mis historias te sigan gustando mucho mucho tiempo. Un abrazo y gracias por estar ahí

  2. Ains que bonito!!!! Yo a mis hijos ya no se lo puedo leer, pero desde luego les pasó el enlace para que lo lean.
    Precioso de verdad

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