LA CALETA II

Sara abre los ojos. La habitación sigue en penumbra, aunque sabe que tan pronto como haga el más mínimo movimiento, las persianas comenzarán a subir automáticamente por orden de Luis, quien seguramente llevará ya una hora despierto, observando de un modo obsesivo el monitor de seguimiento con su imagen en pantalla, o quizás haya salido a correr y lance alguna mirada entre zancada y zancada al Apple Watch de su muñeca, para saber si su precioso rehén ya se ha despertado.

Como cada mañana desde que se ha visto sumida en esta pesadilla, el primer pensamiento de Sara es para Lola, su querida Lola. Lo único que sabe es que aún sigue viva. El monstruo de Beni parece que no se ha cansado aún de ella, todo un récord para su hermano según Luis, pero a Sara no le ha extrañado, en absoluto. Lola siempre ha sido una guerrera, una luchadora que se ha pasado la vida entera sobreviviendo a todos y cada uno de los baches que el destino ha puesto en su camino, nunca nada tan abominable como lo que debe estar viviendo, presa de un depredador como ese despojo humano, agorafóbico y psicópata adicto al sexo de Beni, pero su Lola, su amiga, su hermana, le está dando una nueva lección. Sara no quiere pensar lo que ha debido hacer durante estos cuatro meses para mantenerse a salvo, no quiere pensar las cosas a las que ha debido acceder, y a las que se ha debido someter contra su voluntad y por la fuerza, porque si lo piensa, las arcadas se hacen con ella, su garganta se cierra y no puede respirar. 

En estos más de ciento veinte días, Sara ha aprendido a controlar sus ataques de ansiedad, y a esconder su miedo, su pavor, tras una máscara de serenidad que también ha conseguido mantenerla con vida; con vida y a salvo de las manos de Luis, quien sorprendentemente ha cumplido con la promesa que hizo cuando la encerró en ese piso el pasado mes de agosto, nunca la ha tocado, nunca más allá de lo necesario en las primeras semanas para asearla, cuando aún la mantenía atada de pies y manos sobre la cama, y no la ha tocado porque sigue esperando que sea ella quien se entregue a él, sigue esperando que Sara se enamore. Enamorarse de semejante enfermo, eso nunca. Lo que sí reconoce es que los cuidados de Luis también la ayudaron a superar la angustia, está convencida de que ya desde aquellos primeros días, y para ayudarla a estar en calma, Luis le ha debido estar suministrando algún calmante. Al principio, debía diluirlo en el café con leche de su desayuno porque tan pronto como bebía media taza, sentía que sus músculos se relajaban, dejaba de temblar y se sumía en un duermevela que duraba prácticamente el día entero. Cuando el verano pasó, Luis comenzó a relajarse ante la aparente sumisión de Sara, y comenzó a adecuar el piso para ella como premio, fue entonces cuando, probablemente por falta de tiempo y exceso de confianza, empezó a traer el calmante en pastilla sobre la bandeja, Orfidal para los nervios, según le dijo, y se limitaba a esperar a que ella la tragase en su presencia. Lo que Luis no sabe es que Sara lleva ya dos meses guardando esa píldora bajo el labio superior, pegada a la encía. La esconde en un movimiento discreto y rápido, justo cuando la introduce en su boca para tomar después un sorbo de agua y dar una ligera sacudida de cabeza hacia atrás para simular aún mejor que la traga. De ese modo, cuando Luis la obliga a abrir la boca por completo y levantar la lengua, nunca encuentra nada. Comenzó a hacerlo cuando Luis dejó de atarla, aunque no se olvida de que las cadenas siguen ahí, colgando del somier, tapadas por el cobertor, no se olvida de que pueden volver a sus muñecas y tobillos si algo saliera mal.

Sara se despereza por fin sobre la cama, bajo el edredón nórdico, provocando con su movimiento, como ya esperaba, que las persianas de toda la casa comiencen a levantarse en un murmullo eléctrico, seguido del click del termostato de la calefacción al pasar a modo encendido. Sus pupilas tardan unos segundos en acostumbrarse a la luz que lo baña todo, a pesar de que la claridad es algo tenue ahí fuera, por las nubes que cubren el cielo de Cádiz y que alcanza a ver desde su cama a través de los cristales blindados polarizados de las ventanas herméticas, todas idénticas en el resto de la casa. Sara se envuelve con la bata que descansa sobre el sillón orejero que Luis ha dispuesto para ella junto a la cama. Tiene que reconocer que el piso en el que vive cautiva ha cambiado mucho desde que se despertó en él la primera vez. Luis ha ido convirtiendo su enorme celda de salón, baño y dormitorio en lo más parecido a un hogar, hasta consultó con ella sus preferencias, y fue entonces cuando Sara puso una sola condición, ni un mueble de la casa podía ser obra de Beni, no quiso tener en su presencia nada que hubiera pasado por las asquerosas manos del hermano de Luis, del captor de Lola. La verdad es que incluso ese asunto, que podría haber terminado en una enorme discusión, en realidad sirvió para hacer creer a Luis que su sueño de conquista estaba un poco más cerca al ver a Sara eligiendo a su lado hasta el más mínimo detalle de la decoración ante el catálogo de Ikea, como cualquier pareja de enamorados construyendo su nido. 

Sara toma aire y lo suelta lentamente, observa la habitación en la que duerme ahora con el recuerdo en su mente de aquella mañana en la que Luis, junto con su amigo Quico y Pepe, el operario sordomudo, estuvieron montando todo el mobiliario, con el recuerdo de la última vez que sintió los grilletes sobre su piel, de aquella última vez que permaneció atada para evitar que, en cualquier descuido, tuviera la tentación de tomar cualquier herramienta de las que estaban a su alcance. Precisamente gracias a aquellas largas horas pudo comenzar a tejer en su cabeza el plan que hoy está a punto de poner en práctica, el plan para salir de allí. 

—Buenos días princesa. ¿Qué tal has dormido hoy?—La voz de Luis sale por los altavoces de la casa, perfectamente camuflados y conectados al resto de sistemas domóticos del apartamento.

Sara sonríe aunque no haya nadie con ella, sabe que Luis la está observando en ese preciso momento, así que aclara con un ligero carraspeo su garganta antes de contestar a su saludo con toda la dulzura de la que es capaz.

—Buenos días, la verdad es que he dormido genial.—Traga saliva y se toma un segundo antes de soltar la siguiente frase—. Aunque hay algo a lo que he estado dando vueltas.

—Dime, te escucho—responde Luis con verdadero interés por el tono que emplea.

—Verás, creo que… Quizás, si te parece bien, ya que esta mañana tienes pensado decorar la casa con los adornos de Navidad, se me ocurre una cosa… ¿Querrías desayunar hoy conmigo?—Intenta que su pregunta suene lo más parecido a una petición, a un ruego, al mismo tiempo que lucha por ocultar la enorme pena que siente en su corazón, como un saco de una tonelada, al pensar por un momento que está a una semana de la Nochebuena, y sus padres llevan todo este tiempo hablando con un avatar creado por IA, convencidos de que su hija está en Australia, en la otra punta del mundo con su surfero inexistente, seguramente agarrados al consuelo de que su hija está enamorada y feliz junto a ese hombre. 

Sara traga saliva para enviar esos sentimientos a lo más profundo de sus entrañas, para que él no pueda detectarlos en su mirada. Un segundo de silencio flota en el aire, sabe que su petición ha debido pillar a Luis totalmente descolocado. En estos cuatro meses nunca han compartido mesa, Luis se ha limitado a llevar la comida siempre preparada en una bandeja, las normas siempre han estado muy claras, no daría un paso más hasta que ella se lo pidiera.

—Vaya… Yo… ¿Estás segura?—Contesta dubitativo sin poder ocultar la sorpresa en su tono.

Sara toma asiento a los pies de la cama, recoge en un moño despeinado sobre su coronilla su cabellera pelirroja, ya verdaderamente larga, y lo asegura con el coletero de felpa que lleva en su muñeca, recreándose en el gesto que sabe que él adora, para lanzar después un ligero suspiro antes de hablar.

—Luis, nunca he estado más segura—responde con calma y una mirada a la nada de ensayado anhelo en sus ojos grises, que sabe él está interpretando en la pantalla, probablemente haciendo zoom para observar el más mínimo gesto—. Bueno, si te apetece claro, igual ya has desayunado—sugiere con una mirada al reloj digital con calendario proyectado con leds de luz junto a la cómoda, algo que también consiguió obtener para orientarse en el tiempo—, son las ocho de la mañana y si has salido a correr probablemente ya habrás comido algo, siempre dices que regresas hambriento.

Otro par de segundos de silencio, Sara sabe que Luis adora que ella haga alusión a cualquier detalle que demuestre que le escucha cuando están juntos, sabe que él está disfrutando cada una de sus palabras.

—Has tenido suerte, sólo me ha dado tiempo a darme una ducha, pero como en efecto estoy realmente hambriento, ¿qué te parece si te das una buena ducha mientras preparo algo especial?—Propone con voz sonriente, está claro que la propuesta de Sara le ha gustado.

Sara se pone en pie de un salto, aparentando una ilusión que sostenga su puesta en escena.

—¡Genial!—Exclama dando una ligera palmada con sus manos—. Te veo en un rato entonces.

Cuando comienza a caminar hacia el baño, el único lugar de toda la casa en el que Luis ha eliminado las cámaras delante de ella para darle algo de intimidad, como muestra de su amor, el sonido de la voz de su captor vuelve a sonar por la casa.

—Sara.

Ella frena casi en la puerta y levanta la cara para que él pueda verla sonreír al responder a su llamada.

—Dime…

—Me has hecho muy feliz—afirma con rotundidad sin añadir nada más.

Sara sonríe con toda la franqueza de la que es capaz y abre la puerta del baño. Tan pronto como la cierra a su espalda y la luz se enciende por el detector de presencia, su rostro se convierte en una máscara fría e inexpresiva, y sus ojos le devuelven una mirada congelada, llena de odio, reflejados en la superficie del espejo de aluminio que reviste la pared sobre el lavabo. Sabe que tiene que actuar hoy. Hoy es domingo, Pepe no va a venir y Quico tampoco. Hace semanas que terminó con el trasiego de salida de los cuerpos del resto de las pobres víctimas anteriores de Beni, que esperaban atadas a los catres del resto de pisos del edificio, medio muertas, sin saber cuándo iban a desaparecer. Además el hecho de que Lola haya sido capaz de satisfacer las necesidades de Beni, ha provocado que tampoco haya habido nuevas víctimas en el maldito ático, el mismo que las atrajo a ellas dos con su cebo de idílica perfección. Sara sabe que siempre va a lamentar no haber encontrado antes las fuerzas ni el momento para hacer lo que está a punto de hacer, porque si hubiera encontrado las agallas para dar este paso antes, quizás, sólo quizás, podría haber salvado a alguna de ellas.

—Alexa, pon Kiss FM—pide Sara desde el inodoro en voz alta, en un tono jovial que contrasta enormemente con sus facciones estáticas, puede que Luis haya sacado esas cámaras, pero no sabe si hay algún micro escondido, mejor seguir con la farsa y hacer todo el ruido posible.

Después de ajustar el volumen al máximo, ventajas de estar encerrada en un apartamento con total aislamiento sonoro, Sara tira de la cadena y abre el grifo de la ducha. Luego se agacha bajo el mueble del lavabo, coloca el tarro de mascarilla capilar bajo él y comienza a desenroscar una de las patas traseras que emite un sonido similar al de la gravilla con cada giro de muñeca. Cuando ya la tiene en su mano, vuelca sobre su palma las pastillas blancas que ha estado ocultando en su interior, casi sesenta en total.

—¿Cuántas mierdas de estas debería utilizar?—Murmura para sus adentros—. No querría pasarme con la dosis, no quiero vivir con el peso de una muerte a mis espaldas, con dejarle k.o. por unas horas me basta. Sólo necesito tiempo para salir de aquí, para ir a por Lola. Con diez debería bastar.

Sara aparta diez píldoras y las desliza al bolsillo de su bata, luego cuenta otras diez más que une a las anteriores, y cuando está a punto de volcar las restantes al interior de la pata, cuenta veinte más.

—Esto para mí, por si algo sale mal—susurra al tiempo que las une al resto para devolver la pata a su posición, perfectamente alineada con sus compañeras, luego retira el bote de mascarilla y comienza a desnudarse para entrar en la ducha cantando sin ganas la última canción de Ana Mena, por si él estuviera escuchando.

No ha tardado más de media hora en estar lista. Sara revisa su aspecto desenfadado, intencionadamente cálido y juvenil, en el frontal de aluminio pulido que Luis dispuso para ella en una de las paredes del baño a modo de espejo de cuerpo entero. Le complace ver que ha elegido bien cada prenda cuando las dejó en el baño anoche, como cada día antes de ir a dormir. Sus ojos recorren su figura de abajo a arriba, comenzando por sus pies, cálidamente embutidos en unas UGG grises con un lazo de raso del mismo color en la parte posterior, las mismas que Luis compró para ella hace unos días. Sus piernas perfectamente contorneadas gracias a la cinta de correr que su captor instaló en el salón junto al falso balcón, para que pudiera observar la calle mientras entrena, lucen perfectas en sus vaqueros pitillos azules, que combinan perfectamente con el jersey deliberadamente ancho con el que ha cubierto su torso, con cuello vuelto y manga abullonada de una lana realmente suave en un gris perlado que hace juego con sus ojos. Debe reconocer que el conjunto no le disgusta. Luis tuvo que comprar ropa de invierno para ella en cuanto el tiempo empezó a cambiar, ya que como es normal las únicas pertenencias que Sara trajo con ella cuando tuvo la feliz idea de viajar a Cádiz con Lola de vacaciones, fueron vestidos de tirantes, pantalones cortos, camisetas, bikinis y sandalias. Ella solo le dio sus tallas, y él vino cargado con bolsas de las mejores tiendas, y ropa elegida con buen gusto, no puede negarlo. Sara retoca la coleta alta con la que ha peinado su cabello, que provoca una preciosa cascada de rizos pelirrojos que enmarcan sus facciones marcadas y elegantes. En el rostro solo un poco de rímel y brillo en los labios. La belleza de lo natural, algo que sabe que él adora.

Con la voz de Xavi Rodríguez anunciando el concurso matinal, Sara toma dos trozos de papel higiénico, pone uno sobre el suelo, toma diez pastillas de Orfidal, coloca otro papel sobre ellas y pone su pie sobre él dejando caer todo su peso sobre la superficie de su planta. Repite el movimiento un par de veces más hasta comprobar que las pastillas han quedado lo suficientemente pulverizadas, recoge el papel, lo dobla varias veces sobre sí mismo para que no se derrame ni un gramo del polvo y lo guarda en uno de los bolsillos de su pantalón, luego vuelve a realizar los mismos pasos con el siguiente grupo de pastillas y guarda el pequeño paquete en el otro. Las veinte pastillas últimas las guarda en el bolsillo de las monedas del pantalón, no necesita pulverizarlas porque si tiene que usarlas será porque algo ha fallado, y sólo tendrá que tragarlas para no tener que preocuparse de nada más. 

Antes de salir, toma la toalla con la que se ha secado el pelo, aún húmeda, y frota con ella el suelo del baño para eliminar cualquier rastro de polvo que haya podido caer. Luego saca uno de los bastoncillos que utiliza para los oídos de su bote de cartón decorativo con tapa en cobre mate y le quita el algodón de ambos extremos, para quedarse sólo con el pequeño tubo de plástico. Lo desliza a través de sus dientes varias veces hasta dejarlo totalmente plano, lo dobla, y a pesar de necesitar paciencia y varios intentos, consigue aflojar ligeramente el toallero usando uno de los picos formados con la doblez, como si fuera un destornillador de punta de estrella. Cuando tiene la holgura suficiente como para que se note el movimiento al tocarlo, guarda en su pantalón los restos del bastoncillo. Luego toma aire, dedica una última mirada a su reflejo en el espejo con la mano en el pomo de la puerta y en un susurro se dice:

—Vamos a por ese cabrón.

Cuando Sara vuelve a la habitación por los altavoces comienza a sonar “Don’t Stop Me Now” de Queen, una amplia sonrisa se dibuja en sus labios y comienza a hacer la cama cantando a voz en grito siguiendo el fraseo de Freddy Mercury, complacida por la maravillosa sincronicidad que ha provocado que haya sido precisamente esa, en ese justo momento, la canción que el locutor ha decidido poner. Cuando está colocando los últimos cojines sobre la cama, tres pitidos indican que la puerta de entrada está a punto de abrirse, el sistema de domótica instalado en todo el edificio permite que Luis pueda abrirla sólo con llevar en su bolsillo el llavero emisor de la señal inalámbrica, y permanecer tres segundos frente a la puerta del apartamento, ese es el llavero que necesita para entrar en el piso de Beni y buscar a Lola, porque ya sabe que todos los apartamentos están sintonizados en la misma frecuencia, y además todos se abren con la misma llave maestra física que cuelga de él, el backup de seguridad, por si hubiera un apagón y la domótica no funcionase. Aparentar su somnolencia después de las tomas ficticias de la pastilla diaria, le ha permitido recopilar mucha información de cada charla con Luis, y de cada una de las conversaciones que han tenido lugar en su presencia. 

Tan pronto como la puerta se abre, el aroma a café recién hecho sobresale por encima de todos los demás, atraviesa el salón y llega hasta la puerta de la habitación a la que ella ya se ha asomado para saludar a su captor con la que ha de ser la mejor actuación de su vida.

—Alexa, sonido a nivel tres—dice Luis en voz alta portando una bandeja enorme con cada elemento por duplicado, dos enormes tazas de café con leche, dos vasos de zumo de naranja con su pulpa, dos platos con molletes tostados con jamón ibérico y tomate, una botellita de aceite de oliva y un plato con dos trozos de bizcocho de chocolate.

—Madre mía qué bien huele—exclama Sara con una sonrisa mientras camina hacia él—. Espera que te haga sitio en la mesa.

Sara retira las revistas y su taza con los restos de la infusión de la noche anterior, y observa como Luis deposita con cuidado la bandeja sobre la mesa de café para que nada se derrame. Cuando puede ver el contenido al completo, Sara observa que junto a los platos, servilletas y cubiertos de plástico, hay un pequeño ramillete de flores blancas que él toma entre sus manos y le tiende con dulzura.

—Son prímulas, las he cogido para ti de las macetas de la azotea—dice sorprendentemente sonrojado como un adolescente.

Sara deja la taza sucia sobre la barra americana del salón y las toma de su mano aparentando estar emocionada por el detalle.

—Son…preciosas Luis, muchas gracias—afirma casi en un susurro para dar un paso rápido hacia él y depositar un beso tímido en su mejilla controlando la arcada que le produce su contacto, para volver a la cocina después y tomar uno de los vasos de policarbonato del mueble y ponerlas en agua.

—Vaya…, gracias—dice Luis casi tartamudeando para dedicar después una mirada penetrante y sin disimulo alguno, al aspecto de Sara siguiendo con sus ojos cada uno de sus movimientos—. Estás realmente guapa esta mañana, veo que las botas que te compré son de tu talla.

Sara mueve los pies como una niña coqueta delante de él.

—No pueden gustarme más… Oye Luis yo quería decirte… Muchas gracias por todos estos detalles—suelta con una mirada cargada de una dulzura que consigue encontrar no sin esfuerzo, un paso más para conseguir tejer una tela tan perfecta que consiga atrapar a la propia araña.

Luis sonríe y despeja el flequillo de su frente hacia atrás con su mano, es un hombre atractivo, no se le olvida. Ha elegido a conciencia un jersey de cuello cisne color marfil que resalta su piel de un moreno perenne, además de la sutil musculatura de su torso y el azul profundo de sus ojos. Sus vaqueros desgastados de corte recto y sus botas de cordones color brandy, cierran el look del perfecto vecino sexy y lo sabe, lamentablemente lo que Sara sabe es que debajo de todo eso, hay un cerebro maquiavélico y psicópata que podría acabar con ella en cualquier momento. El ligero carraspeo de Luis saca a Sara de sus pensamientos con un pequeño sobresalto, sus nervios están a flor de piel, no hay un plan B, el A tiene que funcionar.

—Bueno, espero que te guste lo que he preparado, si hubiera sabido que pensabas invitarme por fin hoy, habría preparado algo mucho más especial—explica mientras distribuye los platos de un modo inconsciente sobre la superficie de la bandeja—. Perdona si he tardado más de la cuenta, pero Beni me pidió que le comprase un poco de chocolate y unos tejeringos…

—¿Unos qué?—Interrumpe Sara tomando una de las tazas de café entre las manos en un gesto natural, para dejar a Luis la suya junto a los platos.

—Bueno creo que en Madrid se llaman churros, son parecidos pero muy diferentes…

Sara deja la taza a medio camino hacia sus labios para preguntar con un nudo en el estómago:

—Y… ¿Has visto a Lola cuando has entrado?

Luis la observa por un segundo, como si lamentara haber dado esa información.

—No, lo siento. Aunque sé que estaba bien, Beni me dijo que dejase la bolsa en la puerta porque estaban… Bueno, ocupados—responde sin poder evitar bajar la mirada como si por un segundo se arrepintiera de veras de ser el cómplice y detonante de la situación en la que que ambas se encuentran, aunque Sara sabe que solo lamenta tener que hablar de ello en su presencia.

«El chocolate, Beni se lo pide cada domingo desde que empezó el frío, ojalá esté aún ahí fuera…» piensa Sara tomando ahora así el primer sorbo de su café, tiene que ser rápida.

—Luis tengo que pedirte un favor… Creo que el toallero del baño está un poco suelto, ¿crees que podrías echarle un ojo cuando acabemos de desayunar?—sugiere en un tono de súplica mientras calienta las manos alrededor de su taza—. No es urgente pero la verdad es que es un poco molesto el sonido que hace cada vez que toco la toalla.

Como ella ya esperaba, Luis comienza a caminar hacia el baño de inmediato, como si quisiera demostrar que cualquier petición suya se convierte en una prioridad absoluta para él.

—A ver… —Su voz llega algo apagada hasta el salón, por la música y la distancia—, mejor echo un ojo rápido por si necesito bajar algo de casa…

Sara desliza su mano con rapidez en el bolsillo y deja con sigilo la taza de plástico en la mesa baja, para poder manejar mejor los polvos del paquete.

—Espera que te digo, es el de la ducha—grita desde el salón mientras vuelca los polvos en la taza de Luis y remueve el brebaje con su dedo en un movimiento rápido, para tomar su taza de nuevo, guardar el papel en el bolsillo trasero de su pantalón y comenzar a andar a paso ligero hacia el baño con su taza en la mano.

—Ya lo veo, nada tranquila, esto te lo arreglo en un pis pas—dice Luis haciendo que la base de la argolla que sostiene la toalla, la misma que ella ha aflojado hace unos minutos, se mueva ligeramente con cada bamboleo de su mano—. Luego subo un segundo a por el destornillador. Venga anda, vamos a desayunar que al final todo se va a quedar helado.

Sara sonríe y le sigue hasta el salón con el murmullo de las noticias de las nueve y media como banda sonora del comienzo del fin. Observa cómo Luis toma su taza y bebe un pequeño sorbo para comprobar si aún está a temperatura y tomar otro más largo después. Ambos comienzan a desayunar entre conversaciones triviales, él está emocionado ante la idea de pasar las primeras Navidades juntos, y poder decorar el piso junto a ella. Ella finge una ilusión que no tiene, y que esconde en realidad el dolor que se clava en su pecho, el dolor de estar separada a la fuerza de los suyos, el dolor por no saber si será capaz de volver a verlos algún día, porque todo depende de lo que suceda en las próximas horas, todo está en sus manos.

Antes de que pueda acabar su zumo de naranja, Sara observa cómo Luis comienza a abrir los ojos como si le costase mantenerlos abiertos aunque no dice nada, solo lleva la taza de café a sus labios, y toma un sorbo más largo con la intención de apurar lo que queda en la taza, imagina que Luis debe estar convencido de que es precisamente la cafeína lo que le hará despertar, cuando en realidad es al contrario, cuanto más café tome, su sueño será más y más profundo. Cuando por fin él retira la taza de sus labios, lo hace con un gesto extraño, como si estuviera paladeando algo desagradable. Con un movimiento torpe lleva su mano a la punta de su lengua, que está salpicada por motitas blancas, y con los dedos arrastra algunos restos de Orfidal que no se han disuelto, baja su mirada ya difusa hacia los dedos, y por su gesto, en su cabeza todo ha debido de encajar de golpe.

—Maldita hija de puta—suelta en una exclamación grotesca similar a la de un borracho, al tiempo que arroja con rabia la taza al suelo—. ¿Qué mierda me has…?

Luis no puede acabar la frase, la inercia con la que se ha levantado, seguramente con la intención de lanzarse sobre ella, le hace caer de bruces como un leño, boca abajo contra el suelo, ante una Sara que deja escapar un grito involuntario de su garganta. A pesar de que acaba de ocurrir justo lo que ella esperaba, se queda paralizada un par de segundos, congelada, como si tuviera miedo de hacer el más mínimo gesto que pudiera despertarlo. Después, da un ligero toque con la punta de su bota a la pierna de Luis, y espera una reacción por su parte. Nada. Sara entonces se levanta y recorre en una sola zancada el par de pasos que la separan de él para quedarse en pie junto a su cuerpo, que ha quedado lacio, deslavazado, como el de una marioneta cuando cae la cruzada de los hilos que la manejan. Sara toma aire y alza su pierna.

—¡¿Que qué mierda te he dado?!—Pregunta con la primera patada cargada de rabia a su costado—¡¿Que qué mierda te he dado psicópata hijo de puta?! 

Sara espera un microsegundo para ver si el tremendo golpe le hace reaccionar. Cuando comprueba que su cuerpo no hace el más mínimo movimiento de modo voluntario, comienza a gritar al ritmo de la descarga de una batería de patadas y pisotones de una violencia desesperada que propina al cuerpo inerte de su captor durante el siguiente par de minutos, cada uno de ellos necesario para liberar la rabia que ha acumulado en estos cuatro meses de captura, de aislamiento, no le importa que su rostro de perfecto seductor comience a amoratarse con cada uno de sus golpes, no le importa la sangre que comienza a brotar de la comisura de sus labios. Es su momento, es el momento de ira, de venganza, que quiere regalarse, que necesita regalarse, antes de ponerse en marcha, antes de volver a tomar aire, con su corazón latiendo en sus sienes, la respiración entrecortada, los ojos empapados en lágrimas tan liberadoras como silenciosas, su coleta desdibujada, el rostro perlado de sudor y la punta de sus UGG manchadas de sangre, de la sangre de su secuestrador.

—Hijo de puta—masculla entre dientes mientras se agacha para poner su cuerpo boca arriba de un empujón con ambas manos y rebuscar con ellas en sus bolsillos hasta obtener el famoso llavero maestro, su cartera, su móvil, el Apple Watch y volver a ponerse en pie ante él para despedirse con un escupitajo sobre su rostro—. Que duermas bien, cabrón.

Después, Sara sale con un portazo de la cárcel en la que ha estado encerrada ciento treinta y siete días, cierra la puerta con la llave física y corre escaleras abajo a toda la velocidad que dan sus piernas hasta la portería, hasta el cuarto de contadores. Tan pronto como localiza el interruptor correspondiente al cuarto B, el piso en el que ha estado presa, baja su diferencial para impedir que en el caso de que Luis despertase pudiera hacer funcionar el sistema domótico con un comando de su voz y fuera capaz con ello de pedir a Alexa que abriera la puerta o hiciera alguna llamada. Después, hace lo mismo con el diferencial correspondiente a la escalera del edificio. Cuando está a punto de salir del cuartucho, sus ojos detectan una caja de herramientas en la penumbra, alumbrada ligeramente por la tenue luz de la única bombilla que cuelga del casquillo en el techo. Sara se agacha en el suelo para abrirla con rapidez, convencida de que puede encontrar algo que le ayude a enfrentarse al monstruo que retiene a Lola. Una exclamación de victoria sale de su garganta cuando detecta un juego de llaves inglesas en el compartimento general. Desengancha la llave de mayor tamaño y sale con ella en la mano al hall del portal, para comprobar con un nudo en su garganta que la bolsa con el chocolate y los churros sigue esperando a ser recogida en la puerta de Beni. Echa una mirada rápida al Apple Watch que ahora luce en su muñeca, ya han pasado las diez de la mañana, el monstruo no puede tardar mucho en salir a por ella, quizás aún esté a tiempo de disolver el Orfidal pulverizado que guarda en su otro bolsillo. Sabe que si se acerca a la puerta con el llavero encima, los tres pitidos de apertura avisarían de su apertura, y eso es algo que Luis nunca haría sin el permiso de su hermano, así que saca el llavero, lo deja en el suelo, introduce media llave inglesa en el interior de la parte posterior de su vaquero, sintiendo el frío del metal sobre su espalda, y se acerca a gatas hasta la puerta, con todo el sigilo del que es capaz. La insonorización de los pisos y sus puertas impide que Sara pueda escuchar cualquier ruido que pudiera prevenirla, Berni podría mirar por la mirilla en cualquier momento o simplemente salir a por su desayuno, mejor permanecer agachada. Justo cuando va a alcanzar la bolsa por una de las asas, escucha el “clack” del pestillo y una voz que le hiela la sangre.

—¿Pero qué coño?…

Beni no puede hacer nada más, salvo soltar un aullido de dolor cuando recibe en su espinilla el terrible impacto de la llave inglesa impulsada por Sara con toda su alma en un movimiento reflejo, impacto que le hace perder el equilibrio y caer al suelo. Sara no lo piensa y se lanza enseguida sobre él como una pantera, para propinarle un nuevo golpe en su sien que lo deja inconsciente.

—¡Lola, Lola!… ¿estás ahí? ¡Lola por Dios responde!—grita con la respiración entrecortada y su corazón a punto de salir por la garganta—. Lola ¡¡joder!!

—¿Sara?—Escucha un hilo de voz que sale de algún lugar de la casa—. Sara ¿eres tú?

El corazón de Sara se encoge por un segundo, correría a buscarla, correría a abrazarla pero no puede dejar a Beni, no puede permitir que recobre el conocimiento y las encierre a las dos de nuevo.

—¡¡Lola!!—Las lágrimas de emoción brotan en sus ojos sin poder evitarlo—. ¡Lola por favor necesito que vengas a la puerta! ¡Necesito que vengas ya y que traigas algo para poder atar a este cabrón y algo para taparle la boca antes de que vuelva en sí! ¡¡Rápido!!

Sara está en pie, se ha colocado detrás de la cabeza de Beni para que si abre los ojos no sea lo primero que vea, y a su vez da la espalda al pasillo de la casa de esa bestia. Vigila a su presa, estudia el más mínimo movimiento, el más mínimo cambio en su respiración para volver a usar su arma si fuera necesario. Cuando escucha los pasos arrastrados a su espalda y gira su rostro, la imagen que ve le hierve la sangre y provoca que por un momento sus piernas flaqueen. Su amiga, su preciosa amiga, tiene el pelo revuelto, de un corte desigual, la cara llena de moratones, su ojo derecho está tan hinchado que parece que estuviera a punto de reventar, uno de sus labios está partido y un hilo de sangre corre por su barbilla. La camiseta del pijama que lleva está rasgada hasta el pecho y apenas es capaz de mantener en su sitio el pantalón, pero trae en su mano una camiseta y un cinturón, lo primero que debe haber conseguido y que tiende a Sara con manos temblorosas, para dar inmediatamente después dos pasos atrás, con el terror dibujado en su rostro malherido. Sara aprieta los dientes y procura mantener la sangre fría, luchando con el impulso de rodearla entre sus brazos, de protegerla de todo lo pasado, aún no.

—Toma—ordena con la llave inglesa tendida hacia Lola quién sigue encogida contra la pared—. ¡Que tomes joder! 

Lola da un paso y toma la llave entre sus manos, casi sin fuerzas para sostenerla en alto.

—Si este capullo hace el más mínimo movimiento, le atizas, ¿me oyes?—Pregunta con autoridad mientras rasga en dos la camiseta que ella le ha traído, con una fuerza que no sabe de dónde ha sacado—. ¡¿Me has oído?!

Lola asiente, y con una inspiración parece recomponer su postura, con la herramienta erguida delante de ella. Sara mientras se afana en amordazar a Beni con la mitad de la tela y atar sus manos con la otra mitad, con tanta fuerza que los dedos del hombre amenazan con ponerse azules. Cuando ata sus pies con el cinturón, se da cuenta de que el tipo lleva zapatillas de deporte, y puede usar sus cordones para inmovilizarlo mucho mejor. Agachada a sus pies, a punto de quitar una de las zapatillas, Beni mueve las piernas ligeramente y acompaña el movimiento con un gruñido de protesta. Sara no tiene tiempo de reaccionar ante el grito desgarrador de Lola, que lanza un golpe certero en la frente de Beni, golpe que abre una brecha enorme en su frente con la suficiente violencia como para dejarle inmóvil por el dolor, con un gruñido de animal herido ahogado por la mordaza de su boca.

—¡¡Hijo de puta si te mueves te mato!! ¡¡Juro que te mato!!—Sara escucha por primera vez la voz de su Lola con la fuerza de antes, a pesar del sufrimiento que siente detrás de cada una de sus palabras.

—Escucha cabrón, te imaginarás que después de lo que nos habéis hecho pasar tu hermano y tú, las dos estamos lo suficientemente locas y lo suficiente sedientas de venganza como para optar por la peor de las soluciones—amenaza Sara en pie con sus ojos clavados en los de Beni, del mismo azul que los de su hermano, pero con una locura en su mirada mucho más despiadada que la de Luis—. Puedo ir ahora mismo a por dos cuchillos y empezar a cortarte lo primero que se nos ocurra, comenzando por esa mierda que tienes colgada entre tus piernas, o puedo dejar que mi amiga te reviente la cabeza a golpes, porque sabes que lo está deseando. ¿Lo sabes verdad?—Pregunta con una Lola que golpea el suelo junto a la cabeza del rehén para reforzar su amenaza, provocando en él un movimiento torpe de evasión que deja un rastro de su propia sangre en el suelo—. Así que vas a colaborar, ¿verdad que sí?

Beni entorna los ojos con una mirada tan penetrante que la mataría si eso fuera posible. Lola reacciona lanzando una patada inesperada y directa a la cabeza de su violador con tanta fuerza que le descoloca. Pero tan pronto como él consigue sacudirse el golpe, levanta la mirada y la busca con ella, con la intención de amedrentar a la que ha sido su víctima durante estos cuatro meses, pero lo único que consigue es que Lola escupa sobre su rostro con todas sus ganas.

—Vaya por Dios, cuánto lo siento, disculpa a mi amiga—dice Sara con retintín—. Voy a ir un segundito al cuarto de contadores, y te cuento lo que vamos a hacer.

 En menos de medio minuto Sara corre a desconectar el diferencial del bajo, algo que antes no pudo hacer para no descubrirse, toma el llavero del suelo, la bolsa con el chocolate y regresa a la puerta.

—Venga amigo, hora del desayuno—dice Sara abriendo el envase de chocolate y vertiendo en él el polvo de los otros diez orfidales que había reservado—. Lola, quiero que apoyes tus rodillas sobre los antebrazos de este cabrón, así como los tiene, por encima de su cabeza… Genial. Ahora, cuando yo te diga, cierras con ganas su nariz con una mano, y ojo con la llave por si hace falta…

Lola espera atenta a la señal, Sara disfruta con la mirada de impotencia de Beni que sabe que ya se imagina lo que va a pasar en cuanto ella hace una señal con la cabeza y en un movimiento rápido los dedos de Lola le impiden respirar, al tiempo que Sara retira la mordaza para verter sin duelo el chocolate sobre su boca, chocolate que tiene que tragar entre toses si no quiere ahogarse. Después de volcar todo el contenido, el olor dulce de la bebida se mezcla con el de su saliva y su sangre. Sara ya no se molesta en taparle la boca, la domótica ya tampoco funciona para él.

—Zorra…—Masculla Beni con una voz pringosa—¿Qué mierda pretendes con esto?

Sara sonríe y se pone en pie, de modo que él pueda ver su rostro, de modo que pueda mirarle a los ojos directamente.

—Pues mira, entre lo que has escupido y lo que has tragado igual echas un sueñecito de unas cuantas horas, lo suficiente para sacarte a empujones a la calle entre las dos, y esperar a la policía sentadas en la acera contigo atado al portal.—Los ojos de Beni reflejan por primera vez el terror, el terror por el mundo exterior, su mayor miedo desde que comenzó el sufrimiento de su agorafobia, y la impotencia de saber que no va a poder evitarlo, Sara sonríe abiertamente ante esa imagen antes de continuar—. Y con un poquito de suerte, cuando llegue la ayuda, seremos testigos de tu despertar, de tu sufrimiento por algo tan sencillo como estar ahí, al aire libre, antes de que te detengan de por vida, no se me ha ocurrido mejor tortura que esa.

Un par de horas más tarde, las sirenas de la policía llegan hasta las dos amigas que se abrazan en un llanto silencioso sentadas en la acera, envueltas en una colcha que Sara ha cogido del apartamento antes de salir. Beni está atado con una cuerda que han encontrado en su estudio de carpintería, está atado con los brazos en cruz a la verja del portal, su cara es un amasijo de mocos, sangre y chocolate. Se ha despertado hace unos segundos y no ha sido capaz de decir nada, pero no ha dejado de temblar, con el pánico dibujado en sus ojos. Cuando los policías se acercan a ellas, junto con los asistentes sanitarios de la UVI móvil que se han unido al aviso al 112 que las chicas consiguieron enviar con el móvil de Beni, y Sara comienza a explicar lo ocurrido mientras las atienden, observa cómo un par de agentes le desatan para poner unas esposas alrededor de sus muñecas, y un líquido comienza a mojar el pantalón del pobre desgraciado, goteando en un reguero hasta el suelo, formando un charco de su propio pis, entre los murmullos de la gente que ha empezado a formar un corro alrededor de toda la escena, alguno con el móvil en el mano, deseando grabar lo que está ocurriendo. Antes de subir junto a Lola a la parte posterior del SAMUR, Sara alcanza a ver cómo un grupo de agentes de la policía científica, vestidos con trajes EPI, comienzan a entrar en tropel al edificio, mientras otros sacan a Luis esposado a una camilla, aparentemente aún dormido y con la sangre seca en su rostro por las patadas que le propinó antes de dejarle encerrado en su propia jaula de oro.

—Sara…—Lola reclama su atención, observa su rostro, ya le han tapado el ojo hinchado con un apósito y han curado su labio abierto, que luce ahora un par de puntos de sutura.

—Dime—contesta Sara tomando asiento junto a su camilla y cerrando el cinturón de seguridad alrededor de su cintura, para tomar después la mano de su amiga entre las suyas.

—La próxima vez, el apartamento lo eliges tú—suelta Lola, provocando una carcajada a dúo entre sus propios quejidos de dolor que se funde con el sonido de la sirena de la ambulancia camino del hospital, de vuelta a la libertad.

Sara seca las lágrimas del rostro magullado de Lola y Sara cae en la cuenta de que después de todo, podrá pasar la Navidad con ella, podrá pasar la Navidad en casa. 

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

6 opiniones en “LA CALETA II”

  1. Por un momento he creído que daría un giro inesperado y es lo que me ha mantenido tensa hasta el final. Buen trabajo.

  2. Verdaderamente esta historia de verano, merecía una continuación pero… menuda has liado! Sin palabras, hasta el último detalle, no has dejado nada al azar. Completamente creíble y sin fisuras. Tu imaginación y creatividad creo que ya han quedado más que demostradas! Eres lo más de lo más. Menuda trama tan bien creada, si es que tu mente detectivesca me ha hecho recordar a los mejores autores de novela negra, historias de lo más truculenta escritas por autores de renombre que no tienen nada que envidiar a este magnánimo relato que has creado. Tu imaginación no tiene fin y estoy encantada de poder volver a recrearme con ellas. Por muchas más como esta! ¡Inconmensurable mi querida #LuciaArjona! Hasta el infinito y mucho más, ¡te admiro muchísimo!

    1. Madre mía Sofía menudo regalazo de navidad volver a tenerte como lectora de mis historias. Me hace muy feliz que te haya gustado el cierre de la historia. Un beso enorme, por muchos momentos más juntas en este mundo entre mis páginas.

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