LA CUEVA

Cata observó su imagen reflejada en el espejo de su habitación. Había pasado más de dos horas rebuscando en su armario la combinación perfecta que dotara a su imagen de un aire de dureza, sex appeal y algo de ternura, y que además resultase cómoda para las horas que iba a pasar en pie, sirviendo cerveza y copas detrás de la barra de “La Cueva”, la mítica sala de conciertos de su barrio, donde comenzaba a trabajar aquella misma noche. Terminó por convencerse de que los shorts vaqueros desgastados, con la camiseta negra de tirantes y las Converse negras de doble suela, eran la mejor opción, luego recogió su larga melena castaña en un moño alto despeinado, pintó sus ojos con lápiz negro y sus labios de rojo. La sonrisa que dibujó en su rostro no pudo esconder la incomodidad del pellizco que sentía en la boca del estómago. Aquel era su primer trabajo, necesitaba el dinero para cubrir sus gastos del verano y ahorrar un poco además, para las juergas universitarias que esperaban por ella cuando empezara el nuevo curso.  Sus padres no estaban especialmente contentos después de haber tenido que dejar dos asignaturas de primero para el año siguiente, habían dejado claro que el presupuesto de gastos extra iba a verse bastante mermado. Sólo el sonido de su móvil fue capaz de sacar a Cata de su empanamiento frente al espejo.

—Mierda, tengo diez minutos para llegar—exclamó al ver la hora en la pantalla, justo encima de la notificación de whatsapp que decidió dejar sin leer—. Mira que quería haber salido con tiempo, si es que mi padre va a tener razón, soy un puto desastre.

Cata cogió su tote bag al vuelo y corrió escaleras abajo, con los latidos de su  corazón acelerando un poco más a cada paso. No podía dejar de pensar que aquella noche, encima, no iba a ser una noche cualquiera, una de esas en las que van dos o tres grupos de amigos a tomar unas birras, no. Aquella noche había concierto, tenía pánico ante la posibilidad de terminar liándola parda tras la barra. Se veía a sí misma sirviendo cerveza sin espuma, tercios calentorros o tirando alguna copa encima del primero que se atreviera a pedirla. Sabía que la sala iba a estar a reventar, lo sabía porque ella había estado al otro lado de la barra, como cliente, desde que tuvo la edad suficiente para empezar a salir. “La Cueva” era su local favorito, el suyo y el de su padre. No sólo era el único bar decente del barrio, aquel sitio había conseguido hacerse un hueco en el circuito de los locales de conciertos de rock y blues más míticos del país, desde el día en que abrió sus puertas, allá a principios de los años ochenta, cuando los Obús decidieron hacer un hueco en su agenda para actuar en ella dentro de la gira del ochenta y tres. 

Eran poco más de las seis de la tarde y el sol picaba con ganas en pleno mes de julio. Cata recorrió todo el camino buscando la sombra de los salientes de las terrazas y portales para guarecerse de sus rayos, Carlos le había pedido que acudiera un par de horas antes de la apertura para ponerla al corriente de cada detalle antes de que comenzase el lío, no podía llegar tarde el primer día. Con las últimas zancadas, giró la esquina y se plantó ante la puerta de entrada al local, un armatoste de acero con un tirador enorme de hierro que había perdido ya toda rugosidad. Al poner la mano sobre él, con detenimiento por primera vez en años, notó en sus dedos su superficie suave, pulida por tantas miles de manos como la suya que lo habrían manoseado a lo largo de sus décadas de actividad. Cata, con la mano aún sobre él, sonrió divertida al leer por enésima vez el cartel que cubría la superficie exterior de la puerta, cartel que “El Greñas”, el mote por el que todo el mundo conocía a Carlos, había encargado a un grafitero del barrio, toda una declaración de intenciones escrita con letras que seguían en patrón del logo de KISS, su grupo por excelencia: “Si quieres perrear este no es tu sitio”. 

Bastó tirar un poco de la puerta para que los acordes de 666 de Iron Maiden retumbaran en los oídos de Cata. Dentro, Carlos movía la cabeza al ritmo de la música mientras revisaba los barriles de cerveza, dispuestos bajo la barra, listos para el concierto de la jornada. Al levantar la mirada y encontrarse con la suya, su nuevo jefe bajó el volumen de los altavoces que colgaban por todo el local con sólo tocar la pantalla de su móvil, y se acercó a ella después con su típico gesto de cabeza, ese que le había visto hacer toda la vida, con el que parecía apartar de sus ojos un flequillo invisible que los cubría. Cata sabía por su padre que fueron sus colegas, entre los que él se incluía, quienes le pusieron el mote de “El Greñas” por la melena de rockero que lució orgulloso en sus mejores años. A sus cincuenta y tantos, lo único que quedaba de aquella mata de pelo era el tic anti flequillo que repetía de un modo inconsciente. La chica sonrió para sí al observar sus pasos cargados de chulería y su eterno look rockero, con vaqueros pitillo, botas negras y muñequeras de cuero. Hoy además llevaba la camiseta de la gira de Iron Maiden de 1996, probablemente ese era el motivo por el que había elegido su música para amenizar la espera.

—Hombre Cata, bienvenida al hogar—exclamó con su voz de barítono ronco ya junto a ella—. ¿Qué? ¿Nerviosa?

Cata se acercó a él con decisión y dejó dos besos rápidos en las mejillas rasposas de su jefe, para separarse después realmente sorprendida al notar lo bien que olía Carlos, un aroma que chocaba en su cabeza con su imagen de melenudo trasnochado, y que en el fragor de las noches de copas y conciertos nunca había tenido ocasión de percibir antes.

—No, nerviosa no, no mucho—contestó enseguida—. Bueno, igual un poco.

Carlos descargó una risotada ronca y profunda que terminó en un amago de tos, herencia segura de los años de tabaco acumulados en sus pulmones. 

—Joder, estoy hecho un puto carcamal—murmuró el hombre antes de continuar—. Mucho dejar el tabaco y al final es peor el remedio que la enfermedad. Cuando fumaba no tosía, coño, y ahora llevo dos días sin encenderme ni un puto canuto y mira…

Cata permanecía en silencio observando con cierta diversión el monólogo de Carlos. 

—Hostia, perdona Cata. Mira esta es otra de mis lindezas, de tres palabras que suelto cuatro son tacos.

Esta vez fueron los dos quienes rompieron a reír con naturalidad.

—No te preocupes, mi padre dice que cuando me suelto tengo boca de camionero—contestó Cata con sinceridad—. Por cierto, gracias por esta oportunidad. Que hayas decidido escogerme a pesar de no tener experiencia detrás de la barra… 

—A ver niña, no te voy a mentir, tu padre y yo fuimos colegas muchos años, bueno, si ya sabes que hasta tuvimos un grupete de rock, cómo cantaba el tío…—Carlos  dejó escapar un suspiró cargado de nostalgia al recordar por un momento los viejos tiempos—. Al final la vida nos fue distanciando. Yo seguí siendo un bandarra y tu padre estudió una carrera, consiguió un buen trabajo, se casó y te tuvo a ti. Aunque no lo sepas para mí has sido lo más parecido a una sobrina, te he visto crecer por el barrio con un sentimiento tonto de orgullo, y cuando tu padre ha venido a tomarse alguna cerveza de vez en cuando, me ha hablado tanto de ti que te he sentido como parte de esta familia raruna de cincuentones que formamos. 

Cata sonrió con las mejillas algo acaloradas, sabía que Carlos le tenía cariño, pero nunca llegó a pensar que fuera tanto.

—Así que ya ves, ¿cómo no iba a contratarte cuando viniste por aquí a pedir un trabajo para el verano? Tienes los ojos de tu padre y el desparpajo de tu madre, sé que juntos vamos a hacer una pedazo de campaña este verano, este barrio se va a cagar.—Carlos levantó la palma de su mano rugosa, de dedos aún amarillentos por la nicotina que habían ido absorbiendo cigarro tras cigarro, a la espera de que Cata chocase con él su mano, en un gesto que no tardó en venir—. Y ahora vamos a dejarnos de polladas y a currar, que tengo mucho que contarte antes de que vengan los capullos de “Los Perros” a probar sonido para el concierto de esta noche.

—Es verdad, hoy hay concierto—respondió Cata en un gesto de atención plena, dispuesta a escuchar—. ¿Por dónde empezamos?

Después de deambular detrás de Carlos como un perrillo por todo el local, atenta a cada detalle en cada una de sus indicaciones, Cata comenzó a sentir los nervios agarrotando de nuevo con fuerza la boca de su estómago con la cabeza a reventar repleta de interrogantes mudos. Carlos pareció leer su mente cuando se plantó delante de ella y dijo sin rodeos:

—Venga, chica… No tengas miedo, yo estoy seguro de que lo vas a hacer genial. Cuando Ana entró hace un par de años, estaba como tú y aquella misma noche ella solita hizo más de dos mil euros de caja entre cervezas y copas, yo ya le he dicho que estoy seguro de que vas a superar su récord, y si no, que te lo diga ella cuando venga más tarde—dijo Carlos para intentar animarla—. Pero oye, tú sin presión…

Después de un segundo de silencio, los dos se unieron en una carcajada que ayudó al estómago de Cata a soltar la tensión.

—Bueno niña, antes de que llegue esta peña y mientras aterriza Ana, ¿por qué no vuelves al almacén y te pillas un par de bolsas grandes de cacahuetes y patatas? Yo voy a acercarme un segundo al bar de Pepe a por unos bocatas para nuestra cena, y las bandejas con las tortillas y los embutidos para el camerino del grupo—avisó Carlos—. ¿Qué te pido?

Cata no contaba con el ofrecimiento, así que dudó un segundo antes de responder.

—Yo como de todo, lo que suelas pedir para vosotros me irá bien—respondió mientras guardaba su tote bag en la balda más oculta, detrás de la barra—. Oye no sabía yo que tratabas así de bien a todos los grupos, catering en el camerino…—soltó Cata apoyada en la barra.

Carlos miró la hora en su reloj de soslayo y sonrió desde la puerta ante su comentario.

—Pues sí. Esta es una sala pequeña, pero tratamos bien a nuestros artistas, sean famosos o no—respondió Carlos con una mano ya en el pomo—. Este mundillo es una puta mierda, los pobres se pasan la vida mendigando un poco de atención, cuidar a los chavales un poquito no cuesta nada, ¿no crees? Cuando tu padre y yo nos subíamos a los escenarios con nuestro grupo por una caja de botellines, nos habría gustado que alguien nos hubiera tratado así, que alguien nos hubiera protegido un poco de tanta mierda… Aunque bueno, eso hoy en día tampoco podemos hacerlo…

Cata sintió el peso de la nostalgia en la mirada de su jefe, pensó que tendría que animar a su padre a venir a “La Cueva” más a menudo, y asintió después con una sonrisa como gesto de aprobación para alargar la mano y tomar llaves del almacén, que colgaban de la repisa de la caja registradora. Carlos se despidió después entre dientes, con medio cuerpo al otro lado de la puerta del local, digna de una cámara acorazada, antes de dejar que se cerrase con un ruido sordo. 

En el preciso instante en que Cata se quedó sola en el bar, se plantó en medio de la sala para observarla unos segundos así, completamente vacía. Llevaba años entrando a ese local como cliente, lo había visto a reventar de gente, lleno de ruido, luces, olor a alcohol y en muchas ocasiones a sudor. Verla así por primera vez, con las luces normales encendidas, la impresionó. Caminó despacio más cerca de las paredes para observar las fotos tras las mamparas de cristal. Tras ellas Carlos había expuesto entradas de conciertos de rock, carteles de giras de los mejores grupos internacionales, y alguno nacional, vinilos, autógrafos… Luego caminó despacio de vuelta hacia la barra, escuchando el eco de sus propios pasos sobre el suelo de baldosas de ajedrez, con el ruido eléctrico de las cámaras de fondo. Las mismas baldosas que cubrían el suelo subían por la barra para toparse con la superficie de bronce que la coronaba. Cata apoyó sus codos en la superficie brillante salpicada de pequeñas abolladuras y de nombres y letras grabados a punta de llave, sonrió al pensar que en los próximos meses sería ella quien tendría que limpiarla con papel de periódico y ginebra Larios, tal y como Carlos le había explicado momentos antes. Recorrió con la mirada las dos filas de botellas de alcohol, perfectamente organizadas por tipologías, el ron con el ron, el whisky y el bourbon juntos, la ginebra al otro lado, y justo encima, la balda con las bebidas premium, un Chivas de doce años, una botella de Martin Millers y otra de ron Pampero Aniversario, fue entonces cuando reparó por primera vez en las fotos enmarcadas, algunas en blanco y negro, en todas ellas aparecía Carlos con amigos, con clientes o con los grupos que habían pasado por aquel escenario a lo largo del tiempo. Una risa traviesa se escapó de sus labios al caer en la cuenta de que todas aquellas fotos constituían la prueba perfecta del declive capilar de su jefe. Cuando iba a dirigirse al almacén, sus ojos acabaron por fijarse en una foto en la que un Carlos realmente atractivo con su melena salvaje, posaba junto a su padre, debían tener más o menos unos veinte años, estaban guapos, muy guapos. Carlos tenía razón, ella había heredado sus ojos. Comenzó a caminar hacia el pasillo de los baños y el camerino, para llegar al final del mismo, donde estaba la puerta de entrada al almacén, luchando con la curiosidad que se había despertado dentro de ella, se moría por preguntar en algún momento a su jefe por la foto que faltaba justo al lado de aquella, la que había estado colgada de la alcayata huérfana de marco, en la que no había podido evitar reparar después de fijarse en su padre. 

—Bueno Cata, vamos al lío—se animó con una palmada haciendo sonar las llaves en sus manos.

Carlos le había mostrado el almacén en un minuto, lo suficiente para que supiera dónde estaba, lo que contenía y que además de las llaves de la registradora, él siempre llevaba un juego encima. El techo de aquel cuartucho era alto, demasiado quizás para que el fluorescente de luz decrépita que parpadeó allá arriba cuando encendió el interruptor, iluminase el espacio con claridad. A pesar de que estaba limpio, el olor a humedad, a cortezas rancias y cerveza seca, era inevitable. La amplitud de la estancia generaba una especie de eco en el ambiente, cada ruido retumbaba con una reverberación provocativa que despertaba en ella las ganas de cantar, sí la música corría por sus venas, algo heredado también sin duda de su padre, Cata cantaba, y cantaba muy bien, pero ella era la única que lo sabía. Dio un par de pasos para colocarse en el centro del cuartucho, cerró los ojos y dejó salir las primeras frases de “Hit me with your best shot” de Pat Benatar, con el punteo de una guitarra imaginaria en su cabeza para no perderse en sus notas. Estaba disfrutando, moviendo su cuerpo al ritmo de la canción, entregada por completo, cuando al llegar al segundo estribillo, el punteo de una guitarra real acompañó su voz. Cata calló al momento, con su rostro convertido en un fósforo.

—Mierda—susurró entre dientes.

Cata tomó una bolsa de cacahuetes tostados y otra de patatas fritas todo lo rápido que pudo, cerró la puerta del almacén con llave, tratando de no hacer ruido, y comenzó a caminar de puntillas para pasar lo más desapercibida posible por delante de la puerta del camerino, cuya luz cálida, antes apagada, ahora se escapaba por la rendija entreabierta.

—Deberías cantar en un grupo—dijo una voz grave y sensual desde el interior, acompañando sus palabras con un rasgueo de guitarra.

Cata se quedó congelada junto a la puerta, abrazada a los frutos secos, con los ojos en blanco, no quería ni respirar, se moría de vergüenza.

—Vamos, chica… Te he oído desde aquí—soltó de nuevo la voz—.¿Cómo te llamas?

Cata, con la cara aún ardiendo, tomó aire y se acercó a la puerta para darle un pequeño empujón con la punta del pie. Allí, sentado frente al típico espejo de camerino con la mitad de las bombillas fundidas alrededor, había un chico con una guitarra acústica entre sus manos. Cuando hizo la ronda con su jefe, reparó en los instrumentos que la banda había llevado esa misma mañana, todos en sus fundas, ahora sólo una de ellas estaba abierta, la de la Harley Benton azul que él sostenía entre sus manos. Cata se quedó embobada admirando su aire de rebelde, sentado en aquella silla, con las piernas cruzadas sobre el tocador, embutidas en unos vaqueros rotos y desgastados, botas de piel de serpiente, camisa negra medio abierta de mangas enrolladas hasta el codo, pelo negro revuelto, ojos oscuros brillantes y profundos que la observaban divertidos, ligeramente delineados con lápiz negro y una sonrisa de dientes algo desiguales pero muy atractiva, que dotaban a su rostro algo pálido de un magnetismo casi animal.

—Hola, perdona… No te he oído entrar—dijo Cata a modo de saludo.

—Tranquila, no pasa nada, este garito ya es como mi casa, lo conozco de memoria—dijo él apoyando la guitarra en el suelo con delicadeza—. Esperaba encontrarme con “El Greñas”, pero a ti… A ti no te esperaba. ¿Nos conocemos?

Cata sintió cómo un calambre recorría sus piernas escalando por ellas hasta su vientre, al notar su mirada aún más intensa sobre ella, recorriendo cada una de sus curvas. Se moría por saber algo más de él.

—No que yo sepa… Hoy es mi primer día como camarera, como no nos hayamos visto alguna noche por aquí… Pero creo que te recordaría.—Cata se regañó a sí misma mentalmente por desvelar de un modo tan torpe su interés por el chico.

Él pareció encoger un poco sus ojos, como si intentase recordar algo.

—Puede ser, la verdad es que me resultas familiar, muy familiar, pero tienes razón, creo que yo también te recordaría si te hubiera visto antes—respondió con otra de esas sonrisas magnéticas en sus labios—. Me llamo Jon, ¿y tú?

Cata se movió algo insegura tras las bolsas que llevaba encima, se sentía doblemente ridícula ante él.

—Yo soy Cata, encantada. Tocas muy bien, por cierto—dijo como un halago—. ¿Tocas algún instrumento más?

No podía quitar los ojos de Jon, no recordaba haber estado tan nerviosa delante de un chico nunca. Las manos le sudaban y estaba segura de que él lo estaba notando. Agradeció la brisa que entró de repente por la ventana del camerino, que estaba medio abierta al otro lado de la habitación. Al dirigir la mirada por un segundo hacia ella, Cata se topó con el reflejo de un espejo de mano sobre el tocador, con dos rayas de coca perfectamente preparadas junto a una papelina medio abierta, una tarjeta bancaria y un billete enrollado. Mierda, eso sí que no le hacía ninguna gracia, ahora entendía ese brillo en sus ojos, su palidez y su forma de hablar tan pausada. Volvió su mirada hacia él y reparó en un resto de polvo blanquecino pegado a una de las alas de su nariz, aquello le asqueaba. Jon pareció leer la mirada de Cata, llevó su mano a la nariz y limpió los restos en un gesto rápido.

—Perdona. Qué maleducado ¿Quieres un poco?—Jon bajó las piernas del tocador y separó la silla arrastrándola con un sonido pesado.

Cata no estaba cómoda, su atracción por él se había esfumado de un plumazo y se había convertido en decepción, en decepción y cierta lástima, era una verdadera pena que un chico como aquel se metiera esa mierda.

—No, eso no me va—dijo cortante—. Perdona, tengo que volver al trabajo, luego nos vemos.

—Seguro…—escuchó contestar a Jon, con el sonido de una nueva esnifada a sus espaldas.

Cata regresó a la barra con cierta tristeza en la mirada, destapó los cuencos de aperitivos y los rellenó con el contenido de las bolsas como un autómata, con una rabia creciendo en su interior que no sabía comprender muy bien, al fin y al cabo acababa de conocer a aquel chico, ¿qué más le daba lo que hiciera con su vida? Perdida en sus pensamientos, ni siquiera se dio cuenta de que la puerta de la sala se abría con lentitud, sólo las conversaciones y las carcajadas de un grupo de chicos, el resto del grupo pensó Cata, consiguieron sacarla de ese pozo mental en el que se había metido ella sola. 

—Ey, tú eres nueva ¿Y “El Greñas”?—preguntó el más alto, con las cabezas del resto asomando por encima de sus hombros observándola con curiosidad.

—Ha salido a por vuestro catering, debe estar al caer… Yo creo que no os esperaba tan temprano—afirmó Cata al tiempo que limpiaba sus manos con jabón bajo el agua helada del grifo de la pila de los vasos.

—Bueno, no te preocupes por eso… Hay confianza, tocamos a menudo aquí, la verdad es que nos sentimos como en casa—respondió el chico con una sonrisa en los labios.

—Justo eso ha dicho vuestro guitarra—añadió Cata en un murmullo.

—¿Cómo dices?

Un chico con la cabeza rapada y barba de cuatro días salió de entre ellos con el ceño fruncido.

—Yo soy el guitarra, y no recuerdo haber hablado contigo—sentenció con un tono interrogante.

Cata no dijo nada, salió en dos zancadas de la barra y corrió al camerino con el resto del grupo pegado a ella.

—Mira niñata como falte un solo instrumento de esa habitación nos lo vas a pagar con creces, ¿me oyes?—Gritó el alto como una amenaza.

—¿Pero tú sabes la pasta que hay ahí dentro?—Añadió el verdadero guitarra de “Los Perros”.

La luz del camerino seguía encendida, cuando Cata empujó la puerta con todas sus fuerzas allí dentro no había nadie. Los chicos se abalanzaron sobre los instrumentos, todos estaban intactos, perfectamente guardados en sus fundas, todos salvo la Harley Benton que seguía apoyada en el tocador. Sobre su superficie seguía el espejo, pero estaba totalmente limpio, Cata agradeció el golpe de aire que recibió de la ventana del camerino que estaba totalmente abierta esta vez.

—Yo… Aquí había un tipo, estaba tocando la guitarra, me lo encontré cuando salí del almacén y dí por hecho que era de los vuestros, ha debido colarse por la ventana… No lo entiendo—musitó Cata sin saber dónde esconderse—. Lo siento, lo siento mucho de verdad.

El más alto, que parecía el líder de la banda, se acercó hasta ella con un gesto en su rostro mucho más amigable.

—No te preocupes, chica. Lo importante es que no se ha llevado nada… Venga, tráenos unas birras bien frías y esto se queda entre nosotros—susurró frente a ella con un guiño.

Cata asintió con la cabeza y los ojos llenos de lágrimas de impotencia, si el tal Jon se hubiera llevado la guitarra, o cualquiera de los instrumentos, le habría buscado la ruina. Volvió sobre sus pasos hacia la barra. Se miró las manos, le temblaban ligeramente por la tensión acumulada. Como pudo, metió en un cubo de zinc algo de hielo picado y clavó después en él cinco botellas de Mahou que abrió no sin cierta dificultad, para llevarlo de regreso al camerino como gesto de paz.

—No pongas esa cara, nena… Que aquí no ha pasado nada—dijo el guitarra sentado en la misma silla en la que había estado Jon.

Cata sonrió agradecida, y volvió a su puesto aún avergonzada, justo para escuchar la voz de Carlos amortiguada por la puerta.

—Niña, ayúdame con esto por favor.—Le oyó gritar.

Al abrir la puerta, Cata se encontró con un Carlos cargado hasta los topes con dos bandejas enormes, apiladas una encima de la otra, una bolsa colgada de su muñeca izquierda con tres bocadillos envueltos en papel de aluminio y una barra de pan ya cortada en rebanadas.

—¿Han llegado ya?—Soltó como saludo con su frente despejada, ahora totalmente perlada de sudor.

—Sí, ahí están, les he llevado unas cervezas—respondió Cata evitando cruzar su mirada.

—Genial, anda ponme un vaso de agua y les llevo esto—rogó Carlos en un bufido, apoyado en la barra.

Cata dejó el vaso sobre ella con la mano temblorosa, mano que Carlos agarró en cuanto se dio cuenta.

—Niña ¿qué te pasa?—Preguntó con autoridad—. No se habrá pasado alguno de esos animales contigo ¿verdad? Mira que…

Las lágrimas comenzaron a brotar en cascada por el rostro de la chica, la congoja no le dejaba hablar, sólo pudo negar con la cabeza. Carlos la observó fijamente, tomó su barbilla cabizbaja con su mano obligándola a mirarle a los ojos.

—Espera…—pidió Cata evitando el gesto para agacharse tras la barra, en busca de su tote bag, necesitaba un pañuelo para limpiar ese amasijo de rímel y mocos en que se había convertido su maquillaje.

Al tirar de la bolsa de tela, detrás de ella salió volando un pequeño marco que debía estar guardado allí.

—Deja eso—ordenó Carlos alzando la voz cuando vio el gesto de la chica al intentar recogerlo.

Las lágrimas dejaron de rodar por el rostro de Cata, se quedó mirando el marco que había caído al suelo boca abajo con un ruido de cristal quebrado. Carlos entró en la barra y lo tomó del suelo antes de que ella pudiera cogerlo.

—Perdona, es que… Me trae recuerdos muy dolorosos… Sobre todo hoy—dijo su jefe con él apretado contra el pecho.

Cata sospechaba que ese era el marco que faltaba en la pared, junto a la foto en la que Carlos estaba con su padre. No se atrevía a decir nada, ya había metido lo suficientemente la pata.

—Hoy es un día jodido, muy jodido… ¿No te ha contado nada tu padre?—Preguntó el hombre con los ojos brillantes.

Cata negó con la cabeza, en silencio.

—Tengo la puta manía de descolgar esta foto cada año cuando llega esta fecha. No soporto verla, porque cuando la miro le veo a él ahí con su sonrisa de golfo, y su acústica cruzada a la espalda, y todo vuelve a mi cabeza—comenzó a decir Carlos casi en un susurro—. Hoy hace treinta y cinco años que mi hermano murió.

—¿Cómo?—Preguntó Cata con todos y cada uno de los poros de su piel erizados.

—Creía que tu padre te habría dicho algo, sabe que estos días me pongo insoportable. Hoy hace treinta y cinco años que mi hermano Jon murió de sobredosis en ese mismo camerino. Un tiro de coca demasiado cortada, una coca que yo mismo le compré—confesó con los ojos llenos de lágrimas al tiempo que dejaba con delicadeza sobre la barra, boca arriba, el marco que había estado abrazando.

Cata sintió estallar su cabeza al ver en esa imagen a todo el grupo, a Carlos con su pelo largo, a su padre con la chupa de cuero de la otra foto y un chico entre los dos, un chico con unos vaqueros rotos, botas de piel de serpiente, camisa negra medio abierta, pelo revuelto y ojos oscuros medio pintados con lápiz negro. Sus lágrimas se unieron a las de Carlos, sin saber cómo decirle que hacía tan solo unos minutos ella misma había conocido a Jon.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “LA CUEVA”

  1. Melancólico, enternecedor y reflejo del dolor que tantas familias sufren por causa de acciones equivocadas. Las almas vagan, están alrededor y dicen que jamás se van cuando alguien está atormentado por su pérdida. ¿Ficción o realidad? Allá cada cual 😞. Excelente, #LuciaArjona…siempre 💙

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