VUELO A PARÍS

Helen bajó del Uber con una sensación extraña en su interior. No podía dejar de pensar en la enorme ilusión con la que había estado preparando aquel viaje durante meses. París, la ciudad del amor, ¿qué mejor lugar para celebrar el primer San Valentín con Tom? O eso fue lo que pensó cuando comenzó a organizarlo. Tomó la maleta de la mano del conductor, quien con su mejor sonrisa le deseó buen viaje. Helen intentó corresponder al gesto, pero al sentir cómo sus ojos se empañaron, optó por dar media vuelta dejando en el aire un simple «gracias», y corrió al interior del aeropuerto de Heathrow en busca de la zona de embarque, con el recuerdo en su cabeza de la noche en la que entregó a quien pensaba que era el amor de su vida, aquel sobre con los billetes y la reserva de hotel.

Helen había estado preparando todo con suma dedicación. Era el cumpleaños de Tom, el primero que pasaban juntos como pareja, después de más de tres años de amistad. Ella había estado enamorada de él desde el primer día en que se conocieron en la oficina, y por fin, tras años de cafés, confidencias, cenas de empresa, rolletes mutuos totalmente infructuosos, proyectos y viajes de trabajo en común, por fin estaban juntos. Tom le había contado infinidad de veces en todo ese tiempo lo mucho que le habría gustado poder hacer el Erasmus en París, cuando aún estaba estudiando la carrera, pero su Escuela de Negocios tenía pocas plazas y una nota de corte demasiado alta. Helen y Tom hacía poco más de ocho meses que habían empezado a salir como pareja, y ella aquella noche, para sorprenderle, había preparado como regalo una escapada a su ciudad soñada, para celebrar juntos el día más romántico del año, el día de San Valentín, el mismo del que ambos se habían estado mofando año tras año durante su soltería y que en esta ocasión, sin embargo, parecía que ambos esperaban con una ilusión empalagosa y sensiblera, totalmente desconocida para los dos. 

Aprovechando la temperatura de los últimos días del verano en Londres, Helen había sacado una pequeña mesa y dos sillas de picnic plegables a su diminuta terraza, en su apartamento del Covent Garden. Había comprado una guirnalda de pequeñas luces led cálidas en Harrods, junto con una preciosa vela blanca en vaso de cristal tallado de Jo Malone con aroma a peonías, y la había colocado alrededor de la barandilla del balcón para crear una atmósfera íntima y romántica, la vela esperaba su turno para ser colocada en el centro de la mesa una vez estuviera vestida por completo. Antes, tuvo que doblar cuatro veces sobre sí mismo el mantel de hilo blanco, reservado para las grandes celebraciones, y evitar así que arrastrase por el suelo en demasía, luego disponer las dos copas de vino, la cubertería de diseño regalo de sus padres, y unos preciosos platos de cerámica española que Tom le regaló un mes atrás, cuando pasaron juntos dos semanas de vacaciones en Ibiza. Por último colocó con delicadeza el sobre de su regalo bajo la servilleta del cumpleañero, y después de comprobar el efecto de la puesta en escena, corrió a vestirse antes de que el ruido del motor del GB de Tom retumbase en la calle. Venía directo desde Cardiff, tras cuatro días de trabajo con el equipo de marketing de Hollister, el nuevo gran cliente de la empresa en la que ambos trabajaban, preparando la campaña de publicidad de la colección de invierno.

Las llaves de Tom tintinearon en la cerradura del apartamento, justo cuando Helen estaba terminando de perfilar sus labios con un lápiz rojo.

—¡Prohibido dar un paso más hasta que salga a recibirte! ¿Me oyes?—Gritó con todas sus ganas desde el cuarto de baño para que Tom pudiera escuchar su voz sobre el último vinilo de Inhaler, elegido como banda sonora mientras se arreglaba—. ¿Me has oído Tom?

—Sí, ama.—Su voz grave y profunda, llegó hasta ella desde el salón, y por el tono que pudo apreciar, a pesar del volumen de la música, supo que la situación no le estaba resultando divertida—. ¿Puedo sentarme al menos en el sofá?

—¡En el sofá no!—Exclamó Helen casi en un alarido, al darse cuenta de que si se sentaba allí tendría la panorámica del balcón por entero.

—¿Puedo pillar una cerveza?—Preguntó él arrastrando las palabras.

—¡Ni se te ocurra!—Afirmó ella con rotundidad, no quería que descubriera el menú que esperaba dentro de la nevera, le había llevado demasiado tiempo prepararlo todo—. Pero puedes abrir la botella de Chardonnay que está enfriándose en la cubitera de la barra de desayuno y servir dos copas.

Helen asomó la cabeza por la puerta entornada del cuarto de baño para asegurarse de que Tom la estaba obedeciendo. Cuando escuchó el ruido del hielo al mover la botella para abrirla, sonrió y volvió dentro para echar un último vistazo a su imagen en el espejo antes de unirse a él. El vestido que había comprado para la velada le sentaba como un guante, no podía negarlo, un modelo azul noche ajustado, con mangas de gasa en el mismo tono. Aunque eran los últimos estertores del verano en la ciudad, sabía que no estaría cómoda con los brazos al descubierto, ni por la temperatura, que podía bajar hasta diez grados en cosa de minutos, ni por esa especie de sanguijuela electrónica con la que había tenido que empezar a convivir en las últimas semanas. Las mangas, a pesar de ser estrechas y de estar confeccionadas en una tela tan fina, por primera vez en mucho tiempo le hacían sentir libertad de movimiento en los brazos, por primera vez la bomba de parche de insulina no se clavaba más de lo habitual en su piel, como había ocurrido con toda la ropa que había tenido que desechar desde que comenzó a usarla, además el tono de la tela permitía que esa especie de moneda adherida a su brazo pasase casi desapercibida. Aunque ella misma se había forzado a hacer bromas al respecto desde el principio, la realidad era que no se sentía cómoda con la situación, su autoestima había empezado a resentirse no sólo por ver su brazo marcado por el dispositivo, sino también por el aumento de peso que había empezado a ser notable en los últimos meses, pero aquella noche, aquel vestido, le había devuelto la seguridad necesaria para sentirse hermosa y deseable a los ojos de su chico. Revolvió con agilidad su flequillo rubio para dar algo de movimiento a su larga melena, colocó las gafas de pasta sobre su nariz chata, y se subió a las sandalias de tacón, lista para la sorpresa, nunca pensó que aquella noche la sorpresa sería para ella, y no precisamente iba a ser una agradable.

El detector de metales del arco de seguridad de la zona de embarque emitió un pitido que sacó su mente de inmediato de aquel recuerdo. El oficial de control la hizo apartarse de la fila de acceso y pasó alrededor de ella el detector de metales, que como era de esperar emitió un nuevo zumbido a la altura del brazo derecho.

—Llevo una bomba de insulina en el brazo—murmuró entre dientes con desgana.

La mirada de condescendencia del oficial de seguridad que recibió a continuación, le hizo sentir aún más incómoda que las miradas del resto de viajeros cuando la apartaron para la comprobación. Helen recogió su mochila de cabina, el bolso y su abrigo de la cinta transportadora del escáner, y se dirigió con la cabeza gacha y paso decidido hacia la puerta de embarque correspondiente, que acaba de abrir el mostrador para el primer vuelo a París de la mañana, su vuelo. 

Abonar la tasa de embarque prioritario permite acceder al avión en el primer turno, y saber que tu equipaje de mano tendrá sitio en los maleteros sobre el asiento, y no al otro extremo del aparato. Helen sonrió con amargura al cerrar la puerta del maletero después de acomodar sus pertenencias, cuando hizo las reservas para los dos nunca pensó que sería ella la única que podría disfrutar de esa ventaja. El asiento que debería haber ocupado Tom, junto a la ventanilla, estaba ocupado por una chica morena preciosa, que la saludó con una sonrisa tímida al ocupar el suyo.

—Hola, buenos días—dijo Helen en un tono cordial, aliviada por compartir el vuelo con una chica.

—Hola.—La joven pareció sonrojarse sólo con responder a su saludo—. Ay, perdona. Espera, voy a poner mi bolso bajo el asiento. 

—Tranquila, no me molesta—respondió Helen con sinceridad, no le importaba que el asa de la bandolera de la chica rozara su asiento, pero agradeció el gesto.

Las chicas se sonrieron en silencio antes de volver sus miradas hacia la azafata, que se afanaba en explicar la ubicación de las salidas de emergencia ante una audiencia ausente, repleta de parejas empalagosas que cuchicheaban acurrucadas, salteadas por hombres o mujeres de negocios que echaban un último vistazo a sus tablets o sus smartphones, antes de verse obligados al tan temido “modo avión”, algún turista que otro y pocos asientos vacíos. Helen no podía esconder la melancolía que le produjo pensar que Tom y ella deberían estar haciendo exactamente lo mismo que el resto de parejas que veía alrededor, besándose sin tapujos en aquel fin de semana de San Valentín. El avión se encaminó hacia la pista de despegue, tomando cada vez más velocidad. Cuando estaba a punto de elevar el morro, Helen sintió la mano de su compañera de asiento aferrada con fuerza alrededor de su antebrazo, justo al mismo tiempo que sentía su espalda pegada al respaldo por la inercia del despegue.

—Perdona, es que tengo pánico a volar, y es la primera vez que lo hago sola—confesó la chica con sus preciosos ojos negros sumergidos en una mirada de súplica—. Me llamo Karen por cierto…

—Tranquila, no pasa nada—respondió de inmediato con una sonrisa tranquilizadora—. Yo me llamo Helena, vamos Helen. ¿Es la primera vez que vuelas a París?

Karen negó en silencio, con los ojos llenos de lágrimas a punto de desbordarse y el rostro pálido, apretando aún más el brazo de Helen, hasta sentir que el avión se estabilizó alcanzando la velocidad de crucero, con el sonido de aviso de apagado de la señal de abrochado de cinturones. 

—Ay, ¡qué vergüenza!—Exclamó Karen esquivando la mirada—. Perdona de verdad, no puedo evitarlo, este miedo es superior a mí. Suelo volar con asiduidad a París por mi trabajo, solo que nunca lo había hecho sola, antes iba… Yo… Antes era el brazo de mi ex el que me sostenía.

—Entiendo—respondió Helen con franqueza—. Hace mucho que…

—No mucho, rompimos hace unas semanas. Bueno, no rompimos, me dejó. El muy capullo, después de todo lo que he hecho por esta relación…—respondió la chica con una mezcla de rabia y pena que Helen conocía muy bien

Asintió en silencio, conectaba perfectamente con ella y con sus sentimientos.

—Bueno, si te puede hacer sentir mejor, te diré que yo también he roto recientemente con mi novio, bueno hace cinco meses y medio en realidad—confesó con un nudo en el estómago, y con la impotencia reflejada en sus ojos al recordar aquello una vez más—. En realidad este viaje teníamos que estar haciéndolo juntos, iba a ser nuestro primer San Valentín, pero él lo estropeó todo…

—Espera, no sigas… Deja que te invite a una copa de champagne para compensar la marca de mis uñas en tu brazo—interrumpió Karen con una sonrisa franca en sus labios—. Además, si vamos a hablar de hombres, creo que nos vendrá bien a las dos, ¿puedo?

Helen dudó un instante, no había desayunado nada aún, y la bomba de insulina estaba programada para insuflar la dosis en pleno vuelo, contaba con pedir un té y un sandwich como desayuno para evitar la bajada de azúcar después de la inyección, no hacerlo sería terriblemente peligroso, ya que podría entrar en una hipoglucemia fulminante. Por otro lado, no creía que acompañar su desayuno con una copa de champagne fuera a ser perjudicial, además, qué demonios, era su vuelo a París, si iba a hacer ese viaje sola después de todo, qué mejor manera de comenzarlo.

—Claro, ¿por qué no? Yo iba a pedir algo para desayunar de todos modos, ¿quieres algo tú también?—contestó Helen.

—No, muchas gracias, no me gusta comer nada sólido cuando vuelo por si…—Karen simuló una arcada que hizo estallar a ambas en risas.

Después de cambiar de opinión al ver la carta a bordo y pedir un café au lait, un croissant y dos copas de champagne, ventajas de volar con Air France, las chicas retomaron la conversación a la espera de recibir el pedido.

—Bueno, me estabas contando lo ocurrido con tu ex, que lo estropeó todo…—dijo Karen para retomar la charla, con un gesto de genuino interés en su armonioso rostro.

—Sí eso es…—contestó Helen recogiendo el testigo—. Yo había preparado una cena romántica perfecta en el balcón de mi apartamento por su cumpleaños. Su sueño era conocer París, y pensé que sería maravilloso regalarle eso, un viaje a París. Y en pleno empalague, se me ocurrió que la guinda del pastel sería conocer juntos la ciudad en San Valentín…

—¿Cómo? ¿Este era “ese” viaje?—interrumpió Karen con la boca abierta.

—Sí y yno… Pero ahora llegamos a eso—prometió Helen antes de continuar—. Él venía de Gales, había pasado allí cuatro días trabajando en una campaña de publicidad. Yo lo noté extraño, pero quise pensar que debía ser el cansancio del viaje en coche y los días fuera, estaba menos cariñoso que de costumbre y a penas me miraba a los ojos. Cuando nos sentamos a cenar y levantó su servilleta, encontró mi regalo en un sobre. Yo estaba expectante, me moría de ganas de ver la expresión en sus ojos al descubrir que tenía en sus manos su viaje soñado, pero cuando descubrió mi regalo, volvió a cerrarlo, tomó mi mano y me confesó que durante su estancia en Cardiff él…—Helen tomó aire luchando por no dejar salir el dolor que aún le provocaba el recuerdo de aquella situación—. Me confesó que se había acostado con otra, que no sabía cómo había podido ocurrir, pero había amanecido en la cama de una modelo de la campaña de publicidad, después de una noche de cena y copas y yo… Yo me volví loca. No podía creer lo que estaba escuchando, cómo se atrevía a hacerme creer que que no sabía cómo había acabado desnudo en la cama de otra mujer…

Helen, aunque sintió cierto alivio en el centro de su pecho al hablar de Tom, al compartir su dolor, no pudo evitar que sus ojos se empañasen, pero notar la mano de su vecina de asiento sobre su antebrazo, la ayudó a respirar hondo, dispuesta a continuar y a no volver a verter una lágrima más por él, al menos no de momento.

—Disculpen señoras, su pedido—anunció la azafata con acusado acento francés a la altura de sus asientos, frenando el carrito junto a ellas—. Café au lait et un croissant pour vous, madame.

Cuando la azafata estaba a punto de dejar la bandeja sobre la mesa plegable del asiento de Helen, una turbulencia sacudió por un segundo la cabina, provocando que el café terminase sobre su pantalón con el grito de terror de Karen de fondo.

—¡Cuánto lo siento!—Se disculpó pálida la asistente de vuelo—. ¿Está usted bien? No se habrá quemado, ¿verdad?

La chica se afanaba en secar con unas servilletas el líquido sólo templado que había caído sobre ella, Helen se alegró de que en Air France los termos de café estuvieran tan poco calientes como en el resto de compañías, aéreas y terrestres.

—Tranquila, tranquila… No pasa nada, voy a ir al baño un segundo, a ver si consigo arreglar un poco esto…—dijo Helen abandonando su asiento con una sonrisa algo forzada, la idea de llegar a París con el pantalón hecho un cisco no le seducía en absoluto.

—Cuánto lo siento señora de verdad, déjeme compensarles.

La azafata acompañó a Helen hasta el baño, y la surtió con una colección de toallitas húmedas para manos, que ella aceptó de buen grado, con la esperanza de que aquel manchurrón pudiera difuminarse un poco. Tras cinco minutos de esfuerzo, la mancha casi había desaparecido, y aunque intentó que el aire caliente del secador de manos eliminase la mayor parte de la humedad de sus muslos, Helen estaba realmente incómoda con aquella sensación, pero una vez más, sonrió como pudo a la azafata que se encaminaba hacia sus asientos desde el otro extremo del avión, ella sí con una sonrisa franca y una mirada de súplica.

—Espero que este desayuno pueda compensar de alguna manera mi torpeza, y su vuelo con nosotros acabe con un buen recuerdo a pesar del accidente—anunció la asistente señalando en un gesto de mano el maravilloso despliegue que Helen encontró en las bandejas dispuestas sobre su mesa plegable, además de la de Karen: zumos de naranja, muffins de arándanos y chocolate, dos cafés con leche, una cajita con bombones además de las dos copas de champagne con las que pretendían acompañar su charla desde el principio—. Por supuesto esto es a cargo de la compañía, por las molestias ocasionadas.

Helen y Karen se miraron con una sonrisa cómplice, y después de agradecer con sinceridad el detalle, se acomodaron en sus asientos.

—Madre mía, qué maravilla, ¿no?—Exclamó Helen encantada con sus ojos abiertos como platos.

—Qué menos después de cómo te ha puesto esa inútil—soltó con brusquedad Karen ante una sorprendida Helen, que no esperaba un comentario como ese en ella—. Quiero decir, que… no me puedo ni imaginar lo incómoda que debes estar con el pantalón así, es normal que hayan tenido este detalle contigo.

—Bueno…, no estaban obligados a nada, pero agradezco el detalle—dijo Helen observando su bandeja—. Venga, vamos a comer algo, yo lo necesito, acabo de recibir mi chute de insulina y no quiero que me dé un chungo…

Helen señaló con un par de golpecitos de su dedo índice sobre el antebrazo derecho el dispositivo que se marcaba bajo la manga de su camiseta, ante la mirada sorprendida de su acompañante.

—Vaya… No me había dado cuenta—comentó Karen con esa expresión de lástima en su mirada que tanto detestaba Helen en todo aquel que descubría su enfermedad—. Espera, antes vamos a brindar por ese gañán que tiró por tierra tu maravillosa sorpresa de cumpleaños.

Karen tomó su copa, invitándole a imitar su gesto.  

—Pues sí, por ese gañán—exclamó Helen chocando su copa con la de su vecina de asiento y tomando un buen sorbo después.

Cuando iba a comenzar a abrir el envoltorio de plástico transparente del muffin de chocolate negro que se moría por probar, Karen reclamó su atención.

—Oye, una duda ¿y por qué decías que este “casi” era el viaje que habías cerrado con él?—preguntó llevando la copa a sus labios después.

Helen suspiró y dejó lo que estaba haciendo para contestar a su pregunta, de un modo inconsciente imitó su gesto, llevando la copa de champagne a sus labios para tomar otro buen sorbo antes de responder.

—Bueno, después de una bronca monumental y una ruptura realmente dolorosa, en todo este tiempo no supe nada de él, de hecho pidió traslado en nuestra empresa, no quise saber dónde. La cosa es que la semana pasada encontré en el buzón de mi apartamento un sobre con este billete, el mismo que yo había sacado en su momento como parte de su regalo, y que tiré a su cara meses atrás, cuando salió de casa aquella misma noche, diciéndole que esperaba que pudiera utilizarlo con cualquier… con cualquier otra—rectificó en el último momento, para evitar soltar la palabra que tenía en la punta de la lengua, furcia, y esperó un par de segundos para continuar con su respuesta—. Junto con el billete, recibí una carta preciosa escrita por él en la que me contaba que el traslado que había conseguido era a París, su sueño, que seguía amándome y que si yo seguí sintiendo algo por él, esperaba que tomase este vuelo y le diéramos una nueva oportunidad a lo nuestro en el fin de semana más romántico del mundo, tal y como yo había planeado la noche en la que todo estalló…

Helen acabó la última frase con dificultad, como si sus labios no pudieran coordinarse con las órdenes de su cerebro. Además comenzó a sentir la boca seca, su pulso se había descontrolado, y un sudor frío comenzaba a perlar su frente, estaba entrando en hipo, debía comer algo dulce de inmediato. Cuando intentó coger la caja de bombones con su mano, ésta no respondió, apenas pudo levantarla un centímetro delante suya. No entendía qué le estaba pasando, aquello no era solo una hipoglucemia. Volvió la mirada hacia Karen, quien al notar su pérdida de fuerza y su incapacidad para emitir por su boca más que un gemido, dejó alarmada su copa sobre la bandeja de inmediato, tomó el muffin, abrió el paquete con rapidez, le quitó el papel, lo acercó hasta los labios de Helen en un gesto de urgencia, pero en el último momento lo retiró de su alcance y lo llevó hasta su propia boca para morderlo con ganas, emitiendo un gemido de auténtico placer.

—Mmmm…, no sabes lo bueno que está. Qué pena que no puedas probarlo—dijo con sus ojos oscuros clavados en los de ella.

¿Qué estaba haciendo aquella desgraciada?. Quiso gritar, pero de su boca, cerrada en un gesto que comenzaba ya a ser rígido, sólo salió un gruñido apenas perceptible por el ruido de las turbinas del avión y el parloteo de las parejas enamoradas que las rodeaban.

—No te canses, no te queda mucho tiempo—comenzó a hablar Karen, con sus ojos convertidos en dos puñales de acero y un tono en su voz de desprecio, como el que había usado minutos antes con la azafata—. Sí, es una pena que la torpe de la azafata haya hecho caer el café sobre tus piernas justo cuando la insulina ya estaba recorriendo tus venas, aunque te diré que esa inútil me ha hecho un favor, yo pensaba hacer lo mismo una vez te lo hubieran servido, necesitaba que te levantases para poder echar mi regalito al champagne. 

Helen no podía moverse, pero las lágrimas comenzaban a brotar sin control por sus mejillas, mientras sentía cómo sus brazos empezaban a agarrotarse por el colapso en el que estaba entrando su cuerpo.

—Ay… ¿estás llorando? Pobre, espera.

Karen tomó el bolso de Helen y rebuscó en su interior hasta dar con las gafas de sol, que cambió por las de pasta que llevaba en ese momento, luego subió la cortinilla del avión para dejar entrar la luz del sol, ella tomó las suyas y las puso sobre su cabeza a modo de diadema, para tomar después los restos de la copa de Helen, volcarlos en su café, y pasar luego una servilleta por su interior y en la tulipa.

—Chica, no quiero que encuentren nada raro si les da por rebuscar entre la basura cuando te encuentren seca al aterrizar—soltó en un susurro junto al rostro de Helen, tratando de contener una risa nerviosa—. Así, con las gafas, nadie verá tus ojos suplicantes. Cuando te encuentren, darán por hecho que te has quedado dormida, y no has podido reaccionar a esta terrible bajada de azúcar al no desayunar a tiempo.

Las lágrimas de Helen continuaban brotando de sus ojos, no entendía nada de todo aquello.

—Voy a darme prisa, antes de que pierdas el conocimiento, quiero que sepas de qué va todo ésto.—Karen se colocó en su asiento, bajó sus gafas y adoptó una postura acorde a la de su compañera, acercando su cabeza ligeramente a la suya, ella supuso que querría simular estar también dormida y poder susurrar al continuar hablando—. Yo soy la mujer con la que Tom se acostó aquella noche, bueno… La que acostó a Tom a su lado, totalmente desnudo…

Helen hizo todo el esfuerzo que pudo para conseguir sacar de su garganta un gruñido sordo y doloroso.

—Shhh no te canses, ya no te queda mucho más… Escucha bien—murmuró Karen como una amenaza—. Le conocí en la cena con mi agencia de modelos, y me encapriché de él de inmediato, pero el muy gilipollas no quiso nada conmigo por mucho que me insinué, decía que estaba e-na-mo-ra-do, el muy cretino… Así que usé con él lo mismo que contigo, unas gotas de burundanga en su copa, y cuando empezó a sentirse mareado, me ofrecí a llevarle a su hotel. Le tumbé en la cama, le desnudé, jugué con él un poquito y dejé que a la mañana siguiente sacase sus propias conclusiones.

El aire apenas podía entrar en los pulmones de Helen que sentía cómo su cabeza empezaba a fallar, pero quería seguir escuchando, lo necesitaba.

—Hace un mes conseguí dar con él a través de la agencia, descubrí que estaba en París. Después de observar durante un par de días en la distancia, hice lo posible por hacerme la encontradiza en un pequeño bistró al que solía bajar a cenar, debajo de su apartamento y bueno… Me contó lo ocurrido entre vosotros al regresar a casa después de nuestro encuentro, vuestra ruptura, lo de tu regalo, no dejaba de hablar de ti, de tu enfermedad, se sentía terriblemente mal por no poder estar a tu lado, por no poder cuidarte…. Yo me mostré terriblemente compungida por lo que había provocado supuestamente sin esperarlo, compartimos una botella de champagne, luego otra y al final me invitó a subir a su casa.—Karen tomó aire, como si estuviera reviviendo aquella noche en su cabeza—. Volvimos a vernos varias veces más, establecimos que entre nosotros sólo habría sexo, o eso le hice creer. Yo trataba por todos los medios que mi agencia me enviase a todos los trabajos que salían en París para poder encontrarme con él, pero sabía que él seguía teniéndote en su cabeza. La última noche que nos vimos lo tuve claro. Sí, como lo oyes… Encontré su carta de mierda y tu billete sobre la mesa de su escritorio, mientras él se estaba duchando después de lo que luego supe que había sido nuestro polvo de despedida. Tenía tu vuelo y tu número de asiento en mi cabeza, así que compré los dos que estaban vacíos justo delante del tuyo, y otro para el primer vuelo con conexión con éste para que Tom no me viera salir en la terminal. Luego me aseguré de entrar antes que tú al avión y me senté en el asiento que debería haber ocupado Tom, al fin y al cabo nadie iba a usarlo… él ni se molestó en cancelarlos después de la ruptura… Y míranos, aquí estamos, solas tú y yo, bueno pronto sólo yo… 

Karen suspiró profundamente, luego tomó la mano de Helen por su muñeca para comprobar su pulso y antes de empezar a pedir a gritos una ayuda que ya sabía iba a ser totalmente inútil en pleno vuelo, se acercó más a su rostro simulando comprobar si respiraba, y susurró:

—No te preocupes, yo sabré consolarlo por tu pérdida, cuando volvamos a vernos en París, porque volveremos a vernos, de eso puedes estar segura.

Helen sintió entonces cómo todo se fundía en negro poco a poco y a penas conseguía respirar. Se fue con una última lágrima recorriendo su mejilla con la imagen de Tom en su cabeza esperando feliz en la puerta de la terminal, ansioso por un reencuentro que ya nunca se produciría.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

6 opiniones en “VUELO A PARÍS”

  1. La reina de las tramas no esperadas. Planteamiento y desarrollo impecables como siempre mi querida #LuciaArjona. Llegarás muy lejos y yo estaré en primera fila disfrutando de tu triunfo 💙💙💙

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