LA CURA

Los pasos de Thea resuenan en la noche. La ciudad duerme pero ella no puede parar de correr. Trata de tapar como puede el camisón de interna entre zancadas. Sólo ha tenido tiempo de coger abrigo y calzado de la taquilla de su habitación, antes de salir por la escalera de emergencia.

La adrenalina corre por sus venas, late en sus sienes. Sólo piensa en huir. Respira agitadamente, no se permite llorar. Sus pies no dejan de moverse, embutidos en las botas con las que llegó hace una semana al hospital, convencida de que le esperaba simplemente otro chequeo semestral: analítica, biopsia de médula, cardiograma, encefalograma, sueros, resonancia. Todo para controlar una leucemia durmiente que la acompaña desde niña. Una leucemia que esta noche, hace unos minutos, acaba de descubrir que nunca ha existido. Acaba de saber que todas esas pruebas, todos estos años, han supuesto el estudio de un experimento que ha estado girando en torno a ella. 

Thea nota el frío en su rostro mientras corre y recuerda el momento en que todo ha quedado expuesto. Había salido al pasillo desierto de la fría clínica, nerviosa por tener que pasar una noche más allí. Los chequeos anteriores nunca habían pasado de cuarenta y ocho horas, pero esa era ya la sexta noche que tenía que dormir allí, no entendía porqué aún no la dejaban volver al orfanato. Vio a la Dra. Díaz hablando por teléfono en el control, así que pensó en acercarse a ella para preguntarle y salir de dudas, pero entonces vió su tablet sobre el mostrador del puesto de enfermeras, con su foto en pantalla, estaba segura de que ese era su expediente. Le pudo la curiosidad y se acercó a leerlo. Cuando puso sus ojos en la pantalla un escalofrío recorrió su espalda. En lugar de su nombre y edad, unos códigos la identificaban como: «SUJETO F001-2007-16 años». Más abajo: «Eficacia Blincytos >100%. Células maduras. Fase de extracción». Las palabras de la Dra. Díaz, que escuchó agazapada en el control de enfermeras, resuenan en su cabeza al ritmo de sus zancadas:  «No estoy preparada… ¡Sólo es una niña!… No podemos hacer eso, ¡no! Ya sé que estamos a un paso de tener la cura, pero no voy a hacerlo… ¡No es una cobaya!…». 

Thea con la respiración entrecortada y lágrimas en los ojos, se detiene frente al orfanato, el único hogar que ha conocido. Necesita ver a Tamis, ella es lo más parecido a una hermana pequeña que ha tenido nunca. Tamis entró en el orfanato tres días después de Thea con sólo cuatro años, Thea tenía entonces siete, y desde aquel día no se separó de ella ni un segundo, protegiéndola a diario, siempre le enterneció su aspecto de pajarillo, tan delgada, tan frágil. Hoy es ella quien necesita su ayuda.

Thea se aproxima a la parte trasera del edificio tomando del suelo pequeños guijarros del jardín entre paso y paso. Lanza el primero contra la ventana de la habitación que comparte con su amiga. Nada. Lanza el segundo y espera un instante, tampoco hay éxito. Cuando toma el tercero, ve como una luz cálida y tenue baña la ventana. Unas manos pálidas, cuyos dedos y muñeca ya se advierten terriblemente delgados incluso a esa distancia, deslizan la hoja de cristal. Tamis se asoma despacio al exterior.

—Pero ¿qué haces aquí? ¿Tú no estabas en el hospital?—susurra con la cabeza fuera. 

—Tamis, ayúdame. Tengo que contarte algo, no pueden saber que estoy aquí.

—Shhhhh —chista Tamis con un dedo sobre los labios—. Vas a conseguir que nos pillen a las dos. Espera, bajo a la cocina, te abro por allí.

En sólo un instante, un débil haz de luz sale por debajo de la puerta trasera antes de que Tamis la abra despacio, intentando por todos los medios no hacer ruido. Thea la observa al tiempo que camina acelerada hasta ella, tan pálida como siempre con su pijama de nubes. Le sorprende verla mucho más débil cuando observa que necesita apoyar una mano en el dintel para sostenerse mientras alumbra el suelo con su móvil en la otra a modo de linterna. Thea se abraza a ella temblando, y al hacerlo, siente la tremenda delgadez de su amiga bajo el pijama. Las lágrimas que antes no brotaban, comienzan a salir en cascada, en un llanto silencioso. 

—Thea, ¿qué pasa? ¿Por qué estás así? Me estás asustando—susurra Tamis con preocupación. 

—¡Tamis, quieren hacerme daño! Lo he oído… He oído a la Dra. Díaz, ¡he visto mi expediente! —Contesta Thea intentando controlar su voz a pesar de su agitación, mirando a la chica que se tambalea un poco cuando se separa de ella de tal manera que casi hace caer su teléfono. 

Thea la rodea con su brazo por los hombros para entrar juntas en la cocina y toma unos segundos para observarla. Tamis necesita apoyarse de inmediato en la encimera, le cuesta mantenerse en pie. Su amiga siempre ha estado delgada, pero puede apreciar que ha perdido peso con mucha más rapidez esta última semana. A pesar de la poca luz, se da cuenta de que unas ojeras oscuras y profundas rodean sus ojos, además sus piernas parece que apenas pueden mantenerla en pie…

—Oye Tamis, ¿estás bien?—pregunta en un susurro.

La luz de la cocina se enciende de golpe. El titilar de los fluorescentes y su resplandor al encenderse las deslumbra.

—Vaya, mira lo que ha traído el gato. —La voz grave y severa de la Directora suena en la estancia y su silueta oronda se dibuja con claridad ante los ojos de las chicas tan pronto como se acostumbran a la claridad—. ¿Dónde crees que vas?

Detrás de la Directora hay dos hombres enormes vestidos de blanco, y en segundo plano un tercero sostiene a la Dra. Díaz con las manos atadas. Thea intenta dar un paso hacia la puerta de la cocina, pero un cuarto hombre le cierra el paso desde fuera, en el umbral.

— ¡Déjeme salir! —Grita Thea confusa, volviendo junto a Tamis que observa todo en silencio, con sus enormes ojos cubiertos por la sombra del terror—. No lo entiende, ¡quieren hacerme daño!

La mujer camina despacio hacia ellas, parece que quiera demostrar su poder con cada uno de sus pasos. Cuando llega a su altura, cruza los brazos en actitud retadora y con sus ojos clavados en los de Thea dice:

—¿Daño? Nadie va a hacerte daño, pequeña. Al menos no si colaboras… Lo único que queremos, lo único que quieren hacer los doctores, es acabar el experimento. —Thea abraza a Tamis en un acto reflejo de protección hacia ella mientras la Directora continúa con su discurso—. Estos señores sólo necesitan obtener tu médula para crear el suero que nos hará ricos. Gracias a ti hemos encontrado la cura para la leucemia. Después de todo has resultado ser un bicho raro de lo más lucrativo, una gallinita de los huevos de oro andante. Además, piensa que gracias a tu sacrificio, niños y jóvenes como Tamis tendrán una oportunidad de vivir.

—¿Tamis? ¿Cómo que como Tamis? —contesta Thea perpleja, no entiende.

Una mirada triunfal se dibuja en los ojos de la mujer, mientras que los hombres de blanco rodean a la pareja de amigas concentrados en mantener acorralado a su objetivo. 

—Sí cariño, Tamis está enferma. Siempre lo ha estado. Pobre Tamis, tan débil ¿verdad?—Lanza la pregunta para la que no espera respuesta alguna al tiempo que intenta acariciar el rostro de la pequeña, que rehuye el gesto apartando la cara—. La pobre tiene Leucemia Linfocítica Aguda, lo descubrimos al mismo tiempo que tu extraña peculiaridad, en uno de los primeros reconocimientos médicos anuales cuando llegasteis aquí. Mientras te estudiaban a ti, a Tamis la fuimos tratando con las dosis básicas que nos permitían mantener su enfermedad lo suficientemente controlada. Pero ya sabes que las células en los cuerpos de niños y adolescentes se multiplican a toda velocidad, tanto las buenas como las malas, y las de Tamis han llegado a tal volúmen de concentración que ya sólo tiene una oportunidad para sobrevivir, tu médula. ¿Se te ocurre qué podríamos hacer?

Thea mira a su amiga con lágrimas en los ojos. A sus dieciséis años comienza a entenderlo todo. Ella siempre ha sido la cobaya, y su amiga la trampa para que no escapase. Sabe que si se entrega para curar a Tamis, no tomarán sólo una muestra de su médula, no solo esta vez, la irán consumiendo poco a poco en una habitación de hospital, nunca volverá a tener una vida normal.

Thea mira a la Dra. Díaz, que llora en silencio avergonzada, evita mantener su mirada. Luego mira a Tamis, que tiene el rostro lleno de lágrimas y ha comenzado a temblar como un cachorrillo asustado pegada a ella.

—Tranquila Tamis, todo va a salir bien—susurra en su oído al abrazarla y deposita un beso protector en su frente, luego mira a la Directora con ojos húmedos.

La mujer da un paso hacia ellas y tiende la mano.

—¿Vamos?—Más que una pregunta parece una órden.

Thea ya no puede contener las lágrimas que caen en un llanto sereno mientras la chica abraza a su amiga con todas sus fuerzas convencida de que probablemente no volverá a verla de nuevo.

—Sólo prométame que me permitirá saber que ella sobrevive, que ella estará bien, que mi suero la curará, es todo lo que le pido—dice con una mirada de súplica que podría ablandar el corazón más duro.

La Directora traga saliva antes de responder:

—Te lo prometo.

Thea vuelve a besar la frente de Tamis que no ha dejado de llorar en ningún momento, ya ni siquiera tiene fuerzas para rodearla con sus brazos. Es ella misma quien la acerca a uno de los celadores para que la sostenga y camina después hacia la mujer.

—Cuando quiera—afirma con sus ojos tristes y llenos de lágrimas clavados en los suyos.

Thea mira sobre su hombro una vez más antes de salir por la puerta, en su mente ve a una Tamis sana, con color en sus mejillas y sin rastro de ojeras y solo por esa imagen merece la pena dejarla atrás, meterse en el coche que la espera.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “LA CURA”

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