GOLPE DE EFECTO

Cierro la puerta de casa tras él y me quedo allí, con la espalda apoyada contra el frío  metal blindado pintado de falsa madera, su gélido tacto se cuela fácilmente a través de la fina camiseta de tirantes que llevo puesta. Esa ha sido la única prenda que me ha dado tiempo a recoger del suelo de la habitación para cubrirme en cuanto le he visto casi totalmente vestido de pie frente a mí, usando una vez más la excusa habitual de sus interminables reuniones para salir corriendo. Esa ha sido la única prenda que he tenido tiempo de ponerme encima para acompañarle hasta la salida y volver a mi soledad, como ya hice innumerables veces antes de esta tarde, pero con una sensación diferente en mi interior, diferente al vacío que me invadía entonces por completo tras cada uno de sus besos de despedida.

Lleno mis pulmones en una inspiración profunda, seguida de una exhalación pacificadora y relajante. Comienzo a caminar descalza hasta la habitación que hemos ocupado hasta hace un momento, en la que durante un par de horas nos convertimos en una maraña de brazos, piernas, piel y sudor. El olor a sexo mezclado con su perfume caro de Hugo Boss, me recibe como una bofetada inundando mis fosas nasales en el momento en que pongo un pie en ella. Arrugo la nariz en un acto reflejo y me dirijo a la ventana con paso decidido para subir la persiana y abrir las hojas de par en par, me obsesiona pensar que su olor haya quedado impregnado en el algodón de mis sábanas, sábanas que comienzo a retirar en silencio, mientras los visillos blancos bailan mecidos por la brisa que lo llena todo, que renueva todo.

Saco sábanas limpias del armario para vestir mi cama de nuevo, no puedo evitar que mi mente se pregunte cómo es posible después de tanto tiempo que nada haya cambiado en él, cómo es posible que siga comportándose como el ególatra que siempre fue, convencido una vez más de tenerme rendida a sus pies. Ese ha sido el mensaje que ha querido dejar con la sonrisa que ha dibujado en sus labios mientras abrochaba su camisa botón a botón, recorriendo con su mirada lasciva las curvas de mi cuerpo aún tendido sobre la cama, seguramente paladeando el sabor de cada centímetro de mi piel aún en su lengua con esa mirada sorpresiva y triunfal a partes iguales. No cabe duda de que hacía tiempo ya que había dejado de contemplar la posibilidad de volver a meterse en mi cama, de volver a estar entre mis piernas, sobre todo después de cómo acabó nuestra historia.

Después de vestir mi cama de limpio, recojo en un atillo las sábanas sucias, junto con el pantalón corto y el tanguita negro de encaje, que han quedado tirados en el suelo de la habitación en cuanto entramos en ella, y con todo apretado entre mis manos me dirijo a la cocina. Saco una bolsa de basura, la abro y vuelco dentro todo aquello junto con mi camiseta, que saco por mi cabeza sin ningún miramiento. Así, desnuda y descalza, cierro la bolsa negra de plástico con determinación, y la dejo junto al cubo de la basura para sacarla más tarde.

Una sonrisa meditabunda cargada de cierta nostalgia, trae a mi cabeza la imagen de la Eva que fui tres años atrás, y con ella en mi mente camino hasta el baño. Necesito una ducha para borrar cualquier resto de Alex sobre mi piel. Abro el grifo y dejo que la temperatura del agua se vaya templando al tiempo que siento cómo me invade un sentimiento de lástima mezclada con ternura por la joven insegura y volátil que fui en aquel entonces, cuando le conocí, cuando me crucé con él por primera vez en la oficina. Yo llevaba tan solo una semana en mi puesto, acababan de contratarme como recepcionista. Él acababa de entrar por la puerta con paso decidido, regresaba de un viaje de trabajo. Me dí cuenta inmediatamente de que yo no era la única fémina que acompañaba sus pasos con la mirada. Alex siempre fue un hombre atractivo, tremendamente atractivo, con un magnetismo casi animal que nunca antes había percibido con tanta fuerza en ningún hombre. Su cabello castaño, veteado con algunas canas, lucía un cuidado corte de pelo a navaja que resaltaba su rostro anguloso y varonil de mandíbula cuadrada, barba de dos días con pequeños destellos pelirrojos, nariz ruda flanqueada por unos ojos verdes de mirada intensa que fue capaz de electrificar mi cuerpo solo con la primera mirada. Sentí la humedad en mi ropa interior tras el roce de nuestras mejillas con los dos besos que nos dimos al presentarnos. Lo deseé de inmediato y él lo supo, siempre lo supo. Para él yo era la novedad, bastó eso para despertar su instinto de cazador, tenía nueva presa. 

El calor del agua sobre mi mano me devuelve al baño de mi apartamento. Complacida, entro en la ducha dejando que los chorros recorran mi cuerpo en cascada, con la mirada perdida en los dibujos que el agua va dejando en su recorrido sobre mi piel. Aunque nunca he sido una mujer de belleza exuberante, siempre he sabido potenciar mis mejores rasgos y aunque ahora me siento fuerte y segura de mí misma, entonces escondía mi falta de seguridad tras una coraza de mujer de carácter, pero él supo ver a través de ella, detectó enseguida mis debilidades y las atacó sin piedad. Comenzó acercándose poco a poco, con confidencias de café en el office, a media mañana, donde me contaba la película que seguro habrá utilizado una y mil veces con otras, antes y después de mí. Esa en la que él había sido abandonado por su pareja, la madre de una hija adolescente insufrible, que no paró hasta conseguir romper la relación justo cuando él estaba decidido a pedirle matrimonio, esa en la que explicaba lo cerrado que estaba a volver a amar desde entonces, buscando así mi propia confesión, el momento en el que yo vomitaba mis relaciones pasadas, todas aquellas con hombres que cumplían un mismo patrón de “rebelde sin causa”, como él.

Mientras recorro mi piel con la esponja, pienso en lo bien trazado de su juego de seducción. En aquellos cafés que dieron paso a una cerveza en una terraza del centro de la ciudad, en aquella primera cita a la que acudí excitada y nerviosa, ansiando un primer beso que no tardó en llegar. Luego vino la primera cena, y nuestra primera vez, he de reconocer que hasta aquel momento, nunca había tenido un sexo tan ardiente, tan salvaje. Pasamos la noche despiertos buscándonos una y otra vez, recorriendo cada rincón de su casa, en la única vez que estuve allí. Desde aquella noche, los siguientes encuentros siempre fueron en mi apartamento, en su casa de la playa o en hoteles en viajes de fin de semana que terminaban siempre de modo abrupto por alguna urgencia cada vez más dramática, para evitar que por mi cabeza pasara la idea de ponerlas en duda sin sentirme culpable.

Elimino el jabón de mi cabeza, dejando correr el agua sobre ella de manera constante, con los ojos cerrados mientras la imagen de la primera ruptura viene a mi cabeza. Llevábamos ya cinco meses saliendo y no había conocido a nadie de su entorno, continuábamos viéndonos a escondidas, nadie en el trabajo sabía que estábamos juntos, me sentía pequeña, alguien de quien avergonzarse, lo peor de todo es que durante un tiempo hasta lo justificaba, ¿cómo alguien de su posición social iba fijarse en mí, cómo alguien humilde como yo iba a encajar en su entorno? Hasta que aquella mañana los últimos estertores de valor y de amor propio que quedaban en mi interior decidieron rebelarse y hablar por mí. Era diciembre, cerca de las vacaciones de Navidad, siempre conseguía provocar que rompiera con él antes de las fechas más señaladas del calendario, entonces no lo sabía porque fue la primera vez, y fue en su coche, en aquel coche, tuvo la sangre fría de ponerse a llorar como un crío pidiendo de modo teatral que no le dejase, diciendo que se daba cuenta de lo mucho que me quería cuando me estaba perdiendo. Pero abrí la puerta del coche y me fuí. 

Aunque aquella vez fue fácil para mí dejarle atrás, la piel tiene memoria y cuando las vacaciones terminaron, la atracción volvió a surgir en la primera reunión de trabajo en la que coincidimos. Luego no tardó en volver con ramos de rosas enviados a la oficina, con emails interminables de arrepentimiento, con sorpresas espontáneas en la puerta de casa que yo entonces interpretaba como gestos románticos, cuando en realidad solo demostraban su obsesión por controlarme. Para poder sorprenderme de esa manera tenía que estar siguiéndome, una vez hasta llegué a ver su coche en la calle trasera de mi apartamento desde donde podía vigilar mis ventanas para saber quién entraba y salía de casa, como una niña estúpida interpreté aquello como una victoria, cuando en realidad estaba perdiendo. Como una estúpida volví a caer. Y el ciclo se repitió una y mil veces a lo largo de tres largos años tras los que acabé desquiciada por sus llamadas a escondidas, sus plantones con cenas románticas recién cocinadas, con maletas hechas para alguna escapada o vacaciones que nunca llegamos a disfrutar juntos. Y cada vez dolía más y más, y cada vez sus regalos de compensación eran más caros, las noches de sexo eran más salvajes con cada reconciliación en la que yo le devoraba con ansiedad y urgencia, deseando en realidad poder entrar en su corazón y en su cabeza para saber quién había dentro, si había un espacio en ellos para mí, por minúsculo que fuera.

Abro los ojos bajo el agua. Al notar un sabor salado en mis labios, me doy cuenta de que he comenzado a llorar en silencio, recordando el modo en que me destrozó poco a poco. Levanto mis manos y observo las arrugas que el exceso de agua ha dejado en las yemas de mis dedos que así parecen viejas y decrépitas. Así debió quedar mi corazón el día que llegó la gota que colmó el vaso, aquella Nochevieja, la que por fin íbamos a pasar juntos para presentarme a su familia. Me preparé con esmero, compré un vestido y unos zapatos que no me podía permitir, pero quería estar a la altura. Eran las nueve de la noche y estaba a punto de llegar, pero el timbre de mi puerta no sonaba, pensé que sería problema del tráfico en una noche como esa en la ciudad, le llamaba una y otra vez pero no contestaba, ni un mensaje, nada, silencio. Comencé a preocuparme por él, estaba convencida de que le había pasado algo, deambulaba arriba y abajo por el pequeño salón de mi piso, me alejaba de la ventana para volver a mirar a través de ella después, esperando ver su Volvo azul marino aparcado en mi puerta, pero la acera se llenaba de coches aparcados de los que bajaban personas engalanadas con botellas y bolsas de comida, su coche nunca llegaba. Entonces a eso de las diez de la noche llegó su mensaje «lo siento mi niña, mi madre no se encuentra bien y estoy con ella en el hospital, no puedo dejarla sola, ya ves qué plan de Nochevieja se nos ha presentado, mañana te compenso, ya lo verás». No le creí. Algo se rompió dentro de mi pecho, un llanto incontrolable y lleno de rabia subió desde mi estómago hasta la garganta, las lágrimas se llevaron por delante el maquillaje que había tardado horas en crear. Arrojé mi móvil contra el sofá y comencé a arrancarme aquel precioso vestido negro hasta dejarlo hecho jirones a mis pies, mirando a mi alrededor con la cara convertida en un garabato grotesco mezcla de lágrimas, mocos y pintura, escuchando la música y las risas que rompían el silencio de mi casa, que llegaban desde las casas de mis vecinos, pensando en la cena que mi familia estaría celebrando en ese momento, la cena que había rechazado por él, por estar con él, y allí estaba yo, sola, destrozada, abandonada en una noche como esa. Esa fue la última vez, mi furia le escribió un «no quiero volver a verte» y bloqueó su número, y los restos de mí pasaron la noche llorando en mi cama con el sonido de las campanadas del nuevo año sonando en el silencio de la noche en todos los pisos, en todos menos en el mío. Nunca más me permití volver a abrirle una puerta a pesar de que llamó una y mil veces intentando derribarlas. Cuanto más daño me hacía, mayor el reto para él de volver a meterse en mis bragas, de volver a manejarme a su antojo hasta hacerme sentir usada y despreciada una y otra vez. Pero aquella vez la puerta se cerró del todo, a pesar de que perdía mi droga, el sexo que tuve con él, a pesar de que durante mucho tiempo después acaricié mi cuerpo en las noches de soledad recordando aquellos asaltos.

Cierro el grifo de la ducha y corro la cortina para envolverme en la enorme toalla azul que espera en el colgador. El vaho lo inunda todo. El cristal está empapado y la humedad del vapor condensado chorrea por los baldosines de piedra de mi cuarto de baño. Entreabro el pequeño ventanuco para ventilar y comienzo a secar mi cuerpo despacio mientras pienso en cómo he conseguido que Alex haya acabado hoy aquí, en mi cama. Nos encontramos esta mañana. Yo asistía a un desayuno de empresa. Ahora tengo un puesto técnico en la oficina y estoy implicada en uno de los proyectos más importantes para el grupo. Él hacía tiempo que se había trasladado a otra unidad, llevábamos casi un año sin cruzarnos por los pasillos, no habíamos vuelto a vernos hasta hoy. Yo llevaba mi vestido azul ajustado y mis stilettos nude, no lo voy a negar, esta mañana estaba realmente atractiva con mi pelo ondulado y suelto a media espalda. Él venía para otra reunión, en otra planta, pero coincidimos en el mismo ascensor. Seguía estando guapo, aunque mis ojos no le veían igual. Él me dedicó la misma mirada provocadora que en otra ocasión, tiempo atrás, habría conseguido despertar mis instintos, pero en esta mañana, sólo despertó en mí una idea. Tenía que comprobar si estaba curada del todo, si mi piel le había olvidado, si para ella también su tacto ya no significaba nada. Entonces mi compañero de ascensor me comentó que había oído que se casaba, que Alex se casaba con su novia de toda la vida. Después de un primer impacto, en mi cabeza todo cobró sentido de repente, yo siempre fui la otra, por eso nunca me presentó a nadie, por eso me mantenía en la oscuridad. Esa revelación activó mis deseos de revancha más que nunca. 

Después de desbloquear su número, bastaron tres mensajes como cebo para que apareciese en mi casa después del trabajo. Yo le esperé recién duchada, con los pantalones más cortos que había en mi armario, el tanguita más sexy y mi camiseta de tirantes sin nada más debajo. Alex me atrajo hacia él con urgencia, y en cuanto sus labios rozaron los míos, supe que ya no quedaba nada. No sentí nada, salvo un enorme júbilo en mi interior. Hice que me siguiera a mi habitación dispuesta a utilizarlo yo esta vez como un consolador humano, disfruté para mí, disfruté por mí, como hubiera disfrutado de cualquier sesión de amor propio en soledad, y lo hice con total frialdad. Creo que él se dió cuenta de que algo era diferente, no le miraba a los ojos con profundidad, como lo hacía entonces, intentando penetrar a través de ellos hasta su mente. Esta vez, él me daba igual, sólo me preocupaba mi placer. Cuando todo acabó estaba deseando que se largara de casa y cuando estuvimos en la puerta, antes de cerrarla, quise preparar mi golpe final con un «no te prometo nada, pero luego hablamos» que él se llevó al ascensor como la mayor de sus victorias. Ahora me tocaba bajarlo de su pedestal.

Envuelta en mi albornoz, con el agradable frescor de mi pelo mojado sobre los hombros, me sirvo una copa de vino en la cocina. Con ella me acerco al sofá y me dejo caer en él con un suspiro. Tomo mi móvil y repito la maniobra que me enseñó con tanta insistencia en nuestros tiempos de relación, no llamar nunca directamente porque podría estar reunido, debía enviarle un mensaje y esperar su llamada cuando estuviera libre. Ahora ya sé que no era del trabajo aquello de lo que necesitaba librarse para hablar conmigo, era de su novia, de su futura mujer. Tomo un sorbo de mi copa y tecleo con lentitud, saboreando cada palabra. «¿Me llamas cuando puedas?». Un segundo después su respuesta: «Claro que sí pequeña, dame cinco minutos». Una sonrisa irónica se dibuja en mis labios, pobre alimaña.

Sólo un par de minutos después su nombre aparece en la pantalla de mi móvil con el tono de llamada. Tomo aire saboreando el momento y descuelgo.

—Hola—respondo con frialdad.

—Hola pequeña, ¿ya me echabas de menos?—Pregunta con ese tono de seductor trasnochado.

—No exactamente… Verás, no quiero hacerte perder el tiempo, ni perderlo yo.—Al otro lado de la línea silencio—. Hoy quería comprobar si lo único que siempre funcionó entre nosotros aún seguía ahí, si mi piel aún recordaba la tuya…

—La verdad es que no me habría imaginado ni por un momento…—interrumpe al otro lado, intenta llevar él el peso de la conversación, pero esta vez no voy a dejarle, esta vez hablo yo.

—Perdona Alex, déjame terminar—impongo con dureza—. Te voy a contar mi verdad. La verdad es que no he sentido nada, absolutamente nada. Me he dado cuenta de que el sexo que tuvimos me resultaba tan adictivo, tan diferente, lo tuve tan idealizado sólo por lo que yo sentía por ti, por ese enganche enfermizo. Pero hoy no he sentido nada, absolutamente nada…

Un segundo de silencio sepulcral permite que el ruido eléctrico de la línea flote entre los dos. Me parece escucharle balbucear ligeramente antes de que pregunte:

—¿Qué quieres decir con nada? No entiendo, te he oído correrte… ¿O me vas a decir que no te has corrido?—Se defiende atacando, pobre infeliz.

—Claro que me he corrido, como me corro con cualquiera de los consoladores que guardo en el cajón de mi mesilla de noche, salvo que esta tarde he ahorrado un par de horas en pilas. Para mí el polvo de hoy ha significado únicamente cubrir una necesidad, como la que siento cuando tengo hambre y tomo cualquier cosa con tal de saciarme.—Disfruto cada momento, cada palabra, porque sé que le estoy arrebatando de golpe todo el poder que siempre ha tenido sobre mí, el que seguro ha tenido siempre sobre sus otras víctimas.

Silencio al otro lado, silencio, mientras dentro de mí estoy gritando de alegría y siento como estalla dentro de mí una energía gigantesca que me hace sentir poderosa.

—Pero…—murmura.

—Pero nada… Sólo una cosa más, espero que no se te pase por la cabeza acercarte a mí o a los alrededores de mi casa, o volver a ponerte en contacto conmigo por cualquier motivo que no sea laboral—afirmo con calma y seguridad—. Tengo guardados todos tus emails, todos tus mensajes, seguro que no me costaría nada que tu futura mujer, tu novia de toda la vida, recibiera una copia y que tú recibieras una llamada de RRHH para comunicarte que has sido denunciado por acoso. Ni tú ni yo queremos que eso suceda, ¿verdad?

Silencio sepulcral, así que continúo hablando.

—Interpretaré tu silencio como una afirmación. ¿Sabes? Me gustaría poder desearte lo mejor, pero sinceramente, yo nunca he sabido mentir. Hasta nunca, Alex.

Corto la llamada con una inmensa sensación de alivio recorriendo cada uno de los poros de mi piel, y una euforia tan grande que creo que podría levitar. Alex está muerto, está muerto para mí y le he matado con mi mayor golpe de efecto, haciéndole sentir pequeño, impotente por completo.

Levanto la copa de vino en un brindis al aire, apuro su contenido y me levanto camino de mi habitación, donde todo huele a limpio. Cierro la ventana, corro los visillos y dejo que el albornoz se deslice por los hombros hasta caer al suelo. Llevo mi antebrazo a mi rostro y aspiro mi propio aroma. Mi piel huele a limpio, a vainilla, huele sobre todo a mí, más a mí que nunca.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “GOLPE DE EFECTO”

  1. ¡La dignidad, la autoestima y el amor propio ganaron!
    Este tipo de relaciones tóxicas hay que cortarlas de raíz pero tardas demasiado en darte cuenta.
    Narración muy acertada además de magníficamente escrita. Servirá para algo, seguro. ✨🌟💫

    1. Mil gracias Sofía, ojalá sirva para alguien que esté pasando por una situación similar o esté curándose tras salir de ella… Un abrazo y gracias por estar ahí siempre.

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