LA LUZ DE SU ABRAZO

Está atardeciendo y Velma, sentada con las piernas cruzadas en la loma del parque, perdida en el maravilloso espectáculo de un sol que se funde en el horizonte entre destellos dorados y rosas, ruega porque esta presión tan asfixiante en la boca de su estómago ceda y la deje respirar. Cierra los ojos y bucea entre sus recuerdos, tratando de buscar una pista que la guíe en su búsqueda, aquella primera vez que lo sintió, veinte años atrás, cuando aún era una niña en aquel colegio de religiosas.

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En aquel entonces, Velma siempre fue una niña alegre, a pesar de las burlas de las niñas mayores por su carita pecosa y sus coletas pelirrojas. A diario en el comedor, entre las clases de mañana y tarde, le gustaba sentarse cerca de la madre Otilia, la monja que las cuidaba en las comidas, una mujer cariñosa pero firme con las niñas más escrupulosas con los platos, y sobretodo con las más traviesas. El día que lo sintió por primera vez, Velma no pudo probar los macarrones con tomate, a pesar de ser su plato favorito. Sentía el estómago cerrado y una energía dentro de ella, en el centro de su pecho, que no comprendía muy bien. Asustada, se levantó del banco corrido en el que estaba y acudió en busca de su cuidadora con intención de pedir ayuda. Cuando estuvo delante de ella, y la miró a los ojos, esa corriente interior que tanto la confundía, estalló en la necesidad imperiosa de abrazarla fuerte, y así lo hizo. Simplemente la abrazó, la abrazó con infinita ternura y durante varios segundos, hasta que sintió que la madre Otilia, tensa en origen por la sorpresa de su gesto, respondió con una caricia suave de su mano sobre la espalda de la niña. Entonces, la pequeña sintió justo en ese momento, cómo la mujer fue relajando sus músculos poco a poco, hasta oírla suspirar. Con idéntica dulzura, Velma se separó de la religiosa sonriente, con un destello dorado en sus ojos color miel, brillantes y vivos, y con el alivio de la desaparición del nudo de su estómago y de esa fuerza interior que la inquietaba tanto. La mujer, conmovida, le preguntó la razón de ese gesto tan bonito, y ella respondió con su vocecita de cristal, que algo en su interior le dijo que lo necesitaba. La monja, con los ojos muy abiertos, y una lágrima luchando por escapar de ellos, sólo pudo asentir con la cabeza, acariciar con delicadeza su carita de muñeca y pedirla que volviera a su sitio. Poco tiempo después de ese abrazo, a penas dos semanas, la madre Otilia dejó de cuidarlas en el comedor, su sustituta les explicó que había subido al cielo.


Las risas de un grupo de niñatos que preparan su botellón en los bancos más cercanos a ella en el parque, devuelven a Velma al momento presente. Continúa sintiendo la presión en su interior. No ha desaparecido, al contrario, se torna más y más asfixiante. Intenta concentrarse, repasando mentalmente su lista de amigos y conocidos, intentando averiguar si al pensar en alguno de ellos, surge la necesidad imperiosa de llamarles, como ya le ha sucedido alguna vez, cuando ha presentido momentos difíciles, como diagnósticos de enfermedades, la pérdida de seres queridos o rupturas sentimentales, que necesitan de ella, de su presencia, aunque sea al otro lado de la línea telefónica. Incluso así, en la distancia, Velma siempre es capaz de hacerles llegar su luz, su paz. Ella suspira de nuevo, se concentra más y más pero nada, no identifica a ninguno de ellos.

Se tumba sobre la superficie del césped, algo húmedo bajo su espalda. Sus bucles pelirrojos se mezclan con las briznas verdes de la hierba. La temperatura comienza a bajar, pero ella no quiere moverse de allí, no hasta averiguar quién la está llamando, reclamando su energía liberadora. Las farolas del parque comienzan a encenderse una tras otra, aunque el sol aún deja algo de luz tras el horizonte. Saca su móvil con intención de comprobar la hora, pero al poner delante de sus ojos la pantalla negra, antes de poder desbloquearla, se encuentra con su reflejo, con sus propios ojos. Sus pulsaciones comienzan a acelerarse, la presión de su estómago sube ligeramente en intensidad, esa corriente que tan bien sabe identificar desde su infancia, la recorre de los pies a la cabeza, siente que estalla en su interior con tanta fuerza, que se incorpora en un movimiento rápido y deja caer el móvil en su regazo.

Velma lo ve al fin, ahora lo entiende, baja la mirada hasta sus propias manos, y en un movimiento pausado, abraza sus rodillas para apoyar la cabeza sobre ellas después. Poco a poco cierra los ojos e inspira profundamente; con su expiración, lenta y suave, comienza a sentir cómo la sensación de opresión va cediendo cada segundo un poco más y recibe a cambio, con cada nueva respiración, un poquito más de paz, de su propia paz, hasta sentirse en calma.

La primera versión de este relato fue premiado como «Relato de la Semana» en Scribook el 22 de Mayo de 2022.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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