RONDA

Mis manos tiemblan mientras palpan los bolsillos de mis vaqueros en busca de la tarjeta de mi habitación. En mi cabeza la misma imagen se reproduce una y otra vez en bucle, intento controlar mis lágrimas, necesito estar a solas para intentar exorcizar mi mente de todo ello.

Consigo entrar al fin, lo hago como un muerta viviente con la mirada perdida y vacía. Dejo caer el bolso al suelo y me descalzo, dejando las zapatillas tiradas como caen. Siento la respiración agitada y un pinchazo en la boca del estómago, reconozco los síntomas, voy a tener un ataque de ansiedad. Me dejo caer sobre la cama, cierro los ojos, me obligo a tomar aire con una respiración lenta y profunda, e intento recordar los pasos para controlarlo, «cinco cosas que puedas ver, cuatro sonidos, tres cosas que puedas tocar, dos olores, algo que puedas saborear». Abro los ojos y recorro la habitación del hotel con la mirada:

—Televisor, silla, espejo, armario…, zapatillas —digo en voz alta haciendo el barrido a la vez.

Al ver las zapatillas con las que he salido esta mañana de aquí, todo vuelve a mi cabeza y no puedo continuar. Las lágrimas brotan en cascada en un llanto silencioso sin poder evitar recordar cómo he acabado siendo testigo de algo así, maldiciendo el azar que me llevó a esta ciudad, precisamente a esta.

Todo comenzó ayer en Madrid en mi casa, cuando entré en ella aburrida y agotada de mi vida rutinaria por la carga de trabajo de la semana, como cada viernes. Sentada en el baño, leyendo el suplemento de viajes del periódico del domingo pasado, comencé a pensar en por qué no hacer algo espontáneo por primera vez en mucho tiempo, algo como un viaje en solitario. El reportaje que estaba leyendo hablaba de los veinte lugares más bonitos de Andalucía, todos marcados sobre un mapa de la región. Se me ocurrió la idea de elegir destino tal y como elegía de pequeña los juguetes del catálogo para mi carta a los Reyes Magos. Cerré los ojos, comencé a girar mi dedo índice en el aire y lo fuí acercando poco a poco hasta tocar el mapa y cuando los abrí, la ciudad de Ronda estaba debajo de él. Tiré de la cadena y salí corriendo al salón ilusionada por mi destino, nunca había estado. Busqué mi móvil en el bolso y abrí la app que siempre uso para reservar hotel. Sorprendentemente no tuve problemas de ocupación para ser fin de semana, pensé que no debía ser una ciudad con demasiado turismo en Enero. En menos de una hora, mi maleta y yo estábamos en el coche, dispuestas a afrontar las cinco horas de carretera.

Llegué al hotel ya de noche muy cansada, así que pedí algo de comida para cenar en la habitación delante del plano que me habían entregado al hacer el check in en recepción, y planear así las visitas que haría a la mañana siguiente. Tuve claro enseguida que lo primero que quería ver era el Puente Nuevo sobre el tajo de Ronda, la imagen de la ciudad. El mapa marcaba el Parador de turismo justo al lado, ¿qué mejor que desayunar en su cafetería antes de visitarlo?

Después de un sueño reparador y una ducha de lujo, elegí ropa cómoda para patear todo el día, me calcé las zapatillas y salí en busca del chute de cafeína matutino.

Entré en la cafetería del Parador encogida por el frío de la sierra de Málaga. Vi una mesa pequeña con dos sillones junto al ventanal, con las mejores vistas al puente, pero parecía ocupada. Tenía una botella de agua con un vaso, ambos sin tocar. Me disponía a buscar otra mesa cuando ví cómo la camarera comenzaba a retirarlo, así que me acerqué. 

—Buenos días. Perdón, ¿queda libre? —pregunté con una sonrisa.

—Sí, claro la chiquilla que estaba aquí hace un momento se acaba de marchar, vamos que ha pagado el agua para no tocarla, está juventud…—murmuraba mientras terminaba de pasar el paño por la superficie—. Disculpe, ¿qué le pongo?

Pedí zumo, café y un mollete con aceite y comencé a quitarme el abrigo. Al sentarme, sentí el calor que deja un cuerpo que acaba de estar ahí justo momentos antes, en efecto la chica debía acabar de salir por la puerta. Me recosté sobre el respaldo y noté algo rígido, justo entre el asiento y la espalda. Metí la mano tras el cojín y me topé con una pequeña libreta tipo Moleskine, no más grande que una baraja de cartas. Tenía grabado en el lomo las iniciales “AS” y pegatinas en forma de corazón de diferentes colores y texturas sobrepuestas unas sobre otras en la cubierta. Cuando la camarera trajo el desayuno, estuve a punto de entregársela por si la reclamaban, pero me pudo la curiosidad, la maldita curiosidad, y decidí esperar un poco.

Busqué las gafas de cerca en mi bolso y con el primer sorbo del zumo recién exprimido, comencé a leer lo que parecía el diario de una adolescente. No pude evitar sonreír y mover la cabeza ante la cadena de faltas de ortografía que empezaron a ver mis ojos en su caligrafía desigual. La primera fecha era de hacía casi un mes. La chica parecía estar loca por un tal Alex, un “mayor” que no le hacía caso. 

Junto con el mollete, devoré enganchada cada pequeña página con frases telegráficas, todas llenas de expresiones que me recordaron lo divertida y excitante que era esa edad, la intensidad del primer amor. 

Estaba acabando el café cuando la cosa se puso interesante, la fecha era de tan solo dos días atrás. Él la había invitado a un botellón con sus amigos, estaba feliz, y parecía que había ido de compras para estrenar un look de lo más “reguetonero” para él.

—Madre mía, las hormonas —reí en voz alta sin darme cuenta.

La cara me cambió por completo al leer la siguiente página, la fecha era de hoy:

«Nadie me cree. En el insti todos han visto los vídeos. Dicen que soy una puta. Él y sus amigos no han parado de reírse de mí en insta. ¿Qué mierda hago yo ahora? No puedo decírselo a mis padres. Me quiero morir, me quiero morir. No puedo más. Si tan solo pudiera desaparecer… Tener el valor para saltar…».

—¿Saltar?¿Qué?…—Pregunté en voz alta al tiempo que levanté la cabeza de la libreta para dirigir la mirada de modo instintivo hacia el puente y entonces la ví, estaba sentada de espaldas a mí con los pies colgando hacia el acantilado. 

—¡No! ¡Espera!—Grité en voz alta como si ella fuera a oírme, al tiempo que me puse en pie de un salto, dejando caer la libreta al suelo.

Sólo pude verla caer al vacío ante los gritos de terror que salieron de alguna de las mesas contiguas que, alertadas por mi alarido, miraban también hacia la ventana. Algunos comenzaron a agolparse en ellas, otros salieron a la calle para acercarse a mirar con obscena curiosidad, escuché como alguien alcanzó a hablar con la policía o emergencias o lo que fuera. Yo me quedé helada, quieta, pálida, totalmente inmóvil, con los ojos desencajados y el latido de mi corazón golpeando en mis sienes.

El sonido de las sirenas no tardó en inundarlo todo. Cuando ví los coches de policía y a los agentes acordonar la zona, dejé un billete de diez euros sobre la mesa, cogí la libreta del suelo y salí con ella en la mano a la calle. Me acerqué hasta una agente, la única mujer que vi entre todos los miembros del cuerpo desplazados a la zona.

—Disculpe agente, creo que esto era de la… De…—balbuceaba sin poder terminar mis frases, con el pequeño diario tendido hacia ella delante de mí.

La agente se giró hacia mí extrañada, sacó un guante de su bolsillo y lo tomó con cuidado de una esquina mientras pedía una bolsa a un compañero para depositarlo en ella.

Pasé el resto de la mañana declarando en el furgón que habían aparcado frente a la entrada del Parador, explicando la terrible casualidad que me había llevado a ese momento sin poder evitar la culpabilidad que mordía con rabia mis entrañas, sin poder evitar preguntarme qué habría pasado si en lugar de meter mi nariz entre esas páginas, hubiera salido con ella a la calle a buscar a su dueña, o si se la hubiera entregado a la camarera, quizás ella la habría podido identificar.

Y aquí estoy, tumbada en la cama, con las lágrimas corriendo por mis mejillas repitiendo como una letanía la misma frase que comencé a murmurar de regreso al hotel cuando terminó mi declaración: «Acababa de estar sentada allí, acababa de estar sentada allí…».

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “RONDA”

  1. Un relato muy de actualidad, la sensibilidad de #luciaArjona lo narra como si saliese de su corazón.
    Magnífico 💙

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