SEGUNDA CITA

Llevo dos horas quitando mierda en esta leonera, me pregunto en qué hora se me ocurrió la feliz idea de invitarla a casa. La verdad es que es el fin de semana perfecto, mis dos compañeros de piso han aprovechado los días de fiesta para ir a ver a sus padres, así que tengo la “cueva” para mí solo.

Empapado en sudor por el trajín de aspiradora, fregona y trapos, observo orgulloso el resultado final. La manta con el mandala que compré en el Rastro no queda mal estirada sobre el sofá, al menos tapa las manchas de cerveza y quién sabe qué más. No hay polvo en el mueble setentero que hay detrás de él, y las botellas de alcohol al menos parecen limpias y ordenadas. He puesto sobre la mesa un mantel de esos típicos de madre, de hilo blanco con florecitas bordadas en los picos, para tapar las quemaduras de los cigarros y los cercos de los vasos. Encima he colocado un par de velas de esas que huelen a vainilla. Esas chorradas le encantan a las tías. No sé si a Kattya le molará, pero es el ambiente perfecto para meternos el maratón de películas de terror con unas pizzas. Y con un poco de suerte, igual metemos algo más. 

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Miro el reloj. Las ocho, ella llegará en una hora. Tengo el tiempo justo de pegarme una ducha.

Bajo el agua caliente, intento imaginar cómo se me dará la noche, pero la verdad es que no tengo ni puta idea. Sólo he visto a esta piba una vez, después de estar un par de semanas a base de mensajes en instagram. Me moló que fuera ella la que me entrase. Hizo un comentario en mi post sobre «Re-Animator», con bastante criterio la verdad, y luego me envió un privado. En su foto vi una chica con las típicas Ray Ban negras, melena negra lisa con flequillo, rollo Cleopatra y con una camiseta con el rostro de Lovecraft. Ya solo con ese detalle me ganó. 

Los mensajes sobre literatura y pelis de terror empezaron a ser más personales, siempre algo día tras día, así que el sábado pasado decidimos quedar para tomar unas birras por Malasaña. 

Kattya llegó un poco más tarde que yo, con la misma melena de sus fotos, unos vaqueros bajo un jersey holgado y sin sus gafas. Sus ojos grises me dejaron helado, no podía dejar de mirarlos, aunque ella los apartaba cuando notaba mi fijación. Joder, no pensé que fuera a ser tan guapa. Me contó que llegó aquí con sus padres desde Rumanía con apenas seis años, aún se le notaba un poco ese acento pausado y siseante al hablar. Me pareció mucho más tímida en persona que en los mensajes, algo normal, y más en una primera cita. Antes de darnos cuenta, llevábamos cuatro tercios por cabeza y la había invitado a cenar en casa esta noche para ver unas pelis de terror, con la excusa de nuestros gustos comunes.

Con el recuerdo de esos ojos grises en mi cabeza, cierro el grifo. Tiro de la toalla limpia que acabo de sacar del armario para secarme en dos movimientos rápidos y voy a mi cuarto para vestirme. Pillo unos vaqueros y la camiseta de Megadeth, las Converse que un día fueron blancas cierran el conjunto de gala para la noche de hoy. Suena el telefonillo. Revuelvo inconscientemente mi pelo aún mojado y contesto.

—¿Sí?

—Hola, soy Kattya —responde sin titubeos.

Enciendo las velas del salón, me acerco hasta la puerta pero no la abro. No quiero parecer ansioso. Espero el sonido del timbre para abrir. Detrás de la puerta, aparece ante mí una Kattya enfundada en un pantalón de cuero negro, camiseta ajustada con un escote de vértigo y botines de tacón. Hoy es ella quien me mira fijamente, con una mano apoyada en el dintel. Sus ojos grises, me observan sobre las Ray Ban negras, que descansan en la punta de su nariz. Así, maquillados de negro, resultan más penetrantes bajo el flequillo. Sus labios rojos dibujan una leve sonrisa. No puedo evitar que algo dentro de mis pantalones, ahí abajo, comience a despertar.

—Wow —me oigo exclamar.

—¿Puedo pasar? —pregunta con voz sinuosa.

—Sí, claro perdona…

Pasa frente a mí contoneándose. Cierro la puerta y me tiende una bolsa con lo que debe ser cerveza fría por como se pega el plástico sobre el cristal. Tardo unos segundos en reaccionar, no puedo dejar de mirarla.

—Uh, perdona.—Cojo la bolsa—. Gracias por las birras, estás… joder Kattya, estás guapísima hoy.

—Gracias.—Ella también lo sabe por la mirada altiva que me dedica sobre su hombro al contestar. 

—Siéntate por favor, voy a por unos vasos.

La dejo sentándose en el sofá. Camino de la cocina, intento recordar si hay condones en el cajón de la mesilla, con un poco de suerte puede que tenga que comprobarlo en un rato.

—¿Voy pidiendo unas pizzas? —pregunto a gritos desde allí.

—No, gracias, la verdad es que tengo sed.

Regreso con dos vasos apilados sobre el cuello de la botella y una bolsa de patatas. Ella no me quita ojo, mi paquete va a reventar.

Me siento a su lado. Coloco ambos vasos y abro el litro. Tomo uno de ellos ya lleno y cuando levanto la vista para ofrecérselo, sus ojos grises han cambiado, tienen un cerco rojo en el iris, debe ser la luz de las velas.

—Toma.—Sonrío al tenderlo hacia ella.

Kattya se sienta más cerca, y pone su rostro frente al mío, juraría que me está oliendo, como siga así no voy a poder evitar tirarme encima de ella. Separa unos milímetros su rostro con una sonrisa realmente seductora, ladea la cabeza y al sonreír aún más, unos colmillos afilados y blancos asoman entre sus labios. No puedo evitar dejar caer el vaso. Antes de que pueda reaccionar, con un movimiento firme y rápido aprieta mi cuello con su mano, se acerca a mi oído y con una voz gutural susurra:

—No me apetece cerveza, gracias. Prefiero beber otra cosa.

Debería sentir miedo, pero no es así. Su mirada roja me tiene hipnotizado, no sé qué me pasa pero la verdad es que la deseo, deseo sentir sus colmillos en mi cuello. Pongo mi mano sobre la suya, increíblemente fría al tacto, y con suavidad intento que ceda en su presión para poder ofrecerle una mejor visual de mi carótida que estoy seguro de que palpita impaciente sobre mi cuello, tan excitada como yo ante su inminente mordisco. Ella me mira con extrañeza, como un perro callejero ante una muestra de cariño, pero yo cierro los ojos totalmente entregado, con los botones de mi bragueta a punto de estallar, para recibir con un ligero gemido de un placer que no esperaba, la entrada de sus colmillos en mi carne, y sentir el mejor orgasmo de mi vida, cuando soy consciente de que la vida se me escapa poco a poco con cada uno de sus gruñidos de satisfacción y todo se vuelve rojo a mi alrededor, con la ridícula idea en mi cabeza de que si llego a saber todo esto, hoy no limpio.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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