PROMESAS QUE NO VALEN NADA

Eva introduce la llave con ansiedad en la cerradura de la puerta. Lleva más de una hora intentando no llorar en público, solo quiere entrar en casa para sacar todo ese dolor que la está comiendo por dentro.

Abre la puerta del pequeño apartamento y cierra con rapidez tras de sí. Apoya toda la espalda contra ella, y resbala por la superficie hasta quedar sentada en el suelo. Tira la bolsa que lleva en la mano para tapar con ella su boca. Tontamente intenta sofocar con ese gesto el grito que tanto tiempo ha retenido en su garganta luchando por salir. Dos ríos de lágrimas comienzan a recorrer sobre su rostro el curso que conocen de memoria, tal y como lo han hecho mil veces desde que comenzó su relación con Alex. Nacen de sus ojos, resbalan por sus mejillas como frágiles cascadas hasta desembocar en sus labios, creando un delta en su barbilla. Tantas veces han recorrido su rostro, que en ocasiones Eva se pregunta si los demás han podido apreciar sus surcos sobre la piel.

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Sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas, apoya la cabeza en ellas, mientras las imágenes de su conversación con Alex en el bar, hace poco más de una hora, pasan por su mente en un carrusel. Recuerda el momento en el que decidió no decir nada más después de escuchar sus palabras. «Lo siento Eva, ha pasado algo. Ahora no puedo dejarla, ahora no. Ella está embarazada. Voy a ser padre. Lo nuestro tiene que acabar». Eva levanta la cabeza y da un golpe en el suelo con su mano. Frena con la punta de la lengua la corriente de la última lágrima que llega a sus labios, siente la sal en ella, la saborea durante unos segundos y traga saliva con la mirada perdida en ningún sitio. Respira hondo, recoge la bolsa y se pone en pie al tiempo que dice en voz alta:

—¡Basta ya! 

Avanza por el pasillo hasta el salón, directa a encender el altavoz que espera sobre la estantería, entre libros, vinilos y alguna que otra foto, ninguna con él. Saca el móvil de su bolsillo y busca la canción de Los Piratas que ha cantado a todo pulmón después de cada una de sus peleas, después de cada caída libre en la tóxica montaña rusa en la que ha estado subida estos últimos años. 

«Prometo no mandar más cartas y no pasar por aquí

Prometo no llamarte más y no inventar ni mentir

Prometo no seguir viviendo así

Prometo no pensar en ti

Prometo dedicarme solamente a mí…»

Sube el volumen. Quiere escuchar la letra desde el baño. Toma la bolsa y camina decidida hacia él. Abre la caja para leer las instrucciones. Dicen que basta con tres minutos. Tras seguir los pasos al pie de la letra, lava sus manos y lleva con ella el test al salón. Lo deposita sobre la mesa de café, programa el reloj de su móvil y se reclina en el sofá. Sólo queda esperar. Cierra los ojos y canta mentalmente la letra que sigue inundando la casa por completo.

«…Y el aire que me sobre alrededor

Y el tiempo que se quede en nada, nada

Nunca más escucharé tu voz

De energía nunca liberada

Promesas que se perderán en estas cuatro paredes

Como lágrimas en la lluvia se irán…»

Los pitidos de la alarma casi se solapan con el final de la canción. Eva aún no quiere abrir los ojos, aunque no necesita abrirlos para saber el resultado. El retraso es de tres semanas. Los pechos hinchados, el cansancio…. Hoy iba a contárselo a Alex en el bar, esperaba hacer el test con él, pero tras sus palabras, decidió que esto era cosa suya, solo suya. 

Con el silencio que la rodea, roto únicamente por el leve sonido eléctrico del altavoz esperando algo que reproducir, Eva abre los ojos, se incorpora y toma el test entre sus manos. Siente como una energía nueva para ella la recorre de los pies a la cabeza. Una sonrisa se dibuja en sus labios y con ojos brillantes, enciende la pantalla de su móvil para buscar la misma canción. Desliza el cursor hasta la mitad, baja un poco el volumen y pulsa el play. Vuelve a reclinarse en el sofá con ambas manos sobre su vientre. Sin apartar la mirada de ellas, y una batería de fuegos artificiales brincando en el centro de su pecho, canta casi en un susurro:

—Y rompo las promesas que me hice a mí. Prometo pensar en ti, ahora prometo sólo pensar en ti…

Eva nunca pensó que tanta felicidad fuera posible, que sin haber visto aún el rostro de esa pequeña personita que comienza a crecer en su interior, pudiera sentir un amor tan puro, un amor en mayúsculas, un amor que nunca tendría fin, este no.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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