SU RITUAL

El pitido insoportable del despertador sacudió su sueño. Cuando abrió los ojos, ella ya estaba en pie. Se frotó el rostro con ambas manos para despejarse, arrepentido por haber cedido a semejante estupidez, a esta chorrada mística de su esposa.

—De verdad, ¡qué necesidad! Y a las dos y media de la mañana—protestó Ernesto incorporándose con desgana en la cama.

Casiopea, aún en ropa interior, arrastró las perchas por la superficie de la barra del armario hasta que encontró un vestido de encaje negro que él no recordaba haberle visto nunca puesto. No se molestó en contestar, aunque se giró sobre su hombro y clavó sus ojos grises, de puro hielo en ese momento, ordenándole acción.

—Joder, nena…¿De verdad que vamos a hacerlo?—gruñó y deslizó los pies en las zapatillas que esperaban a su lado.

Ella subió la cremallera lateral del vestido con delicadeza frente al espejo, y cuando estuvo abrochado, acarició su cintura con ambas manos para asegurarse de que ceñía bien.

El hombre pasó por su lado cabizbajo, arrastrando sus pasos hasta la ducha. No tardó mucho en estar listo, ni se molestó en afeitarse, pero sí cumplió con las instrucciones de su mujer, sacó el traje de la boda del fondo del armario, y se lo puso a pesar de haberle quedado algo pequeño y del olor rancio a perfume anti polillas. Cuando tras tres intentos, consiguió hacer por fin el nudo de la corbata, se dio cuenta de que podía ver a Casiopea a su espalda, reflejada en el espejo. Ella estaba sentada en la cama, abrochando sus sandalias de tacón alto, seguía siendo una mujer tremendamente atractiva, de tobillos finos, gemelos perfectos y piernas kilométricas, se preguntó si su piel seguiría siendo tan suave como antes e intentó recordar cuándo fue la última vez que lo comprobó, hacía demasiado tiempo ya. Como si pudiera sentir su mirada, ella levantó la cabeza y le sonrió, por primera vez desde hacía siglos le sonrió.

—Parece que después de todo has conseguido meterte en ese traje—comentó divertida, caminó hasta él para tirar de los lados de la chaqueta que no consiguieron unirse con la barriga del hombre de por medio—. No te preocupes, no necesitas abrocharla.

—Nena, me siento ridículo, de verdad… ¿Y si alguien nos ve así en medio del cementerio? ¡Qué vergüenza!

Ella tomó el bolso y cruzó los brazos desafiante frente a su esposo.

—A ver cariño, ¿no estabas dispuesto a probar cualquier cosa con tal de salir de este bache, de conseguir la vida que merecemos?

Él pasó incómodo el índice entre su cuello y la camisa, pensó que quizás había apretado demasiado el nudo.

—Pero a ver ¿y hay que hacerlo ahí?

—Nesto, ya sé que no crees en estas cosas, y que siempre te han parecido ridículos mis rituales y supersticiones, es algo que llevas años dejando muy claro—afirmó con desgana y un poso de rencor en la voz—. Pero fuiste tú quien me pidió ayuda y esto es todo lo que se me ocurre hacer para superar este bache económico y volver a ser felices, o al menos… intentarlo, y para que funcione tiene que ser a las tres de la mañana, la hora mágica.

Él respondió encogiendo los hombros como toda respuesta, tomó las llaves, su cartera y dirigió sus pasos hasta la puerta de la calle detrás de ella.

No tardaron más de quince minutos en llegar hasta el cementerio, la verja no estaba cerrada con candado, ventajas de vivir en un pueblo del extrarradio de la capital. Casiopea cargaba con una bolsa de deporte negra que no le dejó tocar, supuestamente podía contaminarlo todo con sus energías, a él le parecía una gilipollez, pero llegados a ese punto, qué más daba una chorrada más. Alumbró el camino delante de ella con la luz de su móvil.

—Sigue recto hasta el final, y luego giramos a la derecha, allí está el cementerio de animales—dijo ella en voz baja a su espalda.

—¿Seguro que el sepulturero lo ha dejado todo preparado? Mira que si nos ha tangado doscientos euros para nada…—rumiaba él concentrado en no tropezar con algo en la penumbra.

—Tranquilo, me aseguró que la tumba del último perro negro que recordaba haber enterrado estaría abierta para nosotros—aseguró ella entre dientes manteniendo los tobillos rectos sobre sus tacones—. Ahí, es ahí.

Ernesto iluminó con mano temblorosa un montón de tierra acumulada junto a lo que parecía una sepultura. Despacio, dio dos pasos, tres, hasta llegar a ella. Se asomó a la negrura del agujero apuntando con la linterna de su teléfono el interior, pero estaba vacía, ahí dentro no había nada. Cuando se giró para advertir a su esposa, todo lo que pudo ver fue la barra de hierro con la que ella le golpeó en la cabeza y luego, nada.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

12 opiniones en “SU RITUAL”

  1. Un final inesperado para un relato que se lee sin pestañear, como todo lo que escribes. Me encanta.

  2. no tienes corazón, dejarnos así, sin saber para que iban a utilizar el cadáver de un perro negro para recuperar su economía !!!! 😜
    Como siempre genial!!!!!

  3. Me encanta este tipo de relatos cortos. Me parece increíble que se pueda escribir toda una historia en tan corto espacio, y me emocionan porque sé que algo va a pasar en breve y no puedo esperar a acabar. Seguiré leyendo tus relatos.
    Por cierto, el logo me encanta, sencillo, limpio.

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