AL AMANECER

Mis párpados, aún cerrados, comienzan a detectar la claridad. Abro los ojos con dificultad, la luz del sol que entra por las rendijas de la persiana incide de lleno sobre ellos. Intento reconocer la habitación en la que me encuentro. Por unos segundos no sé dónde estoy. Alguien se mueve a mi lado, en la cama, giro la cabeza y veo su cabello negro, rizado y revuelto. «Dios, Lena, ¿qué has hecho?», me reprocho en silencio. Todo se aclara de repente. Siento como se mueve bajo las sábanas y gira su precioso rostro hacia mí con un ojo abierto y otro cerrado, el pequeño camaleón, como solía llamarla en la universidad.

—Mmmnnn, buenos días —saluda adormilada.

Reprimo mi mano, que desea acariciar su mejilla, y tapo mis ojos con ella.

—Esto no tenía que haber pasado —digo bruscamente como respuesta—. Tengo que irme.

Salgo de su cama lo más rápido que puedo, buscando mi ropa desperdigada por el suelo de la habitación.

—Lena. Lena, para un momento por favor. Mírame.

Intento ignorar sus palabras, no puedo mirarla, no quiero.

—¡Lena! —Insiste Lola alzando la voz.

Me giro hacia ella, aún desnuda, con la ropa que he conseguido recuperar en mis manos.

—Lena, por favor espera, vamos a hablar un segundo. Esto ha pasado, lo queramos o no. Bueno, yo lo he querido toda mi vida, ¿y tú? —Su voz suena calmada, pero detecto un pequeño quiebro que me hace pensar que está asustada, tanto como yo.

Consigo ponerme el vestido por la cabeza y me siento a su lado en la cama. Tiene razón, tenemos que hablar.

—Lola…, lo de anoche no debió ocurrir, esto no puede ocurrir. ¡Me caso la próxima semana! ¿Es que no lo ves? —pregunto tapando después mi boca con la mano.

Ella acerca su mano a la mía, y con gesto dulce la lleva sobre su regazo, para cubrirla con las dos. Me mira a los ojos, su mirada intenta encontrar en la mía una respuesta.

—Lena, no has respondido a mi pregunta. ¿Tú querías que esto pasara?

Aparto mi mano de las suyas y mi mirada también.

—Lola, eres mi mejor amiga. Yo no…, ¡esto es una locura! Faltan siete días para mi boda —contesto negando con la cabeza.

Evito mirarla, no puedo responder, me da miedo oír mi propia respuesta.

—¿De verdad que no vas a decir nada más? Ya sé que te casas, anoche celebramos tu despedida de soltera, la organicé yo, tu dama de honor. Pero también sé lo que ocurrió anoche. Sé que no haces el amor así con nadie por error, sé que lo de anoche no fue un error, y tú también. El error es que en una semana te cases con él, ¡ese es el error!

Lola se pone en pie, toma su camiseta del suelo y se la pone en un movimiento furioso y rápido. Me levanto y acabo de vestirme con la mirada baja, no quiero mirarla, porque si lo hago, todos mis planes, la vida que he planeado, todo, se irá a la mierda. Me va a estallar la cabeza, no se si por la resaca o por los pensamientos que cruzan mi mente a la velocidad de la luz. «¿Cómo voy a enfrentarme a Diego? ¿Cómo voy a decirle que no le quiero, que estoy enamorada de mi mejor amiga desde hace años ? ¿Y mi familia? Mis padres, ¿cómo van a enfrentarse a un golpe como este?». Anudo las cintas de mis cuñas mientras siento sus ojos clavados en mí. Tomo mi bolso en un movimiento rápido y, aún sin poder levantar la mirada, doy un par de pasos.

—Lola, por favor, no me lo hagas más difícil. Tengo que irme…, hay mucho que hacer. No puedo enfrentarme a esto ahora —farfullo intentando llegar a la puerta.

Ella me corta el paso. Está delante de mí, desafiante, erguida y firme. Sus ojos de azabache, me matarían ahora mismo si pudieran. Sus piernas infinitas, perfectas y torneadas, mantienen la postura en tensión.

—De acuerdo. Mírame a los ojos, ¡mírame! —ordena—. Dime que te arrepientes de lo de anoche. Dime que no me quieres, y te prometo que te dejo marchar, que en siete días seré tu dama de honor perfecta aunque me esté muriendo por dentro. ¡Vamos, dímelo!

La miro fijamente, me acerco a ella tanto que me veo reflejada en sus pupilas. Mi cabeza ordena a mi boca algo que el corazón no quiere permitir, patalea en su lucha dentro de mi pecho con tanta fuerza que creo que va a salir disparado. Mi garganta se anuda, para que las palabras no puedan ser pronunciadas. Siento que no puedo más.

Retrocedo hasta la cama y me siento en el borde con ímpetu. Lanzo el bolso contra el suelo con tanta fuerza, que el contenido se desparrama por toda la estancia. Abrazo mis rodillas y empiezo a llorar. Lola se acerca y agachada frente a mí, alza mi rostro con sus manos.

—Lena, habla conmigo por favor —susurra con dulzura—. Necesito saber qué sientes, lo necesito.

Observo como dos pequeños ríos de lágrimas comienzan a recorrer su rostro. Vence el corazón. Mi garganta abre paso, no puedo seguir negando lo evidente.

—No puedo más Lola. No puedo seguir siendo la hija que mis padres desean, la mujer perfecta que espera Diego. Llevo treinta años viviendo la vida según las normas de otros, anulando mi yo por miedo a decepcionar a los que quiero.

Me dejo caer a su lado en el suelo, apoyando mi espalda en el somier. Sonrío con un ligero suspiro, ya no quiero dejar de hablar.

—¿Sabes? Me enamoré de tí el primer día de facultad. Aún hoy recuerdo el peto que llevabas puesto, ahí de pie, en la puerta de la habitación de la residencia y aquel lápiz en el moño. He soñado con lo que pasó anoche desde entonces. He luchado por no soñar con ello cada día desde que te conocí. He tenido miedo, mucho miedo. Miedo al rechazo de mi familia, a reconocer quién soy. Pero anoche…, lo de anoche fue lo que tenía que ser.

Beso sus labios con dulzura, luego su frente y comienzo a recoger las cosas del suelo, giro mi cabeza hacia ella con una sonrisa.

—Vamos, ayúdame a recoger esto boba, no te quedes ahí.

— ¿Cómo? ¿Te vas? Pero… —protesta confusa, no la dejo continuar.

—Claro. Tengo que irme, ya te dije que hay mucho que hacer. Hay una boda que anular, y un par de conversaciones muy duras que afrontar —contesto sin apartar mis ojos de los suyos, que empiezan a brillar con fuerza.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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