MIDSOMMAR

Son las ocho de la mañana. Roberto suspira con resignación cuando las puertas del ascensor se abren en la planta diez de la Torre de Cristal, justo frente al pasillo que desemboca en la elegante recepción del bufete de abogados en el que lleva ya tres años trabajando, Svensson & Partners. María, la joven recepcionista, le recibe con su mejor sonrisa en cuanto le ve aparecer al otro lado de la puerta transparente.

—Buenos días Sr. Aguilar—saluda con dulzura junto a un llamativo jarrón de flores frescas, que inundan el recibidor de un agradable aroma a eucalipto, lavanda, jazmín y rosas—. ¿Ha visto qué flores tan bonitas hemos encargado este año?

Roberto se ve obligado a detener sus pasos unos segundos para corresponder a su saludo, y prestar algo de atención a las flores, que a pesar de ser preciosas, ya ha decidido que detesta solo por lo que significa su presencia en ese jarrón.

—Buenos días María, sí son preciosas, muy bonitas—suelta casi en un murmuro.

—¿No es encantador que el Sr. Svensson se empeñe cada año en celebrar el Midsommar todos los veranos? ¡Con la de años que lleva ya fuera de Suecia! —exclama la chica con sus ojos azules brillantes contagiada por la emoción del significado de esta fecha para el bufete—. No se imagina todo lo que han preparado el Sr. Svensson y su esposa para la fiesta de esta noche.

Una risa cantarina cierra su última frase.

—Será genial, seguro… —contesta él con desgana, dispuesto a retomar el camino hacia su despacho.

—Sr. Aguilar, disculpe que insista pero…

Roberto sabe perfectamente lo que va a preguntarle, lleva dando vueltas a lo mismo en su cabeza desde que se enviaron las invitaciones. El hombre gira de nuevo sobre sus talones y se acerca a la mesa despacio. María se pone en pie, la verdad es que está realmente preciosa con su vestido corto de algodón blanco y su melena pelirroja ligeramente ondulada.

—Perdone, pero… ¿Sabe ya si vendrá acompañado esta noche? Es que… tengo que confirmar los asistentes totales a la empresa de cátering y…—María baja la mirada a sus manos, que juguetean nerviosas con el Pilot azul con el que suele garabatear en su libreta, seguramente tiene miedo de ser demasiado insistente con su pregunta.

—Verás…, aún no lo tengo claro, dame un par de horas más y te digo. De todos modos, aunque fuera acompañado, no creo que nos quedemos mucho, así que no te preocupes por los canapés, habrá de sobra para todos—responde de carrerilla para que no pueda interrumpir el discurso que ha ido ensayando desde que puso un pie en el ascensor—. Y una cosa más, por favor deja ya de llamarme Sr. Aguilar, nos conocemos desde hace casi tres años, además tengo la impresión de que estás llamando a mi padre cuando te escucho. Llámame Roberto, ¿ok?

María asiente con la cabeza y sonríe mientras dibuja un interrogante junto al nombre de Roberto, en el listado impreso de invitados que descansa junto a su libreta. El único signo de interrogación que ha podido ver, al menos en la primera página, parece que todo el mundo va a llevar pareja.

De camino a su despacho, saluda con la cabeza al resto de asociados y a sus asistentes, que tan pronto como responden a su gesto, vuelven sus cabezas a las pantallas de sus ordenadores o teléfonos. Elvira, su secretaria, no está en su mesa. Hoy está dedicada a los preparativos de la fiesta junto con la asistente del Sr. Svensson. Abre la puerta de su cubículo y piensa en cuánto agradece no tener que aparentar tranquilidad en su presencia, ella le conoce demasiado bien, de hecho es la única de todo el bufete que sabe que es gay. 

Después de dejar la mochila con su portátil sobre el escritorio, sale de nuevo camino del office, en busca de una taza de café que le ayude a afrontar el día, sin apartar de su cabeza la maraña de sentimientos encontrados que lo abotargan por completo, desde que despertó esta mañana junto a Noa, al darse cuenta de que hoy debe confirmar si finalmente va a asistir a la dichosa fiesta junto a él. Roberto toma una taza del mueble sobre la cafetera, introduce una cápsula en la máquina, y pulsa el botón de «carga doble». Algo más animado por el borboteo del café, que ya empieza a despertarle con su aroma, decide volver a su refugio con la taza humeante en la mano y hablar con él. Después de cerrar la puerta, da un primer sorbo reconfortante al café, y toma aire, mientras busca el contacto de Noa en la pantalla de su móvil.

—Hola amor.—Tras el primer tono de llamada, la voz varonil de su novio suena al otro lado, solo con escucharla todos sus nervios se relajan—. No me digas más, sigues dando vueltas a lo mismo…

Roberto suelta un bufido casi sonriente antes de responder.

—Veo que estás perfeccionando tus dotes telepáticas—contesta con sorna.

—¡Qué bobo eres!—Exclama Noa al otro lado—. No necesito nada de eso. Has estado moviéndote toda la noche, dudo que hayas podido dormir…

Touché.

Un par de segundos de silencio se cuelan en la conversación, hasta que Roberto decide continuar.

—Joder Noa, ya sabes que mis dudas no son por ti, no puedo estar más orgulloso de compartir mi vida contigo, de hecho ya sabes que no había convivido con nadie hasta que te conocí—dice al tiempo que su mente vuela diez meses atrás por un instante, a aquella tienda de ropa masculina donde conoció a Noa como dependiente, al día en que le pidió su número y todo comenzó entre ellos—. Pero es que aquí nadie sabe que…

—Que tienes novio—suelta su pareja sin una pizca de reproche, solo como una confirmación del propio hecho en sí.

Roberto, que camina por su despacho como un león enjaulado desde que comenzó la conversación, decide sentarse en su silla y girar el respaldo para poder contemplar el tráfico infinito de Madrid, desde la enorme cristalera con vistas a la Castellana. 

—Pues sí, justo eso… Pero es que me jode tener que dar explicaciones sobre con quién me acuesto, ¿acaso alguno de mis compañeros van diciendo que son heteros?—Pregunta con tanta rabia que es consciente de haber elevado el tono de su voz, que reconduce antes de continuar, ante el silencio de su chico—. Perdona, perdona cariño… Yo…

Roberto puede escuchar el suspiro de Noa al otro lado. Si supiera cuánto le ayuda poder hablar con él.

—A ver Rober, ¿te has planteado que puedes estar creando en tu cabeza un problema que no existe?. Quiero decir…—intenta explicarse—.Todos sabemos que el entorno de tu bufete es de lo más clásico y tradicional. Pero dime una cosa, estamos en 2023, ¿de verdad crees que vas a perder tu empleo por ir de la mano de un chico a la cena de tu jefe?

Se crea un breve silencio en la conversación.

—No. Ya sé que no pueden hacer eso, pero ¿y si empiezan a tratarme de otra manera? ¿Y si llega el vacío?—Por fín sale el lastre que Roberto lleva anclado a esa angustia que siente ante la situación, el miedo al rechazo, el mismo miedo que le ha perseguido desde que era un crío.

—Mi amor, si eso sucede, ¿de verdad querrías seguir trabajando allí?—pregunta con calma. 

Roberto respira hondo. La decisión está tomada. 

—¿Sabes qué, cariño?—Escucha el «dime» de su pareja antes de continuar—. Ve preparando esa camisa blanca que tanto te gusta, esta noche vamos de cena.

—Perfecto amor, luego nos vemos.— Noa responde sin ningún aspaviento, como si hace tiempo que supiera que ese iba a ser el plan, como si solo estuviera esperando que Roberto llegara a esa conclusión.

—Y gracias…—dice Roberto antes de despedirse con un sonoro beso.

Tan pronto como cuelga la llamada, sale de su despacho camino de recepción. Podría contestar a María con un email o una llamada, pero quiere confirmar su asistencia en persona. Al llegar a su altura, María deja de teclear en su ordenador y levanta la mirada algo sorprendida.

—¡Sr. Aguilar!… Uy, perdón, Roberto. ¿Necesitas algo?—pregunta al tiempo que se pone en pie.

—María, sólo quería confirmarte que seremos dos esta noche. Por favor apunta el nombre de mi pareja: Noa León Ramírez—informa a la chica sintiendo orgullo en su interior al pronunciar su nombre.

—Ay, Noa… ¡Qué nombre tan bonito!—Contesta ella mientras tacha el interrogante junto a sus datos y apunta a mano los de su pareja—. Ya teníamos ganas de conocer a la chica misteriosa.

Roberto sonríe de medio lado y chasquea la lengua a modo de negación, captando la atención de la recepcionista.

—Al chico misterioso…—afirma recalcando la entonación en la palabra «chico», esperando ver la reacción de la joven.

María acentúa su sonrisa antes de contestar.

—Ah, ¡pues genial!. Por favor asegúrate de decirle que el blanco debe predominar en el outfit—advierte con total naturalidad, sin hacer comentario alguno al respecto—. Otra cosa, ¿ninguna alergia o intolerancia, verdad?

Roberto ríe por lo bajo y niega con la cabeza, al tiempo que responde con un «nada» antes de regresar a su despacho, con un extraño sentimiento de calma en su interior. No ha resultado tan difícil después de todo. Quien sabe si pensará lo mismo dentro de diez horas más, cuando el Uber se detenga delante de la puerta de los Svensson.

Roberto sonríe con toda la tranquilidad que puede a Noa, cuando este aprieta su mano en el asiento trasero del coche que está a punto de llegar a destino. Ven un aparcacoches con un chaleco reflectante en la entrada a la finca que rodea la casa de su jefe, en la zona más tranquila de La Moraleja. Al ver que se trata de un Uber, el hombre indica al conductor que puede acercarse hasta el acceso principal y regresar hasta la salida. 

—¿Nervioso?—pregunta Noa cuando bajan del vehículo.

—Un poco, no te voy a engañar—responde Roberto con una ligera sacudida de hombros—. Pero estoy bien cariño, no te preocupes. Por cierto, ¿te he dicho ya lo guapo que estás esta noche?

Noa agradece el comentario con un beso suave en los labios de su pareja.

—Tú sí que estás impresionante, amor—susurra sugerente en su oído—. Vamos, ¡a por ellos!

Ambos esperan su turno de acceso a la casa, en la fila que discurre a lo largo del camino de gravilla que lleva hasta la entrada del jardín, flanqueado por antorchas de suelo encendidas, salteadas con postes vestidos de flores frescas de vivos colores, a buena distancia entre ellas. Según se van acercando, Roberto reconoce la voz femenina que llega hasta ellos, responsable de dar la bienvenida y entregar las preciosas coronas de flores con las que todos deben vestir sus cabezas durante la fiesta, tal y como indica la tradición sueca. 

—Esa es la voz de tu secre, ¿no?—pregunta Noa.

Aunque no ha tenido ocasión de presentarlos, sí que han hablado muchas veces por teléfono, sobre todo desde que viven juntos.

—Sí, ella es Elvira, no sabes cuánto me alegro de que sea quien nos dé la bienvenida hoy—responde con sinceridad sin esconder su alivio.

Después de cuatro o cinco parejas más, llega el turno de Noa y Roberto. Elvira sale de detrás de su mesa, camina directamente hacia Noa y le regala un abrazo cariñoso como saludo, que él corresponde a pesar de la sorpresa, ante la mirada complacida de Roberto.

—¡No sabes cuánto me he alegrado al ver tu nombre en la lista de invitados junto al de Roberto!—Exclama la chica con sinceridad, mientras dedica una mirada cómplice a su jefe con sus ojos oscuros, que hoy tienen un brillo especial—. Os he guardado las coronas más bonitas.

La chica les entrega a cada uno un precioso tejido de flores de lavanda, otras pequeñas  silvestres y alguna hoja de eucalipto, que ambos colocan sobre sus cabezas obedientes. Roberto, antes de entrar al recinto desde el que ya salen los acordes de música y las risas de los invitados, se acerca a su asistente, la toma de las manos y dice sin apartar su mirada de la suya:

—Gracias Elvi, gracias de verdad.

Ella se sonroja ligeramente cuando su jefe deja un beso en su mejilla como despedida.

—¡Venga, circula!¿No ves la que estás liando en la entrada?—protesta ella bromista pero visiblemente emocionada por el brillo especial de sus ojos.

Roberto sonríe y se despide con un gesto de su mano, gesto que imita Noa, para luego entrelazar ligeramente sus dedos con los de su pareja, antes de entrar con timidez al recinto donde los demás esperan, bebiendo y riendo alrededor de la piscina, y del maypole, el típico poste alto con forma de flecha en su punta y dos coronas, una a cada lado de su cabecera, alrededor del que bailarán y cantarán durante toda la noche. Roberto siente que los nervios comienzan a cerrar la boca de su estómago cuando observa las miradas de algunos compañeros, y los codazos de algunas parejas. Sin embargo, son muchos los que se acercan con naturalidad a saludarles y presentar a sus propias parejas, gesto que ayuda a Roberto a relajar un poco los nervios. Observa orgulloso cómo Noa se desenvuelve con maneras exquisitas al presentarle a algunos de los socios más veteranos y que, curiosamente, son los que mejor han recibido a su chico.

—¡Roberto!—La voz fuerte y grave del Sr. Svensson suena a su espalda—. ¡Qué bien que hayas llegado ya!

La figura de su jefe resulta imponente, con sus casi dos metros de estatura, su cabello blanco como la nieve y esos ojos azules casi transparentes, vivos y penetrantes. El hombre llega a su altura con dos chupitos bien fríos de snaps en las manos, ese aguardiente sueco abrasador y dulce a la vez. Cuando llega a su altura, tiende el primero a Noa y el siguiente a su empleado.

—Sr. Svensson, déjeme presentarle a…—Comienza a decir Roberto con voz algo temblorosa.

—Tú debes ser Noa, la pareja de Roberto, ¿verdad? Bienvenido a nuestro Midsommar—interrumpe su jefe con ímpetu, al tiempo que tiende su mano a su pareja.

—Sí eso es, encantado, y gracias por la invitación—responde Noa con su mejor sonrisa al estrechar su mano, con una seguridad en su postura que Roberto no puede dejar de admirar.

—Nada, tonterías—contesta el gigante sueco—. Me he alegrado mucho al ver tu nombre junto al de Roberto al repasar esta tarde la lista de invitados con mi asistente. ¡Disfrutad de la noche! Y mucho cuidado con el snaps, entra bien, pero se sube a la cabeza mucho mejor.

Su risa ronca y salvaje contagia a todos los que están alrededor.

Los ojos de Noa se clavan en los de Roberto, que brillan felices y aliviados después de la presentación. 

—Y ahora ¿qué se supone que hay que hacer con ésto?—pregunta con picardía mientras da un par de pasos hacia él.

—Pues, como eres nuevo en estas reuniones, debes esperar que uno de los veteranos te invite a brindar mirándote a los ojos diciendo «sköl!»—responde Roberto alzando el vaso ante su novio y bebiendo su contenido de un sorbo, para cerrar los ojos con fuerza después y resoplar por la graduación alcohólica del aguardiente—. Venga, te toca. Responde con la misma palabra y bebe sin apartar la mirada.

Noa bebe obediente después de repetir el gesto. Cuando el líquido comienza a bajar por su garganta, Roberto no puede evitar reír con ganas al ver los aspavientos de su pareja, que terminan con la típica tos nerviosa que consigue controlar a los pocos segundos. 

—¡Joder con los suecos!—exclama Noa entre risas.

—Anda, vamos a por una cerveza, a ver si consigues suavizar ese gaznate—propone Roberto con una palmadita en la espalda—. Eso sí ya puedes ir preparándote, aquí hay mucho capullo suelto, y cuando saben que hay alguien nuevo, atacan con un snaps, y no podrás rechazar el brindis, es una ofensa y está prohibido.

Roberto no puede parar de reír cuando ve a Elvira con dos chupitos en la mano, caminando decidida hacia Noa. Observa nuevamente el ritual al que su secretaria somete a su pareja, mientras piensa que no sabe cómo será su vida en el bufete a partir de ahora, pero la verdad es que ya no le importa, lo único importante es que esta noche está celebrando la llegada del verano junto al hombre más maravilloso del mundo, la llegada del primer verano juntos. 

De lo que sí está seguro, es que después de este, vendrán muchos veranos más. 

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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