LOS AMANTES

Miro el diploma que descansa sobre el escritorio de mi habitación y aún no puedo creerlo. «Karen Stephenson, Licenciada por la Academia de Arte de Nueva York». Me siento orgullosa. No ha sido fácil para mí conseguirlo, he tenido que trabajar en todo lo que he podido para pagar mi préstamo de estudiante, compaginando clases y turnos, pero aquí está el resultado. 

En cuarenta minutos el Uber que he reservado estará aquí para llevarme al cóctel de graduación que ha organizado la Academia. Acaricio con la punta de mis dedos la invitación impresa, que descansa sobre el mostrador de la cocina americana de mi pequeño apartamento. La suavidad de las preciosas letras doradas en relieve, que forman el logo del Museo MoMa, contrasta con la rudeza del pellizco en la boca de mi estómago, que vuelve a aparecer. Hace más de un año que no he vuelto a poner un pie allí, y sé que regresar no va a ser fácil. Todo lo que sentí allí dentro fue demasiado complicado, demasiado intenso.

Decido hacer tiempo hasta que llegue el coche con un poco del Malbec que quedó en la nevera después de la cena que celebré en casa hace un par de días. Tomo una copa del aparador, y después de servir un poco de vino, me acerco con ella a la ventana del salón, mientras mi mente viaja a aquellos días previos a mi última noche en el museo.

Era principios de abril. Nos estaban sangrando con las cuotas del último semestre, y necesitaba algo para completar los ingresos que ya tenía como camarera de lunes a viernes en el Soho. Cuando la agencia de colocación me llamó para hacerme aquella oferta, no pude creerlo. Limpiadora en turno de noche, sábados y domingos en el MoMa. No pagaban gran cosa, pero tener la oportunidad de pasear entre todo ese arte, entre todos esos cuadros, en completa soledad, poder disfrutarlos en el silencio de la noche, ya suponía un auténtico regalo, así que acepté sin dudar.

Aquella fresca primera noche de sábado, la encargada me recibió sin grandes ceremonias. Me miró varias veces de arriba a abajo, como el resto de compañeras en el vestuario. Mentiría si dijera que me sentía cómoda. La verdad es que podría parecer fuera de lugar, una rubita universitaria veinteañera entre mujeres maduras, la mayoría hispanas o negras. Lo cierto es que necesitaba el dinero tanto como ellas, quizás por distintas razones, pero lo necesitaba. Con el áspero uniforme gris puesto, la encargada me asignó la quinta planta junto con un carro de productos que apestaba a lejía y detergente. 

Saqué los auriculares del bolsillo, conectados a mi móvil, y pulsé el play de mi lista favorita de Spotify, para empujar el carro después hacia los montacargas, como el resto de compañeras. Al llegar al quinto piso, las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba, París 1927 – 1930. Qué magnífico regalo para mí fue estar ahí, sola entre tanta belleza. La temperatura en la sala era bastante fresca, totalmente necesaria para mantener los cuadros en perfectas condiciones de temperatura y humedad. Agradecí haber anudado a mi cintura una vieja chaqueta de punto que decidí llevar en el último momento. Desaté sus mangas y comencé a ponérmela, mientras dirigía mis pasos al termostato más cercano para comprobar a cuántos grados estábamos, simple curiosidad. Fue entonces cuando lo vi.

Estaba plantado frente a “Los Amantes” de Magritte. Desde mi posición sólo podía ver su espalda. Era uno de los guardias de seguridad. Algo en su porte me atrajo de inmediato, despertó mi interés. Era alto, de complexión atlética. Llevaba la cabeza rapada por los laterales y su cabello rojizo se alborotaba en pequeños rizos desiguales en la parte superior. Su mano izquierda, de dorso pecoso, descansaba sobre la porra que colgaba de su cintura. Pude ver que llevaba un reloj de los N.Y. Nicks, con la esfera blanca y el logo central. 

Me pregunté si su rostro sería tan armonioso como el conjunto de su cuerpo, así que quise acercarme a saludar, pero la rueda del carro se torció al moverlo y tumbó una botella de lejía que corrí a recoger para evitar que su contenido pudiera derramarse por todos lados. Cuando levanté la mirada, el chico se había marchado. Con mis oídos totalmente aislados de ruidos externos, con la última canción de Miley Cyrus sonando en los auriculares, ni siquiera pude escuchar sus pasos para saber en qué dirección había salido, pensé que ojalá hubiera continuado su ronda por la sala contigua, y con suerte no hubiera visto mi desastre. Cuando caí en la cuenta de que probablemente hubiera sido mi torpeza la que hubiera roto su momento de calma frente al cuadro, y le hubiera empujado a continuar su ronda, no pude evitar reír para mis adentros. 

Aquella noche hice mi trabajo lo más rápido que pude con la esperanza de poder dedicarme a los cuadros antes de volver a casa, y con un poco de suerte, quizás volver a cruzarme con él. No pudo ser, pero las horas que pasé rodeada de la belleza de aquellas obras de arte, los minutos sentada en silencio en los bancos situados estratégicamente para contemplar semejante plenitud, compensaron mi dolor de espalda y el olor penetrante de la porquería que había tenido que limpiar en los retretes momentos antes. Casi agradecí que él no me hubiera visto en aquel momento, estaba segura de que yo también debía apestar.

La noche siguiente, me sorprendí a mí misma acudiendo al trabajo con un maquillaje discreto, mi cabello rubio recogido cuidadosamente en una coleta baja, y el deseo de que la encargada volviera a asignarme la misma planta. Sonreí con disimulo cuando escuché mi nombre asignado al quinto piso, y tomé mi carro rumbo al montacargas con decisión, rogando porque él también comenzase allí su ronda aquella noche. Mientras los pisos desfilaban en progresión ascendente en la pantalla digital del habitáculo del ascensor, ensayaba en silencio el modo perfecto de entablar una conversación con el atractivo guardia pelirrojo. Al llegar a la planta, y tras la apertura de puertas, estiré en un gesto inconsciente la camisola de mi uniforme, tomé aire y dirigí mi carro con una falsa calma directamente hacia “Los Amantes”, sin poder evitar murmurar para mí que estaba actuando como una adolescente. 

Una punzada de decepción me invadió por completo al ver justo en el mismo lugar de la noche anterior a un guardia diferente esta vez. Era un hombre algo mayor, con una calva incipiente en la coronilla y un bigote cano, a juego con cejas y cabello. 

—Buenas noches—saludé con timidez, buscando en mi mente la mejor manera de preguntar por su compañero—. Soy Karen, es mi segundo día como limpiadora, ¿qué tal está?

El hombre desvió su mirada del cuadro, con los ojos visiblemente vidriosos. Pasó el dorso de la mano por su mejilla y carraspeó antes de devolver el saludo.

—Hola Karen, bienvenida al MoMa, soy John, el jefe de seguridad en esta casa de locos—respondió esbozando una tímida sonrisa en los labios al tiempo que extendió su mano a la espera de que la mía correspondiera a su saludo.

Reaccioné con cierta rapidez, y pude notar en mi mano su sacudida cálida y enérgica a la vez.

—¿Qué tal tu primera noche aquí? Espero que tanta soledad no te haya hecho sentir incómoda—dijo con un ligero tono de condescendencia en su afirmación. 

—No, para nada… La verdad es que me he sentido genial, estar aquí es un privilegio para mí. Estudio Arte ¿sabe?—contesté en un tono de voz algo inferior, como si temiera que alguna de mis “simpáticas” compañeras pudiera escucharme.

El hombre cruzó sus brazos y asintió con una mueca de aprobación.

—Ahora lo entiendo. Seguro que estás pagando tu préstamo de estudiante ¿verdad? Una joven como tú no pega en este ambiente nocturno—sentenció sin esperar respuesta.

Debatimos durante unos minutos más lo duro que resulta conseguir un título universitario en el seno de una familia trabajadora, y decidí comenzar a indagar un poco más sobre mi misterioso guardia. Si él era el responsable de seguridad, seguro que podría darme algún dato sobre él, pero no quería ser demasiado invasiva.

—Y dígame John, ¿es muy difícil tener bajo control todo esto?—Me lancé a preguntar con cierto calor en mis mejillas.

—No mucho, la verdad. Mis chicos son estupendos—respondió enseguida sin esconder su orgullo paternal—. Los fines de semana nos bastamos con tres de nosotros para abarcar todas las plantas del museo, más los dos chicos del control. Quizá conocieras a alguno de ellos durante el turno de anoche.

Respiré aliviada, acababa de darme pie a preguntar abiertamente.

—Pues sí… Bueno, no porque no me dio tiempo a presentarme, pero… Coincidí en la planta con un guardia joven, bueno al menos eso creo.—Casi balbuceaba, mis nervios estaban jugándome una mala pasada—. Vamos que…, anoche cuando llegué a la planta vi a uno de sus chicos plantado frente a este cuadro, un chico pelirrojo… Pero tuve un percance con el carro y no me dio tiempo a decirle nada antes de que continuase con su ronda.

El rostro de John de repente parecía de mármol, estaba pálido por completo. Sus ojos comenzaron a humedecerse de nuevo. No decía nada, y yo no sabía cómo interpretar su reacción. Entonces, el hombre llevó su mano al bolsillo para sacar su móvil. En un par de movimientos, que parecieron a cámara lenta, desbloqueó la pantalla y preguntó antes de tenderme el dispositivo:

—¿No será este el chico?

Tomé el teléfono de su mano, que me resultó helada al tacto. En la pantalla vi a John en una barbacoa junto a un grupo de chicos más o menos jóvenes, y junto a él, rodeando su cuello con un brazo pecoso con un reloj de los N. Y. Nicks en su muñeca, estaba mi guardia. Tenía una sonrisa luminosa, y unos ojos verdes brillantes y vivos, pensé de inmediato como una cría embobada, en lo guapos que podrían ser nuestros hijos.

—Sí, es él, aunque yo lo vi de espaldas—dije con una sonrisa al tiempo que entregaba el móvil de vuelta.

John pareció tambalearse ligeramente, dio un paso hacia atrás y tomó asiento en el banco más cercano, con su mirada fija en el cuadro que quedaba a mi espalda, con los dos amantes fundidos en un beso ciego, con los rostros cubiertos por una tela.

—Tú también le has visto…—susurró con lágrimas en los ojos.

—¿Cómo?—pregunté sorprendida—. No entiendo.

John bajó la mirada a la pantalla de su teléfono, sobre la que cayeron dos lágrimas, redondas y pesadas, que habían resbalado por sus mejillas desde sus ojos. Secó con lentitud la pantalla sobre la pernera de su pantalón y volvió a guardarlo en el bolsillo con un suspiro cargado de pena.

—Él es James. Bueno, era James—comenzó a contar con sus ojos de nuevo en el cuadro—. No te imaginas cuánto le echo de menos…

El hombre pasó con rapidez el dorso de la mano por sus mejillas para secar las lágrimas que continuaban corriendo. Yo no me atreví a decir ni una sola palabra. Después de tomar aire, continuó:

—No pude evitar tomarle cariño desde el mismo día que empezó a trabajar con nosotros. Era todo alegría y positividad, además de ser realmente serio en su trabajo.—El brillo del orgullo bañó por completo sus ojos por unos segundos—. Trabajamos juntos durante dos años, hasta aquella maldita tarde… Aquella tarde en que aquel puto tarado le asestó dos puñaladas en el cuello, y otras dos al compañero que corrió a en su ayuda. Albert sobrevivió, pero James falleció desangrado justo aquí, delante de su cuadro favorito.

Un escalofrío recorrió mi espalda, los poros de todo mi cuerpo se erizaron, no podía creer lo que ese hombre me estaba contando. Mis ojos comenzaron a escocer, por las lágrimas que luchaban por salir de ellos. No podía sentirme más confusa en ese momento, primero porque había sido testigo de algo que no podía entender, y segundo porque sentía un dolor inmenso, una pena profunda, por un hombre a quien ni siquiera había llegado a conocer, por un hombre del que me había encaprichado tontamente con sólo haber visto su figura unos minutos, delante de este cuadro.

Me despedí de John después de más de una hora de charla sobre James, yo tenía que hacer mi trabajo y él continuar con el suyo. Intenté por todos los medios sacar de mi cabeza esa estúpida sensación de haberme enamorado de un fantasma, era ridículo solo pensarlo. Pero mi cabeza volvía una y otra vez a las palabras del pobre hombre, mientras me explicaba lo mucho que le gustaba a ese chico el cuadro de «Los Amantes». Al parecer James era un romántico sin remedio, y discutía a menudo con él sobre su teoría sobre la interpretación de aquella imagen. Estaba seguro de que los protagonistas vivían un amor prohibido, por eso no podían verse, ni tocarse, con esas telas cubriendo sus cabezas.

Con mi trabajo terminado, sin darme cuenta mis pasos me llevaron de nuevo ante el lienzo, que lucía deslumbrante colgado en la pared, bajo el foco de luz cálida que le daba un protagonismo casi teatral. Sin saber cómo ni por qué, mis manos deshicieron el nudo de la chaqueta que una noche más había anudado a mi cintura después de ponerme el uniforme en el vestuario, y lentamente, la colocaron sobre mi cabeza, imitando la imagen de la mujer del retrato. De inmediato, un frío helador me envolvió por completo, y unos pasos lentos y solitarios sonaron a mi espalda, cada vez más cerca hasta sentirlos justo detrás de mí. Comencé a temblar, pero no pude moverme, no quise moverme, sólo cerré mis ojos, no quise ver, pero estaba dispuesta a sentir. Entonces, los pasos giraron a mi alrededor con lentitud, hasta parar frente a mí y un segundo más tarde, el tacto ligero de unos labios acarició los míos en un beso tierno y mágico a través de la tela. Sentí que el mundo giraba a mi alrededor, y mi cabeza con él. El pulso del corazón latía en mis propias sienes, sentía que iba a salir disparado de mi pecho. Dí un paso hacia atrás y retiré en un movimiento rápido la chaqueta de mi cabeza. Allí no había nadie. Estábamos solos el cuadro y yo. Nunca más regresé a ese trabajo, nunca más regresé al MoMa, nunca hasta hoy.

El sonido de la notificación de mi móvil devuelve mi mente al salón de mi pequeño apartamento, el Uber ya está aquí. Apuro la copa de un trago y la dejo sobre la encimera de la cocina. Recojo la invitación, y repaso con minuciosidad mi look en el espejo de la entrada, el vestido rojo sin mangas que abraza con suavidad cada una de mis curvas, mi pelo rubio perfectamente peinado en un moño bajo, y el estado de mi rojo de labios, que rectifico con un par de toquecitos de mi índice sobre ellos. Tomo mi bolso de fiesta con una mano, y coloco sobre mi brazo la vieja chaqueta de punto antes de coger las llaves. Mientras cierro la puerta pienso que todo el mundo se preguntará al verme qué hago con una chaqueta tan vulgar, tan discordante con el resto de mi aspecto, pero me da igual. Yo sé por qué la llevo. 

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “LOS AMANTES”

  1. Mi querida amiga, creo que ya puedo llamarte así porque tus relatos forman parte ya, de una adicción semanal que se acrecienta con cada uno más que leo. Con ese estilo elegante, exquisito… me extraña mucho que aún no se peleen las editoriales por tu arte al escribir.💙

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