CAMPAMENTO DE VERANO

Respiro hondo antes de llamar a la puerta. La Srta. Roch, mi tutora en esta mierda de campamento, quiere verme. Sé lo que me va a decir, que la he cagado, pero no quiero saber las consecuencias, y menos que las sepa el capullo de mi abuelo.

Golpeo un par de veces con los nudillos. 

―¿Se puede? —Mi voz suena menos segura de lo que me gustaría.

―Pasa, Bruno. Adelante ―La suya es puro hielo en estos momentos.

Al entrar, encuentro a la Srta. Roch en pie junto a la ventana, de espaldas a mí. No puedo evitar pensar que para ser una treintañera está bastante potente. No se gira al oírme entrar, pero con un gesto de mano, me pide que me siente frente a su escritorio. Esto pinta mal.

―¿Sabes Bruno? Cuando llegaste aquí al comienzo del verano, nunca pensé que acabarías en esa silla, al menos no por estos motivos. El día que te di la bienvenida a XtremeGenius parecías un chaval tímido, hasta apocado, y ahora mírate, el gallo en el corral del campamento. Has superado con creces a los veteranos: botellas de alcohol robadas, escapadas nocturnas con tus secuaces, visitas al ala de las chicas por la noche. Te has convertido en toda una joya. 

Sé que debería mostrarme arrepentido, pero qué coño, todo eso lo he hecho yo. Sonrío en el peor momento. Ella se acaba de girar.

―Vaya, veo que te divierte. Me pregunto si tu abuelo también se divertirá con todo esto. Seguro que se siente muy orgulloso cuando le cuente lo mejor de todo: el robo de la prueba de álgebra del despacho del Profesor Guzmán ―Su tono comienza a ser aún más serio, casi amenazante.

En cuanto nombra a mi abuelo, mi sonrisa desaparece. Al pensar en él, mi mandíbula se tensa y los dedos de mis manos se agarrotan inconscientemente alrededor de los brazos de la silla de diseño en la que estoy sentado. Si llega a saber esto, tendrá la excusa que está esperando para echarme en cara que, a pesar de mi coeficiente intelectual y mis notas inmejorables al finalizar primero de bachillerato, después de todo no soy más que un fracasado. Fue él quien tomó la decisión de enviarme a este pseudo internado para superdotados disfrazado de campamento de verano. Supuestamente cree que me vendrá bien para prepararme de cara a la EBAU del año próximo. Yo estoy seguro de que simplemente ha querido perderme de vista mientras él pasa un verano cojonudo en su casoplón de Cadaqués. Ya no sabe cómo hacerlo. Nunca me ha soportado. Lo he tenido claro desde que empecé a vivir con él hace ya nueve años, después de que mi madre… 

—¿Que si me estás escuchando?—La Srta. Roch alza la voz para hacerme reaccionar.

—Sí, Señorita, perdone—respondo de inmediato.

Ella cruza los brazos sobre su pecho para apoyarlos luego sobre la mesa. Me mira directamente a los ojos con una seguridad que me atraviesa.

—¿Qué estabas pensando?—Pregunta sin apartar su mirada, mientras yo me veo obligado a bajar la mía al suelo—. Venga, a ver… 

Aprieto los labios para intentar frenar las palabras que quieren salir de ellos, pero ya no puedo más.

―¿Sabe qué estaba pensando? Pues que si mi abuelo se entera de todo esto seguro que le da una alegría. Así podrá decirme que soy un inútil―respondo de carrerilla casi sin respirar para terminar mascullando entre dientes—.¡Mierda de viejo!

Un par de segundos de silencio se instalan entre los dos. Cuando levanto la mirada, la cara de la Srta. Roch ha perdido algo de dureza. Carraspea antes de contestar.

―No digas eso Bruno. Estoy segura de que tu abuelo te quiere. Eres lo único que le queda de tu madre. Quizás sea severo, pero sólo intenta hacer lo mejor para tí, como lo intentó con ella.

Me quedo enganchado de sus últimas palabras, qué habrá querido decir.

―Mire, Srta. Roch no quiero ser borde con usted, pero no tiene ni idea de quién es mi abuelo, ni de quién era mi madre—contesto con el ceño fruncido y cierto toque de chulería.

La profesora toma aire al tiempo que se pone en pie para rodear la mesa y apoyarse en ella justo frente a mi silla.

―Bueno, en realidad sí lo sé. No soy tu tutora por casualidad. Tu abuelo me lo pidió. Pensó que sería lo más adecuado—afirma mientras yo siento que la rabia me recorre por dentro pero quiero saber más, la invito a continuar con la mirada—. Este lugar no ha tenido siempre un nombre tan atractivo, ¿sabes? Mucho antes de que tú nacieras esto era simplemente un campamento de verano para superdotados. Yo fuí alumna durante varios veranos, y tu madre también. Ya ves que has heredado de ella algo más que esos preciosos ojos negros, Alicia era una auténtica genio. 

La Srta. Roch me sonríe con una ternura que me recuerda a ella, a mi madre. Escucho cómo un pequeño suspiro se escapa de su boca antes de continuar hablando.

—Tu madre y yo fuimos muy buenas amigas a pesar de que sólo podíamos vernos en verano, yo vivía en Asturias entonces y ella vivía en Girona con tu abuelo. Nosotras como tú también habíamos perdido a nuestras madres, y eso nos unió aún más.

Sorprendido, me mantengo en silencio mientras escucho su voz, que tiene cierto poso de nostalgia, al hablar de su amistad con mi madre. Ella sonríe unos segundos con la mirada perdida antes de continuar.

—Nos conocimos con solo doce años, y durante los meses escolares, manteníamos la amistad en la distancia con cartas y llamadas. Solo lamento haber permitido que tu abuelo nos obligase a perder el contacto cinco años después cuando se la llevó aquél verano, el día que supo que…

―Ya, cuando el abuelo supo que estaba embarazada de mí ―interrumpo sin poder evitarlo, sorprendido por lo que estoy escuchando.

―Sí, eso es—confirma algo incómoda al escucharlo directamente de mi boca—. Te cuento un secreto. Tuve claro que quería estudiar magisterio a pesar de todas las carreras que podía haber elegido con mi potencial, y sólo porque quería trabajar en lugares como éste. Los chicos que pasan todo el verano internos necesitan una ayuda especial y…

De repente la postura de la Srta. Roch cambia, no termina la frase. Imagino que se ha dado cuenta de que nos hemos desviado del motivo principal de mi cita.

—Bueno mejor retomamos esta conversación de aquellos tiempos en otro momento, no te he hecho venir aquí por esto, ya lo sabes.―Su voz vuelve a sonar seria―. Bruno, de verdad que estoy muy molesta con tu cambio de actitud, pero sé que no has podido llegar tan lejos tú solo y menos en tu primer año aquí. Ciertas cosas solo las saben los veteranos. Dime, ¿quién más está metido en todo esto? 

Saber que conoció a mi madre me ha desarmado por completo. Trago saliva e intento mantenerme firme. No pienso dar su nombre, no voy a ser un chivato de mierda. Igual si le doy la razón sin dar nombres se siente satisfecha.

―Verá yo… Es que… —titubeo mientras encuentro en mi cabeza la mejor manera de llevarla a mi terreno—. La verdad es que… ha sido un amigo. Él me ha enseñado algunas cosas —contesto intentando evitar dar más explicaciones.

—¿Un amigo? Vamos Bruno, sabes que eso no me basta. Aún queda mes y medio de campamento y no puedo permitir que la situación se me escape de las manos.—Advierte con seguridad—. Quiero saber quién es, y qué es lo que te ha enseñado exactamente para que hayas acabado sentado en mi despacho en tan solo tres semanas. 

Su voz es firme, no deja lugar a dudas, hasta que no le dé un nombre no va a parar.

—¿Qué más da quién ha sido, Srta. Roch?. Tampoco hemos hecho tanto daño —protesto enfurruñado, revolviéndome en la silla totalmente decidido a no delatarle.

―Bruno, no quiero tener que llamar a tu abuelo y decirle que estás expulsado—detiene sus palabras unos segundos, me está apretando de verdad—. ¿De verdad crees que el robo de la prueba no es grave? Vamos, habla.

No me está dejando otra opción. No quiero dar la satisfacción al viejo de verme expulsado. Trago saliva, no me resulta fácil.

―Ha sido… Ha sido Walter, él me ha estado enseñando todos los trucos desde que llegué —contesto con un hilo de voz, mirando al suelo.

―¿Qué dices?¿Qué Walter? ―me interrumpe, sus ojos están abiertos como platos.

—Pues ya sabe, Walter. Ese, el guaperas mexicano… Uno que es un hijo de un empresario según me ha contado.

La Srta. Roch no pestañea yo diría que hasta está más pálida.

—Pero… ¿Walter dices? ¿Estás seguro? —pregunta dubitativa.

—Pues claro. Lo conocí el día que llegué. Me saludó con un movimiento de cabeza en el descansillo, cuando entraba con usted a la zona de las habitaciones, él estaba en grupo con los más mayores. Vino a verme a mi cuarto esa misma noche. Dijo que le había enternecido mi cara de pingrao, y quería echarme una mano, explicarme cómo iban las cosas aquí dentro. La verdad yo pensé enseguida que se trataba de una novatada…

Ella me invita a seguir con la mirada, apenas parpadea. Yo continúo.

―Pues eso…, me enseñó a moverme por todo el edificio. A salir por las noches por la puerta de atrás, esa que no cierra bien—explico ya con sinceridad, llegados a este punto quiero demostrarle que no me estoy inventando nada, parece no creerme del todo—. El tema es que me hizo jurar que nadie podía saber que éramos colegas. De hecho, cuando nos vemos por el colegio ni me saluda, sólo me mira de lejos como si quisiera asegurarse de que no voy a dar señales de conocerle delante de sus amigos guays. Seguro que no quiere que le vean con el nuevo.

La cara de la Srta. Roch está roja, me parece que está a punto de estallar. 

―Bueno, Bruno. Esto ya es demasiado ―dice cabreada mientras camina con paso decidido hasta el otro lado de su mesa, abre un cajón del escritorio y saca un cuaderno viejo del fondo―. Sé lo que me vas a decir pero… 

Me enseña una foto que saca de la libreta, en ella está mi madre, debe tener mi edad. Está guapísima. Y también está la Srta. Roch, menudo pibonaco, ya apuntaba maneras. Y junto a ellas hay un chico. Un momento, es Walter. Es él, mismo uniforme, mismo peinado y la misma edad. No entiendo nada. ¿Cómo puede tener la misma edad si esta foto debe tener por lo menos dieciséis años? Debería tener treinta y algo como la Srta. Roch, o como tendría mi madre. No comprendo… No me encuentro bien, creo que me estoy mareando.

―Muy gracioso Bruno. ¿Desde cuándo lo sabes?—Pregunta ella con los ojos llenos de lágrimas que no sé interpretar si son de rabia o… 

―¿Desde cuándo sé el qué?—Balbuceo en un hilo de voz.—¡¿Qué mierda significa esto?!

Me siento confuso. Me encuentro mal, tengo ganas de vomitar.

―¿Cómo qué significa? ¡Que desde cuándo sabes, que él era tu padre! ¿Te parece justo venir a reírte así de mí, de todo esto? ¿Te parece gracioso reírte del hecho de que el pobre no pudiera soportar que tu abuelo se llevase a Alicia después de que saliera a la luz su embarazo en el reconocimiento médico del centro?—El rostro de la Srta. Rosch ahora sí está rojo y las lágrimas corren por sus mejillas sin control— ¿Acaso ves gracioso que Walter se suicidara en su propia habitación después de que ella se fuera?

Antes de perder el conocimiento, lo último que veo es la figura de Walter apareciendo detrás de ella. Lo último que veo es el rostro de Walter, de mi padre, que mueve los labios, parece intentar decir «lo siento».

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

6 opiniones en “CAMPAMENTO DE VERANO”

  1. ¡Qué maravilla!
    Me ha tenido enganchada hasta el último… ¿punto y final?
    Es el primero de muchos que voy a leer tuyos. Gracias por compartir y adelante❣️

  2. Increíble la imaginación de esta magnífica escritora. Mantener el suspense así no es fácil. Siempre me sorprende con sus finales
    Sobresaliente

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