UN MAL DÍA

A pesar de que aún no ha salido el sol, acaba de amanecer un nuevo día realmente gris en la ciudad. El frío y la niebla calan los huesos, pero eso Ana aún no lo sabe. No lo sabe porque cuando suena el despertador a las seis en punto, ella saca su mano de debajo del edredón nórdico con la rapidez de un guepardo, para apagar el insultante pitido de la alarma en un movimiento certero, y volver a esconderla de nuevo bajo el cobertor con idéntica velocidad, en busca de calidez. 

—Mmm… Sólo cinco minutos más—murmura adormilada como cada mañana en la soledad de su cama, con la cabeza medio cubierta también por el tapadero.

«Joer, qué bien se está aquí calentita» piensa esta vez para sí, al tiempo que se abraza a su almohada y pasa lo que tiene que pasar.

—¡Mierda, ya me he dormido!—grita con los ojos abiertos como platos y se sienta en la cama en un movimiento enérgico, como si hubiera saltado un resorte en su espalda.

Son casi las siete, las agujas del viejo despertador acaban de confirmar su sospecha y avisan de lo que eso significa, toca correr. 

—¡Mierda!¡Mierda!¡Mierda! Precisamente hoy, ¡joder! ¡Luis me va a matar!—Sigue rumiando con el rostro desencajado mientras salta sobre la cama para ir directa a la ducha sin poder sacar de su mente la imagen de su jefe mirándola con los ojos inyectados en sangre.

La calefacción central aún no ha saltado en el viejo edificio donde consiguió alquilar su pequeño loft supuestamente recién reformado.

—¡Coño qué frío!—protesta en cuanto abre la puerta del minúsculo cubículo que da al oscuro patio interior de las viviendas.

En ese mini baño consiguieron encajar el inodoro, el lavabo y un plato de ducha en una verdadera obra maestra de ingeniería que envidiaría cualquiera de los interioristas de la famosa marca de muebles suecos. Ana enchufa el pequeño calefactor de aire, gira el mando del mezclador de la ducha para que vaya tomando temperatura, toma asiento en la taza y busca en su móvil la app de su programa de radio favorito, el único que consigue sacarle una sonrisa cada mañana y que nunca pone reggaeton. Pulsa el play y tras unos segundos, deja el móvil sobre el lavabo para descubrir con un golpe de mano, y los acordes de Girl on fire de Alicia Keys de fondo, que anoche se olvidó de poner un rollo de papel nuevo.

—Venga ya… ¿En serio?—gruñe con sus bragas en los tobillos, que termina por apartar en una ligera sacudida de pies para saltar a la ducha después de tirar de la cadena.

Ana suspira en cuanto el agua a temperatura perfecta comienza a caer sobre su cabeza pero es consciente de que no puede entretenerse ni un minuto más de lo necesario, y encima hoy toca lavarse el pelo. Debe estar perfecta para la reunión con los nuevos clientes, si es que consigue llegar a tiempo. Después de aclarar el champú para cabello rizado de su larga melena, toma el bote de acondicionador en sus manos.

—¡Joder, Ana! ¡Genial!—Se regaña mientras agita el bote boca abajo con todas sus fuerzas, como si fuera ketchup, para estrujarlo después con todas sus ganas, sin poder creer que olvidara reponerlo.

En tiempo récord, consigue salir de la ducha envuelta en la toalla, justo cuando el locutor de su emisora favorita comenta que ha comenzado a llover en Madrid y que hay retrasos en algunas líneas de Cercanías por un problema técnico que afecta a gran parte de la red. Ana pone los ojos en blanco, una avería en el tren es justo lo que necesita para poner las cosas aún más difíciles. Se imagina a sí misma con el pelo de la novia de Frankenstein, por la humedad y la falta de suavizante, esperando en el andén de la estación a un tren que nunca llega por motivos ajenos a la compañía, cómo no.  

—Café, necesito café—musita entre dientes al tiempo que se enfunda en su albornoz con las pupilas dilatadas ante la emoción de sentir el aroma de una taza recién hecha envolviéndolo todo a su alrededor, convencida de que ese momento disipará el mal comienzo de la mañana y conseguirá que desaparezca la sensación de que este va a ser un mal día.

Recorre la distancia hasta la cocina americana en un par de zancadas con la voz rota de Bruce Springsteen cantando Dancing in the Dark en el baño, donde sigue su móvil. Después de calentar media taza de leche en el microondas, con ella en la mano introduce su cápsula de café en la máquina, baja la palanca con los ojos vidriosos por la necesidad de calentar su alma saboreando ese oro negro líquido de Colombia, pero cuando pulsa el botón, unos gorgoteos ahogados retumban en sus oídos, y la luz roja de los pilotos parpadeantes se reflejan en su cara casi como una bofetada, no hay agua en el depósito de la cafetera. 

—¡¡¡Aaaah!!!—grita al borde del llanto por la rabia contenida y saca de un tirón el recipiente de la máquina para llenarlo lo suficiente para conseguir el café que su mal humor ya no va a permitir que disfrute.

Ana toma solo un par de sorbos, deja la taza en la encimera y corre a su habitación después de comprobar en el reloj de la cocina que son las siete y media. Pasa por la habitación para vestirse, con la firme decisión de dejar la cama sin hacer, pero inmediatamente comienza a escuchar en su cabeza la voz de su madre recordando que nunca debe salir de casa sin haber hecho la cama y sin unas bragas bonitas, porque una nunca sabe cuándo va a terminar en un hospital, y tal como va la cosa, hoy tiene muchas papeletas de ser uno de esos días. Al menos la cultura sueca nos ha regalado esta maravillosa costumbre de sus fundas nórdicas, que facilitan la tarea en un par de movimientos.

Como no podía ser de otra manera, Ana comprueba que sobre la silla de su cuarto no hay absolutamente nada dispuesto, anoche también olvidó preparar el traje de chaqueta que pensaba llevar para reunión, pero con la lluvia que ahora sí es capaz de oír golpeando las persianas de su habitación, decide que no es la mejor opción, así que saca del armario su vestido negro clásico y elegante, un par de medias y las botas altas de tacón. Toma asiento en la silla de su cuarto con resignación, y en cuanto desliza la media hasta medio muslo, nota un ligero tirón en el pie derecho, como un ligero enganchón. Casi no respira cuando gira la cabeza por encima de su hombro al tiempo que estira su pierna hacia atrás para comprobar que las cosquillas que suben por su gemelo corresponden a una hermosa carrera. 

—¡Joder!¡Joder!¡Jodeeer!—grita agitando las piernas como la bailarina de Flashdance mientras busca un nuevo par, que desliza sobre sus piernas conteniendo la respiración con una calma de la que no dispone, después de dejar las primeras hechas un burruño en el suelo.

Con el pulso agitado y el corazón a punto de saltar del pecho, Ana vuelve al baño. No puede salir sin un poco de maquillaje. Después de enjuagar su boca con un poco de colutorio para ahorrar tiempo, las primeras notas de Miedo de M-Clan acompañan los movimientos de su mano mientras aplica a trompicones la base de maquillaje, un poco de colorete, sombra clara bajo el arco de las cejas después de peinarlas, con la intención de devolver un poco de luz a la mirada apagada que ve en el espejo. Toma el rímel en sus manos para dar el toque final a sus ojos, abre la boca y se acerca a la superficie del cristal casi rozándola con la punta de su barbilla a la vez que aplica con delicadeza el producto en sus pestañas, con cuidado de no apelmazarlas. Tan pronto como enrosca el aplicador en su envase, y pestañea un par de veces para observar el resultado final, un cosquilleo comienza a recorrer su nariz desde la punta hacia atrás. Ana niega con la cabeza, sabe lo que viene a continuación.

—¡¡Achís!!

El estornudo resuena en el eco del baño, por encima incluso de la voz de Carlos Tarque. Ana levanta la mirada hacia el espejo, tiene la sensación de estar haciéndolo a cámara lenta. Ahí está, la viva imagen de una muñeca, con las pestañas de arriba marcadas en la de abajo. «¿De verdad me tiene que pasar todo hoy a mí?» piensa casi al borde de las lágrimas, mientras intenta corregir el desastre con un bastoncillo de algodón, a sabiendas de que el efecto final ya nunca va a ser el mismo.  

Después de colgar en sus orejas el primer par de pendientes que encuentra, y de aplicar unas gotas de perfume, Ana enrolla en su cuello una bufanda y se pone la gabardina cabizbaja. Saca los auriculares inalámbricos de su funda para seguir escuchando la radio camino de la estación, cruza el bolso en su hombro derecho, toma el paraguas y sale a por la puerta con el móvil en su bolsillo. En el ascensor, echa una mirada rápida a su reloj de pulsera en un gesto instintivo, y comprueba aliviada que son las ocho en punto, con un poco de suerte puede estar en la oficina a tiempo para la reunión.  

La lluvia cae con ganas, así que tan pronto como sale del portal, Ana despliega su paraguas y encogida bajo su cobijo, sale a la calle principal que lleva a la estación que encuentra excesivamente vacía, algo extraño en una ciudad como Madrid. Hay poco tráfico, demasiado poco a estas horas y aún más en una mañana de lluvia. El rostro de Ana cambia por completo.

—Un momento, ¿qué día es hoy?—Dice en alto mientras saca el teléfono de su bolsillo.

Cuando observa la fecha en la pantalla de su móvil una risa nerviosa comienza a salir de sus labios poco a poco hasta terminar en una carcajada sonora. Hoy es miércoles 9 de Noviembre, día de La Almudena, festivo sólo en la capital. Olvidó desconectar el despertador. Ahora todo tiene sentido, por eso anoche no dejó un bote nuevo de suavizante listo en la ducha, ni la ropa lista en la silla de su habitación, ni el depósito de la cafetera lleno de agua. La maldita reunión es mañana, es el jueves.

Ana vuelve sobre sus pasos bajo el paraguas, con los ojos húmedos y el rímel seguramente corrido por la risa que no cede ante lo cómico de la situación, pensando que hoy no va a ser un mal día después de todo. 

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “UN MAL DÍA”

  1. Un relato con mucha realidad, vivimos con mucha presión, estrés y prisas. No me extraña nada lo que le pasó a Ana. Pero lo verdaderamente relevante es augurar algo que no sabes si pasará. Es por eso imprescindible vivir el momento consciente y nada más. Lo que tenga que ser, será. Bravo #LuciaArjona me has sacado una enorme sonrisa. Shalom🙏

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