LA FLOR DEL LIRIO

El eco de los cascos de un caballo sobre los adoquines de la calzada llega hasta los oídos de Ofelia. Un nuevo viajero acaba de atravesar el arco de entrada a la ciudad que rompe la muralla en la calle de Carders, en plena almendra de la ciudad de Barcelona. Ofelia limpia las manos en su mandil, y agudiza el oído. Toda la calle está repleta de hostales, todos ansiosos y listos para recibir a los comerciantes, a los mercaderes, incluso a las amas de cría que ofrecen la leche caliente de sus repletos cántaros de carne y hueso a las familias de alta cuna, cuyas nobles madres no pueden amamantar a sus retoños. 

—¿Qué te apuestas a que hoy tenemos nuevo huésped?—Ofelia reta al cocinero que se afana en preparar el puchero del famoso guiso de carne del hostal para ponerlo al fuego—. Venga dí… ¿Cuánto apostamos?¿Medio croat?

El cocinero limpia el sudor de su frente con el mismo trapo con que repasa la cuchara de palo que mete después en el guiso para remover bien el tomillo y el romero que acaba de añadir, y mira a la gobernanta con cara de pocos de pocos amigos.

—Mira mujer, déjame de juegos y memeces. No estoy yo para murgas… Se nos acaba la carne, estas son las últimas piezas de cadera que teníamos—dice apuntando con su mano libre al puchero de barro que ya comienza a bullir en el fuego de la enorme chimenea de la cocina del Flor del Lirio—. Más nos vale que entre ese desgraciado y nos deje varios croats de su bolsa. Si no, a ver cómo diantres vas a conseguir tú más de esto. Te recuerdo que sacamos tantos dineros con mi guiso de carne como con las habitaciones que renta la señora, y si no hay carne no hay guiso, y si no hay guiso…

Ofelia hace un gesto con sus manos para hacer callar al orondo cocinero.

—Guarda silencio, infeliz. Parece que el jinete ya ha dejado su cabalgadura apostada en la puerta. Si llama aquí bien sabes que trae la bolsa llena, ya averiguaremos si viene a por tu guiso o a por hospedaje…

No pasa ni un suspiro cuando tres aldabalazos suenan en la puerta de entrada.

—Te lo dije—susurra Ofelia quien adecenta su cofia para que oculte sus cabellos grises y ralos y estira su mandil de lino antes de acudir a abrir la puerta—. Ya va…

Ofelia recorre a buen paso la distancia que separa la cocina del salón principal del Hostal, levanta el cerrojo y toma con fuerza la argolla para tirar de ella. Los goznes de hierro lloran por el peso de la puerta que la mujer no puede evitar abrir despacio, sus cuarenta y dos años pesan ya en sus trabajadas carnes, y esa puerta le resulta más dura cada día. Al otro lado, aparece un caballero elegantemente vestido, sombrero de cuero marrón con el ala doblada y sujeta por un enorme broche con un granate rodeado de otras piedras que la mujer no sabe reconocer. Una larga capa cubre uno de los hombros, ceñida a su cinto por gruesos cordones de seda. Apoya su mano enguantada sobre el mango de una espada que cuelga de su cadera izquierda enfundada en una vaina ricamente labrada en cuero y pan de oro, Ofelia piensa que a buen seguro ha sido fundida en las fraguas de Toledo, y se pregunta si el hombre vendrá de allí. A sus pies las alforjas de viaje de cuero repujado.

—Dios os guarde señora—saluda con una ligera reverencia de cabeza al tiempo que toca el ala de su sombrero con su mano libre y dedica una media sonrisa que sabe dota de un gran atractivo a su rostro varonil, de mandíbula cuadrada necesitada de un buen rasurado—. ¿Acaso habrá alguna alcoba cómoda y limpia para este exhausto viajero?

—Por supuesto señor, tenemos la mejor alcoba lista para tan ilustre cliente, adelante si gustáis—responde Ofelia con una reverencia formal, y la mente puesta con satisfacción en la habitación en la que va a alojar al nuevo huésped, la habitación principal—. Deje que tome la llave de nuestra mejor estancia, y llame al mozo para que suba su equipaje. ¡Rodrigo! Ven a ocuparte del caballo del señor…

La mujer deja la frase sin acabar a la espera de escuchar la identidad del visitante, que recoge el guante con una sonrisa cordial.

—De Mendoza, mi nombre es Alfonso De Mendoza y Aragón señora, para servirle—contesta con su voz cálida, divertido ante la ocurrencia que acaba de pronunciar ante una empleada de servicio.

—Ay señor, yo solo soy una gobernanta… Ande guarde esas zalamerías para las mujeres de la corte—responde Ofelia fingiendo estar ruborizada ante los ojos oscuros y vivos de Don Alfonso.

Un joven enjuto y fornido, pero con apariencia de no tener muchas luces, acude a la puerta vestido con ropas humildes y un puñal de caza atado a la cadera del cinto del calzón. Su gran envergadura pilla de sorpresa al nuevo huésped quien no puede evitar mirarle de soslayo.

—Ah, Rodrigo, acude de inmediato a por el caballo de Don Alfonso y acomódalo en la caballeriza, dale su buena ración de agua y paja después de quitarle la montura y sube a continuación esas alforjas a la habitación principal, mientras yo acompaño al señor arriba. Y cierra la puerta cuando salgas, no se nos vaya a colar algún maleante.—Ofelia lanza las órdenes al joven con voz firme, le gusta demostrar quién está al mando, al menos cuando no está delante la señora.

Después de que el lacayo salga presto y veloz por la puerta, tirando con enorme y sorprendente facilidad de ella para cerrarla, la mujer conduce al visitante escaleras arriba con la pesada llave de forja en su mano. Ambos caminan en silencio sobre el suelo de madera gastado, que cruje bajo sus pasos, hasta la última puerta al fondo del pasillo, a la izquierda. Ofelia introduce la llave en la cerradura y abre la puerta con una pose de estudiada teatralidad, sabe que el esplendor de la estancia va a maravillar a D. Alfonso. Ante sus ojos se presenta una alcoba que podría haber salido del mejor de los palacios. La cama es de forja con un dosel de madera de techo grueso y bello, labrado con una escena de caza en todo su perímetro. Las sábanas parecen de hilo fino y asoman su embozo sobre una colcha de terciopelo granate, del mismo color que el entelado de las paredes. Varios juegos de almohadas de aspecto mullido descansan sobre el cabecero también de forja con barrotes que giran sobre sí mismos en curiosos dibujos, un bello trabajo sin duda de un magnífico herrero. Hay varios jarrones en la estancia con ramilletes de lavanda fresca que embriagan la estancia con un aroma limpio y relajante. Hay brasas en la enorme chimenea que se presenta frente al lecho, dando muestras de estar siempre lista para encender con rapidez la lumbre para el próximo huésped.

—¿Es de su agrado, señor?—Suelta la gobernanta satisfecha, sin poder evitar regocijarse ante lo que supone para el Hostal la visita del noble huésped.

Don Alfonso camina con apostura por la habitación, se quita los guantes y pasa el dedo por la superficie del escritorio de madera que hay bajo el ventanuco de la pared para frotarlos después entre sí con un gesto de aprobación.

—Magnífica alcoba en efecto, ¿cuánto me va a costar descansar en ella si puede saberse?—Pregunta sin reparo.

—Para usted tan sólo tres croats, el guiso de carne de la cena y un jarra de vino incluido como cortesía de la casa—responde la mujer tendiendo la llave al señor.

Unos pasos firmes pero delicados suenan en el pasillo, cada vez más cerca de ellos, hasta que en el dintel aparece una mujer bella de enormes ojos de gata y cabellos castaños recogidos en un moño que hace resaltar su cuello esbelto y su escote de senos perfectos ceñidos por el corsé de un hermoso vestido de terciopelo negro. Don Alfonso parece embobado ante tal visión, Ofelia hace una ligera reverencia al tiempo que de sus labios salen en un susurro las palabras: «mi señora».

—¿Quién es este caballero, Ofelia?—inquiere a modo de saludo.

—Don Alfonso de Mendoza y Aragón, señora a su servicio—saluda con presteza el hombre—. ¿A quién tengo el honor de dirigirme, si no es indiscreción?

La dama se mantiene frente a él como una efigie, aunque Ofelia parece detectar cierto brillo en su mirada cuando responde por ella y dice:

—Está usted ante la dueña de esta honorable casa, Doña Aldara, viuda del Señor de Quintana y dueña de esta casa.

—Ofelia, quiero hablar contigo. Te espero abajo—sentencia la mujer sin dirigir la palabra a Don Alfonso y volviendo con ligereza sobre sus pasos.

Ofelia se disculpa con el inquilino y espera a que el lacayo, que acaba de subir las escaleras, entregue el equipaje al huésped en su presencia para apremiarle a ir directo al comedor después, y ayudar al cocinero con las cenas. La gobernanta baja las escaleras a buen paso, no le ha gustado el tono de su señora, teme que vuelva otra vez con la cantinela de los últimos días. Doña Aldara la espera junto al fuego del salón de lectura, al otro lado del comedor, y clava sus ojos verdes con furia en los oscuros de su empleada que ya no esconde su malestar.

—Señora…—Ofelia intenta comenzar la conversación a sabiendas de lo que va a decirle.

—Calla insensata, no te olvides de quién es la dueña de esta casa—interrumpe con voz firme—. Te dije que no quería que esta situación se repitiera, tenemos suficientes dineros como para seguir con esta crueldad una y otra vez. No quiero que vuelvas a… 

—¿Qué es lo que no quiere señora?¿No quiere que vaya al alcaide a contar de dónde han salido tantos dineros y semejantes lujos?—suelta Ofelia dando un paso hacia su señora, nadie les ve, puede ser clara con ella, no está dispuesta a que la gallina de los huevos de oro en la que se ha convertido esa alcoba deje de cumplir su labor.

—Pero cómo te atreves, ¡maldita!…

Ofelia agarra la muñeca de su señora ante su estupor, quien estaba a punto de propinar una bofetada en su cara.

—Cuidado… No se le ocurra…—amenaza con sus ojos negros clavados en los de Doña Aldara que parecen apagarse por momentos ante la fuerza de los suyos—. Cuando le libré de su esposo no me llamaba maldita, ¿verdad?… No, ahí no, ahí besó los bajos de mi vestido, ¿recuerda?

Doña Aldara retira su mano de la de la gobernanta con un movimiento firme y se separa de ella para ir al otro lado de la chimenea, como si la rehuyera.

—No digas sandeces, aquello fue distinto, me molía a palos, me usaba como… Ya sabes las crueldades a las que me sometía—responde con la mirada puesta en el fuego, que crepita entre las dos mujeres iluminando sus rostros—. Yo nunca pensé que…

Ofelia da unos pasos y cruza los brazos altiva ante su señora, echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada capaz de helar la sangre a cualquiera.

—Ya le dije que lo dejara en mis manos, ¿y cumplí o no cumplí? Tan solo necesité que salieran a visitar a su hermana, sólo necesité un par de semanas y al mejor herrero de la ciudad de Barcelona para que construyera esa maravilla de cama que tenemos ahí arriba en la que era su alcoba, la alcoba de los señores. Una réplica perfecta de su lecho, pero con el mejor de los secretos. Y bien que me obedeció señora, ¿verdad?—Pregunta casi al oído de Doña Aldara quien se encoge al sentir su aliento tan cerca.

—Calla, calla…te lo ruego—murmura con los ojos brillantes.

—Esa noche comenzó todo. Esa noche nació el Hostal de la Flor del Lirio, cuando su esposo quedó solo en el lecho, profundamente dormido después de hacer las perrerías que solía hacer con vuestra merced. Cuando mi señora abandonó el lecho, obediente y sumisa, llena de moratones, y corrió a mis brazos en busca de protección, mi protección llegó de la mano del sonido del resorte que mandé instalar junto a la puerta de la alcoba—Ofelia parece disfrutar rememorando cada instante de aquel día—. Con solo pulsar la pequeña palanca, el techo de madera del dosel se abrió como un libro, dejando caer esa maravillosa reja de pinchos que ensartó por mil partes de su cuerpo al Señor de Quintana y acabó con su vida en un instante, y con él se fueron las torturas, los golpes, los llantos y las vejaciones, ¿o no tengo razón?

Doña Aldara no puede evitar que las lágrimas broten de sus ojos en un llanto silencioso, da la espalda a la que fue su doncella en aquel entonces, no quiere darle la satisfacción de verla así. 

—Luego vino el colofón de mi plan, mi brillante idea para deshacernos del cuerpo inerte de su esposo. Sólo tuve que llevarlo a las caballerizas con la ayuda de mi sobrino, el pobre es todo cuerpo y músculo pero el Altísimo no le dotó de cerebro ni de la capacidad del habla—afirma al tiempo que se persigna con un movimiento rápido—. Cargué con el hacha y despiecé a ese bastardo lo mejor que supe… El cocinero no vio la diferencia cuando le entregué los paquetes, salvo por lo bueno que salió el primer guiso que se hizo con su nueva carnaza, creyó a pies juntillas que a su muerte dimos con varias alcancías bajo la cama con dineros más que suficientes para comprar viandas de mejor calidad. Y no fue solo él quien apreció el buen sabor, ese fue el día que nació el guiso de la carne más tierna y más sabrosa de toda Barcelona, colas de gente tuvimos delante del hostal durante semanas, ganamos más con los comensales que con los huéspedes que alojamos… Hasta que se me ocurrió adecentar la alcoba y abrirla para clientes especiales… Y no objetó nada en contra Señora…

Doña Aldara toma asiento en uno de los butacones frente al fuego, siente que sus piernas flaquean al recordar aquello, su rostro surcado por ríos de lágrimas, quizás lágrimas de arrepentimiento.

—Yo nunca quise…—Intenta explicarse, pero Ofelia no le da tregua, golpea con su puño el respaldo del asiento en el que está sentada, quiere acorralarla y lo está consiguiendo.

—¿Cómo iba a sobrevivir usted, viuda, con treinta años, en una ciudad como esta? ¿De verdad pensó que iba a poder salir adelante sólo con tres o cuatro alcobas y un guiso mediocre que servir? La carne humana nos guste o no es tierna y jugosa, mejor que el pollo, con el sabor de la res, ni usted ni yo la hemos probado, Dios nos asista.—Vuelve a persignarse—. Pero las gentes de esta ciudad no dejan de pregonar por las calles las bondades de nuestro puchero, y hay que reponerla querida Doña Aldara, hay que reponerla, y si además las reses humanas son hombres que viajan en solitario y con buenos dineros… La ganancia es doble ¿o no?

Ofelia se acerca a su señora, se inclina sobre ella y vuelve a preguntar marcando cada palabra.

—¿O no, Doña Aldara?

La Señora asiente sin poder parar de llorar, llanto que se acentúa al escuchar el jolgorio de la gente que empieza a ocupar las mesas en el comedor, ansiosos por una ración de ese maldito guiso.

—¿Los escucha Señora? Ahí llegan, hambrientos, deseosos de un plato de ese manjar, de esa carne que no reconocen pero que desean con avidez… El cocinero ha usado las últimas piezas de lo que él cree era carne de buey, pero en realidad la cadera que ha usado hoy era la del mercader de sedas que tuvimos alojado hace cuatro días y que partió aparentemente antes del amanecer sin decir nada.—La gobernanta da unos pasos hasta situarse de nuevo frente al fuego, la claridad de las llamas dota a su rostro de un aire casi demoníaco, de tal manera que Doña Aldara tiene que cerrar los ojos, no quiere mirarla así—. Ya sabe que cada vez que uno de esos infelices se sacrifica por nosotras, merece la pena, nos llena la bolsa con sus monedas y con los jugos de sus carnes, el mejor de los sacrificios, y estoy segura de que su alma va directa al cielo, Señora… Como la de todas las víctimas, mientras que si les hubiéramos permitido seguir con sus vidas de despilfarro, lujo y vicio, ¿no cree que habrían acabado en el infierno?

Ofelia mantiene su rostro hacia el fuego, con sus ojos negros convertidos en dos ascuas de carbón.

—¿Por qué no me dejas marchar? Si quieres seguir con esta masacre, haz lo que desees, pero deja que me vaya, no puedo soportar más la carga de estas muertes sobre mi conciencia—ruega Doña Aldara en un susurro.

Ofelia la mira con el brillo del fuego aún en sus ojos, la mira sin verla en realidad.

—Señora, sabe que eso es imposible, la Flor del Lirio no existe sin la Viuda de Quintana, sin usted no podríamos seguir con el negocio, y de gracias… Ese es el único motivo por el cual no la he convertido también a usted en cadera de buey para el guiso del Lirio…—afirma Ofelia con frialdad—. Y ahora Doña Aldara, retírese a sus aposentos, yo me encargaré de llevarle un plato de queso y uvas como cada noche, y una buena jarra de vino que la ayude dormir para no escuchar el sonido metálico del resorte cuando salte al otro lado del pasillo, ya sabe, yo me ocuparé de todo, como de costumbre.

Doña Aldara se levanta despacio del butacón en el que había quedado hecha un ovillo. Recompone sus vestiduras y limpia el resto de las lágrimas que aún quedaban sobre su rostro con las manos. Toma aire, gira su rostro impotente hacia Ofelia y sale de la habitación con el mismo paso elegante y firme que siempre la ha acompañado para cruzar el hall. Ofelia sonríe al fuego, con los ojos impregnados del fragor de las llamas, sigue después los pasos de su señora pero se desvía a la cocina para tomar la bandeja de su cena con las viandas de costumbre y llevarla a sus aposentos saludando a su paso a los comensales y al par de huéspedes que descansan en el otro ala del hostal, sin poder evitar sonreír ante la paradoja de estos pobres que sin saberlo son tremendamente afortunados, ya que precisamente por no tener nada, mañana saldrán del Hostal del Lirio con lo más valioso, sus propias vidas intactas, mientras que esa misma noche Don Alfonso, tan pronto como caiga preso del sueño más reparador, obtendrá como premio por sus riquezas tan sólo la misma muerte.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

12 opiniones en “LA FLOR DEL LIRIO”

  1. Historia digna del mejor escribano de la época que contempla. En esta ocasión la intriga está tan bien creada que no imaginaba semejante desenlace
    ¡Bravo! #LuciaArjona un relato sobresaliente el de esta semana!

  2. madre mía….y yo que por el comienzo pensaba que iba a ser una historia de amor jajaja
    Me ha encantando aunque de escalofríos ….

  3. Magnífica, Lucía!
    Se me eriza la piel solo de pensar en esa gobernanta…
    He seguido de puntillas a Ofelia todo el relato y se me ha quitado el hambre para una temporada. Me ha gustado mucho la voz de la narradora. Como siempre me quedo con ganas de más. Un abrazo

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