COMO CADA MAÑANA

—¡Vamos Beatrice! La Señora llamará enseguida. ¡El desayuno tendría que estar listo!—Apuro a la chiquilla—. Date prisa con las tostadas, ¡y no las quemes!

Antes de que pueda acabar la frase, el repiqueteo de la campanilla seis inunda la cocina. Vierto el agua hirviendo en la tetera. Compruebo que el resto de doncellas y cocineras no me ven, y añado la pasiflora. Sé que la señora la necesitará, como cada mañana.

Arreglo mi cofia blanca y el mandil. Tomo la bandeja y subo las tres plantas que separan la cocina de los aposentos principales, recordando escalón a escalón cómo eran las mañanas antes de que el señor falleciera.

Ella se levantaba a primera hora, fresca y radiante. Me daba los buenos días con una sonrisa mientras la ayudaba a vestirse. Luego bajaba a supervisar que el desayuno estuviera listo. Siempre los huevos cocidos cuatro minutos, ni uno más, como le gustaba a su esposo. Ambos desayunaban en el salón del mirador, entre risas y confidencias. Cuando él marchaba al Banco, se despedían en la escalera con un beso apasionado como dos jóvenes enamorados. Si no teníamos visitas, ella ocupaba el resto del día entre su estudio de pintura y los rosales del jardín, hasta supervisar de nuevo los menús del almuerzo y la cena. Nunca pudo tener hijos, pero tras más de doce años de matrimonio, era una mujer feliz y enamorada, algo increíble teniendo en cuenta que el suyo fue un matrimonio acordado entre familias. La mujer que espera en su habitación cada mañana desde el triste fallecimiento de su amado, es una sombra de aquella, no baja al comedor desde entonces, viste de cualquier manera y pasa el día vagando por la casa o los jardines. Además, nadie puede entrar en su estudio salvo ella desde que él se fue. De hecho, está obsesionada con el maniquí articulado de pintor que su esposo le regaló. Cree firmemente que alguna de las criadas lo mueve y lo cambia de sitio por las noches para atormentarla. Mi penoso trabajo cada mañana es hacerle ver lo que ocurre en realidad.

El último escalón cruje bajo mi pie despejando mi mente de recuerdos sombríos. Tomo aire despacio y lo expulso con un jovial «buenos días Señora», después de empujar el picaporte con el codo.

—Helen, ¿lo has visto ya esta mañana?, dime… ¿Lo has visto?

Las palabras salen a trompicones de sus labios finos y pálidos, aceleradas y temblorosas. Me espera sentada en la cama, con su trenza larga de cabello gris apoyada en su hombro. Su mirada, de un azul apagado como un mar de invierno, acompaña mis movimientos.

—No, señora. Ya sabe que para bajar al estudio debo ir con usted, sólo existe la llave que cuelga de su cuello —respondo como cada mañana, como si fuera la primera vez que pronuncio esas palabras.

Dejo la bandeja sobre la mesa del ventanal y deslizo las gruesas cortinas de terciopelo.

—Vamos señora, venga a tomar el té antes de que se enfríe, le entonará.

Acudo a su lado para ayudarla a bajar de la cama. Al poner mi mano en su talle, noto como las costillas se marcan bajo su piel de nieve, ha perdido demasiado peso en estos meses.

—¿Pero lo has visto ya? —Vuelve a preguntar lastimera, camina apoyada en mi brazo, arrastrando los pies hasta el sillón junto a la mesa.

—No señora, ya le digo… Beba un poco, es té de jazmín, su favorito, y pruebe las tostadas, hoy Beatrice no las ha carbonizado —bromeo intentando animarla para retrasar el momento.

Comienzo a airear la cama, y de espaldas, escucho el tintineo de la taza sobre el platillo que provoca su pulso tembloroso, ha empezado a beber. El crujido que sigue, me dice que hoy sí está probando el pan.

—Lo habrán movido Helen. Sé que lo mueven, ¿o eres tú? ¿Lo mueves tú? Dímelo por favor o voy a volverme loca —ruega en un sollozo.

Mientras estiro las sábanas, me pregunto si merece la pena exponer la verdad como cada mañana, cuando sé que volverá a olvidarlo todo en cuanto amanezca un nuevo día. Cómo explicarle que desde hace dos meses la sigo hasta su estudio cada noche, la observo bajar a oscuras en camisón, veo como se quita la llave del cuello y abre la puerta para tomar entre sus brazos el muñeco de madera. Cómo decirle que baila sonriente y feliz, abrazada a él durante horas, llamándole Enzo, como a su esposo. Cómo ver otra vez sus ojos apagándose aún más al entender en un breve instante de lucidez que la pérdida de su amor la ha sumido en esta locura.

Termino de colocar la colcha de seda, y me giro hacia ella. Observo unos segundos su elegante y triste perfil recortado contra la luz de la mañana que entra por la ventana, sé que definitivamente hoy no puedo hacerlo. 

—Señora, si me permite, creo que se preocupa demasiado. Quizás tiene tanto en que pensar, que no recuerda cómo ha dejado el maniquí cuando sale del estudio al atardecer y se sorprende al día siguiente cuando entra por la mañana. Seguro que es eso, ¿no cree?

Ella asiente con la cabeza y me mira con sus ojos vacíos.

—Puede ser Helen, puede ser… —sus palabras discurren más pausadas, la pasiflora empieza a actuar.

—Voy a prepararle el baño. Seguro que la ayuda a relajarse —anuncio antes de salir de la habitación para buscar el agua caliente, con una idea en la cabeza.

Mientras ella descansa en la bañera junto al fuego, adormilada por los efectos sedantes de la infusión, tomo la llave del estudio e imprimo su forma aplastándola contra una pequeña pastilla de jabón. No quiero ser la culpable de que la venda que oculta la verdad caiga una vez más, sumiéndola en una tristeza aún mayor. Sé que esas horas ocultas en la noche, son el momento más feliz del día para ella. Sí, lo he decidido, encargaré una copia de la llave esta tarde, cuando vaya a comprar al pueblo. Tomaré uno de los trajes del Señor que aún cuelgan del armario de su alcoba, y cada noche, antes de que ella baje para su baile nocturno, entraré al estudio para vestir al maniquí con él, y esperaré a que abandone la estancia para volver a desvestirlo y colocarlo en su lugar después, para que ninguna de las criadas sospeche lo que ocurre en ese cuarto.

Tomo el cepillo del aparador y acerco la banqueta para sentarme detrás de ella, que aún dormita en la bañera. Comienzo a peinar su cabellera de plata mientras me reafirmo en mi decisión, sí voy a hacerlo, voy a hacerlo sólo por verla feliz en su baile imaginario, en brazos de su amado, como la veía junto a él entonces, cada mañana.

logo 300

¡Deja tu email si quieres recibir un aviso cuando esté listo mi nuevo post!

¡No soy spam, palabra!

Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “COMO CADA MAÑANA”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *