ESO

Introduce la llave en el contacto del coche, cierra la puerta con un golpe y permanece sentado, inmóvil. La adrenalina recorre todo su cuerpo hasta agolparse en sus sienes en un latido descontrolado. La presión en su pecho, la respiración acelerada, el sudor en las manos. Sus manos, Arturo se asusta al ver las manchas de sangre en ellas. Busca en la guantera del coche algo para limpiarlas, no puede conducir así. Encuentra un ajado paquete de kleenex junto a su arma reglamentaria. Recoge a tientas la botella de agua que lleva dando tumbos en el suelo desde ni recuerda cuándo, humedece un pañuelo y frota nervioso las manchas hasta dejar la piel enrojecida, los restos no acaban de salir. Con pulso aún tembloroso, gira el contacto y trata de controlar su respiración antes de incorporarse a la solitaria carretera comarcal que recorrió hace unas horas en sentido contrario con ella en el asiento de copiloto.

La luna llena ilumina la oscuridad de la noche con una claridad que le incomoda. Observa sus ojos acuosos en el retrovisor. No son los mismos que vio reflejados en las gafas de Ana hace unos minutos. Los que vio entonces eran aterradores, rabia en erupción. Ahora son los de un crío asustado al borde del llanto. Como los que veía en el espejo del baño de la academia de música donde se escondía tras sus clases con la Srta.Lobo, a los doce años. No había permitido que su recuerdo volviera a su mente hasta esa noche, hasta que Ana quiso hacerle eso, lo mismo que hacía su profesora con él, cuando era tan sólo un crío.

Esa imagen provoca una arcada en Arturo. Con los labios apretados, frena su Golf en el arcén. Baja del coche aceleradamente, cae de rodillas y vomita los restos de la hamburguesa que tomó con ella antes de todo. Las lágrimas que corren descontroladas por sus mejillas, empapan los restos de alimento a medio digerir en sus labios, mientras Ana vuelve a empañar su mente.

Regresa al día en que la conoció en comisaría, cuando ella bromeó sobre sus propias gafas empañadas después del sprint para llegar a tiempo en su primer día como agente de distrito, como su compañera. Su frescura le pilló por sorpresa, su picardía le cautivó. Después de algunas semanas de patrulla juntos, se lanzó a pedirle una cita, esa cita, esa maldita cita en la que Ana propuso ir al pantano para contemplar la luna llena. No debió aceptar. Sus traumas pasados habían bloqueado cualquier intento de intimar con una chica, pero pensó que con ella podría ser diferente. Intentó disimular sus nervios durante el trayecto con la mirada en la carretera y las manos al volante, mientras ella cantaba las canciones que sonaban en la radio.

Tan pronto como estacionó el vehículo en el sendero y dieron un par de pasos, Ana tomó su mano y comenzó a besarle con una pasión inesperada, junto a un pequeño muro de piedra. Arturo permitió que su lengua jugase con la suya en un baile tembloroso. Ella entonces siguió tomando la iniciativa, desabrochó los botones de su camisa, el cinturón de su pantalón, y con su boca recorrió poco a poco la distancia hasta su ombligo. Cuando levantó su cabeza con esa mirada lasciva, fue a la Srta. Lobo a quien vio. El asco y el miedo recorrieron su cuerpo al instante junto con una rabia imposible de contener. Tenía que parar a esa depredadora, esta vez sí. La mano de Arturo palpó un pedrusco que asió con rapidez para golpear su cabeza con fuerza. Luego se abalanzó sobre ella y rodeó su cuello con ambas manos, presionando sin control. Fue entonces cuando vió sus propios ojos reflejados en los cristales de las gafas y en ellos todo ese odio contenido durante años, pero un destello de lucidez, volvió a mostrar el rostro de Ana tras ellos. No a su profesora… Demasiado tarde.

Arturo, aún arrodillado en el arcén, pasa las manos por su rostro en un gesto derrotado. Se pone en pie para regresar al vehículo, con pasos deslavazados. Su pulso tembloroso apenas sostiene el peso del arma reglamentaria que acaba de sacar de la guantera, necesita de ambas para dirigir el cañón a su boca. 

El revoloteo de murciélagos y aves que huyen despavoridos de los árboles de alrededor, siguen al estruendo del disparo que resuena en el eco de la noche.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “ESO”

  1. Se me había escapado este relato. Lo he leído justo después de comentar el último publicado y me he quedado sin palabras. Es increíble la facilidad que tienes para cambiar tu temática, tanto sentimos la alegría y sorpresa de una jovencita y su conmovedora historia como de repente eres capaz de crear un triller de lo más creíble y describiendo la trama a la perfección! Me encanta!!! Quiero leer esa novela ya!!💙

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