SEVILLA II

Sara conecta el móvil con el cable a su portátil. Crea una carpeta en el escritorio, que protege con contraseña, y cambia el nombre genérico por las iniciales FM. Con los ojos inyectados en sangre, y una lágrima rabiosa que lucha por no precipitarse, observa como el archivo de vídeo se descarga. También cambia el nombre del archivo. Teclea con lentitud, saboreando el momento en el que sus dedos tocan el teclado con cada pulsación para escribir: “Día 1”. Pone el puntero del ratón sobre él y toma aire antes de hacer click para visionar en pantalla lo que acaba de grabar en directo. Con los primeros gritos de dolor de fondo, comienza a recordar todo el camino que ha recorrido hasta llegar a esto.

Se vió diez años atrás, en su primer día como alumna en la Facultad de Psicología de Sevilla. Apenas hizo amigos durante los cuatro años de carrera. Deambuló por su vida estudiantil como un bicho raro, frío y hermético. Tenía un claro objetivo, sacar un curso por año con la mayor calificación posible, y lo consiguió. Con tan sólo veintidós años se licenció con matrícula de honor. 

Luego preparó la oposición a ayudante de prisiones, oposición que aprobó a la primera y con la máxima nota, lo que le permitió elegir el destino que quería: el centro mixto de Sevilla II, en Morón de la Frontera. Durante los dos años siguientes, su actitud cambió por completo de puertas para dentro. Sara fue la funcionaria perfecta, empática tanto con los demás funcionarios como con los reclusos. Trató con exquisita delicadeza a los familiares que acudían a las primeras visitas, y con la dureza necesaria a los visitantes conflictivos, se desenvolvió con unas dotes magistrales en todos los trámites con los organismos oficiales y los delegados del Ministerio del Interior, y se presentó voluntaria en las labores de mediación y preparación en la reinserción de los reclusos más conflictivos, gracias a sus estudios en psicología.

Ahí fue cuando tomó contacto con él, Francisco Moreno, violador en serie. Llevaba casi diez años en el módulo de seguridad, no podía estar con el resto de reclusos, era bien sabido lo que hacían a los violadores en cuanto ponían un pié dentro de cualquier centro, pero si además sus víctimas eran menores, más de uno no llegaba a cumplir condena y terminaba saliendo con los pies por delante a manos propias o ajenas. Francisco era un tipo repulsivo, que con una sola mirada era capaz de hacer sentir sucia a quien observaba. Sara tuvo que aprender a contenerse en su presencia, fue capaz de ganarse su respeto y el del resto de reclusos, con una actitud de auténtica líder, a la que no le temblaba la mano cuando su comportamiento sobrepasaba algún límite. Este fue el tiempo que resultó más duro para ella, teniendo que mostrar interés y preocupación por un tipo que sólo podía despertar asco y odio.

Pasados unos meses en los que trabajó incansablemente, por fin su nombre fue propuesto por el Cuerpo Superior como candidata a Directora de la prisión un año antes de la jubilación del director en el cargo, el día que recibió la comunicación que anunciaba su nombramiento, no pudo contener las lágrimas. Había logrado aquello por lo que había luchado en todos esos años.

La mañana siguiente a su toma de posesión, se preparó a conciencia, el camino que había decidido emprender aquel fatídico día llevaba justamente hasta aquí. Como cada día, besó la foto de su hermana, que la sonreía desde la mesilla de noche con su tierna belleza adolescente, y cerró la puerta de su casa, con la mente puesta en Francisco. Se había asegurado de que el vigilante asignado a ese turno fuera el único que supiera toda su historia y cuál era su objetivo, objetivo que el hombre entendió y apoyó desde el principio en cuanto escuchó el apellido Moreno.

Ya en la prisión, los pasos de sus tacones resonaban en el eco del pasillo tres, caminaba segura y decidida, con los ojos fijos en su celda, casi sin pestañear. El oficial esperó que llegase a la altura de la puerta y la saludó con un leve movimiento de cabeza.

—Buenos días Directora —dijo serio con la mano sobre el pulsador de apertura.

—Buenos días. ¿Están en camino?—respondió Sara con la mirada fija en el metal que la separaba del monstruo.

—Los traen enseguida. Directora, ¿seguro que quiere hacerlo?—susurró.

Sara respondió clavando la mirada en la suya, no hizo falta hablar. El guardia asintió, pulsó el interruptor, y tras un breve pitido ronco, la puerta comenzó a desplazarse sobre sus engranajes.

La celda olía a sudor rancio, a orines y semen seco, como todas. Francisco la observó con esa mirada lasciva y sucia nada más entrar, pero no se levantó del camastro en el que estaba medio tumbado. Sara tomó aire y habló:

—Buenos días Francisco. Quiero decirte que hoy es el día más feliz de mi vida, ¿sabes por qué?—Preguntó sin esperar respuesta al ver cómo él encogía sus hombros—. Porque vas a empezar a pagar de verdad por la muerte de mi hermana.

Francisco hizo el amago de incorporarse, pero cinco reclusos comenzaron a entrar por la puerta, uno detrás de otro. Todos fueron elegidos a conciencia, tenían esposas, hermanas, hijas, novias, madres, que esperaban fuera, no podían protegerlas desde allí de monstruos como Moreno, pero dentro sí podían hacer algo, y querían hacerlo, vaya si querían. El guardia cerró la puerta tras el último, dejando a la Directora en el interior del cubículo con el grupo. La mueca de terror en la cara de Francisco, cuando dos de ellos lo inmovilizaron boca abajo sobre el colchón, mientras el resto comenzaba a desabrochar sus pantalones, fue la señal esperada por Sara para sacar su móvil y comenzar a grabar, con sus ojos llenos de lágrimas de venganza.

La primera versión de este relato fue premiado como «Relato de la Semana» en Scribook el 22 de Febrero de 2022.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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