DESPERTAR

Laura busca como puede la llave de su coche en el bolsillo del pantalón. Lleva a su hija Kathia de la mano, ambas tratan de caminar controlando el bamboleo de las bolsas de viaje que cuelgan de sus hombros, bolsas en las que, en su desesperación por salir de la casa cuanto antes, la mujer sólo ha podido meter las cuatro cosas más importantes. No quiere pulsar el botón de apertura remota de su Golf para evitar que algún vecino curioso pueda escuchar algo y salga a su encuentro para para acribillarla a preguntas hasta conocer su destino. Quiere evitar dar explicaciones, necesita salir de allí cuanto antes. Con mano temblorosa, introduce la llave en la cerradura, abre el maletero, tira su bolsa al interior y anima a su hija a hacer lo mismo con un golpe de cabeza. Cierra el portón despacio perdiendo un tiempo que sabe que no tiene, para acompañar después a su hija al asiento del copiloto, ayudarla a acomodarse y cerrar la puerta con idéntica calma tensa. Antes de introducir la llave en el contacto, Laura la observa por un segundo cuando se sienta frente al volante. Kathia, su pequeña de trece años, tiene la mirada perdida y obedece a sus gestos sin expresión alguna, quiere creer que su apatía se debe a las pastillas que ha disuelto en el vaso de cacao de la merienda, algo que sabía era necesario no sólo por lo que pudiera pasar por el camino, sino para el momento en el que se reunieran con su madre.

—Mama, tengo sueño…—murmura la cría arrugando su nariz chata salpicada de pecas casi imperceptibles ahora en la penumbra del coche—. ¿No podíamos haber ido a ver a la abuela mañana? Quiero mi cama…

Laura se permite el lujo de acariciar con su mano el rostro pecoso de su hija, mientras limpia con la otra en un movimiento rápido, las lágrimas que no dejan de brotar de sus ojos en ese llanto silencioso que la atenaza desde que ha tenido que tomar la decisión de ponerse en camino. 

—Venga cariño no seas impertinente, la abuela está enferma y no podemos dejarla sola. Con un poco de suerte llegaremos antes de que anochezca del todo—responde a su hija sin poder evitar desviar la mirada hacia el cielo de la ciudad que poco a poco comienza a vestirse de naranja, púrpura y rosa, los colores de un atardecer que Laura querría que discurriera a cámara lenta para ganar algo de tiempo—. Anda cariño, duerme un poco.

Kathia se hace un ovillo en su asiento, y cubre su cabello corto pelirrojo con la capucha de la amplia sudadera gris medio raída que no ha dejado de usar desde que la encontró en el desván entre las pocas cosas que quedaban allí de su padre. Laura gira al fin la llave en el contacto y comienza a conducir por la avenida principal de la urbanización residencial en la que se instalaron desde que decidió mudarse a Seattle después de que su novio, el padre de su hija, muriera de forma repentina dejándola con un bebé recién nacido que no sabía si amar u odiar, y una tremenda responsabilidad que no ha dejado de sobrevolar su cabeza ni un solo segundo a lo largo de sus trece años de vida. Una responsabilidad que se ha acrecentado hoy, justo el día en que su hija ha menstruado por primera vez. Cuando Omar se fue, Laura quiso dejar atrás todo lo que pudiera recordarle a él, todo lo vivido junto a él, y sobre todo lo no vivido, gracias a Dios lo no vivido. Con la vista fija en la autopista que las llevará hasta la casa de su madre, junto al Lago Serene, los recuerdos de los buenos tiempos con el padre de su hija invaden su mente por completo.

Conoció a Omar en la Universidad de Georgetown. Ella cursaba Enfermería y él Biología. Le llamó la atención desde el principio por sus rasgos exóticos marcadamente árabes, algo especialmente llamativo en un país como los Estados Unidos. Lo primero que le atrajo de él, además de su cuerpo ligeramente musculado y sus casi dos metros de estatura, fue su pelo negro y largo recogido a la altura de la coronilla en una maraña cuidadosamente despeinada, y sobretodo sus ojos, unos ojos enormes, brillantes y dorados que contrastaban aún más con su piel canela, rasgos que luego pudo comprobar que compartía con sus padres y hermanos, rasgos comunes de su ascendencia turca. Ya en su primer encuentro, Omar lucía orgulloso la sudadera gris con las letras grandes de su universidad, la misma que encontró su hija rebuscando entre las cajas hace unos días, curiosa coincidencia. El flechazo fue instantáneo. Ese hombre era pura sensualidad, masculino y viril pero al mismo tiempo capaz de mostrar una lealtad y una ternura infinita hacia su familia, sus amigos y hacia ella. Cuando se quedó embarazada, después de la primera sensación de pánico que ambos compartieron, Omar comenzó a ser muy protector, diría que en ocasiones en exceso, y cuando consiguieron que aceptasen su solicitud para compartir apartamento en el Campus, en el edificio para futuros padres, Laura empezó a detectar comportamientos extraños en él, su manía enfermiza por el órden, su sensibilidad a los olores, y la guinda del pastel, su costumbre de desaparecer de fiesta con sus amigotes una vez al mes, en ocasiones ni siquiera esperaban al fin de semana. Eso era algo que Laura detestaba. Cuando Omar salía con ellos, regresaba siempre apestando a alcohol y sudor, aparecía en casa a la mañana siguiente totalmente desmadejado, con el pelo suelto y enmarañado y se tiraba el día siguiente metido en la cama con una migraña terrible sin comer nada. La verdad es que Laura prefería no preguntar y simplemente achacarlo a la típica resaca, pero poco tiempo después del nacimiento de Kathia, días antes de que él se fuera, ella supo la verdad, la terrible verdad.

La luz sobre el indicador que señala la salida hacia el Lago Serene hace que Laura deje atrás su dolor y se centre en no dejar atrás el desvío. Lleva una hora conduciendo, el sol casi se ha ocultado del todo, y la carretera que lleva hasta la casa de su madre es poco más que una carretera forestal, no tiene iluminación, mejor evitar cualquier percance y llegar a tiempo. Las nubes comienzan a bajar, forman un muro gris en la carretera, Laura continúa conduciendo aunque debe ralentizar ligeramente la marcha por su seguridad, sin poder evitar los baches provocados por piedras y ramas en el camino que no puede ver hasta estar encima de ellas. Kathia duerme profundamente, con la respiración agitada, como si estuviera en medio de una pesadilla. La mujer comienza a desesperarse cuando al fin, en un pequeño claro entre la niebla, vislumbra la calidez de la luz del porche de la casa donde se crió, de la casa de su madre. Distingue una silueta de mujer, envuelta en una especie de chal, su madre no ha podido evitar salir a recibirlas, debía estar impaciente.

—Hola mamá—saluda a su madre con la ventanilla a medio bajar, sin ocultar un poso de preocupación en la voz mientras estaciona el vehículo en el lateral de la vivienda, entre la casa y el cobertizo—. ¿Has preparado todo lo que te pedí?

La madre se acerca junto al coche, y antes de dirigirse a la puerta del conductor, se detiene un segundo junto a la ventanilla de su nieta, que continúa dormida en medio de lo que podría ser un mal sueño por cómo nota su respiración.

—Hija, ¿estás segura de lo que vamos a hacer? Es solo una niña…—susurra la anciana con los ojos llenos de lágrimas a punto de desbocarse.

Laura abre la puerta y abraza a su madre, permite que las lágrimas vuelvan también a sus ojos.

—Tenemos que hacerlo mamá, tenemos que hacerlo por ella, precisamente por ella. Vamos, no queda casi tiempo—responde intentando recomponerse—. Venga ayúdame a meterla, ojalá el efecto de los somníferos dure un poco más antes de…

Su voz se quiebra por un momento, pero no se permite caer, tiene que ser fuerte, se lo prometió a Omar. Cuando madre e hija consiguen sacar del coche a una Kathia totalmente dormida, casi inconsciente, la capucha que cubría la cabeza de la chica cae sobre sus hombros, dejando ver los reflejos cobrizos de su cabello, idéntico al de su madre, aunque Laura lo lleva recogido en una coleta larga.

—Mi niña… Me recuerda tanto a ti—dice la abuela resoplando por el esfuerzo que supone para ella portar aunque sea en parte el cuerpo de su nieta adolescente.

Laura golpea la puerta del cobertizo con una patada de espaldas, la estancia está iluminada por un par de lámparas de garaje de luz cálida, a pesar de la humedad y el frío del exterior, su madre ha conseguido que el ambiente sea acogedor. Las dos mujeres caminan con la rapidez que el peso de Kathia les permite y dejan a la chica con delicadeza sobre la cama que su abuela ha preparado para ella a una distancia prudencial del radiador de aceite que calienta el lugar. 

—Es mejor que la desnudemos antes de atarla, venga mamá rápido, por favor—dice Laura mientras se afana a sacar por la cabeza de su hija la sudadera de Omar.

—¿De verdad tenemos que hacerlo?—insiste su abuela sumida en un llanto ya inconsolable mientras ayuda a su hija a terminar de desvestir a la pequeña—. ¿Y si ella no lo tiene? ¿Y si no lo ha heredado?

Laura, con los ojos brillantes, toma el primer agarre de metal forrado con cuero acolchado y lo cierra alrededor del tobillo derecho de su hija que se deja hacer aún inconsciente. 

—Mamá, perdí a Omar por culpa de esta maldición.—Murmura entre dientes al tiempo que ata el otro tobillo de su hija con firmeza—. Recuerda que cuando Kathia nació tuvo que confesarlo todo. Se dió cuenta de que algo había cambiado dentro de él, su instinto de protección le impedía separarse de la casa para alimentarse, era capaz de distinguir el olor de su hija como propio pero el mío, el mío una vez transformado no lo reconocía como parte de su especie, y temía que… Que sin darse cuenta, terminase por acabar conmigo en la siguiente luna llena, por eso decidió acabar, por eso él… Por eso se sacrificó, se suicidó por nosotras, por nuestra seguridad. Dices que Kathia se parece a mí, puede que tenga  mi físico, pero ¿te has fijado en sus ojos? Sus ojos, no son de un azul como el mío.

—Pero hija, es normal, puede que…—Intenta razonar la anciana mientras su hija termina de anclar los tobillos de la pequeña.

—No mamá, Omar me dijo que los ojos azul índigo como los de nuestra pequeña, son los ojos de un inocente, de un “no despierto”. Me dijo que el momento de despertar para Kathia llegaría con su primer periodo, con su madurez reproductora, y que además esa primera vez vendría con una luna llena, y eso ha sido hoy, hoy ha menstruado por primera vez y esta noche habrá luna llena, debo hacer todo lo que él me explicó…

De repente fuera del cobertizo se hace el silencio, no se escucha el más mínimo ruido en las copas de los árboles del bosque que las rodea, tampoco en los arbustos. Ningún búho ulula en la noche. Laura siente como el terror cala sus huesos, sabe que tiene que salir de allí ya. Antes de hacerlo, se inclina sobre su hija para besar su frente que está ardiendo, no puede evitar sobresaltarse al notarlo. 

—Vamos mamá, ahora es mejor que nos vayamos—sentencia tomando de la mano a su madre que se resiste por un instante a abandonar a la pequeña allí.

Tan pronto como están fuera, la anciana tiende a su hija la llave del candado que cierra la cadena que ha enrollado en la puerta de acceso.

—Si vas a encerrarla hazlo tú—dice la abuela con la voz rota por el dolor de saber el sufrimiento que espera a su nieta, si es que todo sucede tal y como su hija le contó cuando le confesó todo tras el entierro de Omar.

La niebla comienza a levantarse despacio, como el telón de un escenario, y la luna, la terrible luna, amenazante y redonda, comienza a bañarlo todo con su claridad en medio de un silencio sepulcral, como si los animales del bosque supieran lo que está a punto de suceder. Laura sigue con la mirada la trayectoria de un haz de luz de luna, que se abre paso a medida que las nubes se van retirando hasta incidir en el pequeño ventanuco del cobertizo a través del cual están observando el cuerpo blanco, inmaculado y perfecto de su hija, ahora brillante por las perlas de sudor que lo cubren por completo. Cuando la claridad roza la piel de Kathia, el pecho que hasta ese momento ha estado subiendo y bajando en una respiración agitada, queda paralizado por un segundo para henchirse de golpe después, arqueando la espalda de la joven en un movimiento imposible. Un gruñido gutural e infrahumano sale de la boca de la niña, que se desencaja con un sonido escalofriante para llenarse de colmillos y dientes enormes y afilados, y su nariz respingona comienza a crecer hasta convertirse en un hocico puntiagudo. En el exterior las mujeres cubren sus bocas con las manos para evitar gritar ante el espanto de ver el cuerpo de la pequeña convulsionar en movimientos grotescos, y su piel empezar a cubrirse de un pelaje cobrizo desde su espalda, ahora encorvada, hasta sus manos y pies que terminan por convertirse en garras. De pronto vuelve otra vez el silencio, y dentro del cobertizo solo se escucha la respiración agitada de un animal, de un lobo.

—Kathia cariño,  tranquila, mamá está aquí —murmura Laura con los ojos inundados por lágrimas ante una abuela congelada por el terror, enmudecida y temblorosa.

Kathia gira su cabeza de loba hacia ellas, con las orejas puntiagudas y erguidas, sabe que están ahí, sabe que la observan. Sus ojos ya no son azules, son enormes, enormes y dorados como los de su padre.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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