LIBRES

lOBO

No había conseguido reunir el valor para volver a nuestra cabaña hasta hoy y todo sigue tal y como lo dejamos en nuestro último viaje, antes de que él se marchara.

Intento entrar en calor delante de la chimenea recién encendida para dejar de temblar. No he parado de tiritar desde que he cruzado la puerta, pero está claro que no es por el frío. Puedo sentir su energía en cada rincón de nuestro pequeño refugio de madera y piedra. Ya sé que debo aprender a vivir con su ausencia, de otro modo nunca le dejaré marchar, nunca me dejará marchar, y no fue eso lo que acordamos la última vez que estuvimos aquí, sentados en el suelo, acurrucados medio desnudos envueltos en la manta del sofá contemplando el baile de chispas del fuego frente a nosotros. Compartíamos una copa de vino y hablábamos sobre lo que pasaría si él… Ya conocíamos el diagnóstico, pero no que tendríamos tan poco tiempo para acabar todos nuestros planes, que nos tendríamos que enfrentar a ese “si” tan pronto.

La calidez de la chimenea no termina de calar en mis huesos, así que tiro de esa misma manta que nos cobijó aquella última vez a los dos y que descansa ahora sobre el brazo del sofá, algo golpea el suelo con el movimiento. Cuando bajo mi mirada al suelo, mi pecho se encoge por unos segundos dejándome casi sin respiración. Lo que ha golpeado el suelo es la libreta de dibujo de Miguel, su tesoro. La estuve buscando por todos lados después de su marcha, y resulta que me ha estado esperando aquí todo este tiempo, ¿dónde si no?

Me agacho para recogerla, acaricio con las yemas de mis dedos el árbol de la vida labrado en el cuero de su cubierta, redescubriendo con suavidad cada surco de la piel, como si fuera el rostro ausente de su dueño. Aquel último viaje, Miguel dijo que estaba diseñando un tatuaje que pensaba hacerse cuando acabara la quimio, ahora que lo pienso no llegó a enseñármelo. Mis ojos vuelven a humedecerse, aún no puedo abrirla, no soy capaz de ver sus trazos, todavía no. Abrazada a ella, y con la manta sobre mis hombros, abro una botella de nuestro vino, sirvo una copa y tomo asiento en el banco de piedra del ventanal con vistas al bosque, a su roble favorito de ramas centenarias, bajo las que pasaba horas dibujando.

Un destello llama mi atención junto al árbol. Parecen dos pequeñas luces en movimiento. No pueden ser luciérnagas en esta época del año. Con un crujir de ramas, un lobo grande, gris y majestuoso se deja ver, esas luces resultan ser el brillo de las pupilas en sus ojos. No gruñe, sólo observa en la distancia. Por una extraña razón no parece peligroso, incluso diría que quiere que sepa que está ahí. Cuando compramos el terreno hace años nos advirtieron que tiempo atrás hubo lobos en los bosques de la zona, pasamos noches charlando en este banco de piedra soñando con ver alguno, pero nunca hubo suerte, nunca hasta esta noche, precisamente esta, cuando él no está junto a mí.

El lobo no aparta la mirada de la ventana. Debería estar aterrada, buscar el móvil, quizás llamar a alguien, pero no quiero moverme, no quiero hacer un movimiento que pueda asustarlo, es tan hermoso que quiero seguir disfrutando de este momento mágico, único. Con un movimiento elegante y pausado, el animal comienza a caminar hacia la cabaña. No me asusta su proximidad ni siquiera cuando veo que se detiene delante de mí, al otro lado del cristal. Sus ojos dorados como el ámbar brillan con tanta fuerza, y están clavados en los míos con tal intensidad, que no puedo evitar ponerme en pie con cierta brusquedad. La libreta cae al suelo y queda abierta boca abajo sobre la alfombra, a mis pies.

Cuando vuelvo la mirada a la ventana, pensando que el lobo habría huido por mi culpa, lo encuentro allí sentado, tranquilo. Sigue observándome. Siento como mis ojos se humedecen por el torbellino de sensaciones que comienzan a inundarme por dentro. Entonces, el lobo inclina ligeramente su hermosa cabeza, y apoya su pata derecha en el cristal. Su garra es inmensa. Aunque estoy petrificada, inconscientemente levanto mi mano despacio, quiero corresponder a su gesto. Tan pronto como mis dedos se posan sobre el cristal, él agacha la cabeza con un ligero soplido, baja su pata y da media vuelta para marchar de regreso a los matorrales. Yo con la mano aún sobre la superficie, apoyo también mi frente en el cristal con un nudo en la boca del estómago.

Antes de perderse en la maleza, veo cómo detiene sus pasos y voltea la cabeza para mirar a la cabaña, ¿o es a mí a quien mira? Gira el resto de su cuerpo, levanta la cabeza y lanza un aullido ronco, largo y lastimero, vuelve a mirar en mi dirección y avanza entre las ramas.

Noto como una lágrima rueda por mi mejilla, levanto mi mano para secarla y confusa, intento procesar lo que acaba de ocurrir con una inspiración profunda.

Con mi mente colgada en el lobo, decido ir a por otra copa de vino, pero al dar el primer paso, mi pie choca contra algo, contra la libreta de Miguel. Tomo aire de nuevo y me inclino para recogerla, ha quedado abierta justo por la última página. Al darle la vuelta en mis manos, un sollozo sale de mi boca, reconozco sus trazos de inmediato, trazos que definen con un realismo total la cabeza de un lobo majestuoso de ojos brillantes. De mi lobo. Siento como me fallan las piernas, necesito sentarme. El nudo del estómago ahora se aloja en mi garganta para liberar un llanto imposible de contener. Aquí y ahora, sentada en nuestro banco de piedra del ventanal, comprendo que por fin somos libres.

Este relato fue premiado como «Relato de la Semana» en Scribook el 9 de noviembre de 2021.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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