EL CONFESOR DE PIEDRA

El sol vuelve a estar en lo más alto, su presencia ya me acompaña durante la mayor parte de la jornada. Los humanos que pasean por mi calzada de viejos cantos desgastados, por el tiempo y el uso, llevan menos ropa cubriendo sus cuerpos. Seguro que ellos pueden sentir los rayos de esa estrella de fuego tanto como yo los noto sobre las piedras que forman mis arcos y mi calzada, hasta sentirlas arder. Al menos yo tengo la compañía constante de la corriente del río entre mis pilares, abundante, clara y fresca incluso en esta época del año. Quizás por eso ella siempre ha buscado refugio en mí de estas temperaturas, siempre, desde que era una pequeña humana.

Me construyeron hace ya miles de años, desde entonces han pasado sobre mí todo tipo de animales y humanos, incluso me han hecho saltar por los aires en algún que otro conflicto entre ellos para reconstruirme tiempo después. Pero ninguno me vio nunca de verdad, nunca hasta que ella apareció por primera vez aquella mañana, montada en su bicicleta, llamando a su perro, que ladraba y saltaba detrás de ella. Aquel día, el sol brillaba en un cielo despejado y limpio, pero la temperatura no era tan alta como ahora, ya que hacía poco que su luz había disipado la oscuridad de la noche. Cuando la rueda delantera alcanzó el primero de mis cantos, frenó en seco con la boca abierta y bajó con rapidez de su vehículo para dejarlo apoyado después contra el pretil. 

—¡Mira Kan, el puente romano! Papá dijo que lo encontraríamos por el camino viejo de Villalobos —afirmó con ojos brillantes tomando del collar a su perro.

Después de soltar de nuevo al animal, comenzó a dar algunos pasos, despacio, con calma, con la mirada en sus pies. Con la punta de su calzado golpeó delicadamente uno de los cantos más grandes de mi calzada, como si temiese que fuera a saltar de su lugar. Fue entonces, al llegar al apartadero, cuando posó su pequeña mano, delicada y suave sobre una de las piedras del curvo pretil de la zona. Su energía, limpia y pura, lo recorrió todo, hasta los cimientos de mis pilares, y por primera vez ella me habló.

—¡Vaya! Eres aún más bonito de lo que imaginaba…. —susurró y deslizó su mano en una caricia sobre mis piedras acompañando sus pasos—. ¿Sabes? Papá me ha contado muchas cosas sobre ti. 

Tomó asiento con agilidad sobre la baranda de piedra. Me tranquilizó notar que sus pies colgaban hacia la calzada, no hacia el río, y que su tamaño no superaba la mitad de la superficie sobre la que descansaba. Así volvió a apoyar sus manos, una a cada lado de su cuerpo, para moverlas después con suavidad, como si estuviera a lomos de un caballo. Su tacto, dulce e inocente, me hizo sentir con mayor intensidad el frescor del agua, la brisa del aire, el canto de los pájaros del bosque que nos rodeaba. Aquella mañana discurrió así, con ella cotorreando sobre lo mucho que había deseado conocerme, y conmigo deseando que el sol no se moviera para alargar todo lo posible su visita.

Ese fue el primero de muchos encuentros en los que, cada vez que el sol alcanzaba la misma intensidad en cada una de sus vueltas completas, ella acudía durante varias jornadas, con su bicicleta o a pie, a contarme sus alegrías y sus penas. Descubrí con ella la importancia de los lazos de la amistad o los regaños de una madre, y cuando abandonó su apariencia de niña para convertirse en una joven mujer, para mí la más bonita que había conocido desde mi existencia, también acudió a contarme todo sobre los chicos que le gustaban o sus dudas sobre estudios y trabajos. Fue aquí también donde hace varias temporadas, ya siendo toda una mujer, vino a verme caminando de la mano de un hombre, un hombre que en allí mismo se arrodilló delante de ella para pedirla en matrimonio.

La brisa del atardecer trae una planta rodadora que gira con velocidad sobre mi calzada, rompiendo el silencio de la tarde con su roce áspero y seco sobre los cantos que la conforman. Me doy cuenta de que la luz del sol va perdiendo intensidad; empiezo a creer que hoy tampoco vendrá. Un nuevo golpe de aire me hace llegar esta vez el sonido de su voz, hasta creo distinguir también la de su compañero. Parece que vienen caminando, pero oigo algo más. Unas ruedas no muy pesadas suenan sobre la gravilla junto a sus pasos, lo distingo con claridad justo en la curva del camino antes de llegar a mi calzada. No me equivoco, ahí están. Ella empuja un pequeño carro. Lo detiene junto al pretil, como hizo hace décadas con su bicicleta. Con una sonrisa deslumbrante, se inclina sobre el pequeño habitáculo, y de su interior saca la criatura más hermosa que he visto, un diminuto humano que hace extraños ruidos con sus pequeños labios que hacen vibrar todos y cada uno de mis cantos. Ella se acerca hasta el apartadero, con él en sus brazos, con una luz distinta en sus ojos.

—¿Ves amor? Este es mi puente, el puente del que te he hablado cada noche, antes incluso de que nacieras.—Percibo un pequeño quiebro en su voz, que su compañero recibe rodeando con sus brazos a mi niña y su criatura, mientras ella continúa hablando—. Mira mi vida, voy a decirte algo, y quiero que escuches con atención. Aunque este siempre ha sido mi puente, desde que supe que venías en camino tomé una decisión, traerte conmigo para que lo conozcas, para que te conozca, y desde hoy espero que este sea tu puente también.

Mi pequeña toma asiento sobre la baranda, como en cada una de sus visitas, pero esta vez con especial delicadeza. Toma con su mano la mano diminuta de la criatura, y la acerca despacio hasta la superficie de mis piedras. Tan pronto como siento el tacto de esa mano inmaculada sobre mí, una sacudida de energía asienta mi estructura de principio a fin. Todos los cantos que me han dado forma desde la época de los romanos, hasta los últimos añadidos en mi última reparación, parecen encajar con más fuerza que nunca, me siento renovado, como recién creado. Mi niña y su compañero parecen haber sentido algo también bajo sus pies por la expresión de sorpresa que veo en sus rostros. El pequeño, que se había quedado en silencio con los ojos muy abiertos durante en ese mismo instante, comienza a reír y agitar sus manitas. Creo que el pequeño también lo sabe, sabe que en este preciso momento ya me he convertido en su confesor de piedra.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

6 opiniones en “EL CONFESOR DE PIEDRA”

  1. Ayyyy! lucía, cada día más prendada de tus relatos! Con ganas de más, de mucho más! Es realmente emocionante y aporta muchísima luz a mi día así que, ggracias, gracias,gracias

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