ZORRA

Marta sale del ascensor, con los nervios convertidos en un nudo que agarrota la boca de su estómago. 

Se detiene unos segundos delante la puerta de la consulta, con sus ojos fijos en el reflejo de su propia imagen, sobre la placa dorada con el nombre de esa zorra. Con una inspiración profunda, consigue controlar las lágrimas que comienzan a asomar en sus ojos, y adelanta su dedo índice para tocar el timbre por última vez, después de haberlo hecho cada jueves estos últimos dos meses. 

El ding dong focaliza su mente. La puerta se abre, sin apenas ruido, para desvelar al otro lado la perfecta sonrisa en el perfecto rostro de la Dra. Aguirre. Verla ahí plantada, con su aire de cordialidad, hace que sus nervios se crispen aún más y den otra vuelta de tuerca justo en el centro de su pecho. No puede evitar que la primera idea que venga a su cabeza sea si fue precisamente esa sonrisa lo que atrapó a su marido. 

—Hola Elena, me alegro de verte.—La psicóloga está de pie en el umbral de la puerta y con un gesto amable la invita a pasar—. Puedes dejar aquí tus cosas como siempre. 

Marta sonríe tímidamente y da las gracias. Como cada jueves, se despoja con calma de su gabardina para colgarla en el perchero, pero esta vez su bolso va con ella, hoy no puede dejarlo atrás. Adecenta un poco su ropa con un gesto inconsciente, para seguir después a la mujer hasta la consulta, por el pasillo de viejo parquet que cruje bajo sus pies a cada paso.

La sala ya está preparada como en las sesiones anteriores, bañada por el aroma del incienso, la luz cálida que proyectan la pequeña lámpara y las velas situadas estratégicamente sobre la mesa, entre los dos confortables sillones de cuero enfrentados, junto al diván a juego, de modo que la zorra tenga siempre la luz justa para apuntar todas las mierdas que saca de la cabeza de sus pacientes. Marta se pregunta en silencio una vez más, si su marido y ella habrán follado también sobre el diván. Es una idea que no puede apartar de su cabeza desde el primer jueves que puso un pie en esa habitación, el día que decidió hacer algo para impedir que esa mujer le arrebatara a su hombre.

Marta toma asiento, con ojos acuosos y sus manos cerradas con fuerza sobre su bolso. La psicóloga se sienta a su vez elegantemente en el otro sillón, poniendo sobre su regazo su libreta Moleskine y el expediente que abrió en aquella primera consulta. El nombre de Elena Valdés aparece en la carpeta. No sabe quién es en realidad la mujer atormentada que tiene delante. No sabe que las lágrimas, a punto de brotar de los ojos de Marta, Elena para ella, no se deben a la tristeza de la depresión que le ha hecho creer que padece por su supuesto divorcio, sino a la rabia contenida por los celos desde que vió por casualidad el primer mensaje en el teléfono de su marido. Si lo supiera, borraría esa perfecta sonrisa de labios perfectos, que ella tanto detesta.

—Bien Elena, ¿cómo has estado esta semana? —La Dra. Aguirre abre su Moleskine y apunta la fecha de hoy.

—Mal, muy mal —contesta Marta metida en su papel—. No consigo dormir, cada vez que cierro los ojos lo veo a él con ella,… con esa zorra. 

La mujer arquea reprobatoriamente una ceja.

—Elena, ya lo hablamos en la última sesión, tienes que controlar tu furia—rebate la doctora con el tono tranquilizador habitual, que siempre utiliza cuando está en plena terapia con sus pacientes—. Te haces daño a tí misma verbalizando tu hostilidad para dirigirte a la otra mujer de esta manera. ¿Has trabajado en la meditación que te envié para controlar las emociones?  

Marta agacha la cabeza intentando contener su odio, mordiéndose la lengua para no soltar que la imagen de la zorra que ve cada vez que cierra sus ojos es la suya, y que lo último que necesita es tener que escuchar su voz en esas grabaciones de mierda. En lugar de soltar todo eso, con una lágrima corriendo por su mejilla, toma aire antes de contestar.

—Lo siento doctora, lo he intentado, pero no puedo concentrarme, me resulta imposible evitar que mi mente vuelva una y otra vez al mismo pensamiento.

—De acuerdo, tranquila, no te preocupes. ¿Qué te parece si probamos juntas ahora?

Tan pronto como Marta asiente con la cabeza, la psicóloga cierra su libreta y la deposita sobre la carpeta, en su regazo, con las manos entrelazadas sobre ella.

—Vamos Elena, cierra los ojos como yo—apunta la mujer—. Vamos a tomar aire por la nariz, muy lentamente, y lo expulsamos por la boca. 

Con todo el sigilo del que es capaz, Marta levanta la solapa de piel y mete su mano dentro del bolso, despacio, muy despacio, sin hacer el menor ruido, pero al levantarse, las lamas de madera crujen bajo su pie. La Dra.Aguirre abre los ojos, y ahoga un grito al toparse con un cuchillo frente a su cara, y unos ojos enrojecidos llenos de odio detrás de él.

—¡¡Elena, ¿qué haces?!! —grita paralizada por la impresión.

Marta, en un rápido movimiento, se coloca detrás de ella y tapa su boca con una mano, mientras con la otra apoya la punta del cuchillo en la garganta de la mujer, que ha empezado a sollozar. La mujer que hasta ahora ha sido Elena entre las cuatro paredes de esa consulta, acerca su rostro al perfecto oído de la doctora, saboreando el momento, disfrutando del terror que sabe ha provocado en esa zorra, lo sabe porque siente como no puede dejar de temblar. Aprieta un poco más la mano sobre su boca con un tirón fuerte, para acercar hasta ella aún más esa perfecta oreja, hasta tener sus labios rozando la superficie de su piel.

—Te voy a decir una cosa, zorra…. Me llamo Marta. Marta, ¿has oído bien?—Susurra entre dientes—. ¿Y a que no sabes quién es mi marido?

Los sollozos ahogados cesan, la doctora ha dejado de temblar. Marta, sin retirar la mano que tapa su boca, voltea lentamente la cabeza de la mujer para poder observar el miedo en sus ojos emborronados de negro por el rimmel que sus lágrimas ha ido desdibujando, y la sonríe, la sonríe con la locura asomada a sus propios ojos, asustada y satisfecha a partes iguales, pero sabe que ya no hay marcha atrás, esta zorra ya sabe su nombre, ya sabe quien es, y no ha llegado hasta tan lejos para dejarla escapar. Marta ya no huele el incienso, ni ve la luz cálida de las velas, sólo percibe el olor metálico de la sangre y el color rojo que lo baña todo al manar a borbotones de la garganta de esa zorra después de recorrerla de lado a lado con el filo de su cuchillo.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

4 opiniones en “ZORRA”

  1. ¡Amor con amor, se paga!
    Se que es un relato, perfecto como siempre, pero el que haya sufrido una traición y no solo de amor, y separando la locura de la sensatez, solo si la has sentido lo podrás entender.

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