LA CAZA

El sonido del despertador me sobresalta. Abro los ojos adormilada y aprieto el botón de apagado, los números se iluminan. Las seis de la mañana, es la hora.

La ropa de caza, que dejé anoche perfectamente dispuesta sobre la silla de mi habitación, espera a que me duche. Siento el nudo en el estómago de los días de cacería, de un modo especial hoy, por ser la primera de la temporada. Sé que soy incapaz de ingerir nada sólido, pero mis pasos me llevan hacia la cafetera directamente, pulso el botón de encendido en modo automático, siempre necesito despejarme con un buen carajillo para templar los nervios.

Ya en el baño, giro el mando del grifo de la ducha y dejo que el agua tome temperatura. Mientras, observo mi imagen en el espejo. Nada que destacar en la imagen que veo reflejada, una figura del todo andrógina, cabeza rapada, pechos pequeños, cintura inexistente, caderas estrechas, algo muy a mi favor. Si quieres colarte en las partidas de caza de cotos privados, lo último que necesitas es llamar la atención. Con ropa de camuflaje y un chaleco acolchado puedo pasar por cualquiera.

El agua resbala sobre mi cabeza, cierro los ojos y levanto mi cara para recibirla sobre el rostro mientras repaso mentalmente cada dato del expediente de la cacería que se celebra en el Pardo, todo lo necesario para mi batida de hoy. La calidez relajante del agua hace que mi mente viaje hasta el Pardo que conocí en mi niñez, cuando solía pasear por allí con mi abuelo. 

Mi abuelo adoraba los animales, desde que era un mico me enseñó a acercarme a corzos y gamos sin que corrieran despavoridos, algo que no me resultó difícil, siempre dijo que yo tenía un don. En uno de esos paseos encontramos una corza herida tumbada entre dos arbustos. Cuando llegamos a su altura, pudimos comprobar que tenía un disparo muy feo en uno de sus cuartos traseros, pero aún herida había corrido hasta el límite del coto para esconderse del cazador que había disparado, luchando instintivamente por ponerse a salvo. Mi abuelo inspeccionó la herida del animal, no tardó en confirmar que no podíamos hacer nada por ella. Intentó evitar que me acercara, pero yo tendí mi mano y la corza agachó la cabeza dócilmente. Yo me senté junto a ella, y con mis caricias la acompañé en su marcha, con mis ojos clavados en los suyos, oscuros y redondos, que fueron perdiendo su brillo poco a poco hasta apagarse con su último aliento. Creo que fué en ese momento cuando juré sobre su cuerpo aún caliente que regresaría para cumplir mi misión, misión que llevo ejecutando varios años como adulta, cada vez que vuelvo a esos montes, siempre ocupando el puesto de algún cazador que ha comunicado una baja de última hora en alguna de las partidas privadas que yo misma autorizo, en la oficina de permisos. El mejor empleo posible para tener acceso a mis trofeos.

La temperatura del agua desciende varios grados de repente, devolviendo mi mente al momento actual. Salgo de la ducha maldiciendo el termo eléctrico que ha vuelto a fallar una vez más. Después de secarme con rapidez, me embuto en el uniforme de camuflaje. Después de cubrir mi cabeza con la gorra de visera, me dirijo a la cocina para tomar mi carajillo de rigor y volcar el resto del café en el termo; las mañanas ya son muy frías, y nunca se sabe el tiempo que habrá que esperar hasta que mi pieza de la jornada se ponga a tiro. Acaricio el maletín de mi Blaser R8 con mira telescópica de veintiocho aumentos, y salgo de casa.

Aparco mi vehículo junto al resto de convocados, cuelgo de mi hombro el maletín de mi arma, y camino hacia la entrada. El acceso a la finca no ha sido difícil. El guarda tenía frío y ha revisado las licencias por encima, le ha bastado con mirar los nombres en la lista. Tan pronto como nos dan las instrucciones de rigor, los cazadores comienzan a replegarse, yo hago lo propio. Sé dónde puedo esperar mi pieza.

Dejo el termo en el suelo, y abro el maletín para comenzar a preparar la escopeta. Cargo la munición de diecisiete milímetros, la más habitual, no quiero señalarme. Ajusto la mira, perfecta para largo alcance. Coloco el silenciador, no quiero espantar al resto de piezas. Con todo listo sólo queda esperar.

Pasadas poco menos de dos horas, una pieza mucho mejor de la esperada entra en mi campo de visión. Me tumbo boca abajo para tomar posiciones con mi Blaser en el trípode, y con mucha calma enfoco el objetivo con la mira telescópica. «Venga, bonito» pienso con todos los sentidos alerta. En pocos segundos tengo su cabeza en el centro de mi diana. Acaricio el gatillo, respiro hondo y disparo.

Los sesos del dueño de la finca saltan a un metro del resto de su cuerpo, que ha caído inerte como un tronco seco. Observo por unos segundos, sin un ápice de emoción, la silueta tendida en el suelo.

—Este ya no apagará más ojos como los tuyos, corza—susurro mientras recojo mi puesto con detenimiento para no dejar ningún rastro que pueda señalarme, aunque es bastante improbable que deduzcan el punto exacto desde el que salió el disparo. 

No hay prisa, es lo bueno que tiene la caza en rececho, la ventaja de la soledad. Puede que no descubran su cuerpo hasta que llegue la hora de la retirada, en el conteo de abatidos, o puede que alguna otra pieza pase por la zona, y se tope con el cadáver de su compañero. Qué terrible accidente, ¿verdad?

Salgo por un lateral de la finca sin llamar la atención, camino de mi Land Rover, el modelo común, como otros tantos de los que hay aparcados en la entrada de la finca. Lanzo mi maletín al asiento de atrás y me dirijo con calma a la parte trasera del vehículo para despegar la pegatina que cubre la placa de la matrícula. Luego camino hacia la parte delantera para hacer lo mismo, mientras pienso satisfecha en el trofeo que tendré mañana, cuando recorte el artículo sobre la terrible desgracia provocada por una bala perdida en el periódico de la tarde, con mi mente centrada ya en la próxima cacería.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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