EL RELOJ

Compruebo una vez más la hora en el móvil que descansa junto a mi café, sobre la mesa. Quizás debería haber escogido otro sitio para vernos, pero esta cafetería me envuelve y me tranquiliza. Adoro el burbujeo de la cafetera, el murmullo de las conversaciones de las personas que desayunan en las mesas contiguas, el tintineo de los platillos al chocar con las tazas, que los camareros se afanan en llenar de café al otro lado de la barra, y ese olor a tostadas recién hechas. 

Nuestra amiga Elena, bueno Helen para nosotros, aparece por la puerta corriendo como siempre, con su maraña de rizos negros flotando sobre sus hombros. Entorna los ojos con esa sonrisa rebelde que hace que deseches la idea de regañarla por llegar tarde, como siempre. Tira su bolso sobre la mesa y resopla mientras se quita su cazadora vaquera.

—Nacho, te juro que esta vez iba a salir con tiempo, pero no encontraba el otro pendiente y… —saluda con la respiración agitada, seguro que ha subido las escaleras del metro de dos en dos.

Helen se inclina sobre la mesa para darme dos besos, su olor a pachuli me abraza como ella, y luego toma asiento frente a mí. Levanto la mano para llamar al camarero, que no tarda en acudir para apuntar nuestra comanda. Ella pide un té americano, yo otro café solo.

—Bueno tío, qué pasa. ¿Qué es eso que me quieres contar de Alex? —Pregunta al tiempo que posa su mano sobre la mía unos segundos en un gesto reconfortante—. Ayer me dejaste preocupada.

Anoche, mientras Alex estaba fuera, Helen y yo estuvimos hablando más de una hora, sin terminar de contarle lo que en realidad quería decir. Sé que ella es la única persona en el mundo que puede entender lo que tengo en la cabeza, este es el momento de soltarlo, así que tomo aire y decido dejarme de rodeos.

Helen, Alex ha cambiado. No es el mismo de siempre, no sé qué le pasa—suelto del tirón antes de que pueda arrepentirme de haberlo dicho al fin en voz alta.

—¿Cómo que ha cambiado?… ¿Qué quieres decir?—Dice con su naricilla arrugada y los hombros alzados a modo de interrogación.

—Que no es él, tía. ¡No es él!—Me doy cuenta de que he subido el tono de mi voz, al ver como los rostros de nuestros vecinos de mesa se giran hacia mí, así que me recompongo antes de continuar—. Joder Helen, conozco bien a mi novio, y tú también. Te digo que no es él.

El camarero deja nuestro pedido en la mesa y responde con un movimiento de cabeza a nuestro «gracias».

—A ver Nacho, es que si no me das más detalles… 

Niego con la cabeza mientras doy vueltas al café. Aunque sé que puedo hablar con ella sin problema, me está resultando más difícil de lo que pensaba.

—Es todo…, ¡todo! Sabes que Alex siempre ha sido algo apocado, tímido y vergonzoso. Se nota hasta en su manera de caminar. Parece que lo hace como de puntillas, intentando pasar desapercibido, sin hacer ruido, con esa mirada tierna de corderito que…. —Siento un nudo en mi garganta al recordar al Alex que me enamoró, que me hace carraspear para no quebrar la voz.

Noto como mis ojos se humedecen. Helen vuelve a tomar mi mano, con fuerza esta vez, animándome a seguir. Creo que ya intuye que algo está pasando de verdad. 

—Todo cambió hace dos semanas. Aquel domingo estuvimos en el Rastro. Sabes que a Alex le pirran los relojes, así que pasamos por la calle que sube de la plaza de los cromos, ¿sabes cuál te digo?—Clavo mis ojos en los suyos en espera de respuesta. 

Ella asiente con la cabeza y da un sorbo a su té. Yo retiro mi mano de la suya y la entrelazo con la mía creando una barrera imaginaria entre su espacio y el mío, de una manera inconsciente preparo mis defensas ante la respuesta que espero recibir de ella antes de continuar.

—Verás, allí se pone un tipo en una mesa plegable pequeña de esas de camping, con relojes de bolsillo y pulsera antiguos.—Helen me presta toda la atención, creo que ni pestañea—. Pues nada más plantarnos delante de él, la mirada de Alex cambió por completo. Al principio pensé que estaba de coña cuando comenzó a acercar lentamente su mano a un Omega de los años sesenta con esfera blanca y correa de cuero negro.

—Uf, no sé mucho de relojes pero suena a uno de los buenos, es normal que Alex se quedase pillado al verlo—interrumpe sin poder evitarlo—. Perdona, sigue.

—La cosa es que sin pedir permiso siquiera, se lo puso en la muñeca y pagó con su tarjeta los seiscientos euros que pedía el tipo, sin pestañear. ¡Así sin más! Él, que no se compra nunca un vaquero hasta que no se ha probado veinte. Es que ni me pidió opinión.

—Bueno tío, igual se enamoró del reloj y no quería que le cortaras el rollo…

—Que no tía, que no es eso —la interrumpo para continuar—. Desde ese día empezó a cambiar. Su mirada cambió por completo, ya sabes que antes sonreía con los ojos, era pura alegría, pero ahora sus ojos están muertos. Son distantes y fríos. Sus labios mantienen durante todo el día un gesto neutro, sin muestra de sentimientos. Al menos no conmigo. Ni siquiera hemos vuelto a… 

No soy capaz de terminar la frase, pero no creo que sea necesario dar más detalles. Helen pone sus manos sobre las mías que continúan entrelazadas, inmóviles.

—Oye… ¿No creerás que…?—Guarda silencio un segundo como si estuviera buscando la mejor manera de decirlo—. ¿Crees que ha conocido a otro?

Yo suelto un bufido cargado de hastío y bajo la mirada para responder casi en un susurro:

—Ojalá fuera tan fácil…

Helen se reclina aún más sobre la mesa.

—Un momento Nacho, ¿crees que es lo que estoy pensando?

Ahí está la pregunta que sabía iba a terminar por responder, si alguien puede escucharme, es ella. Tomo aire, clavo mis ojos en los suyos y me reclino un poco para no tener que hablar demasiado alto, no quiero que nadie salvo Helen pueda escucharme.

—Es el reloj, estoy seguro…—Digo en un susurro. 

—¡Joder!—exclama con los ojos redondos—. No lo había pensado pero podría ser. Siempre te he dicho que tu novio siempre ha tenido esa sensibilidad, es que si él quisiera, podría “ver” como yo.

Siento como la losa que sentía sobre mi pecho comienza a pesar algo menos, sabía que ella lo entendería sin dudar. Helen aparta su taza y me atrae hacia ella con sus manos.

—Escúchame, no vamos a poder salir de dudas hasta que no le vea. Necesito ver ese reloj.

Era precisamente lo que esperaba que dijera.

—Lo sé, y vas a poder hacerlo ahora mismo. Sabía que la única manera de salir de dudas y aclarar todo esto, era que lo vieras por tí misma. Le he citado también. Ahí viene—respondo apuntando ligeramente hacia la puerta del local con la barbilla.

Helen gira su cabeza hacia esa dirección para ver como yo a un Alex erguido y seguro que camina con paso firme hacia la mesa. Viste un jersey de cuello alto y americana, cuando antes no había manera de que dejase las sudaderas ni en las noches de cena romántica. Luce imponente con un corte de pelo a navaja perfecto, nuca rasurada, raya al lado y su perfume llega hasta nosotros unos segundos antes que él. No es consciente de que nuestra amiga me acompaña hasta que no llega a la altura de nuestra mesa, y en su rostro inexpresivo observo inquieto como su mirada de sorpresa al verla cambia por otra retadora, que dirige con intensidad hacia Helen y hacia mí por igual. 

—Vaya, qué sorpresa más… agradable.—Dice a modo de saludo con su nueva voz, algo más grave y varonil, una voz que me provoca escalofríos.

Veo la espalda de Helen totalmente erguida, en una postura de alerta, como un perro de caza, pero al mismo tiempo es capaz de transmitir una paz que yo no tengo.

—Hola Alex, ¿no vas a darme dos besos?—contesta con la clara intención de tenerle más cerca, de poder tocarle.

Alex, levanta una ceja, creo que sabe perfectamente lo que va a pasar a continuación, y sospecho que en realidad él también quiere que pase. Se acerca hacia ella, sin cambiar el gesto y tan pronto como su mejilla roza la de Helen, noto una ligera sacudida en el cuerpo de mi amiga, como un calambre eléctrico. Cuando ambos se separan, ella me mira seria y baja la mirada un segundo en modo afirmativo para corroborar mi sospecha. No sé qué decir, qué se supone que debo hacer, qué hostias va a pasar ahora. Tengo miedo de confirmar que mi pareja, la persona de la que llevo cinco años enamorado, ya no está.

—Encantada de conocerte Vladimir—dice Helen sin pestañear y en todo calmado—. Porque ese es tu nombre, ¿verdad? Y si no me equivoco es también el nombre que hay grabado en el interior de tu precioso reloj vintage. ¿Estoy en lo cierto?

De repente me falta el aire. Me gustaría salir corriendo de esta cafetería y no volver la vista atrás, pero no puedo moverme, no quiero. A pesar de mis sospechas, albergaba una pequeña esperanza dentro de mí, quería creer que estaba equivocado y que esto sería un ataque de cuernos y nada más, pero después de la reacción de Helen, no hay nada más que decir.

Una especie de sonrisa tétrica se dibuja en el rostro de quien había sido mi pareja hasta entonces.

—Bueno, ahora que ya nos hemos presentado, creo que es el momento de decir adiós.—Sus ojos muertos me miran directamente, mientras una pena inmensa supera al pavor que me inunda por dentro.

No dice nada más, dedica una inclinación de cabeza a Helen, diría que casi con respeto, y le observo salir por la puerta, entre las lágrimas que inundan mis ojos. Helen arrastra su silla hasta mí y rodea mis hombros con su brazo.

—Lo siento Nacho, pero no hay nada que pueda hacer, él ya no va a volver—susurra con un poso de congoja en su voz.

Hundo mi cabeza en su cuello y rompo en un llanto desconsolado, no puedo creer que Alex, mi Alex, ya no esté. No puedo ni quiero imaginar cómo será mi vida a partir de ahora sin él, mientras maldigo el día en que decidimos dar un paseo por el rastro, el día en que encontramos ese maldito reloj.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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