LLUVIA

El sonido cada vez más cercano de las sirenas inunda el silencio de la noche, solo roto por los relámpagos de la tormenta que azota la ciudad. Marta parece una estatua empapada bajo la lluvia, no mueve ni un músculo. Observa las gotas golpeando el rostro inerte de Carlos, tumbado en la acera sobre un charco de agua roja, con su cabeza perdida en el estúpido pensamiento de cómo la lluvia siempre ha estado presente en los momentos más cruciales de la historia entre los dos.

Llovía a cántaros la tarde que conoció a Carlos en la cola de aquel concierto, cuando él tuvo el descaro de darle un papel con su número de teléfono después de la hora y media de espera para poder entrar, antes de que cada uno se perdiera entre la multitud con su grupo de amigos.

Una lluvia fina calaba su ropa el día que se besaron por primera vez, tras la primera cita, en la puerta de su casa, a escondidas de su padre, que vigilaba desde la ventana.

Una lluvia de primavera repiqueteaba sobre las ventanas de la cabaña de la sierra, en la que hicieron el amor por primera vez, dos semanas después de aquel beso, en su primera escapada de novios.

Chispeaba ligeramente sobre el toldo del porche de la casa de verano de los padres de Marta, a los postres de aquel almuerzo, cuando Carlos pidió su mano a su padre, un año después.

El verano siguiente, una tormenta empapó a todos los invitados de su boda, en aquel precioso jardín, a pesar de las docenas de huevos entregados a Santa Clara.

A penas diez meses más tarde de aquella boda, una lluvia densa golpeaba contra los cristales de aquella habitación del hospital donde descansaba después de las siete horas que duró el parto de su primera hija, y volvió a ocurrir lo mismo cuando nació su hijo dos años después, tras un parto mucho más rápido.

Llovía incesantemente aquella noche de aniversario en la que, después de dejar a los niños con su madre, Marta, arrebatadora en su vestido negro y zapatos de tacón, esperó a su marido por sorpresa a la salida de su trabajo, parapetada en la marquesina del bus frente a la puerta. Esa fue la noche en la que vio salir a Carlos con aquella pelirroja que acariciaba su nuca bajo el paraguas, camino de su coche.

Horas después de aquello, un trueno rugió con fuerza, después de que un relámpago iluminase su habitación de matrimonio, como si quisiera capturar el terrible momento en el que Carlos dio la primera bofetada a Marta, en medio de la discusión en la que se enzarzaron cuando él regresó a casa, después de que ella confesara lo que había visto. Esa noche de tormenta comenzó la pesadilla y nunca más dejó de llover para ella. 

El sonido de las sirenas ahora es ensordecedor, pero Marta sigue sin moverse, ni siquiera cuando escucha las puertas de los coches de policía que han rodeado la zona. Las gotas de lluvia, gordas y pesadas, limpian la sangre que cubre su rostro magullado y se llevan las lágrimas de sus hijos, que lloran desesperadamente abrazados a sus piernas. Son las mismas gotas que caen sobre el rostro de Carlos, tendido en la acera frente al portal de su casa, en medio de ese charco de agua roja, teñida por la herida mortal que ha dejado en su costado el cuchillo que Marta aún sostiene en su mano empapada, el cuchillo que metió en su bolso cuando decidió abandonarlo esa noche de lluvia aprovechando su ausencia por una de sus cenas, el cuchillo que tuvo que clavar con todas sus fuerzas a su marido cuando él la estaba moliendo a palos, delante de sus hijos, a la puerta de su casa, después de pillarla en su intento de huida, al llegar a casa antes de lo esperado.

Marta, mira con ojos vacíos al policía que consigue separar con delicadeza su mano del cuchillo ensangrentado, y murmura mientras otro cubre sus hombros con una manta térmica: «No más lluvia».

logo 300

¡Deja tu email si quieres recibir un aviso cuando esté listo mi nuevo post!

¡No soy spam, palabra!

Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

5 opiniones en “LLUVIA”

  1. Lo que se esconde, la perfección imperfecta, el amor mal entendido, el engaño y el castigo. El amor miserable, dominante y posesivo. Una vida de torturas. Que profundo y real! Y que triste a la vez

    1. Mil gracias Sofía, es un relato difícil precisamente por eso, porque muestra una realidad que a veces es difícil de aceptar. Gracias de nuevo por estar al otro lado. Un abrazo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *