LA RAZÓN

La luz del mediodía entra por la ventana de la cocina. Pablo baja el fuego de la vitro y da los últimos toques al plato favorito de su hija Ana. Se siente tan orgulloso de ella… Una Comandante Médico Militar, ni más ni menos y una de las primeras mujeres en misión humanitaria con el ISAF.

—Cariño, ¡cómo huele!…. Cuando pienso en las porquerías que debiste comer en Afganistán. 

Pablo habla sobre su hombro mientras da vueltas al guiso, no quiere que se pegue.

—Deberíamos abrir una botella de tu vino favorito para acompañar, ¿verdad cielo? He estado reservando un par para nosotros, voy a abrir una.

Sin esperar respuesta, saca la botella de la cava de vinos, y dos copas de la vitrina. Coloca sus gafas de cerca sobre la punta de su nariz para ver bien la maniobra de descorche y justo cuando está sirviendo el vino en la segunda, el sonido del timbre le reclama en la puerta principal de su pequeño adosado junto al aeropuerto. Pablo limpia sus manos en el trapo que cuelga del mandil, retira las gafas que vuelven a colgar del cordón de su cuello, y camina hacia ella sin demasiada prisa. Después de comprobar por la mirilla que al otro lado espera un cartero, abre la puerta en un movimiento ágil.

—Hola buenas tardes—saluda Pablo con un tono expectante en su voz, ya que no espera ningún paquete.

—Buenas tardes. ¿Sr. Gracián? —El cartero lleva un fajo de cartas en una de sus manos sujeta por una goma elástica marrón, y un sobre algo manchado en la otra que le tiende con una sonrisa cordial.

Pablo toma el sobre, despide al cartero con un «gracias», y cierra la puerta lentamente mirando extrañado el rectángulo de papel que sostiene con ambas manos. Vuelve a la cocina casi arrastrando los pies, con los ojos aún en el remite.

—Cariño… Esta carta es tuya, viene de Afganistán. Pues sí que lleva retraso el correo del ejército… —comenta en un murmullo con un pequeño quiebro de voz y su atención puesta en la carta doblada que saca del interior del sobre después de rasgarlo—. Qué raro se me hace, contigo aquí… en casa. 

Pablo traga saliva, carraspea un poco, coloca una vez más las gafas de lectura que cuelgan de su cuello y comienza a leer.

Hospital Militar Role 2E / Herat – Afganistán. 20 Marzo 2007

Hola Papá,

¿Sabes? Esta mañana has sido mi primer pensamiento. Bueno, tú y mamá, pero hace tanto tiempo que ella se fue, que a veces me cuesta recordar bien sus rasgos. Quizá el mero hecho de recordarte, de recordarnos, hace que todo sea aún más difícil . Ser mujer aquí es tan difícil…

Papá, ha sucedido algo, algo que no se si podré contarte…, pero tengo que hacerlo porque necesito que me entiendas. 

Hace unas semanas hubo una explosión al paso de uno de nuestros convoys. Los nuestros, afortunadamente, apenas tuvieron algún arañazo, pero dos de los afganos que esperaban el paso entre las rocas, para activar los explosivos, acabaron mal heridos en piernas y brazos, así que los trajimos aquí, como prisioneros.

Si supieras cómo me miraban desde el primer día…. Sentía su odio, sólo por ser mujer. Les daba igual que pudiera curarles, que fuera médico. Tengo clavados en mi cabeza sus ojos llenos de desprecio cuando les cambiaba las vendas en cada cura…., las palabras en su idioma que no necesitaba comprender para saber lo que decían… 

Todo ocurrió el día que fui a retirar los últimos puntos en la última cura antes de que se los llevaran. Los guardias que siempre me acompañaban dentro de la tienda, salieron unos minutos al escuchar un disparo fortuito de uno de nuestros soldados, parece ser que fue un novato limpiando su arma en su descanso. Aún no sé cómo pasó, pero uno de los prisioneros me arrancó el bisturí de la mano y el otro me tumbó de una bofetada sobre la camilla. Mientras el del bisturí me tapaba la boca con una mano, el que me golpeó empezó a… Él…  

No pude defenderme Papá, ¡no supe! ¿Por qué no hice nada? Soy militar Papá, me han enseñado a defenderme y no pude, me quedé ahí petrificada, muerta de miedo. Cuando iban a cambiar las posiciones entre ellos, los guardias volvieron a la tienda. Nada más entrar, descerrajaron dos tiros certeros y rápidos uno en la cabeza de cada uno. Yo no pude reaccionar. 

Mis compañeros me han dicho que cuando me levantaron de la camilla no lloré, no dije ni una palabra, que parecía estar muerta, allí con con los ojos abiertos, casi ni pestañeaba…. Y es así como me siento desde entonces. Muerta. Papá… No puedo más… no puedo. No duermo, cierro los ojos y veo los suyos sobre mí, puedo oler su aliento sucio sobre mi cara. 

Esto tiene que acabar…

Recuerda siempre que te quiero mucho y por favor, perdóname.

Ana

Las lágrimas de Pablo empañan los cristales de sus gafas, y resbalan por su superficie hasta caer sobre el papel. El hombre, totalmente abatido, retira despacio las gafas de sus ojos, y levanta la vista de la carta al tiempo que su mano se cierra con fuerza sobre ella. Observa las dos copas de vino que había servido minutos antes, que esperan sobre la encimera de la cocina, y al lado de una de ellas, la pequeña urna de mármol gris con el nombre de su hija grabado en la placa identificativa.

Hoy hace un año que el ejército la trajo a casa, hace un año que dos extraños hicieron saltar su vida por los aires al explicar que su pequeña, su Ana, se había quitado la vida, y hasta hoy no ha entendido por qué, no ha sabido la razón.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

2 opiniones en “LA RAZÓN”

  1. Tengo miedo repetirme pero es que cada historia que cuentas la Concentras tan detalladamente en cada relato, que me tiene admirada! Cuanto mereces #LuciaArjona, y llegará, claro que lo harás💙💙

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