EL RUIDO

—Marcos, ¿me recibes?. Cambio.

Levanto el dedo del botón del walkie, no hay respuesta. Carraspeo inquieto y vuelvo a intentarlo.

—Marcos,tío…, ¿me recibes? Cambio.

—Joder, ya no puede uno ni ir a cagar tranquilo. Sí, te recibo, te recibo. ¡Cambio!—El tono de su voz no suena demasiado amigable, pero necesito que sepa que voy a entrar.

—Marcos,tío… lo he vuelto a oír. Estoy en la puerta, y lo he vuelto a oír. Cambio.

—¿Otra vez Juanjo? Pero si hace media hora revisaste todo y no viste nada. Que ya te lo he dicho tío, este sitio tiene más años que Cascorro. Seguro que hay una rata en las cañerías, o se ha colado por la ventana cuando ventilaba Puri después de fregar. ¿Has vuelto a entrar? Cambio.

—Quería asegurarme de que estás ahí por si hay algo raro. Entro, tío. Ahora te digo. Cambio —Mi voz tiembla ligeramente antes de soltar el botón de mi walkie, que me devuelve la carcajada de mi compañero por su altavoz algo distorsionada por las interferencias.

—Jajaja. Vaya “segurata de pacotilla que estás hecho. Estás cagao. Cambio y corto.

Odio esta mierda de trabajo en este edificio de mierda. Me pone los pelos de punta, no sé por qué. Mi mano izquierda tiembla, apoyada en la porra que cuelga de mi cinturón. Estoy frente al baño de señoras del sótano del Museo Reina Sofía, en la segunda ronda de la noche. De nuevo un ruido extraño ha salido del interior. 

Engancho el walkie en el soporte de mi cinturón y tomo la linterna. Cada noche, el sistema desconecta todas las luces del edificio, todas salvo las de emergencia, y las de la sala de control, en la que está mi compañero Marcos ahora mismo con ese estúpido de Salva que no hace más que descojonarse de mí y de mis supuestas manías con los dichosos ruidos. Los pilotos de emergencia alumbran lo suficiente para las rondas, pero para entrar en ese puto baño necesito más luz, así que tomo mi linterna para cerciorarme una vez más de que aquí dentro no hay nada. Inspiro profundamente y abro la puerta despacio. Las bisagras chirrían lastimeras, no puedo evitar pensar en lo típico de la escena, propia de una película de terror de serie B.

De pie, en el umbral, recorro lentamente con el haz de luz la zona de los lavabos, atento a cualquier sonido. Silencio. Bloqueo la puerta con la cuña de madera que Puri, la limpiadora, deja siempre sobre el dintel, la quiero abierta, la necesito abierta para aliviar un poco esta sensación de claustrofobia que me aprieta el pecho cada vez que piso esta estancia.

Doy un par de pasos, me agacho para recorrer con la luz la parte inferior de los cubículos de los retretes antes de abrir uno por uno a golpe de pie, con la mano libre aferrada al mango de mi porra, prefiero estar preparado por si tengo que usarla. Nada, aquí no hay nada más que olor a lejía, a baño recién limpio. Dejo la porra de nuevo en mi cinturón con la intención de agarrar el walkie y dar el parte a Marcos, preparado para una nueva carcajada del capullo de Salva. Antes de desengancharlo, vuelvo a escuchar ese ruido de arañazos, esta vez más claro, mucho más claro. Sale de debajo del suelo, justo donde estoy parado. Se me erizan los pelos de la nuca, y un escalofrío recorre mi columna de arriba a abajo. 

—Tranquilo Juanjo, contrólate que pareces nuevo, coño. ¿No ves que sale de aquí abajo? Esto es una rata y punto—susurro para mis adentros.

Levanto un pie despacio, luego otro, como si fuera a encontrar algo debajo de ellos. Tomo aire, y con un movimiento lento, golpeo el suelo dos veces con la esperanza de que el zapatazo asuste al roedor. La sangre se congela en mis venas cuando en el silencio, bajo el halo de la luz de la linterna, escucho dos arañazos, idénticos en cadencia y duración a mis golpes.

—¡Venga ya! ¡Una mierda! —suelto cabreado en voz alta, como si alguien pudiera oírme—. ¿Pero qué coj…?

No acabo la frase, no me lo permito. Esto no tiene sentido alguno. Seco el sudor frío de mi frente con el brazo, apoyo la linterna en el suelo, tomo la porra y con las dos manos golpeo el suelo con ella otras dos veces, con toda la fuerza de la que soy capaz. 

—Pero Juanjo, ¡¿qué coño haces?! —Marcos aparece en el umbral de la puerta y me mira desconcertado—. Te estoy llamando al walkie y no me has hecho ni puto caso.

Me llevo el índice a los labios para rogar silencio a mi compañero.

—Marcos, hay algo o alguien aquí debajo, verás —susurro en voz baja y vuelvo a golpear dos veces para hacer el gesto de silencio una vez más a la espera de los putos arañazos.

Ahí están altos y claros.

—¿Ves? ¿Lo oyes? ¡Devuelve los golpes! Te dije que aquí había algo,¡joder!—exclamo en voz alta con la respiración agitada. 

Marcos se acerca y apunta a mi rostro con su propia linterna. Me tapo los ojos instintivamente con la mano, aún arrodillado en el suelo. Noto los latidos de mi propio corazón en mis sienes. No entiendo que mi compañero no reaccione ante lo que acaba de suceder. Veo como se acerca hacia mí despacio, su expresión ha cambiado. Se agacha a mi altura y pone su mano en mi hombro.

—Juanjo, escúchame bien. —Me sacude ligeramente para llamar mi atención, totalmente enfocada en el suelo de baldosas—. Juanjo, tío… No ha sonado nada, absolutamente nada. Aquí no hay nada. ¿Qué cojones te pasa? 

Miro a un compañero sin verlo en realidad. Sacudo el contacto de su mano con un movimiento brusco, mis ojos, totalmente desorbitados, regresan a la superficie de cerámica blanca desgastada mientras los arañazos siguen sonando en mis oídos, cada vez más fuerte, más seguidos, más cercanos.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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