PUNTO DE PARTIDA

El sonido del timbre de la puerta principal, consigue que saque la cabeza de debajo de la manta que cubre por completo mi cuerpo, lánguido después de estar hora tras hora tumbado en el sofá de mi estudio, desde que firmé los papeles del divorcio. Después del timbrazo, sin mover ni un músculo de mi cuerpo, escucho en silencio. Nada. Cuando estoy a punto de volver a mi guarida, convencida de que debe tratarse de otro cartero comercial, el sonido estridente del timbre vuelve a sonar con insistencia de tal manera, que sé que solo abriendo la puerta conseguiré volver a mi estado vegetativo.

Junto con la manta, aparto de un manotazo la pila de clinex empapados por el mar de lágrimas que han vertido mis ojos en estos dos últimos días. Mis pies palpan el suelo hasta encontrar las zapatillas que yacen de cualquier manera junto al sofá, en un salón que permanece en penumbra, sólo iluminado por la luz de la pantalla del televisor, que proyecta las imágenes de no sé qué culebrón de tarde a medio volúmen. Después de un bufido cargado de tedio, me pongo en pié a cámara lenta. El sonido del timbre aún aturde mis oídos.

—¡Joder! ¡Que ya voy!—exclamo con voz de camionera después de haber estado cuarenta y ocho horas sin haber intercambiado una palabra con nadie, salvo conmigo misma, para castigarme una vez más por el error de esta mierda de matrimonio, bueno ex matrimonio. 

Al pasar por la vitrina junto al pasillo, camino de la entrada, no puedo evitar sobresaltarme cuando veo mi propia imagen reflejada en la superficie de cristal. Sobre mi cabeza, los restos de un nido de pelo que en algún momento fue un moño. La pernera derecha del pijama andrajoso de corazoncitos, que sólo reservo para las dos “erres”, regla y resaca, se aferra arremangada a mi pierna, justo bajo la rodilla, para dejar ver perfectamente el calcetín blanco de lana gruesa amontonado sobre mi tobillo, la izquierda ha debido girar sobre sí misma varias veces a lo largo de este tiempo en el que solo he cambiado de posición para tumbarme del otro lado. Encojo los hombros y retomo el camino hasta la puerta, no me molesto en arreglar nada de todo ese desastre en el que se ha convertido mi aspecto. Si la persona que tiene apoyado su dedo índice sobre el pulsador de mi timbre tiene los santos cojones de insistir de esta manera, sólo puedo agradecer su gesto regalándole semejante imagen.

Aún así, antes de abrir, y por seguridad, retiro la tapita de la mirilla para ver quién es, aunque bien pensado en el estado en que nos encontramos mi casa y yo, ahora mismo la amenaza está más dentro que fuera. 

—Venga ya—murmuro para mis adentros al ver que es mi amiga Daniela la que está al otro lado.

Si no me hubiera levantado para abrir, ella misma habría tirado la puerta abajo. Gracias a Dios, o a quien corresponda, Daniela por fin levanta el dedo del timbre al oír el sonido de mis llaves y los giros de la cerradura. Abro lentamente la puerta y enseño media cara por la abertura para preguntar con tono entre desafiante y desganado:

—¿Qué?—Solo eso, no me sale nada más.

Ela, como la llamo desde que nos conocimos en la universidad hace ya demasiados años, empuja la puerta con la punta de su pié, para regalarme a modo de saludo una mueca parecida a una arcada, y cubrir su boca y nariz con una mano. 

—¡Joder qué ascazo!—Exclama arrastrando la o final con toda la intención—. Pero chica, ¿desde cuándo no ventilas?

Mi mejor amiga pasa por mi lado como una bala camino del salón, sin darme tiempo a una réplica. Meneo la cabeza resignada y empujo la puerta sin fuerza para cerrarla a mis espaldas, mientras susurro entre dientes:

—Yo también me alegro de verte.

Antes de que pueda llegar a su altura, ya ha dejado su bolso en una silla, subido las persianas de todo el estudio y abierto las ventanas de par en par.  

—Buff, de verdad Silvia ¿cómo puedes estar así?—Me recrimina con cierto tono de preocupación en su voz mientras saca una bolsa de basura del mueble de la cocina para empezar a tirar dentro mi montaña de celulosa lacrimógena, sosteniendo cada burruño de papel delante de ella, colgando de su índice y su pulgar con el brazo estirado, antes de depositarlos en su interior.

Yo arrastro los pies hasta el sofá y me dejo caer de nuevo sobre él como un tronco seco, emitiendo como respuesta un gruñido probablemente indescifrable para ella, pero que en realidad ha querido expresar un «yo qué sé». Ela gira a mi alrededor como el Demonio de Tasmania, recogiendo restos de mi desgracia en forma de bolsas vacías de regaliz rojo, cajas de pizza, envases de helado pegajosos y latas de bebida espachurradas que han ido cayendo a una distancia equidistante de la cocina a mi zona base. Cuando considera que lo más desastroso ya ha desaparecido dentro de la bolsa negra de asas de plástico naranjas, la deposita junto a la lavadora y toma asiento en el sillón frente a mí con un soplido.

—Mira nena, que el primer día estuvieras jodida después de ver al subnormal ese en la firma, lo puedo entender, pero es que llevas ya dos días completos sin responder ni mis llamadas ni mis mensajes, joder. ¡Desde el jueves, y estamos a sábado!—Exclama alzando un poco la voz, imagino que con la intención de hacerme reaccionar o al menos, provocar que salga algo más de mi boca que un gruñido.

—Jo Ela, lo siento. Entiéndelo. Sólo quería desaparecer, estar sola—respondo por fin con palabras inteligibles, no sin falta de esfuerzo.

—Mira bonita, deberías haber estado desaparecida sí, ¡pero conmigo!—afirma irguiendo su postura—. Deberías estar tumbada en el sofá pero por culpa de una resaca monumental después de haber celebrado durante tres días seguidos la firma de tu divorcio. Como en una boda gitana, tres días de fiesta non-stop.

En cuanto escucho la palabra divorcio, agarro con fuerza un cojín y lo aprieto contra mi cara para ahogar los sollozos, para apartarlo un minuto después lo suficiente como para ver la mirada circunspecta de mi amiga.

—Te juro que por más vueltas que le doy, aún no puedo creer que haya tirado trece años de mi vida a la basura.—Reflexiono en voz alta abrazada al cojín, con los ojos ardiendo por las lágrimas que vuelven a brotar, cuando ya pensaba que no había más.

—A ver melón, lo que me extraña es que hayas tardado tanto en dejar a ese parásito—suelta con un soplido, al tiempo que se pone en pie con los brazos cruzados—. Veamos, cuatro años de casada, nueve de novios y siete infidelidades después, con sus siete inútiles oportunidades correspondientes, deberían haberte dado una pista de que algo no marchaba demasiado bien entre vosotros, digo yo.

Su respuesta, franca como ella sola, me deja unos segundos perpleja, pero en cuanto ella rompe a reír camino de la nevera, saca de mí lo más parecido a un amago de carcajada.

Ela regresa con dos cervezas bien frías, deja una de ellas en mi lado de la mesita de café, con un golpe deliberadamente fuerte, para que sepa que espera que me incorpore y beba con ella,y vuelve a tomar asiento, de medio lado esta vez, en el sillón naranja de Ikea.

—¡Tú eres tonta! —increpo a mi amiga agarrando la cerveza y apartando ahora sí el cojín a un lado.

—Seré tonta, pero he conseguido que desentierres esa cabecita hueca de tu agujero de avestruz, y te rías un poco de todo esto.—Se recuesta triunfante dando un buen trago a su botella antes de continuar—. Bueno, quiero verte en la ducha en cuanto acabes esa cerveza, esta noche te pones guapa y me llevas a cenar a algún sitio. Tenemos que celebrar que comienza tu nueva vida.

La observo por encima del cuello de mi botella, en pleno trago, con los ojos muy abiertos.

—¿Mi nueva vida?—Consigo preguntar hastiada después de tragar el sorbo—. ¿Tú ves aquí algo de nuevo? Tengo cuarenta y dos años, he entregado a ese mierda los mejores años de mi vida, toda mi juventud.

Mi amiga deja la botella en la mesa, se levanta para sentarse a mi lado en el sofá y toma mis antebrazos con sus manos, en un gesto dulce y firme a partes iguales.

—¿Sabes qué? Claro que veo algo nuevo aquí, veo a una mujer fuerte y valiente.—Su tono de voz es ahora suave y sé que habla desde el corazón—. Veo a una mujer, capaz de poner fin a una relación enfermiza y tóxica, a una sumisión emocional totalmente vampírica que te estaba matando poco a poco, y todo eso lo has conseguido tú solita.

Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas, pero de otras diferentes, lágrimas de agradecimiento, lágrimas que nacen desde el amor que estoy recibiendo con sus palabras. Los ojos de Ela también tienen un destello más brillante de lo habitual. Cuando ella nota que me he dado cuenta, suelta mis brazos y en un gesto rápido seca las mejillas con sus manos antes de volver a hablar.

—Y veo otra cosa, te diré. Y esto también es nuevo. Veo una Silvia que apesta a gimnasio, y necesita una ducha urgentemente—afirma con media sonrisa, que provoca el mismo gesto en mí, hasta terminar en carcajada, que ella acompaña de inmediato.

Las dos reímos y lloramos a la vez durante unos minutos, hasta que conseguimos recuperar la calma.

—Venga cariño, voy a ir apagando el culebrón este turco que tienes de fondo, y pongo algo de música de la buena, de la que te gusta, mientras te das esa ducha, te arreglas un poco y me llevas por ahí a tomar algo, aunque sea una cerveza y un par de raciones, pero sal conmigo por favor—ruega con la mirada más dulce que recuerdo haber recibido de ella.

Asiento con la cabeza sin decir nada, porque si lo hago sé que volveré a llorar, y no quiero, he decidido que basta ya. Mientras Ela busca mi lista en Spotify, me pongo en pie con una fuerza que creía haber olvidado en aquella firma delante del juez, y me acerco a la ventana del salón para acabar mi cerveza, con la mirada perdida en la luz rosada del atardecer sobre el parque, mientras pienso que quizás Ela tenga razón, quizás este sea el comienzo de mi nueva vida, quizás este sea mi punto de partida.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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