EL TRUCO

Miro de nuevo el reloj. Nerviosa, estudio por enésima vez mi reflejo en el cristal del escaparate. Me he esforzado por elegir algo divertido pero discreto para nuestra primera cita, chupa de cuero negro, camiseta blanca ajustada, mini vaquera y botines de tacón también negros con medias negras tupidas, bien tupidas. Este chico me gusta demasiado, así que he tirado de viejo truco para asegurarme de que hoy no va a pasar nada más: he venido sin depilar, y para reforzar mi autocensura sexual, he elegido la ropa interior más fea y vieja del cajón, las típicas bragas de abuela que te tapan el vientre hasta la cintura
y que reservas para los días de regla, bueno para esos, y para las primeras citas.

Me acerco un poco más al escaparate para repasar mis labios rojos y despeinar con intención los rizos cobrizos de mi melena corta, cuando alguien habla a mi espalda.

—¿Tania?

Mierda. No lo he visto llegar.

—¿Alex? —respondo con una pregunta obvia.

—Bueno, dos besos, ¿no? —suelta con una sonrisa que me desmonta y que intento devolver al acercarme.

Comenzamos a caminar juntos hacia la vinoteca que dice que quiere enseñarme a dos pasos de la boca de metro. Tan pronto como giramos la esquina, llama mi atención un cartel de madera envejecida y bombillas Edisson que dibujan con luz cálida el nombre de “Di-vino” sobre la puerta. Alex se adelanta, la abre y con un gesto me invita a pasar. El sitio, con mesas y taburetes altos de estilo industrial, resulta muy acogedor. El camarero saluda a Alex y señala una de las mesas con el cartel de reservado. Está claro que no es la primera vez que viene. Coloco mi chupa en el respaldo del taburete y cruzo las piernas con descaro al tomar asiento. Veo como los ojos de Alex se clavan en ellas, yo creo que le gusto.

—¿Te apetece algún vino en particular?—pregunta Álex señalando la pared de
pizarra con toda la oferta escrita en tiza blanca.

—Me apetece tinto, empieza a hacer frío y el blanco ya no pega, pero elige tú,
sorpréndeme—respondo coqueta cambiando mi cruce de piernas para ver cómo los ojos de Álex vuelven a clavarse en ellas unos segundo antes de ir a la barra.

Aprovecho el momento para observar su espalda ancha, sin exageraciones y ese culito respingón que no he podido apreciar hasta ahora, y que adivino bien durito. Sus fotos de Blinder no iban más allá de dos o tres selfies, así que no sabía si me iba a encontrar con el típico cachas de gimnasio con piernas de gallina y cuerpo de croissant, pero mira, ha resultado tener una figura perfectamente atlética a juego con sus ojos de niño travieso y esa barba de dos días.

Si lo pienso, en esta app he encontrado tíos de toda clase, desde el que te manda un primer mensaje sutil, tipo «Hola guapa, ¿follamos?», hasta el que te hace un tercer grado y sólo le falta pedir una prueba de ADN antes de proponer un café. Con Álex todo ha fluido desde el principio, es un chico muy interesante, compartimos gustos como la música y el vino, y además, todo un logro en estos días, escribe sin faltas de ortografía. Escucho mi carcajada mental mientras le dedico una sonrisa cuando se aproxima con dos copas y una botella. Y sí, una vez más sus ojos acaban en mis piernas, un poco descarado igual sí que es.

Después de horas de la mejor conversación que he tenido en mucho tiempo, risas a mogollón y unas tapas espectaculares, repartimos lo que queda en la botella y me pierdo en sus ojos cuando su mano roza la mía, por error al principio, para quedar enganchadas después. Electricidad pura. «Mierda, ¿en qué momento decidí tomar las precauciones corta libido?», pienso cuando acaricia mi rostro antes de besarme por primera vez, y por
segunda, y por tercera… «¡Cómo me gusta, joder!», vuelvo a pensar.

—Esto… Álex, me gustas mucho, bueno un montón, pero hoy… Quiero ir despacio—Decido hablar para frenar un poco el momento.

—Tranquila, lo sé—contesta con un guiño cariñoso.

— ¿Cómo? ¿Qué?—pregunto extrañada.

—Verás, ya te he contado antes entre copas que tengo una hermana y… Bueno, ella usa el mismo truco que tú, ya sabes…

Me mira como invitándome a terminar la frase, pero al ver que no reacciono decide continuar.

— Si te digo la verdad, me di cuenta la primera vez que cruzaste las piernas al sentarte—explica con media sonrisa y un golpe de cabeza que señala hacia ellas—. Discúlpame, pero desde entonces no puedo apartar los ojos de ellas cada vez que cambias de posición, me hace gracia ver los pelitos que salen de tus medias a contraluz.

Noto el calor en mis mejillas, pero me sorprendo a mi misma inclinándome sobre la mesa como para hacerle una confesión. Le invito a acercarse un poquito más y con voz sugerente digo:

—¿Sabes? Yo además uso un seguro de freno adicional—digo llevando su mano a mi cintura, por debajo de la camiseta para que pueda notar el elástico que asoma por encima de la cinturilla de la falda—. Sí, sí…son mis bragas de abuela.

Alex rompe a reír en una carcajada ronca y sincera que me contagia de inmediato. Cuando comenzamos a serenarnos, aprovecho el momento para atraer su rostro al mío. Soy yo quien da el paso esta vez en un beso cálido y largo, interrumpido por mi risa cuando noto sus dedos dar un ligero tironcillo al elástico bajo mi camiseta.

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Autor: Lucía Arjona

Escritora en continuo proceso creativo, feliz de compartir mis historias con todo aquel que las quiere leer.

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